Profesionales venezolanos sobreviven con empleos precarios en la frontera colombo-venezolana

“El trabajo no es una deshonra”, reza un antiguo refrán de la sabiduría popular, cuyo origen se le atribuye a los textos bíblicos. El relato en el libro del Génesis, cuenta que “Dios creó al hombre” y que lo “puso en el huerto de Edén para que lo labrara y lo guardara”, una evocación que le imprime valor al trabajo como parte de la vida misma y desde la dignidad. 

“Es mejor tener algo que no tener nada”, dice Omer Díaz, un licenciado en inglés de la Universidad de Los Andes, con una maestría en Planificación Educativa y que acumula 20 años de servicio en el ministerio de educación. 

Con una informalidad laboral que alcanza el 84,5% según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) y una tasa de desempleo del 40,3%, los venezolanos buscan alternativas en un entorno cada vez más incierto.

A Omer la necesidad lo ha llevado a desempeñarse como taxista, escolta, revendedor y mensajero. Oficios en los que asegura recibir una mejor remuneración que desempeñando la profesión a la que le dedicó años de estudio, dinero e intelecto.

“La situación me obligó a dejar de ser selectivo. Con cinco dólares al mes, ni vivo yo ni mi familia. Hay que enfocarse en la necesidad de sobrevivir. Al final, lo importante es encontrar un trabajo digno y al menos bien remunerado.

En la economía informal, la ausencia de formación, respeto y jerarquía marca una realidad difícil para los profesionales. En este entorno, la relación laboral se reduce a una dinámica simple: a un patrón y al obrero, el que tiene el dinero y el que lo busca. No hay normas claras ni garantías laborales, el trato humano, profesional y digno se diluye. 

“En estos trabajos, la regla es simple: si el trabajo te sirve, lo tomas; si no, alguien más vendrá a ocupar tu lugar”, concluye Omer.

Una frontera nada fácil

Vivir en la zona limítrofe entre dos países se podría pensar que resulta beneficioso y reporta algún alivio económico para los profesionales que buscan alternativas laborales. Si bien es cierto que los ingresos que devengan por los distintos oficios informales los reciben en divisas, hay reglas que los limitan.

La mayoría de los oficios que realizan los habitantes de la frontera tachirense, dependen de Colombia, pero ser extranjero, en muchos casos, se convierte en un estigma que reduce oportunidades. 

“Aquí en la frontera la xenofobia es un obstáculo que limita las posibilidades de empleo. Lamentablemente, la percepción negativa con respecto a los hombres venezolanos en algunos sectores de Cúcuta y Villa del Rosario ha contribuido a que los empleadores colombianos eviten contratarnos y nos cierran puertas. No sé si pasa igual con las mujeres venezolanas”, señala Omer quien, aprovechando la cercanía geográfica, ha cruzado a Colombia para explorar posibilidades laborales.

La falta de regularización migratoria y la convalidación de títulos educativos (técnicos, universitarios) para quienes cruzan a Colombia representan otras significativas barreras para los profesionales venezolanos que buscan oportunidades laborales en Cúcuta, Norte de Santander. “He intentado encontrar empleo en Colombia, específicamente en Cúcuta y Villa del Rosario, pero mi mayor obstáculo ha sido la ausencia de documentos legales, como el apostillado de mi título, un trámite costoso que no puedo costear”, explicó una educadora de Ureña, estado Táchira.

Esta profesional docente, ante la precariedad laboral que enfrenta y aprovechando el contexto de movilidad fronteriza, se abrió espacio en una concurrida avenida de San Antonio del Táchira, adyacente al puente internacional Simón Bolívar, en donde cada tarde, luego de cumplir su jornada de trabajo, llega con una olla repleta de hallacas a ofrecerlas a los transeúntes.

También vendo solteritas (galletas dulces crocantes), maracumango y otros postres, todos elaborados por mí para garantizar el control de calidad”, dice con orgullo.

