Leonardo Padrón, autor en Runrun

Ago 29, 2016 | Actualizado hace 3 años
1-S: La toma de conciencia, por Leonardo Padrón

Oposición3

Creo que solo hay una manera de asumir en términos ciudadanos los objetivos del 1 de septiembre: La Toma de Caracas debe convertirse en el mayor evento simbólico de la democracia venezolana. Sería un error asumir ese día con las apetencias terminales del 11 de abril del 2002. Sería garrafal pensar que ese día cae el gobierno, renuncia Maduro, Tibisay fijará la fecha del revocatorio para el próximo lunes o cualquier estridencia ausente de sentido común. De igual forma, y para que el simbolismo tenga ese carácter totalizador, lo que ocurra el próximo jueves debe involucrar a todos los habitantes de este país que, hoy por hoy, se sienten maltratados en su dignidad humana, humillados, disminuidos, agredidos, hartos, inseguros y abrumados. Debe ser un evento que trascienda la comarca política, que vaya más allá de la MUD, que abarque a toda la sociedad civil, incluso, a la sociedad militar que no está de acuerdo con el autoritarismo incompetente y corrupto que gobierna al país.

Son muchas las dudas que surgieron desde la propia orilla de la oposición con el llamado de la Mesa de la Unidad a realizar el 1 de Septiembre una protesta general. Es lógico pensar que una nueva marcha o acto de masas pueda contener también la dosis de un nuevo fracaso. Nada más fácil para un gobierno represor que sacar a pasear sus tanquetas y colectivos motorizados para bloquear el derecho constitucional a la protesta. Nada más sencillo que infiltrar a alguien que lleve un arma en su koala, trajeado con una franela de Primero Justicia o una gorra de Voluntad Popular, y detone la violencia en cualquier punto de la marcha. El régimen tiene una dilatada experiencia en esas lides. Ellos mismos se ufanan diciendo que en la calle es donde son mejores. Pues, quién sabe. En todo caso, es en el poder donde son peores. Pero esa amenaza debe ser neutralizada con la participación nítida, absoluta y multitudinaria de todos los venezolanos que quieren un país de bien.

Habrá que agradecer, sí, la iniciativa y el riesgo político de los convocantes del 1S. Pero recordemos que, esencialmente, se trata de nosotros. De todos y cada uno de nosotros. Los que tanto nos quejamos de la magnitud del desastre. Por eso es responsabilidad nuestra dimensionar el gesto de los partidos políticos y transformar la convocatoria en un monumental referéndum a cielo abierto. Ese día no deben importar las zancadillas dilatorias de Tibisay Lucena, ni los graznidos de Jorge Rodríguez, ni los bufidos de Nicolás Maduro apostando a ser más malo que un dictador turco. La Toma de Caracas debe convertirse en la mayor Toma de Conciencia del atormentado venezolano del siglo XXI.

A una misma voz, las calles del país deben llenarse no solo con líderes políticos, sino también con el concurso de todos los gremios que hoy sufren los efectos mortales de la crisis. Las esquinas del mapa entero deben abarrotarse con la presencia y queja de nuestros médicos, con la decencia herida de nuestros maestros y profesores, con el reclamo de los campesinos, agricultores y ganaderos, con la voz de hartazgo de los obreros y las amas de casa, con el grito rebelde de todos los estudiantes, con el derecho a vivir de su trabajo que tienen comerciantes, panaderos, transportistas y empresarios, con el verbo en alto de los periodistas y reporteros gráficos, con el quejido de las miles y miles de familias viudas de la inseguridad, con la firmeza milenaria de nuestros indígenas y ancestros, con el grito atrapado de los presos políticos, con la nostalgia recóndita de los venezolanos en el exilio, con la proclama de serenidad y bienestar que merecen las próximas generaciones.

Ese día, el 1 de septiembre, debe convertirse en un gigantesco e inolvidable manifiesto de democracia. Debe resonar en todo el planeta. Debe llamar la atención del mundo libre. Debe hacer que giren el rostro los indiferentes, que se avergüencen los sin vergüenza, que reflexionen los dogmáticos, que calmen su furia los rabiosos, que aquieten sus manos los saqueadores. Y, en definitiva, que los hombres que hoy gobiernan Venezuela, tan ebrios de poder, tan arrogantes y todopoderosos en sus errores, tan sordos a la quejumbre de toda una sociedad, entiendan que ha llegado el momento de detener su delirio, que la historia pide a gritos cerrar un capítulo y estrenar otro. Y hay una manera, una propuesta de oro que surca la constitución nacional. Porque si no bastara el demoledor referéndum a cielo abierto, entonces que se nos pregunte a todos, uno por uno, si deseamos seguir por esta ruta de equívocos y tropiezos que nos ha convertido en miserables a los ojos de la tierra. O si preferimos estrenar una nueva oportunidad de ser venezolanos.

Permítanme repetirlo: la responsabilidad de manifestar inequívocamente el hartazgo y el repudio a un sistema político que ya agotó sus posibilidades está en cada uno de nosotros. Por eso, debemos convertir al jueves 1 de septiembre en el día de la Toma de Conciencia de toda Venezuela. Ese es el próximo gran paso para lograr la activación del Referendum Revocatorio este año. Y quizás vengan otros obstáculos, pero cada vez serán más débiles. No hay margen para el desánimo. La democracia será reconquistada. Paso a paso. Sin violencia. Sin caer en emboscadas. Sin claudicar ni un solo día. Para convertir a la dignidad en la canción feliz de los próximos años.

