Moisés Naím, autor en Runrun

Nov 25, 2019 | Actualizado hace 3 meses

Hay televisión que enaltece y televisión que embrutece. Hay televisión que enseña, que nos hace pensar, que nos lleva a lugares que nunca visitaremos o que nos confronta con los grandes dilemas de la vida. También hay televisión que, deliberadamente, degrada, engaña y confunde. Y por supuesto, hay una televisión que nos distrae y entretiene. Con frecuencia, la televisión que busca educarnos es insoportablemente aburrida, mientras que la que nos intenta manipular, nos polariza y desinforma. En cambio, la que simplemente nos entretiene es políticamente irrelevante. O al menos eso creíamos.

Resulta que una reciente investigación ha descubierto que la televisión anodina, superficial y popular tiene consecuencias nefastas. Este tipo de televisión —la televisión chatarra— también tiene malos efectos sobre la política, por más que en sus programas nunca se hable de política. Esta conclusión nos llega de una fuente inesperada: The American Economic Review, quizás la publicación sobre temas económicos más respetada del mundo. En una reciente edición, incluyó un artículo de los profesores Rubén Durante, Paolo Pinotti y Andrea Tesei intitulado El legado político de la televisión de entretenimiento. Los autores aprovecharon los datos generados a comienzos de los años ochenta por la entrada en diferentes regiones de Italia de Mediaset, la cadena de televisión de Silvio Berlusconi, para evaluar el impacto político de la televisión comercial.

Combinaron así los datos de la penetración de la señal de las estaciones de Berlusconi en las distintas regiones, con información sobre la audiencia, y su exacta distribución geográfica. También obtuvieron encuestas de opinión, resultados de pruebas psicológicas, información sobre la naturaleza de los programas y múltiples otros datos. Los investigadores analizaron este enorme cúmulo de datos usando sofisticados modelos estadísticos que les permitieron identificar las características de quienes crecieron viendo los programas de Mediaset y quienes no tuvieron acceso a esos contenidos. Los resultados son insólitos.

Los datos revelaron que quienes crecieron viendo los contenidos de Mediaset terminaron siendo adultos menos cognitivamente sofisticados y con menor conciencia cívica que sus pares que no tuvieron acceso a estos programas. En otro ejemplo, las pruebas psicológicas administradas a un contingente de jóvenes militares revelaron que aquellos que provenían de regiones donde se podía sintonizar la estación de Berlusconi, tenían un desempeño entre un 8% y un 25% más bajo que el de sus colegas que no vieron esa televisión en sus años formativos. Lo mismo encontraron con respecto al desempeño en matemáticas y lectura. Una vez adultos, los niños y adolescentes que fueron televidentes de Mediaset, obtuvieron resultados significativamente inferiores a quienes no tuvieron acceso a esos canales.

Es bien sabido que la televisión influye sobre nuestras conductas y opiniones. En esa afirmación no hay nada nuevo, ni sorprendente. Igualmente, el uso de campañas de propaganda política para influir sobre las masas es tanto antiguo como universal. Que los poderosos —o quienes quieren serlo— utilicen la televisión para lograr sus objetivos tampoco es una revelación novedosa. Es, por lo tanto, tentador desdeñar este estudio. Basta notar que este impacto propagandístico era exactamente lo que buscaba Silvio Berlusconi al tener un canal de televisión al servicio de sus ambiciones políticas.

Pero no es así. Al menos no al comienzo de la entrada de las empresas de Berlusconi al mercado televisivo italiano. Desde su fundación en 1944, la televisión italiana había sido dominada por un monopolio del Estado: la RAI, canal que tuvo una clara misión educativa y cultural. A finales de los años setenta, este monopolio se fue agrietando con la entrada de emisoras privadas que servían a mercados regionales. Quien más agresivamente fue adquiriendo y consolidando en una sola cadena estas empresas regionales fue Berlusconi. En esa temprana etapa, ni este empresario pensaba entrar a la política —entonces férreamente controlada por unos pocos partidos y sus todopoderosos líderes— ni sus emisoras locales transmitían contenidos políticos o ideológicos. La suya era una estrategia obsesivamente comercial y eso se reflejaba en su programación: variedades, deportes, películas y juegos. Fue solo en los años noventa, cuando la crisis de corrupción conocida como Mani Pulite (Manos Limpias) demolió el sistema político italiano, cuando a Berlusconi se le abrieron las puertas de la política. El sistema cambió, los partidos tradicionales colapsaron y nuevos protagonistas de la política pudieron entrar a competir por los votos de los italianos que querían caras nuevas. De nuevo, nadie aprovechó mejor esta oportunidad que Silvio Berlusconi, quien rápida y eficazmente puso sus empresas de televisión al servicio de sus ambiciones políticas. Para 1990, la mitad de los italianos ya tenía acceso a Mediaset. Y en 1994, Berlusconi fue elegido primer ministro de Italia.