La inestabilidad económica la ha llevado a tener episodios de estrés, pues nunca se imaginó que tras 20 años dedicados a su profesión tuviera que salir a la calle a vender comidas. 

“Si tuviera ingresos suficientes para cubrir todos mis gastos, podría permitirme descansar por las tardes. Sin embargo, disfruto lo que hago porque me permite tener contacto con la gente. Ya me conocen, me esperan en el punto donde vendo, y eso me agrada. A pesar de eso, el estrés sigue presente”.

Múltiples obstáculos ha tenido que enfrentar esta mujer venezolana al intentar rebuscarse la vida. Su sueldo como docente se lo suspendieron el año pasado y apenas hace dos semanas le fue restituido. Aunque reconoce que no es gran cosa, dice que “lo peleo porque me lo he ganado por mis 20 años de servicio al Estado venezolano”

Funcionarios de las fuerzas de seguridad del Estado venezolano, (Guardia Nacional y Policía Nacional Bolivariana), trataron en innumerables ocasiones de retirarla del lugar donde se acomoda para vender sus hallacas, alegando que se encuentra en una zona “estratégica de seguridad”. 

“Me presenté y les demostré que soy docente de un plantel educativo, donde aún ejerzo por vocación. Sin embargo, para ganarme la vida, debo salir a vender hallacas y otros alimentos. Afortunadamente, entendieron mi situación y me han permitido trabajar en ese lugar, donde muchas personas ya me conocen.”

En la zona fronteriza las oportunidades de empleo son escasas. En los colegios, la baja matrícula y la posible restricción en la contratación de profesores limitan las opciones laborales. Lo mismo ocurre en otros sectores, donde el panorama es igualmente difícil.

“El amiguismo es una práctica frecuente aquí. Quienes tienen conexiones acceden más fácilmente a puestos de trabajo, mientras que aquellos sin influencias encuentran mayores obstáculos para avanzar”, reveló Cira.

Frustrante y desalentador

Ser Técnico Superior Universitaria en Comercio Exterior, licenciada en Educación Integral y con Maestría en Planificación Educativa, no le garantiza a Carmen Colmenares una carrera profesional de éxito. Aunque no reniega de todos los años de dedicación y servicio que le entregó a la educación pública venezolana, carrera que dice amar, la mujer de frontera admite estar “emocionalmente afectada”, pero prefiere no quejarse y continuar.

No he logrado encontrar un empleo acorde con mi formación y preparación. Invertí mucho tiempo y dinero en mis estudios, y ahora enfrentar esta realidad es desalentador. Sin embargo, no podemos quedarnos en la queja; hay que buscar soluciones, avanzar y seguir moviéndonos”.

Carmen trabaja a destajo en San Cristóbal, en una empresa privada dedicada al reempaque de bisutería importada, destinada a la venta y distribución en Venezuela y para exportación. Pasa aproximadamente 10 horas diarias sentada en mesas que comparte con otras mujeres, en su mayoría profesionales en distintas áreas

Las trabajadoras ingresan al galpón antes de las siete de la mañana y, durante la jornada, tienen restringido el uso de sus teléfonos móviles. Solo pueden utilizarlos durante la media hora destinada al almuerzo, que ellas mismas llevan. Su horario laboral se extiende hasta las 5 de la tarde.

“Esta labor no guarda ninguna relación con mi profesión ni formación académica. Se realiza entre 5 y 7 días al mes, dependiendo de la cantidad de producto a empacar”

La mayoría del personal es femenino, aunque en el área de carga y descarga —el trabajo más pesado— solo participan hombres. “El pago es en divisas, lo hace algo atractivo, pero no suficiente para cubrir todos los gastos, aunque representa una ayuda significativa.”

El trabajo de la docente no se queda solo en el reemplazo de bisutería. Desde su casa adelanta un emprendimiento de panadería y pastelería que ofrece a través de redes sociales como Instagram.