Ago 01, 2016 | Actualizado hace 3 años
La difícil voz, por Leonardo Padrón

Periodismo

La paradoja es la dueña del país. La tierra de gracia: inventario de desgracias. Las rutinas: episodios en vías de extinción. Venezuela es noticia en el mundo porque se ha convertido en un país raro y doloroso. En todas las esquinas se habla de crisis humanitaria mientras el gobierno empuña un discurso que excluye la realidad. Nicolás Maduro pregona el diálogo con la gramática del insulto. Alardea del arranque de los 15 motores productivos y solo se escucha la turbina de la escasez. Es justamente en este momento histórico -en el que nos sentimos irreconocibles-que cobra mayor sentido el rol del periodismo ante el ser colectivo.
Hemos visto cómo la celebración del día del periodista tuvo más aire de quejumbre que de fiesta. Obvio. No hay mucho que celebrar en un país donde el periodista es visto por el poder como un enemigo mortal. En rigor, el periodista siempre ha sido una espina incómoda para los gobernantes de turno. Un mal necesario, dirán algunos. Ha sido así siempre: mientras el poder fabrica espejismos, el periodista suele derribarlos. Todo buen periodista es, por definición, un antídoto contra la mentira.
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Pero en Venezuela esta tensa relación entre periodismo y poder ha alcanzado ribetes de gravedad extrema. Cualquier inventario de los agravios sufridos en estos tiempos arroja un saldo de escombros. Uno de los episodios más punzantes fue el cierre de RCTV, uno de los canales de televisión de mayor linaje en Latinoamérica. A otros canales se les obligó a bajar la cabeza (y a veces, a abrir las piernas) con la misma amenaza de no renovación de la señal radioeléctrica. Otros más fueron comprados con el turbio dinero de la corrupción. Compraron el silencio de sus teclados, la opacidad de sus criterios y el blackout de sus cámaras. La radio ha sufrido una mortandad igual de pavorosa. Son decenas de emisoras clausuradas y otras que subsisten bajo el signo de la ilegalidad por tener la concesión vencida. Si giramos la mirada hacia la prensa escrita, el paisaje es igual de alarmante. Basta invocar el asedio a un icono de la prensa escrita como El Nacional; la puñalada a Tal Cual; el cierre de El Carabobeño, con 82 años de historia; la condena a 4 años de prisión del director del Correo del Caroní, por los reportajes sobre la corrupción en Ferrominera, hasta el informe de la ONG Expresión Libre que ha inventariado en los últimos 3 años el cierre de 22 periódicos por falta de papel. 22 obituarios contra la libertad de expresión.
Mientras tanto, el presidente de Conatel, William Castillo, con insuperable desparpajo, declara esta semana en Chile que en Venezuela hay absoluto respeto a la libertad de expresión. Mientras tanto, Ultimas Noticias borra de sus archivos digitales un reportaje ganador de premios internacionales que puso al descubierto a los verdaderos protagonistas de la violencia el 12 de febrero del 2014.

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En el inventario de bajas también están los propios periodistas. Cada cierre de un medio implica el despido de enjambres de comunicadores. Algunas figuras emblemáticas han sido desterradas de la televisión por la mala costumbre de ser incómodos y penetrantes. Otros han tenido que reinventarse desde un distinto huso horario o código postal, porque han sido perseguidos y amenazados con cárcel. Todavía están demasiado frescas las agresiones físicas a periodistas y reporteros gráficos en las calles del centro de Caracas el pasado 2 de junio, cuando solo buscaban informar sobre las protestas de un pueblo con hambre.
Hacer el inventario agota. Y asombra. No solo por la inquina del gobierno contra todo lo que huela a información veraz, sino por la actitud de cientos y cientos de periodistas que no se han permitido vender ni un milímetro de conciencia. En cambio, han tenido que asumirse como corresponsales de guerra en un campo de batalla.
“Prensa burguesa”, esa es la etiqueta que Nicolás Maduro le ha endilgado al periodismo independiente. Un adjetivo que unta, como mantequilla, a todo lo que puede. Entonces, en un chasquido de dedos, todos los comunicadores se vuelven sospechosos, traidores a la patria, sumisos amanuenses del imperio.

Decía Victor Hugo que la prensa es el dedo indicador. El que señala la realidad. Pero para que funcione, debe ser ejercido en libertad. A los periodistas venezolanos les ha tocado, en estos 17 años, replantearse el oficio, aguzar sus métodos, templar el carácter. Nunca había sido tan peligroso informar en este país. Así mismo, ha sido lamentable ver a ciertos periodistas sucumbir a las veleidades del poder. Astilla el ánimo ver cómo aquellos que alguna vez fueron referentes, hoy -desde sus nichos (la dirección de un periódico, un programa de televisión) – hacen de su talento un ejercicio de cinismo y un maridaje inescrupuloso con el régimen.

“También la verdad se inventa”, escribió alguna vez el poeta Antonio Machado. La hegemonía comunicacional pretende eso: una verdad distinta. Los medios oficiales se han hecho expertos en dibujar paraísos artificiales. Silenciar lo inconveniente y satanizar las críticas, he allí sus primeras tareas en agenda.

Pero todo periodista genuino es un adicto a la verdad. Interpelar, denunciar al que patea los derechos humanos, al gorila que tortura, al gobernante sin escrúpulos, ese es su manual de uso. Por eso siempre tendrá una creciente colección de enemigos.