El impacto político de todo esto también fue analizado por los autores del estudio sobre la televisión chatarra. Quienes vieron Mediaset cuando eran niños y adolescentes ahora, como adultos, muestran una mayor propensión que sus pares a apoyar a políticos e ideas populistas.

Bloqueo de Trump podría ser tabla de salvación para Maduro

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El presidente Donald Trump y su equipo están considerando la posibilidad de prohibir la importación de petróleo venezolano a Estados Unidos. El cálculo de la Casa Blanca y otros en el Congreso es que esta sanción asfixiaría la economía venezolana y conduciría a la caída del régimen de Nicolás Maduro. Yo no estoy tan seguro. Veo la posibilidad de que esta medida más bien termine fortaleciendo al Gobierno de Caracas, debilitando a la oposición y agravando la crisis humanitaria que está devastando a los venezolanos.

Trump ha anunciado que impondría severas sanciones económicas a Venezuela si Maduro lleva adelante su intención de convocar comicios para una Asamblea Constituyente. Los más de 500 diputados que saldrían elegidos, en un proceso tutelado y trampeado por el régimen, tendrían la misión de reescribir la Constitución. La fundada preocupación es que la intención de Maduro y sus socios cubanos es la de usar esta nueva Constitución —cuya redacción y aprobación controlarían— para imponer instituciones y políticas económicas como las que imperan en Cuba.

Por otro lado, más de siete millones de venezolanos que participaron en una consulta organizada por la oposición manifestaron su repudio a esta Constituyente. Diversos presidentes y expresidentes de América Latina y Europa, el secretario general de la Organización de Estados Americanos y múltiples organizaciones internacionales han exhortado al Gobierno de Caracas a que suspenda esta iniciativa. Pero Maduro y los suyos reiteran que el proceso es imparable.

De resultar esto cierto, Trump ha prometido sanciones más severas de las que ya hay. El enfoque adoptado por Barack Obama y continuado por Trump ha sido el de identificar con nombre y apellido a corruptos, narcotraficantes, violadores de derechos humanos y otros criminales que ocupan altos cargos en el Gobierno de Venezuela y en sus fuerzas armadas e imponerles fuertes sanciones personales. Pero en ciertos círculos de Washington y de la oposición venezolana estas sanciones son percibidas como insuficientes, y de ahí la propuesta de prohibir la importación de petróleo venezolano a Estados Unidos.

Hay tres razones por las cuales esta es una mala idea. La primera es que la experiencia histórica en materia de sanciones demuestra que los bloqueos o embargos económicos generales casi nunca logran su objetivo. Hacen sufrir más a la población pero no afectan a los gobiernos y a las élites que lo apoyan.

El caso de Cuba es el mejor ejemplo. En 1962, Estados Unidos le impuso un embargo comercial en respuesta a las confiscaciones de bienes de ciudadanos y empresas norteamericanos. Lejos de desgastar al régimen, su único efecto ha sido el darle una excusa para justificar la crónica catástrofe económica que sufre la isla.

Y hay más ejemplos. Lo que llevó al Gobierno de Irán a la mesa de negociación que culminó en el acuerdo que frenó su programa nuclear no fueron las sanciones económicas que pesan sobre el país desde hace décadas, sino nuevas y muy sofisticadas medidas de castigo dirigidas a altos funcionarios, a sus socios y a su sistema financiero. Vladímir Putin se queja de las sanciones generales que hay contra Rusia, pero mucho más de las que afectan específicamente a las finanzas de sus más cercanos colaboradores y oligarcas amigos.

La segunda razón es que el bloqueo petrolero es innecesario. Sus terribles efectos ya los ha creado Nicolás Maduro. La economía venezolana ha colapsado y desgraciadamente sigue en caída libre. Las reservas en el Banco Central están por debajo de 10.000 millones de dólares, una fracción de lo que deberían ser. La mayor parte de los alimentos, los insumos para producirlos o las medicinas hay que importarlos pagándolos al contado en moneda dura, ya que nadie le da crédito al Gobierno. La trágica realidad es que ya no hay suficientes dólares para importar lo que hace falta para nutrir y medicar adecuadamente a todos los venezolanos. Y esta tragedia la crearon Chávez, Maduro y sus aliados cubanos… solitos. Sin ayuda de Washington.

Y esta es la tercera razón. La tragedia venezolana tiene responsables muy claros. El mundo ya ha entendido que los venezolanos sufren por culpa de la oligarquía chavista que ha gobernado al país durante 18 años bajo la tutela de La Habana. Ahora ni siquiera los simpatizantes más fanáticos pueden defender los resultados de esa revolución bolivariana sin hacer el ridículo. Un bloqueo petrolero impuesto por Donald Trump sería una maravillosa y oportuna tabla de salvación política para Maduro. Trump sería presentado como el responsable del hambre de los venezolanos. Maduro ha venido denunciando la “guerra económica declarada por el imperio del norte contra Venezuela” como la causa de los males del país. El bloqueo petrolero le daría la coartada perfecta.