Luchando por la estabilidad

Jenifer Ruiz comenzó sus estudios en Ingeniería en la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (UNEFA), pero debido a la falta de recursos económicos no pudo culminar la carrera. A pesar de las dificultades, con esfuerzo y sacrificio, logró obtener el título de licenciada en Contaduría Pública en la Universidad Nacional Abierta (UNA). Sin embargo, hoy en día no ejerce su profesión, ya que encontró mayor estabilidad económica trabajando en una fábrica de pantalones jeans en Ureña, en la frontera con Colombia. Allí supervisa la calidad de la producción de las prendas antes de su envío a la lavandería.

Ha trabajado en comercios agropecuarios, es estilista canina y, en ocasiones, ha realizado labores de limpieza de casas y apartamentos en la ciudad colombiana de Cúcuta. A pesar de que su experiencia profesional y su título no han sido determinantes en estos oficios, ha  encontrado en ellos una mejor remuneración que ejerciendo su profesión.

“No fue un trabajo fácil de conseguir y empecé desde abajo y he pasado por todos los procesos de fabricación”, describe Jenifer su rol en la fábrica.

En esta industria, el salario se paga por producción o por incentivos, es decir, por prenda fabricada, lo que le permite a Jenifer recibir aproximadamente 400,000 pesos semanales, (equivalente a 100 dólares), monto que confiesa, no es fácil de ganar en la frontera de manera legal.

“La frustración siempre va por delante”, dice la joven tachirense. “Haber dedicado tantos años a una carrera, invertido recursos y esfuerzo, y no poder ejercerla es desalentador. La situación económica del país ofrece salarios bajos que no garantizan una calidad de vida digna. Por eso, muchas personas prefieren optar por trabajos en producción que, aunque son demandantes por horarios extensos y esfuerzos, ofrecen mejores ingresos”.

Del derecho a la informalidad

Ramón se graduó de abogado en el año 2016, en la Universidad Católica del Táchira, luego realizó estudios de especialización en derecho inmobiliario y laboral. Trabajó en una firma de abogados hasta el año 2022, porque la profesión no le generaba ingresos suficientes para subsistir, situación que lo llevó a incursionar en el comercio.

 “Aunque tengo una sólida experiencia, el mercado laboral no ofrece suficientes oportunidades para ejercer mi profesión de manera rentable. Por eso, me ha tocado diversificar mis actividades para subsistir y seguir adelante”.

Recuerda con miedo la época cuando la inestabilidad laboral le afectó profundamente su calidad de vida y bienestar emocional. “El estrés de resolver situaciones económicas, pagar deudas, alquiler y otros gastos fue demasiado”, así pasó del traje y la corbata a ropa más ligera que le permite movilizar bultos y cajas de mercancía, confiesa. 

“Encontrar empleo como abogado ha sido complicado debido a la competencia dentro del gremio. Muchas empresas buscan profesionales con una experiencia extensa y algunos abogados reducen sus honorarios al mínimo, prácticamente regalan el trabajo para atraer clientes, lo que afecta a quienes intentamos mantenernos en el campo”.

Para Ramón, ser habitante de frontera ha influido significativamente en su labor actual. “Para mí es positivo vivir en un estado de frontera porque el 100% de los insumos agrícolas que comercializo provienen de Colombia. Muchas empresas multinacionales han salido del país y ahora operan desde Colombia, obligándonos a buscar los productos allá para distribuirlos en Venezuela”.

