Estados Unidos, la democracia en Venezuela y la mirada desde el retrovisor

En las jornadas de diálogo entre el gobierno chavista y la oposición en Caracas -que se desarrollan bajo el auspicio y la promoción imperativa de los Estados Unidos-, parece residir la respuesta del secretario de estado, Marco Rubio, en torno al hipotético compromiso de Washington con una transición a la democracia en Venezuela.

El tránsito de los acuerdos labrados hasta hoy en la mesa de negociación -confección de un nuevo TSJ; desbloqueo de portales informativos; el fin de los tribunales antiterrorismo; la recuperación de activos internacionales- , y la promesa en torno a concretar otros, de mayor alcance, en el corto plazo, podrían constituirse en la respuesta de Rubio a aquellos que afirman que el único interés de los Estados Unidos es hacer negocios y llevarse el petróleo venezolano.

La mesa de diálogo es, pues, la carta que tiene Washington para fomentar algún acuerdo institucional consistente que le de soporte a una transición al estado de derecho. La presión de Washington sobre los actores -un hecho sobre el cual hay testimonios fehacientes-, pero particularmente sobre uno de los dos actores, concreta la foto fija del momento político actual: la oposición, optimista ante la posibilidad de formalizar la transición; el chavismo, haciendo concesiones, pidiendo garantías, y también, ovillos con el tiempo, esperando que desembarquen en el país tiempos más favorables.   

Sobre este tema hay un rasgo que se repite en la narrativa del chavismo: aquel que prescribe “no mirar la política local usando el retrovisor”. Un planteamiento que, de alguna manera, es acompañado por los Estados Unidos, y que es invocado como argumento por algunos voceros, apoyándose en la idea de que será necesario tragarse varios “sapos” para otorgarle fluidez a la llegada de un marco político que trascienda la hegemonía chavista.

Pero mientras Rubio muestra sus cartas, desde Panamá, María Corina Machado se atreve, acaso por primera vez, a cuestionar a la administración Trump, aunque sea indirectamente. En una muy reciente entrevista concedida al diario The New York Times, Machado descalifica la solvencia moral del empresario Alejandro Betancourt -la bisagra del ambicioso y desigual acuerdo de explotación petrolera gestado entre Caracas y Washington-, y advierte que, en un eventual gobierno suyo, la presencia de Betancourt en estas operaciones sería reconsiderada.

En esta comentada entrevista, Machado llega a incluso (y esto es lo más protuberante de lo que glosamos en esta entrega) a declinar hacer comentarios sobre la estrategia en desarrollo de Rubio, e incluso sobre el propio Rubio, alguna vez un cercano aliado político.

Machado llegó a afirmar que han sido los Estados Unidos quienes han decidido dejarla fuera de las negociaciones con el chavismo, al escoger unilateralmente a los representantes de la Asamblea Nacional de 2015 (militantes todos de Primero Justicia y Voluntad Popular). Recordemos que esta polémica selección, que ha quebrantado aún más las relaciones entre el liderazgo opositor, se concretó muy poco después de los Acuerdos de Panamá, que entre otras cosas, delegaba en Machado la conducción del proceso para desembocar en una democracia.

 El comportamiento de esta administración estadounidense ante la tragedia histórica que ha estado planteada en Venezuela en estos años está surcado por un desigual proceso de contradicciones y paradojas enfrentadas. Será, en definitiva, la historia quien se encargue de hacer la valoración final sobre la sinceridad de los planteamientos de la Casa Blanca.  Hacía falta una persona como Donald Trump para asumir la enormidad de una decisión militar como la que se tomó contra Caracas el pasado 3 de enero, y también se necesitaba de su cara dura y sus riñones para plantearle al régimen chavista campo para hacer negocios y explotar los recursos naturales del país, sin apenas hacer alusiones a la democracia como un objetivo a conquistar.

Pero es dentro de las grietas de esta aparente contradicción, que la transición a la democracia tiene planteada, como nunca antes, una clara oportunidad de concretarse en el país en medio de las tinieblas. Con sus contradicciones, sus zonas de oscuridad, sus concesiones a la impunidad y la letra chiquita para darle luz verde a los negocios con personas de dudosa reputación. 