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Un buen periodista debe enamorarse de su idioma como su mejor amante. Debe convertir a la calle en su sala de redacción. Sacudir las telarañas que generan la costumbre y la pereza. Reinventarse a cada tanto. Olvidarse de la objetividad artificial y de la subjetividad tarifada. Dudar siempre. Ser más obstinado que su propio miedo. Defender endemoniadamente la libertad de expresión.

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El periodismo, en esta sobredosis que es hoy la aldea global (Kapuscinski desecha la metáfora de McLuhan y habla de cosmopolitismo global), se ha llenado de aliados pero también de riesgos. Sucumbir a los cantos de la tecnología en desmedro de la investigación es uno de ellos. Se celebra la aparición de tantos portales de noticias, pero vale la pena advertir que a veces, demasiadas veces, parecen clones de sí mismos. Portales donde se replican unos a otros informaciones cargadas de levedad, prisa y sequía de datos. El gran riesgo es que así el periodismo se vuelve uniforme, predecible, y peor aún, mediocre.

En tiempos de periodismo cibernético ya no importa seducir al peatón que se detiene ante el kiosco de la esquina. Ahora se busca que el dedo del navegante haga click en un titular excesivamente aliñado, para que se asome y así cantar victoria. Cuidado. La verdadera victoria es un reportaje bien hecho, un artículo sólido, una crónica indispensable, una noticia dada con responsabilidad. Cuidado con las trampas que se riegan en el camino buscando la atención del lector. Son trampas en ambas direcciones.

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El periodismo es una profesión que debe reflexionar sobre sí misma permanentemente. No puede tener recelo en señalar sus propios errores o negligencias. Distorsionar la verdad en aras de una lectoría mayor es un delito moral. Difamar, arrojar dicterios, condenar sin pruebas es una acrobacia de baja calaña que no debe llamarse periodismo.

Hoy en día, como me lo comentara Jorge Lanata, muchos estudiantes de periodismo están “más preocupados en ser famosos que en ser buenos, no se dan cuenta que siendo buenos igual serán famosos. Lo que pasa es que ser bueno lleva más trabajo”.

Uno de sus desafíos, en estos tiempos de avalancha informativa, es no abandonar la noticia que apenas nace. ¿Cuántas veces un escándalo de corrupción muere a los pocos días, sepultado por las nuevas estridencias de la realidad? El reportaje que merece seguimiento es abandonado porque ante el domingo se impondrán las noticias del lunes y luego el revuelo del martes y más tarde los tubazos del miércoles. Y entonces la denuncia inicial se vuelve remota y queda cubierta por el olvido. ¿A quién ayuda eso? Al ministro experto en sobreprecios, al militar con las manos en la harina, al petrolero amigo de los guisos.

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Nunca como hoy es tan cardinal el rol del periodista en Venezuela. Le toca ser el custodio de la verdad en un territorio donde la mentira posee mucho dinero, exceso de micrófonos y kilos de poder. Los ojos del periodista deben tasar la degradación y la honestidad, el abuso y el aviso, la barbarie y la justicia. Para sobrevivir al acoso del autoritarismo debe reinventarse, hacer pactos indeclinables con el ingenio.

El periodismo necesita con urgencia recuperar la libertad de decir. Le ha tocado lidiar con un Estado que niega todas las crisis y cuando las reconoce se las endosa, no pocas veces, a los mismos medios. Así, la inseguridad es solo una sensación que los Runrunes de Bocaranda multiplican. El desabastecimiento está magnificado por La Patilla. La escasez de medicinas es una matriz de opinión alentada por El Nacional. La crisis hospitalaria es un delirio febril de César Miguel Rondón. La emergencia eléctrica, pura insidia de El Carabobeño. Argumentos que intentan disimular, inútilmente, el fracaso del Estado.

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Venezuela es un jeroglífico que desea descifrarse. En tal coyuntura, al periodista le toca ser el traductor de la complejidad, apostando su propio pellejo dentro de un turbio laberinto de intereses. Arthur Miller dijo alguna vez que un buen periódico es una nación hablándose a sí misma. Y justamente eso necesita el país, no sucumbir a la afonía, no perder la voz que denuncia y cuestiona. Por eso celebramos y esperamos que los hostigados y golpeados periodistas venezolanos sigan manteniendo -tercamente- su pacto a fuego con la difícil voz de la verdad.

​Leonardo Padrón

Dic 20, 2015 | Actualizado hace 4 años
Felices y preocupados por Leonardo Padrón

Celebracion Chacao

Si te asomas estará allí, viéndote con sus ojos de árbol, con su cinturón de carros, con sus accesorios en el lugar de siempre: antenas, deportistas, quebradas de agua. Todo expuesto al mismo sol de cada lunes. Como si el Ávila siguiera igual. Pero no, sabes que hoy la ciudad es otra. Tu cotidianidad ha recibido un punto de inflexión que parece impalpable, que no genera alteración en las nubes, en su levedad o frecuencia. Pero es cuestión de afinar la mirada. Observar mejor a los ciudadanos. Las sonrisas. Ni siquiera podrás contarlas. Hay muchas. Aparecieron. Como si alguien hubiera conseguido el botín y lo hubiera repartido al hilo de la madrugada.

En cada fragmento del mapa, la mañana ocurrió igual pero distinta.