Sin prejuicios, el abogado admite que además del comercio, ha realizado otros trabajos para generar ingresos adicionales, como taxista, asesorías a estudiantes, investigaciones y fletes de mercancías. “La estabilidad económica es difícil de alcanzar, ya que no cuento con un sueldo fijo y mis ingresos dependen de la demanda y el movimiento del mercado”, puntualizó.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Obreros, taxistas, escoltas, vendedores ambulantes, limpiando casas o ingeniárselas para crear pequeños emprendimientos desde cero. Son múltiples los oficios a los que han tenido que recurrir profesionales venezolanos altamente calificados que habitan en la frontera con Colombia. Pese a contar con estudios superiores universitarios, que van desde maestrías o doctorados y largos años de experiencia en sus áreas, la Emergencia Humanitaria Compleja sostenida los empuja a altos niveles de precariedad laboral en su día a día
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“El trabajo no es una deshonra”, reza un antiguo refrán de la sabiduría popular, cuyo origen se le atribuye a los textos bíblicos. El relato en el libro del Génesis, cuenta que “Dios creó al hombre” y que lo “puso en el huerto de Edén para que lo labrara y lo guardara”, una evocación que le imprime valor al trabajo como parte de la vida misma y desde la dignidad. 

“Es mejor tener algo que no tener nada”, dice Omer Díaz, un licenciado en inglés de la Universidad de Los Andes, con una maestría en Planificación Educativa y que acumula 20 años de servicio en el ministerio de educación. 

Con una informalidad laboral que alcanza el 84,5% según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) y una tasa de desempleo del 40,3%, los venezolanos buscan alternativas en un entorno cada vez más incierto.

A Omer la necesidad lo ha llevado a desempeñarse como taxista, escolta, revendedor y mensajero. Oficios en los que asegura recibir una mejor remuneración que desempeñando la profesión a la que le dedicó años de estudio, dinero e intelecto.

“La situación me obligó a dejar de ser selectivo. Con cinco dólares al mes, ni vivo yo ni mi familia. Hay que enfocarse en la necesidad de sobrevivir. Al final, lo importante es encontrar un trabajo digno y al menos bien remunerado.

En la economía informal, la ausencia de formación, respeto y jerarquía marca una realidad difícil para los profesionales. En este entorno, la relación laboral se reduce a una dinámica simple: a un patrón y al obrero, el que tiene el dinero y el que lo busca. No hay normas claras ni garantías laborales, el trato humano, profesional y digno se diluye. 

“En estos trabajos, la regla es simple: si el trabajo te sirve, lo tomas; si no, alguien más vendrá a ocupar tu lugar”, concluye Omer.

Una frontera nada fácil

Vivir en la zona limítrofe entre dos países se podría pensar que resulta beneficioso y reporta algún alivio económico para los profesionales que buscan alternativas laborales. Si bien es cierto que los ingresos que devengan por los distintos oficios informales los reciben en divisas, hay reglas que los limitan.

La mayoría de los oficios que realizan los habitantes de la frontera tachirense, dependen de Colombia, pero ser extranjero, en muchos casos, se convierte en un estigma que reduce oportunidades. 

“Aquí en la frontera la xenofobia es un obstáculo que limita las posibilidades de empleo. Lamentablemente, la percepción negativa con respecto a los hombres venezolanos en algunos sectores de Cúcuta y Villa del Rosario ha contribuido a que los empleadores colombianos eviten contratarnos y nos cierran puertas. No sé si pasa igual con las mujeres venezolanas”, señala Omer quien, aprovechando la cercanía geográfica, ha cruzado a Colombia para explorar posibilidades laborales.

La falta de regularización migratoria y la convalidación de títulos educativos (técnicos, universitarios) para quienes cruzan a Colombia representan otras significativas barreras para los profesionales venezolanos que buscan oportunidades laborales en Cúcuta, Norte de Santander. “He intentado encontrar empleo en Colombia, específicamente en Cúcuta y Villa del Rosario, pero mi mayor obstáculo ha sido la ausencia de documentos legales, como el apostillado de mi título, un trámite costoso que no puedo costear”, explicó una educadora de Ureña, estado Táchira.

Esta profesional docente, ante la precariedad laboral que enfrenta y aprovechando el contexto de movilidad fronteriza, se abrió espacio en una concurrida avenida de San Antonio del Táchira, adyacente al puente internacional Simón Bolívar, en donde cada tarde, luego de cumplir su jornada de trabajo, llega con una olla repleta de hallacas a ofrecerlas a los transeúntes.