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

El comportamiento de esta administración estadounidense ante la tragedia histórica que ha estado planteada en Venezuela en estos años está surcado por un desigual proceso de contradicciones y paradojas enfrentadas
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En las jornadas de diálogo entre el gobierno chavista y la oposición en Caracas -que se desarrollan bajo el auspicio y la promoción imperativa de los Estados Unidos-, parece residir la respuesta del secretario de estado, Marco Rubio, en torno al hipotético compromiso de Washington con una transición a la democracia en Venezuela.

El tránsito de los acuerdos labrados hasta hoy en la mesa de negociación -confección de un nuevo TSJ; desbloqueo de portales informativos; el fin de los tribunales antiterrorismo; la recuperación de activos internacionales- , y la promesa en torno a concretar otros, de mayor alcance, en el corto plazo, podrían constituirse en la respuesta de Rubio a aquellos que afirman que el único interés de los Estados Unidos es hacer negocios y llevarse el petróleo venezolano.

La mesa de diálogo es, pues, la carta que tiene Washington para fomentar algún acuerdo institucional consistente que le de soporte a una transición al estado de derecho. La presión de Washington sobre los actores -un hecho sobre el cual hay testimonios fehacientes-, pero particularmente sobre uno de los dos actores, concreta la foto fija del momento político actual: la oposición, optimista ante la posibilidad de formalizar la transición; el chavismo, haciendo concesiones, pidiendo garantías, y también, ovillos con el tiempo, esperando que desembarquen en el país tiempos más favorables.   

Sobre este tema hay un rasgo que se repite en la narrativa del chavismo: aquel que prescribe “no mirar la política local usando el retrovisor”. Un planteamiento que, de alguna manera, es acompañado por los Estados Unidos, y que es invocado como argumento por algunos voceros, apoyándose en la idea de que será necesario tragarse varios “sapos” para otorgarle fluidez a la llegada de un marco político que trascienda la hegemonía chavista.

Pero mientras Rubio muestra sus cartas, desde Panamá, María Corina Machado se atreve, acaso por primera vez, a cuestionar a la administración Trump, aunque sea indirectamente. En una muy reciente entrevista concedida al diario The New York Times, Machado descalifica la solvencia moral del empresario Alejandro Betancourt -la bisagra del ambicioso y desigual acuerdo de explotación petrolera gestado entre Caracas y Washington-, y advierte que, en un eventual gobierno suyo, la presencia de Betancourt en estas operaciones sería reconsiderada.

En esta comentada entrevista, Machado llega a incluso (y esto es lo más protuberante de lo que glosamos en esta entrega) a declinar hacer comentarios sobre la estrategia en desarrollo de Rubio, e incluso sobre el propio Rubio, alguna vez un cercano aliado político.

Machado llegó a afirmar que han sido los Estados Unidos quienes han decidido dejarla fuera de las negociaciones con el chavismo, al escoger unilateralmente a los representantes de la Asamblea Nacional de 2015 (militantes todos de Primero Justicia y Voluntad Popular). Recordemos que esta polémica selección, que ha quebrantado aún más las relaciones entre el liderazgo opositor, se concretó muy poco después de los Acuerdos de Panamá, que entre otras cosas, delegaba en Machado la conducción del proceso para desembocar en una democracia.

 El comportamiento de esta administración estadounidense ante la tragedia histórica que ha estado planteada en Venezuela en estos años está surcado por un desigual proceso de contradicciones y paradojas enfrentadas. Será, en definitiva, la historia quien se encargue de hacer la valoración final sobre la sinceridad de los planteamientos de la Casa Blanca.  Hacía falta una persona como Donald Trump para asumir la enormidad de una decisión militar como la que se tomó contra Caracas el pasado 3 de enero, y también se necesitaba de su cara dura y sus riñones para plantearle al régimen chavista campo para hacer negocios y explotar los recursos naturales del país, sin apenas hacer alusiones a la democracia como un objetivo a conquistar.

Pero es dentro de las grietas de esta aparente contradicción, que la transición a la democracia tiene planteada, como nunca antes, una clara oportunidad de concretarse en el país en medio de las tinieblas. Con sus contradicciones, sus zonas de oscuridad, sus concesiones a la impunidad y la letra chiquita para darle luz verde a los negocios con personas de dudosa reputación. 

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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