Nadie ha querido hacer mayores alardes, porque siguen siendo tiempos complejos. La alegría de millones debe convivir con el duelo de otros millones, que esta vez son muchos menos, pero son. Porque siguen existiendo las dos temperaturas en el país. Gente que dice que por fin hay una Navidad que celebrar. Gente que ha oscurecido repentinamente. Esta vez la mayoría es otra. O quizás la que tenía rato siendo. Pero se atrevió y apartó el miedo, como quien se quita de la espalda un bulto muy pesado. Y entonces habló el hartazgo, habló un cansancio monumental, un exceso de penurias que se convirtió en reprobación mayúscula a un sistema de gobierno y le dio vuelta a las agujas del reloj de la historia de Venezuela.

El 7 de diciembre amaneció de sonrisa.

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El día anterior, ese que ahora podemos catalogar -sin hipérboles- como el histórico 6 de diciembre del 2015, tuvo sus particularidades. El libreto se repetía como en elecciones anteriores. Pero hubo una notable variación en los metros finales de la noche. La ilegal orden de mantener los centros de votación abiertos, así estuvieran vacíos, no se cumplió a cabalidad. El vandalismo electoral no ocurrió. Los militares cumplieron su trabajo y la MUD supo cuidar milimétricamente cada voto a favor. En todo caso, la diferencia real la ejercieron toneladas de prosélitos de Chávez, vapuleados en su día a día por los estragos de la estafa política más grande de las últimas décadas. Lo entendieron: era absurdo seguir votando por un régimen que había arruinado, hasta el escándalo, al país con las mayores reservas de petróleo del mundo.

Esa noche, mientras se esperaba el anuncio oficial del CNE, un silencio espectral reinaba sobre el valle de Caracas. Desde mi apartamento poseo un punto de vista que abarca las montañas de Coche, los confines de Catia y los nutridos cerros de Petare. Todo eso era silencio. Un silencio compacto, expectante. Como si la ciudad entera estuviera aguantando la respiración. Por primera vez no explotaba el cielo con los cohetones prematuros y arrogantes de la revolución. Desde las 7 de la noche ya los venezolanos manejábamos las cifras de la victoria de la MUD, pero nadie se atrevía a celebrar. El deja vú era muy fuerte. Escenarios similares habían desembocado en un sorpresivo triunfo del régimen. La frustración era el menú habitual. Por mi parte, hasta no ver al Factor Tibisay leyendo los resultados oficiales no me permitiría ni un solo gesto de celebración. Tocaría trasnocharse, deshojar la angustia, hacer del estrés un deporte extremo. Bien lo diría Alberto Barrera Tsyzka en un tuit: “Tibisay Lucena debe ser enjuiciada por malversación del tiempo de todos los venezolanos”.

Finalmente ocurrió. Lucena, con un enredo de consonantes, no tuvo más remedio que anunciar el triunfo de la oposición. En casa, un pequeño grupo de amigos lanzamos un grito que mezclaba felicidad y extrañeza en partes iguales. Mi mujer no atinaba a reaccionar, no le daba permiso a la música que traía la noticia. A fin de cuentas, pertenecíamos a una tribu acostumbrada a la derrota. Derrota natural, amañada o fabricada. Un “como sea” ya convertido en tradición. En la euforia les dije a mis hijos: “Les vamos a recuperar el país que ni siquiera han podido vivir”. A esa hora, y con tamaña noticia, me di el permiso de la grandilocuencia.

Afuera, el valle de Caracas lanzaba cohetones al cielo. Y bulla. Y gritos. Pero la pirotecnia fue modesta. No había presupuesto para tanta alegría.

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Los días siguientes han sido inéditos. Cada saludo en la calle contiene casi el mismo parlamento. La gente se felicita mutuamente. La alegría se nos había vuelto un exotismo, un artículo foráneo, un asunto vintage. Por eso nos ha costado tanto verla directamente a los ojos. Es como si desconfiáramos, como si esperáramos una vuelta de tuerca de última hora. Algo que nos devolviera al pozo de la resignación.

Y eso pretenden los jerarcas del régimen, arrebujados de ira en su propio desconcierto.

Cuidado.

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Una amiga, con planes de irse del país, me comenta que la sorpresa fue tal que le dijo a su pareja: “Pero esto no cambia nada, ¿verdad? No es que mañana Farmatodo va a estar llena de antipiréticos ni que los malandros van a salir corriendo a inscribirse en la universidad”.

Un viejo conocido me escribe desde Miami: “Muchos de los jóvenes que se vinieron y pidieron asilo ahora están arrepentidos. Quieren volver”.

La alegría flota, a pesar de los lunares del escepticismo.

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Un amigo que trabaja en un ente gubernamental me relata cómo transcurrió allí el día siguiente. Un teatro de máscaras: “Los mejores actores de Venezuela están en las instituciones públicas. La gente fingía un duelo por lo sucedido (“¡qué cagada!”) y por dentro cantaban: ¡Abajo, a la izquierda, en la esquina, la de la manito!”.

Pero un gerente, genuinamente dolido, comentó: “Esto fue horrible. ¿Vieron cómo está la ciudad? Fue como cuando murió el comandante Chávez”. Silencio a su alrededor. La comparación los descolocó.

Cada quien ve lo que quiere ver.