No lo haga, presidente Trump.

@MoisesNaim

 

¿Por qué a los dictadores les gusta parecer demócratas?, por Moisés Naím

Medvédev

 

Una interesante paradoja de la política mundial en estos tiempos son las extraordinarias contorsiones que hacen algunos autócratas por parecer demócratas. ¿Por qué tantos dictadores montan elaboradas pantomimas democráticas a pesar de que saben que, tarde o temprano, se revelará la naturaleza autoritaria de su régimen?

Algunas de las razones son muy obvias y otras no tanto. La más obvia es que, cada vez más, el poder político se obtiene —al menos inicialmente— por los votos y no por las balas. Por ello, los aspirantes deben mostrar gran devoción por la democracia, aunque esa no sea su preferencia. La otra razón es menos evidente: los dictadores de hoy se sienten más vulnerables. Saben que deben temerle a la potente combinación de protestas callejeras y redes sociales. La mezcla de calles calientes y redes sociales encendidas no le sienta bien a las dictaduras. Quizás por eso, guardar las apariencias democráticas les tonifica.

La democracia aporta el ingrediente más preciado por los tiranos: legitimidad. Un gobierno que se origina en las preferencias del pueblo es más legítimo y, por lo tanto, menos vulnerable que un régimen cuyo poder depende de la represión. Así, aun cuando sean fraudulentas, las democracias generan algo de legitimidad, aunque sea transitoria.

La Rusia de Vladímir Putin es un buen ejemplo. Los trucos a los que ha recurrido para que su gobierno parezca democrático son insólitos. Rusia hoy cuenta con todas las instituciones y rituales de una democracia. Pero es una dictadura. Por supuesto que en Rusia periódicamente hay elecciones. Y estas vienen acompañadas de costosas campañas mediáticas, de mítines y debates. El día de los comicios, millones de personas hacen cola para votar. El pequeño detalle es que siempre gana Putin. O la persona que él designe para guardarle el puesto.

Eso pasó en 2008 cuando Dmitri Medvédev, el primer ministro del Gobierno presidido por Putin, ganó las presidenciales e inmediatamente le dio a su exjefe el cargo de primer ministro. Con Medvédev nunca hubo dudas sobre quién mandaba realmente. Cumplido su periodo presidencial, hubo elecciones y, por supuesto, el “nuevo” presidente electo fue… Putin. Así, el poder de la presidencia y el poder real volvieron a coincidir. Obviamente, mantener las apariencias de que, en el Kremlin, el poder se alterna es muy importante para Putin. Pero, ¿por qué? ¿Por qué en vez de hacer tantos esfuerzos, Putin no se quita la careta y sincera la situación? Eso le ahorraría el tener que usar abusivamente los recursos del Estado para lograr insuperables ventajas sobre sus rivales electorales y emplear todo tipo de triquiñuelas.

Quitarse la careta no le sería difícil. A nadie sorprendería, por ejemplo, que si Putin convocara un referéndum para prorrogar indefinidamente su mandato, lo ganaría (y por abrumadora mayoría, como siempre). Tampoco sorprendería a nadie que el Parlamento y la Corte Suprema respaldaran esa maniobra. Después de todo, ambas instituciones son elementos fundamentales de la artificiosa fachada democrática detrás de la que se esconde la autocracia rusa. En 17 años ni una sola vez han impedido que Putin haga lo que quiera.

Rusia no es la única dictadura que quiere parecer democracia. Recientemente las autoridades chinas indicaron su preferencia respecto al destino de Siria: “Creemos que el futuro de Siria debe dejarse en manos del pueblo sirio. Respetamos que los sirios escojan a sus líderes”. Es curioso ver a una dictadura aconsejar a otra que deje que el pueblo decida su destino. De hecho, tal como señala Isaac Stone-Fish, un periodista que vivió siete años en China, “uno de los eslóganes favoritos de Xi Jinping, el presidente de China, se refiere a ‘los 12 valores socialistas’ que deben guiar a su país, siendo la democracia el segundo de estos”. Stone-Fish también cuenta que en una conferencia a la que asistió, varios líderes del Partido Comunista Chino le insistieron que, igual que con EE UU, es perfectamente adecuado definir al sistema político chino como una democracia”. Lo mismo mantiene el Gobierno sirio, mientras Corea del Norte se autodefine como República Popular Democrática. Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Raúl Castro también sostienen que sus represivos regímenes son democracias.

Evidentemente, la democracia es una marca que se ha puesto de moda. No siempre fue así. En los años 70, por ejemplo, los dictadores de Iberoamérica, de Asia y de África no se preocupaban mucho por aparentar ser demócratas. Quizás porque se sentían más seguros que los dictadores de ahora.