También vendo solteritas (galletas dulces crocantes), maracumango y otros postres, todos elaborados por mí para garantizar el control de calidad”, dice con orgullo.

La inestabilidad económica la ha llevado a tener episodios de estrés, pues nunca se imaginó que tras 20 años dedicados a su profesión tuviera que salir a la calle a vender comidas. 

“Si tuviera ingresos suficientes para cubrir todos mis gastos, podría permitirme descansar por las tardes. Sin embargo, disfruto lo que hago porque me permite tener contacto con la gente. Ya me conocen, me esperan en el punto donde vendo, y eso me agrada. A pesar de eso, el estrés sigue presente”.

Múltiples obstáculos ha tenido que enfrentar esta mujer venezolana al intentar rebuscarse la vida. Su sueldo como docente se lo suspendieron el año pasado y apenas hace dos semanas le fue restituido. Aunque reconoce que no es gran cosa, dice que “lo peleo porque me lo he ganado por mis 20 años de servicio al Estado venezolano”

Funcionarios de las fuerzas de seguridad del Estado venezolano, (Guardia Nacional y Policía Nacional Bolivariana), trataron en innumerables ocasiones de retirarla del lugar donde se acomoda para vender sus hallacas, alegando que se encuentra en una zona “estratégica de seguridad”. 

“Me presenté y les demostré que soy docente de un plantel educativo, donde aún ejerzo por vocación. Sin embargo, para ganarme la vida, debo salir a vender hallacas y otros alimentos. Afortunadamente, entendieron mi situación y me han permitido trabajar en ese lugar, donde muchas personas ya me conocen.”

En la zona fronteriza las oportunidades de empleo son escasas. En los colegios, la baja matrícula y la posible restricción en la contratación de profesores limitan las opciones laborales. Lo mismo ocurre en otros sectores, donde el panorama es igualmente difícil.

“El amiguismo es una práctica frecuente aquí. Quienes tienen conexiones acceden más fácilmente a puestos de trabajo, mientras que aquellos sin influencias encuentran mayores obstáculos para avanzar”, reveló Cira.

Frustrante y desalentador

Ser Técnico Superior Universitaria en Comercio Exterior, licenciada en Educación Integral y con Maestría en Planificación Educativa, no le garantiza a Carmen Colmenares una carrera profesional de éxito. Aunque no reniega de todos los años de dedicación y servicio que le entregó a la educación pública venezolana, carrera que dice amar, la mujer de frontera admite estar “emocionalmente afectada”, pero prefiere no quejarse y continuar.

No he logrado encontrar un empleo acorde con mi formación y preparación. Invertí mucho tiempo y dinero en mis estudios, y ahora enfrentar esta realidad es desalentador. Sin embargo, no podemos quedarnos en la queja; hay que buscar soluciones, avanzar y seguir moviéndonos”.

Carmen trabaja a destajo en San Cristóbal, en una empresa privada dedicada al reempaque de bisutería importada, destinada a la venta y distribución en Venezuela y para exportación. Pasa aproximadamente 10 horas diarias sentada en mesas que comparte con otras mujeres, en su mayoría profesionales en distintas áreas

Las trabajadoras ingresan al galpón antes de las siete de la mañana y, durante la jornada, tienen restringido el uso de sus teléfonos móviles. Solo pueden utilizarlos durante la media hora destinada al almuerzo, que ellas mismas llevan. Su horario laboral se extiende hasta las 5 de la tarde.

“Esta labor no guarda ninguna relación con mi profesión ni formación académica. Se realiza entre 5 y 7 días al mes, dependiendo de la cantidad de producto a empacar”

La mayoría del personal es femenino, aunque en el área de carga y descarga —el trabajo más pesado— solo participan hombres. “El pago es en divisas, lo hace algo atractivo, pero no suficiente para cubrir todos los gastos, aunque representa una ayuda significativa.”