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Una de las celebraciones por el triunfo de la oposición ocurrió en la Plaza Bolívar de Chacao, dos días después. Convocado por el animoso equipo de Cultura Chacao (Albe, Xariell, Mafe) repliqué ante la multitud que atestaba la plaza “Un lento y feroz comienzo”, la crónica que escribí un mes antes, donde planteaba lo laborioso que sería el arranque del nuevo país. El gran Andy Durán y su orquesta tuvieron la misión de llenar cada rincón con las legendarias canciones del maestro Billo Frómeta. Fue una verdadera fiesta popular. Una noche conmovedora donde mujeres de 80 años, parejas de 50 y 40, jóvenes de 20, bailaban al compás de cada acorde, donde se exclamó feliz navidad y la gente se abrazaba, con una sonrisa guardada desde hace casi dos décadas, una sonrisa que era más bien un estreno de año nuevo, y todos coreaban los entrañables mosaicos de la Billo´s Caracas Boys, sin punzadas, sin miradas opacas, y entonces, en pleno pasodoble, en pleno Memo Morales al micrófono, cuando todo sonaba a  país de antes, o de siempre, a bastión recuperado, rompí a llorar por segunda vez en tres días y me lancé al cuello de mi mujer, incontenible, con un quiebre de cansancio feliz, de valió la pena, de por fin, de todo comienza de nuevo, y alrededor todo el mundo cantaba, bailaba, todo acontecía como nunca.

La esperanza y las canciones de Billo en una misma plaza. Vaya  sobredosis. Y el recuerdo del verso de Antonia Palacios: “Una plaza ocupando un espacio desconcertante”.

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El país, hoy, se balancea entre el estupor de la victoria de millones y la perplejidad de la derrota de otros. Antes nuestro refugio era una esperanza roída, mendicante, famélica. Ahora se trata del extraño licor del triunfo. ¿Estamos preparados para beberlo? Nos toca estrenar otras interrogantes. Ensayar el futuro.

El país insano en el que vamos desbrozando la vida ha hecho un gesto crucial hacia la luz. Se nos ha llenado el idioma de palabras que ya no recordábamos cómo sonaban.

En los pasillos del poder acontece, en cambio, el peor de los despechos. Algunos azotan su duelo con furia, otros con reclamos justos, críticos. Nicolás Maduro ha convertido el pésame en metralla. Habla como la víctima de un golpe de Estado. Grita rebelión y calle. Diosdado Cabello instaura un Parlamento Comunal para trabar la labor del próximo parlamento. Tarek el Aissami amenaza con boicotear la instalación de la nueva Asamblea Nacional. En Zurda Konducta, el bilioso programa de VTV, “Cabeza´e mango” es enviado a Petare, micrófono en mano, a interpelar a los ¿desprevenidos? peatones: “Si el cambio llegó, ¿cómo es posible que aún haya basura, huecos e inseguridad?” Buscan atizar a la masa. En una acrobacia rabiosa tratan de endosarle la culpa del caos, no solo a la falsa guerra económica, sino a la nueva Asamblea que ni siquiera ha estrenado funciones.

El despecho como radicalismo de Estado. La cólera en acción. Preocupante. Muy preocupante. La furia de la derrota puede acabar con lo poco que queda sano en el país.

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Antes estábamos tristes y preocupados. Ahora, sí, andamos felices. Y preocupados.

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La oposición se había convertido en una melancolía bastarda. Ya no. Ya es destino también. Opción. Alternativa.

Lo que ha ocurrido no es otra cosa que una invitación a vivir. A reestrenar el país. Tengamos la inteligencia de hacerlo con las luces de la concordia y la reconciliación.

Que nada suene a revancha. Que todo lo que estrene nuestro 2016 sea sensatez. Que haya norte y brújula. Que enero sea un inicio de aire limpio y futuro. Así queremos los venezolanos la vida. Así lo pronunció una descomunal mayoría el 6 de diciembre. Que la política adquiera compostura. Que cese la confrontación. Que se impongan la cordura y la prudencia. Que busquemos entre todos la sabiduría para entendernos y salir de la ruina. Es el pedimento del país entero. Una cotidianidad sin estridencias. Sin sobresaltos. Que los mejores economistas propongan el rumbo. Que la justicia imponga su reino. Que los diputados legislen con lucidez. Que culmine el saqueo. Que la violencia sea la primera derrotada. Que seamos otra vez normales.

¿Sería mucho pedir?

¿No se merece Venezuela algo que se parezca a una feliz navidad?

Pues sí. Toca una feliz navidad. Nos hemos ganado ese derecho de una manera irreversible.

@LeonardoPadron

Publicado en El Nacional

Dic 13, 2015 | Actualizado hace 4 años
Maduro, el inmaduro por Leonardo Padrón

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Se podría hacer una voluminosa antología de los desafueros verbales de Nicolás Maduro. De hecho, el humor venezolano lo tiene entre sus víctimas predilectas. Seamos justos, en rigor, él pone la materia prima. El resto es colgarlo en la red, masificarlo, convertirlo en asunto viral. Pero más allá de la sonrisa atónita que generan sus torpezas, está lo que eso entraña dado el rol que el personaje ocupa en Venezuela. Se trata del presidente de la República. Hay una majestad implícita en el cargo que hay que corresponder con el discurso y el accionar. Pero Maduro nos ha enseñado de manera vertiginosa a perderle el respeto. Es su hazaña. Nadie más tiene responsabilidad en tal conquista.