 

@moisesnaim

El País ES

 

Jun 26, 2016 | Actualizado hace 4 años
Brexit y el Stalingrado italiano, por Moisés Naim

Brexit-Londres

Para entender mejor la potencia de las fuerzas que impulsan el huracán Brexit es útil recordar lo que pasó en 1994 en Sesto San Giovanni, un suburbio al norte de Milán. En sus años de apogeo económico la zona se llenó de fábricas, obreros y combativos sindicatos comunistas, hasta tal punto que se hizo famoso como el “Stalingrado de Italia”. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, cada vez que había una elección local, regional, nacional o europea, más del 80% de los habitantes de Sesto/Stalingrado lo hacían por el Partido Comunista o por su candidato. Esto cambió en 1994, cuando en el Stalingrado de Italia ocurrió un terremoto político tan inesperado como el de Brexit. Era un año más de la crisis que afectó duramente al sector industrial italiano. Ese también fue el año en que Silvio Berlusconi, aliado con los partidos de derecha, se lanza como candidato, enfrentándose directamente a la izquierda y -muy específicamente – a los partidos de origen comunista.

Más del 80% de los habitantes de Sesto San Giovanni votaron por Berlusconi.

La crisis económica, la corrupción de los políticos y la desesperanza llevaron a los votantes comunistas a darle una patada a la mesa y elegir a alguien que simbolizaba la antítesis de sus candidatos tradicionales. Pero aparte de darse el gusto de protestar contra todo y contra todos los políticos “de siempre” a través de su voto, fue muy poco lo que los habitantes del Stalingrado italiano lograron ayudando a Berlusconi a llegar al poder. Convertido en primer ministro, el empresario ni produjo el “nuevo Milagro Italiano” con el cual había ilusionado a sus electores, ni mejoró las condiciones de los trabajadores, ni hizo gran cosa contra la corrupción, otra de sus promesas que llevó a tantos a creer en él. En muchos sentidos, elegir a Silvio Berlusconi como primer ministro fue un autogol que se marcaron los italianos (¡cuatro veces!).

Los británicos acaban de hacer lo mismo.

Quizás el ejemplo más temprano y más ilustrativo del autogol británico nos lo ha ofrecido el gobierno local de Cornualles. El 56,5% de quienes votaron en ese condado del sureste de Inglaterra lo hicieron a favor del Brexit, lo que quiere decir que allí el entusiasmo con la ruptura con Europa es mayor que el promedio del Reino Unido. Pero la celebración de esa victoria les duró poco. La misma mañana en que se supo el resultado favorable a la salida de la Unión Europea, el consejo de Cornualles emitió un llamado urgente exigiendo que se les garanticen los 60 millones de libras al año que durante 10 años ha recibido de Europa. Y Cornualles no será el único caso de autogol. Una sorprendente estadística revela que las regiones de Reino Unido que más exportan a Europa fueron las más proclives a votar a favor del Brexit. Cabe suponer que en esas zonas será donde más puestos de trabajo se van a perder al disminuir las exportaciones. Otro triste ejemplo lo ofrece la doctora Anita Sharma: “He dedicado mi carrera a la investigación sobre el cáncer, que ha sido posible gracias a los fondos de la Unión Europea. Espero que los que votaron a favor del Brexit entiendan la devastación que esto va a causar en la medicina”. Reino Unido y Alemania son los países que más subvenciones europeas reciben para la ciencia.

La respuesta más común a este tipo de observaciones es que el voto a favor del Brexit está motivado más por el temor al “exceso” de inmigrantes y su impacto social y cultural que por cálculos económicos. Sin embargo, otra paradoja que revelan las estadísticas es que esa inquietud es más anticipatoria que real. Las áreas donde más concreta y real es la experiencia con los inmigrantes votaron a favor de permanecer en la Unión Europea.

“Recuperemos el control” es el eslogan que hábilmente utilizó la campaña a favor del Brexit. Esta es la ilusión –retomar un presunto control perdido — que se vendió bien en el Reino Unido y que se va a vender bien en otros países de Europa por la cohorte de “terribles simplificadores”, demagogos y oportunistas que hoy proliferan en el continente. Los devastadores resultados de esta búsqueda de “control” tardaron solo horas en aparecer. El más dramático es que la devaluación de la moneda, que tumbó la libra esterlina a niveles de 1985, ya ha hecho contraer drásticamente la economía.

“Recuperar el control” le está resultando prohibitivamente costoso a los británicos. Y más aún porque es una ilusión falsa. En el mundo de hoy el control que prometen los demagogos no existe. Quizás esta sea una de las muchas lecciones que dejará el Brexit. Otra lección –que está por verse—es si las sociedades aprenden de los errores que otros cometen.