El trabajo de la docente no se queda solo en el reemplazo de bisutería. Desde su casa adelanta un emprendimiento de panadería y pastelería que ofrece a través de redes sociales como Instagram.

Luchando por la estabilidad

Jenifer Ruiz comenzó sus estudios en Ingeniería en la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (UNEFA), pero debido a la falta de recursos económicos no pudo culminar la carrera. A pesar de las dificultades, con esfuerzo y sacrificio, logró obtener el título de licenciada en Contaduría Pública en la Universidad Nacional Abierta (UNA). Sin embargo, hoy en día no ejerce su profesión, ya que encontró mayor estabilidad económica trabajando en una fábrica de pantalones jeans en Ureña, en la frontera con Colombia. Allí supervisa la calidad de la producción de las prendas antes de su envío a la lavandería.

Ha trabajado en comercios agropecuarios, es estilista canina y, en ocasiones, ha realizado labores de limpieza de casas y apartamentos en la ciudad colombiana de Cúcuta. A pesar de que su experiencia profesional y su título no han sido determinantes en estos oficios, ha  encontrado en ellos una mejor remuneración que ejerciendo su profesión.

“No fue un trabajo fácil de conseguir y empecé desde abajo y he pasado por todos los procesos de fabricación”, describe Jenifer su rol en la fábrica.

En esta industria, el salario se paga por producción o por incentivos, es decir, por prenda fabricada, lo que le permite a Jenifer recibir aproximadamente 400,000 pesos semanales, (equivalente a 100 dólares), monto que confiesa, no es fácil de ganar en la frontera de manera legal.

“La frustración siempre va por delante”, dice la joven tachirense. “Haber dedicado tantos años a una carrera, invertido recursos y esfuerzo, y no poder ejercerla es desalentador. La situación económica del país ofrece salarios bajos que no garantizan una calidad de vida digna. Por eso, muchas personas prefieren optar por trabajos en producción que, aunque son demandantes por horarios extensos y esfuerzos, ofrecen mejores ingresos”.

Del derecho a la informalidad

Ramón se graduó de abogado en el año 2016, en la Universidad Católica del Táchira, luego realizó estudios de especialización en derecho inmobiliario y laboral. Trabajó en una firma de abogados hasta el año 2022, porque la profesión no le generaba ingresos suficientes para subsistir, situación que lo llevó a incursionar en el comercio.

 “Aunque tengo una sólida experiencia, el mercado laboral no ofrece suficientes oportunidades para ejercer mi profesión de manera rentable. Por eso, me ha tocado diversificar mis actividades para subsistir y seguir adelante”.

Recuerda con miedo la época cuando la inestabilidad laboral le afectó profundamente su calidad de vida y bienestar emocional. “El estrés de resolver situaciones económicas, pagar deudas, alquiler y otros gastos fue demasiado”, así pasó del traje y la corbata a ropa más ligera que le permite movilizar bultos y cajas de mercancía, confiesa. 

“Encontrar empleo como abogado ha sido complicado debido a la competencia dentro del gremio. Muchas empresas buscan profesionales con una experiencia extensa y algunos abogados reducen sus honorarios al mínimo, prácticamente regalan el trabajo para atraer clientes, lo que afecta a quienes intentamos mantenernos en el campo”.

Para Ramón, ser habitante de frontera ha influido significativamente en su labor actual. “Para mí es positivo vivir en un estado de frontera porque el 100% de los insumos agrícolas que comercializo provienen de Colombia. Muchas empresas multinacionales han salido del país y ahora operan desde Colombia, obligándonos a buscar los productos allá para distribuirlos en Venezuela”.

Sin prejuicios, el abogado admite que además del comercio, ha realizado otros trabajos para generar ingresos adicionales, como taxista, asesorías a estudiantes, investigaciones y fletes de mercancías. “La estabilidad económica es difícil de alcanzar, ya que no cuento con un sueldo fijo y mis ingresos dependen de la demanda y el movimiento del mercado”, puntualizó.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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