La reacción de Nicolás Maduro ante la “aplastante” derrota que sufrió el gobierno (el adjetivo no es mío, es de Pérez Pirela y Juan Barreto) en las elecciones del 6D ha sido una muestra de profunda inmadurez política. Todos esperábamos su discurso luego de la debacle electoral. Suponíamos, al menos,  un comedido acto de mea culpa. Una reflexión lo suficientemente atinada que lo llevara a moderar su estridencia, a ejercer la humildad, a aceptar algún error crucial. Pues no. Maduro, como un adolescente malcriado, sin un átomo de pericia política, se ha dedicado –en los ya varios duelos públicos- a lanzar pataletas, gruñir insultos, repetir consignas que ya fracasaron. Si no fuera tan penoso, daría risa. Si no fuera tan preocupante, daría pena.

Saber perder es lo mínimo que le puede exigir la ciudadanía a un político, pues la política es un oficio que se balancea permanentemente entre el triunfo y el fracaso. Pero no. Este no es el caso. Maduro, por el contrario, en vez de rectificación, esgrime amenazas. Más aún, plantea la venganza como su próximo plan gubernamental.  Dice que ahora no sabe si terminará el plan de construcción de 1.500.000 viviendas (cifra poco creíble, por cierto) pues la gente, “su gente”, no lo acompañó con el voto. Lo que pone en evidencia una vez más que los beneficios sociales solo existen para todo aquel que proclame su adhesión a la causa revolucionaria. Si usted es un damnificado, un refugiado, o alguien sin recursos económicos para sustentar un hogar, pero no simpatiza con la revolución entonces no se merece vivienda alguna. Ni canaimita, ni tablet, ni taxi, ni nada. Usted califica prácticamente como un ser invisible. No existe. Peor aún, sí, existe, pero en la orilla del odio, esa larga orilla donde han colocado a millones de venezolanos, esa orilla que llaman “derecha maltrecha”. Que no es tan de derecha, y mucho menos maltrecha, si nos atenemos al aluvión de votos del 6D en contra del régimen.

Maduro dice que “ganaron los malos”, que ganó “la guerra económica”, que ganó la “contrarrevolución”. No se da permiso para pensar. Para reflexionar. Para elaborar una idea un poco más articulada, más cercana a la realidad. Prefiere seguirse tropezando con la misma piedra ad infinitum. Y su cabizbajo  auditorio lo aplaude. ¿Ese aplauso es pura  solidaridad automática o un mero acto de educación protocolar? ¿Están sus ministros, sus adláteres, su público de galería, de acuerdo con sus epidérmicas reflexiones? ¿De verdad esa es la lectura que Maduro tiene de la brutal derrota que sufrió el 6D? Ya Roy Chaderton, ese inenarrable canciller del cinismo, se atrevió a declarar que la oposición había hecho uso de un ventajismo político desvergonzado. El señor Chaderton, tal como estila su jefe, insulta la inteligencia del venezolano. Ya da pereza enumerar todo el ventajismo del que ha hecho gala el gobierno durante 17 años y 20 elecciones. Es inadmisible que Chaderton esgrima tal argumento. Es un chiste barato. Igual Maduro. Peor Maduro. No puede acusar a la gente de haber caído en la trampa del imperio (bostezo), no puede condenarlos por creerse las mentiras del “pelucón mayor” (nuevo bostezo). No puede decirle a la nueva Asamblea Nacional “está bien, vengan por mí, aquí estoy yo con el pueblo y con las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas”. ¿De verdad sigues creyendo que el pueblo está contigo? ¿Haber perdido todos los circuitos que están en las barriadas populares de Caracas y en casi todo el interior del país no te da una ligerísima idea de lo que opina el pueblo sobre tu gestión? ¿El error no serás tú, Nicolás Maduro? ¿El error no será el modelo económico? ¿La obsesión por un dogma ideológico que fracasó en el resto del mundo? ¿No te das cuenta que Fidel es ya un trasnocho barrido por la historia?

Todavía rebota en los oídos de los venezolanos la terrible afrenta que Maduro le propinó a Carlos Ocariz, alcalde del Municipio Sucre, atropellando de forma infame el amor de un padre por un hijo seriamente enfermo. Maduro dio una muestra de -no cabe otra expresión- su miseria humana. Fue una campanada más de alerta. Este país está lidiando con un personaje turbio, inescrupuloso y sobre todo, bastante irreflexivo. Eso que él llama pueblo le dio la espalda de forma contundente. La gente no llena sus estómagos con retórica patriotera. La gente no cura a sus hijos con los discursos vencidos de Chávez. La gente no se salva de la inseguridad con insultos a la oposición. La gente no quiere más cadenas. La gente necesita un país normal. ¿Es tan difícil de entender, señor Maduro? ¿Ha leído los artículos de sus correligionarios en el portal chavista Aporrea? ¿Vio el programa con las duras y frontales críticas de uno de sus anclas favoritas del canal VTV? ¿Vio los videos de cómo la gente, el pueblo, “los hijos de Bolívar y Chávez”, como dice usted, con exceso de almíbar en el lenguaje, abucheaban sin rubor a sus gobernantes en los centros de votación? ¿No le pasa ni por un segundo la idea de pensar que quizás lo han hecho francamente mal? ¿Podría terminar de entender el mensaje que le envió el pueblo el 6 de diciembre, señor Maduro?  Ese es el pedimento más urgente que le hace el país en estos momentos.

O, al menos, pliéguese al consejo de Abraham Lincoln: “Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios”.