Publicado en El País

Una historia panameña (y no es la que usted imagina) por Moisés Naím

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Se le aguó la fiesta a Panamá. En vez de estar celebrando la ampliación de su icónico canal, el pequeño país centroamericano ha consolidado su imagen como el lugar que utilizan los poderosos del mundo para esconder dinero. Alguien entregó a los medios de comunicación la información secreta de miles de empresas basadas en Panamá que servían para mantener el anonimato de sus propietarios. Su publicación seguramente tendrá un impacto igual o mayor al que tuvieron los Wikileaks o las filtraciones de Edward Snowden.

Pero hay otra interesante historia panameña que nada tiene que ver con lo que se ha dado en llamar Panamá Papers. Tiene que ver, en cambio, con comercio internacional, dictaduras, Internet, calentamiento global y… China.

Comienza con la decisión de Panamá, en 2006, de duplicar la capacidad del canal que le ahorra 12.700 kilómetros de navegación a los barcos que transitan entre Asia y Europa. En vista del aumento del comercio mundial, que ha triplicado su volumen desde los años cincuenta, las autoridades panameñas pensaron que era una buena idea ampliar el canal para que más barcos y más mercancía pasaran por él y aumentar así los ingresos del país. Esta suposición parecía muy segura cuando el comercio internacional crecía cada año al doble de la tasa a la que se expandía la economía mundial. Pero ahora se ha desacelerado: 2015 fue el quinto año seguido en que el crecimiento del comercio internacional cayó por debajo de su promedio histórico, una tendencia que no se había visto desde la década de los setenta y que continuará este año. En 2007, los flujos internacionales de fondos, bienes y servicios llegaron a ser el 53% de la economía global. En el 2014 cayeron al 39%.

¿Es esta desaceleración de las exportaciones e importaciones entre países simplemente una mala racha transitoria? En parte sí. Pero, según el Fondo Monetario Internacional, el menor dinamismo del comercio entre países también se debe a causas más estructurales y permanentes. Si bien hay varias razones para este declive, dos muy importantes son China e Internet.

El gigante asiático —además de crecer menos— está intentando pasar de una economía basada en las exportaciones y la manufactura a una donde el consumo interno y los servicios tengan más peso. Adicionalmente, las fábricas chinas están ahora produciendo más productos intermedios que antes importaban. Ambas cosas reducen el comercio internacional de China. Pero hay más. Mientras el comercio de productos se desacelera, el flujo internacional de información digital está en pleno auge: se ha duplicado tan solo entre 2013 y 2015. La consultora McKinsey estima que, en 2016, los individuos y las organizaciones mandarán 20 veces más datos a otro país que en 2008. Una de las innovaciones que tiene enormes consecuencias sobre el comercio mundial es la tecnología de impresión en tres dimensiones. Hoy se pueden mandar por correo electrónico instrucciones para que una impresora en cualquier parte del mundo manufacture, por ejemplo, una pieza de avión. General Electric calcula que, para el año 2020, enviará 100.000 partes alrededor del mundo a través de Internet y no de barcos.

Pero el canal de Panamá no solo enfrenta una menor demanda potencial de sus servicios, sino también más competencia. Wang Jing, un empresario chino, anunció en 2013 que construiría un canal alternativo a través de Nicaragua. Esta obra requeriría el mayor movimiento de tierra de la historia del planeta e implica enormes riesgos para el medio ambiente. Su financiamiento era y sigue siendo misterioso y su viabilidad, dudosa. Pero la limitada democracia que hay en Nicaragua permite al presidente Daniel Ortega ir adelante y dar su entusiasta apoyo a Wang, un empresario tan opaco como el proyecto que promueve.

Obviamente, de construirse, el canal nicaragüense le quitaría mercado y rentabilidad al panameño. Pero pocos creen que llegue a ser una realidad.

Lo que sí es una nueva e indetenible realidad es el calentamiento global que está derritiendo el Ártico y permitiendo que los barcos de carga naveguen a través de lo que solía ser una barrera de hielo infranqueable. El uso de esta ruta del norte es aún poco frecuente, pero de seguir la actual tasa de deshielo, en el futuro un barco de carga podrá ahorrarse por esta vía dos semanas de navegación para ir de Shanghái a Hamburgo. O el costo de pagarle a Panamá por usar su canal.

Es así como el pequeño istmo centroamericano se ha vuelto un interesante laboratorio donde se pueden observar los efectos de las grandes tendencias globales que moldean el mundo de hoy —de la corrupción en China al cambio climático o Internet—.

Y allí también se confirma, una vez más, el mensaje central de Pedro Navaja, el protagonista de la canción del salsero panameño Ruben Blades: “La vida te da sorpresas”.

 

@MoisesNaim

El País

Abr 11, 2016 | Actualizado hace 4 años
Zika, ISIS y Trump por Moisés Naím

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No podrían ser más diferentes. El zika es un virus, el ISIS es un grupo terrorista y Trump es… Trump. Los tres han sorprendido el mundo. Y resulta que tienen más en común de lo que parece a primera vista. Son la versión siglo XXI de antiguos fenómenos: las epidemias, el terrorismo y la demagogia.