 

@Leonardo_Padron

Leonardo Padrón

Oct 11, 2015 | Actualizado hace 4 años
Un lento y feroz comienzo por Leonardo Padrón

Amanecer

 

Será un lento y feroz comienzo. Lento por lo eterno que todavía es. Feroz por todo lo que hay en el camino, dilapidado, roto, exánime. Por la gravedad de las heridas, por la cantidad de escombros, por la cólera que hay untada en las paredes. Un comienzo del tamaño de un día, de un año, de una generación. Ya no importa la dimensión. Importa que ocurra. Ya los venezolanos no pueden tener otra cara más honda que la desesperación. Es tiempo de resolver las estridencias. Hemos sido un atajo de errores. Un país equivocado. ¿Qué país no ha sido un error alguna vez? Hay errores que han costado seis millones de cadáveres. Hay errores que patean la historia y la rompen en dos. Nosotros también. Somos un error de la talla de los caudillos elegidos: enfermos de gloria y ego, intoxicados de resentimiento, frenéticos, deslucidos en su hacer. Somos un error tercermundista, con soluciones frágiles, inciertas y cambiantes. Pero debemos intentarlo otra vez. Ser mejores que nuestro último error. Ser enmienda. Rectificación. De eso nos va la vida hoy.

Ya basta de escaldar nuestras lesiones con tanta saña, de desgastarnos hablando mal de nosotros mismos, enumerando nuestras miserias a voz en cuello, en televisión, en los restaurantes, en las colas de la farmacia o el supermercado. No aguardemos la foto unánime y feliz de nuestros dirigentes. La oposición entera no cabe en el ángulo de una cámara. La oposición son muchas caras, mucha gente, muchos lugares del país. Todo ciudadano de bien se opone a este paisaje de ruina que hoy somos. Todo obrero, maestro, vecino, artista, oficinista, ama de casa o estudiante se opone a este cataclismo, a esta zona de guerra, a este punzante saqueo de nuestras arcas. Todo venezolano decente se opone a tanto agobio y sordidez. Todo venezolano cuerdo rechaza un nuevo triunfo de la incompetencia. Hoy, ¿quién lo duda?, legiones de simpatizantes del chavismo están alarmados ante este naufragio monumental.

No esperemos por la aparición del hombre predestinado, del esclarecido que sacudirá a las masas como un flautista de Hamelín en clave de música latina. No dependamos de la llegada de una docena de expertos en campañas electorales, ni de la condena planetaria al régimen. No aguardemos por un futuro premio Nobel que invocará la perfecta estrategia de la redención nacional. Nuestro caos nos pertenece. Entre todos lo hemos hecho prosperar. Con la rapiña y ambición del régimen, con la desidia e impericia de muchos de nosotros. Por eso, entre todos toca remediarlo.

Y ya no importa si a algunos no les gusta la vehemencia de Chuo Torrealba, los arcaísmos de Ramos Allup o la intensidad de María Corina Machado en el flanco de la oposición. No se trata de seguir condenando a Henrique Capriles por lo que hizo o dejó de hacer o a Leopoldo López por la salida a la calle o la entrada a la cárcel. No importa si entre ellos existen desencuentros o apetencias propias. Ni si algunos son poco creativos o asertivos. No interesa ya si no nos entusiasma cómo habla uno o grita el otro. En todo caso, y he aquí el oro, son gente que cree en la alternancia y el disenso. Gente que propone otra forma de vida. Donde el mérito es un valor. Donde el conocimiento importa más que el color de la camisa que vistas. Donde la tolerancia se impone sobre los dogmas. Donde la libertad no es solo un sustantivo que calza en un himno. No interesa ya si este se ha dormido o aquel comete deslices. No importa si alguno suena a reliquia del pasado, a eslogan de derecha, a guerrillero arrepentido, a tecnócrata sin carisma. Importa que son ciudadanos fuera de un cuartel o de una trasnochada ideología (que termina también siendo un cuartel). No importa si señalan la luz en bosques distintos. Lo crucial es que creen en la luz. Y que cada día optan por apostar, no por claudicar. Nuestros líderes están plagados de defectos, como nosotros, como nuestras parejas o amigos. Pero se trata de que nos encontramos en estado de emergencia nacional. O nos salvamos o nos hundimos todos.

Será un lento y feroz comienzo cuando por fin el noticiero, exhausto de su vaho eterno de malas noticias, de su olor a formol y granada, asome una noticia distinta a la de estos últimos 16 años. Una noticia que hable de una nueva oportunidad. Y el camarógrafo triste por la tristeza de todos los días será otro en su mirada. Y el redactor, y la productora, y los televidentes, la doméstica de pies hinchados, el ejecutivo expropiado, el maestro de ruinoso sueldo, el bachiller sin útiles, el mecánico sin repuestos, el médico sin insumos, en fin, todos, qué digo todos, el país entero, agotado en su aliento de animal herido, cansado de sus muertos, de la quejumbre, de las colas y la miseria y el arroz que no hay, que otra vez no llegó, que quizás mañana o tal vez más nunca,  y de la voz en cadena que recita mentiras, que decreta una felicidad imposible, un olor a rosas que no están, un mar que ya no es la utopía, sino una estafa más, como esta turbia historia de militares enriquecidos, de gente yéndose de donde no quiere irse, de gente agazapada detrás de sus puertas, con miedo a la vida porque ahora huele a muerte, de gente que ahora es menos, que ahora tiene un presente donde no cabe el futuro, de gente tensa hasta romperse, de gente que antes sonreía en sus pasillos de cerveza y salsa brava, de gente que no sabe dónde poner la esperanza, de gente que sencillamente no sabe y ya, que eso es mucho, de tan vacío, de tan desierto, gente que se está cansando de ser gente. Todos, sentirán la noticia de una nueva oportunidad.