La epidemia del zika comenzó en 2015, el ISIS (el acrónimo en inglés del Estado Islámico) nació en 2014, y Donald Trump anunció su candidatura a la presidencia de Estados Unidos en 2015.

No obstante, ninguno de los tres es nuevo. El virus del zika fue identificado por primera vez en 1947 cuando se encontró en un mono en una selva en Uganda. Los líderes del ISIS tienen una larga trayectoria en otras organizaciones terroristas islamistas. Y ya en 1987, Donald Trump anunció a los medios de comunicación que pensaba ser candidato a la presidencia de Estados Unidos. Ese plan no prosperó, pero en 2000 Trump participó como candidato presidencial en las elecciones primarias del Partido Reformista.

Si bien epidemias, terroristas y demagogos los ha habido siempre, sus recientes manifestaciones han cogido al mundo por sorpresa. Y sin respuestas para contrarrestar sus nefastos efectos.

Se sospecha que el virus del zika se transmite principalmente a través del mosquito Aedes aegypti. En febrero, la Organización Mundial de la Salud declaró que tanto el súbito aumento ocurrido en Brasil de recién nacidos con defectos craneales (microcefalias) así como de personas afectadas por el síndrome de Guillain-Barré (una rara condición que afecta al sistema nervioso), constituían una preocupante emergencia internacional de salud pública. El Aedes aegypti es bien conocido por las autoridades sanitarias y por los científicos, pero el nuevo virus que transmite, el zika, no lo es. Se están haciendo cuantiosas inversiones para prevenir los brotes y contener la epidemia. También se han intensificado las investigaciones científicas para encontrar vacunas y curas. Pero la realidad es que la comunidad internacional no está preparada para enfrentar la epidemia y es mucho lo que se desconoce de esta amenaza o sobre la manera de combatirla. Es un viejo virus que ha adquirido una nueva potencia.

Exactamente lo mismo puede decirse del terrorismo islamista. Existe desde hace mucho tiempo pero su letalidad ha venido aumentando hasta alcanzar extremos inéditos. Comparado con las más recientes atrocidades de Boko Haram o del ISIS, los horrendos actos terroristas de Hezbolá o Hamás hasta podrían parecer reticentes. Inclusive para Al Qaeda, la violencia del ISIS resulta inaceptable. El comando central de la organización que lideró Osama Bin Laden emitió un comunicado distanciándose del ISIS y aclarando que no tiene vínculos con esa organización. “Al Qaeda no es responsable de los actos del ISIS”, insiste el comunicado.

Las tácticas y actuaciones del ISIS no solo han sorprendido a Al Qaeda. Su crueldad, eficacia y métodos de reclutamiento y financiación y su novedoso uso de redes sociales, así como sus tácticas militares, también tomaron por sorpresa a Gobiernos con larga experiencia en lidiar con el terrorismo islamista. “El ISIS es diferente” es el resignado y reiterado reconocimiento que se oye en las agencias de seguridad de los países amenazados.

Eso mismo dicen de Donald J. Trump los líderes del Partido Republicano que intentan bloquear su candidatura y los analistas políticos que nunca imaginaron que el empresario pudiese llegar tan lejos: “Trump es diferente”. Al igual que el ISIS lo ha hecho con respecto al terrorismo, las actuaciones de Trump en la política estadounidense no tienen precedente. Y no solo se trata de lo inusitados que son sus amenazantes mensajes y agresivas propuestas. Trump también ha cambiado las maneras tradicionales de financiar las campañas presidenciales, el uso de los medios de comunicación o la relación con el establishment de su partido. Su habilidad para hacer que millones de personas le crean promesas incumplibles o que se entusiasmen con la idea de que basta con que sea presidente para que todo vaya mejor, son realidades que tienen perplejos a los analistas.

Otro factor que el zika, el ISIS y Trump tienen en común es que los tres son, en parte, fruto de la globalización. Según reporta la revista Science, el virus llegó a Brasil desde la Polinesia francesa y la facilidad de viajar y el aumento de turistas con motivo del Mundial de fútbol hizo que se propagara rápidamente. Ya hay brotes del zika en 30 países y territorios de las Américas.

Por su parte, el ISIS le debe a la globalización la facilidad con la que puede reclutar yihadistas en Europa, enviar terroristas entrenados de regreso a Occidente, vender petróleo o manejar sus finanzas internacionalmente o recolectar donaciones en todo el mundo.

¿Y que sería Donald Trump sin los mexicanos que, según él, “invaden” a EE UU, los 11 millones de “extranjeros ilegales” que él promete extraditar o los trabajadores chinos que tienen a millones de estadounidenses desempleados?

En muchos sentidos, Trump el magnate republicano es tan antiglobalización como sus adversarios de la izquierda.

El zika, el ISIS y Trump son la continuación de viejos fenómenos. Pero en su versión actual son manifestaciones repotenciadas —y más peligrosas— de los fenómenos que representan. Y para las cuales no estamos preparados.

 

@moisesnaim

El País 

 

Dic 14, 2015 | Actualizado hace 4 años
Antiamericanismo frívolo por Moisés Naím

antiamericanismo

Hay un odio a Estados Unidos que lleva a la violencia asesina. Y también hay un repudio a ese país, que si bien puede ser furibundo, no llega a la violencia. Con frecuencia es poco pensado y hasta frívolo. Por eso lo llamo el antiamericanismo light.

Syed Rizwan Farook y su esposa Tashfeen Malik, los protagonistas del ataque en San Bernardino, California, son los más recientes ejemplos de los terroristas fanáticos que odian a EE UU por su poder, sus valores y sus políticas. Están dispuestos a matar y a morir con tal de hacerle daño a ese país y su gente. Distingo su odio a EE UU del antiamericanismo de muchos de quienes se echan a las calles o usan a los medios de comunicación, las redes sociales o a las aulas universitarias para despotricar contra EE UU, sin que necesariamente deseen su destrucción. ¿Estoy entonces diciendo que todos los que critican a EE UU o protestan contra sus políticas son frívolos o equivocados? Por supuesto que no. Hay críticas más que justificadas y que, de hecho, yo comparto. La invasión a Irak es el ejemplo supremo de sus errores. Y hay otros. También es obvio que debe haber una libertad absoluta para criticar a la superpotencia.

Mi argumento es otro. Es que tanto los antiamericanos frívolos como algunos líderes estadounidenses creen que el antiamericanismo que no llega a ser terrorismo no tiene mayores costos. Y ese es un error.

No tengo dudas de que la constante avalancha de críticas destempladas a EE UU —que con frecuencia están basadas en calumnias, medias verdades, exageraciones o prejuicios— alimentan rencores mucho más profundos y peligrosos contra ese país y dificultan la defensa de valores que hasta los mismos críticos comparten.

Entre otras cosas, logran que los antiamericanos más violentos crean que forman parte de un movimiento mundial que suma millones de personas. Eso no es cierto, pero claramente esa suposición los anima y los hace sentir más apoyados de lo que realmente están.

A pesar de sus errores, ocasionales abusos y desviaciones de sus principios fundamentales, EE UU es un indispensable baluarte en la defensa de la democracia y otros valores universales. Y esa defensa requiere legitimidad y ella a su vez se deriva de que los demás acepten esa influencia. De ninguna manera abogo por darle a la superpotencia un cheque en blanco para que ejerza su poder sin cortapisas. Pero sí mantengo que el rechazo automático, virulento y con frecuencia basado en infundios contra EE UU es nocivo para el mundo.

Por ejemplo, en muchos países las reacciones instintivas avivadas por el antiamericanismo light hacen que cada vez sea más difícil para sus Gobiernos aliarse o colaborar con EE UU. La relevancia y efectividad de muchas agencias de la ONU también se han visto erosionadas por su sutil, y a veces no tan sutil, antiamericanismo.

Y hay más. La estridencia de este coro mundial contra EE UU socava el apoyo interno a su implicación en importantes asuntos internacionales. Muchos estadounidenses tienen dificultad para entender por qué sus impuestos deben ser usados para financiar el papel global de EE UU. ¿Por qué debemos ser el sheriff del mundo si lo único que eso genera es resentimiento contra nuestro país?, se preguntan muchos. O por ejemplo: ¿Por qué tuvimos que ser nosotros quienes desmantelamos la olla podrida que es la FIFA y no los países que más tienen que perder cuando el fútbol está plagado de corrupción?

De hecho, el antiamericanismo light que prevalece en muchos países es de gran ayuda para demagogos y aislacionistas irresponsables.Donald Trump es el ejemplo más reciente. Y también hay una peligrosa subvaloración de las consecuencias del antiamericanismo light. En EE UU es fácil encontrar quienes creen que ni es fácil hacer cambiar de opinión a los antiestadounidenses light ni tampoco merece la pena hacer el esfuerzo. Consideran que esas opiniones no importan y que los antiamericanos frívolos son irrelevantes. El mal chiste que circula en Washington es que en el mundo hay muchos que por la mañana queman banderas de EE UU y por la tarde forman fila en el consulado buscando una visa para viajar a ese país.

Menospreciar el impacto de esas críticas infundadas y superficiales es un error. Es del interés de los demócratas del mundo que EE UU tenga una influencia internacional que no solo dependa de su enorme fuerza militar o económica. Y ese interés se ve menoscabado cuando la legitimidad de EE UU se ve cuestionada no solo por los errores de Washington, sino también por esas críticas automáticas que responsabilizan al país de los más diversos problemas del mundo.

El ascenso mundial del antiamericanismo frívolo es una tendencia peligrosa. Y no sólo para los estadounidenses.

 

 

@MoisesNaim

El País 

Entre el terrorismo islamista y el imperialismo ruso por Moisés Naím

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Por las mañanas la Unión Europea se enfrenta al terrorismo islamista y por las tardes trata de contener el imperialismo ruso.

Así, en Siria, Europa está en una alianza militar con la Rusia de Vladímir Putin, mientras que en Ucrania, trata de contener los apetitos imperiales de… Vladímir Putin.

En Siria la fuerza aérea rusa bombardea los bastiones del Estado Islámico en estrecha coordinación con las fuerzas militares de los países miembros de la coalición anti-ISIS. En represalia a la beligerante conducta del Kremlin en Europa del Este, la Unión Europea impuso severas sanciones económicas a Rusia. Así, con su decisión de tomar Crimea, desestabilizar Ucrania para devolverla a su esfera de influencia y con sus amenazas a los países bálticos, Putin logró lo que décadas de reuniones cumbres y manifiestos no habían logrado: una Europa unida y capaz de tomar decisiones difíciles en política exterior y mantenerlas con sorprendente disciplina.

Por su parte, el Estado Islámico también logró cambios no menos sorprendentes: Una Europa dispuesta a aliarse con Rusia para enfrentar militarmente a la amenaza yihadista en Siria. Pero no es todo: el Estado Islámico también logró que los archienemigos Irán y Estados Unidos coordinaran sus acciones militares en Siria e Irak en su contra. Y que Irán y Rusia abandonaran sus recelos y rivalidades para colaborar en la defensa del régimen de Bachar el Asad.

Todo esto era inimaginable poco tiempo atrás. Y no es solo sorprendente y enredado sino, también, muy inestable. Es poco probable que estos arreglos de conveniencia entre naciones cuyos intereses fundamentales son tan diferentes mantengan estas alianzas y acuerdos a largo plazo. También es improbable —aunque no imposible— que Europa mantenga las sanciones a Rusia. Formalmente, su eliminación depende de que haya un alto el fuego permanente entre Ucrania y los movimientos separatistas armados y patrocinados por el Kremlin. El actual régimen de sanciones a Rusia expira a finales de enero y, a pesar de que los líderes europeos han declarado su intención de prorrogarlo, los ataques en París y la sensación generalizada de que la prioridad es fortalecer las defensas de Europa contra el terrorismo islamista están socavando el apoyo a la línea dura contra el Kremlin. Es obvio que, entre los europeos, el temor al terrorismo islamista es mucho más intenso que el temor al imperialismo ruso.

Además, Putin parece haber abandonado sus posturas más beligerantes y expansionistas. Rusia ya ha retirado una parte importante de sus tropas de la zona en conflicto y los líderes separatistas ucranios (que son controlados por el Kremlin) declaran con creciente frecuencia que la guerra se terminó. Hace poco, Rusia sorprendió al Gobierno de Ucrania ofreciéndole ayuda para reestructurar su deuda externa y apoyo para la estabilización de su economía. Y el Putin que asiste a los foros internacionales es menos pugnaz que el Putin que daba amenazantes discursos sobre la “Nueva Rusia” que recuperaría territorios perdidos y protagonismo mundial. Ese, además, era el Putin que gozaba de la seguridad que le daba el vender el petróleo a más de 100 dólares por barril (ahora el precio está a 60 dólares y Rusia necesita que suba a más de 110 para equilibrar sus cuentas).

No es de sorprender, entonces, el interés de Putin por hacer lo necesario para que las sanciones sean eliminadas. Le han costado a la economía rusa más del 1% de su Producto Interior Bruto.

Puede ser, por lo tanto, que la aventura militar de Putin en Siria le haya comprado un alivio económico. Si bien es plausible que una de sus motivaciones al intervenir militarmente en Siria fue la de impedir la caída de Assad, no hay duda de que otra fue la de convertirse en un jugador indispensable en ese terrible tablero junto con Europa, Estados Unidos y los demás países de la región que están involucrados en el conflicto. Quizás en las negociaciones no se haga tan brutalmente explícito el que la alianza en contra el terrorismo islamista no puede ir de la mano de las sanciones con las que sus aliados castigan a Rusia por lo de Ucrania. Pero es obvio que ahora Putin tiene una carta que no va a dejar de usar.

Sin embargo, si Europa logra mantenerse unida, no levanta las sanciones prematuramente y así sigue presionando para que Putin abandone sus pretensiones de “recuperar” Ucrania, quizás se pueda lograr un buen resultado: limitar las aventuras imperiales de Putin en Europa por un tiempo y ganar un importante aliado en la lucha contra el Estado Islámico. No estaría mal.

 

@MoisesNaim

El País