Será un lento y feroz comienzo cuando todo lo que es empiece a no ser, cuando las marchas y las consignas galácticas se evaporen en el clima de una nueva multitud, cuando las amenazas y el oprobio se conviertan en afonía, cuando los carceleros renuncien a su faena, cuando las rotativas abandonen su ruido de mulo domesticado, cuando el odio se vaya volviendo humo y derrota.

Pero para eso habrá que registrar los rincones del país, atizar al perezoso, seducir al indiferente, convocar a los descreídos, a los indecisos, abrazar al decepcionado, insistir con el reticente y convertirnos todos en una tormenta inacabable de votos en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de este pavoroso 2015. Convertirnos en protagonistas de nuestro derecho a volver a ser un país.

Habrá que inventar la mañana. Habrá que hacer el mismo gesto y convertir a la sonrisa en un ejército de ocupación. Habrá que dejarse de silencios y miedos. Y así todas las puertas se abrirán de par en par. Y la vecina bailará sin música, y estremecerá sus ventanas, y todo aquel en la calle, en la orilla, en la calzada, será un gesto de bienvenida y euforia. Habrá que hacer una canción urgente, una melodía de recién llegados, y apurar un tren que aún no existe, un pasillo grande para el regreso grande de los que alguna vez fueron adiós.

Será un lento y feroz comienzo cuando la niña que tose y la mujer que desanda la farmacia y la urgencia, y el padre colérico, expulsen un grito de fin de la pesadilla, y se toparán con una plaza habitada por abrazos de los que ya no había. Y cada quien,  lustroso en la alegría repentina, sudoroso a fiesta que se acerca, voluminoso en la sonrisa, asomado en sus propios ojos, dirá que todo pasó, que el huracán fue un mal rato de casi dos décadas, que la vida se estrena otra vez.

Será un lento y feroz comienzo de diciembre. Lento por la larga cuenta regresiva que ya somos. Feroz por todos los obstáculos que tropezaremos. Será un día preciso. Está allí. Afuera. Se le puede señalar con el índice. Ese día es nuestro. Nadie nos lo va a quitar. Será apenas el comienzo. No la resurrección de los justos. No la multiplicación de los panes y las harinas y el café. No el acto final del odio. No la paz conclusiva. No la ultima marea. Será solo eso: el comienzo. Lo que necesitamos con urgencia. Un comienzo. Así sea duro, largo y difícil. Para dejar de ser un país fallido. Un territorio que no funciona para vivir.

Un comienzo. Nuestro comienzo. Lento, feroz y absolutamente posible.

 

@Leonardo_Padron

El Nacional

Ago 23, 2015 | Actualizado hace 4 años
Panamá, ida y vuelta, por Leonardo Padrón

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Lo más difícil hoy en día en Panamá es conseguirse con un panameño. Es una frase excesiva, pero si eres venezolano y vas de visita por tres días puedes vivir esa sensación. En cualquier centro comercial, supermercado o restaurante te vas a topar con un nutrido collage de caraqueños, maracuchos y orientales. Se habla de 150.000 venezolanos residiendo en un país de apenas 4 millones de habitantes. La cifra del éxodo sigue aumentando.

Desde hace años una alta dosis de venezolanos hace cabriolas para huir del país, de la ruina o de la muerte (marque con una equis donde su depresión elija). En ese hito crucial que es el exilio muchos procuran la opción menos traumática. La distancia y el idioma son elementos decisivos. Lejos, pero no tanto. Afuera, pero con el mismo diccionario. Panamá, para los venezolanos, más que un país, es una redención.

El destino es un quién sabe en el pasaporte.

***

Hace dos fines de semanas me tocó viajar a la ciudad de los rascacielos caribeños por motivos de trabajo. Allí se encontraban ya Tania Sarabia y Claudio Nazoa para presentar en el Teatro de la Huaca de Atlapa  Ese humor que es el amor, donde funjo de anfitrión en un divertimento que ambos tejen con maestría a propósito de los ancestrales vínculos entre la sonrisa y la piel, la carcajada y el orgasmo, la seducción y el humor.

En Venezuela todo viaje en avión se ha convertido en una epopeya. Por razones que no logro descifrar, la línea aérea que me transporta desde Maiquetía hace escala en esa penitencia que es el aeropuerto de Barcelona. Aunque se esmeran en disimularlo, es un aeropuerto internacional. Allí espero 4 horas para abordar otro avión que me llevará al destino final. En tanto tiempo es inevitable recibir una gran dosis de ese coctel nacional que hoy nos designa: penuria, negligencia, abandono. Para decirlo rápido: el estado Anzoátegui posee un aeropuerto francamente vergonzoso.

Primera noticia: el aire acondicionado no sirve desde hace meses. Afuera, el sol oriental derrama su temperatura de horno. Sientes opresión en los pulmones. Caminas de un lado a otro buscando oxígeno. Juras que luego de pasar inmigración todo será distinto. La cola es lenta, lentísima. Un policía me exige botar una botella de agua para entrar a una segunda cola donde el proceso de deshidratación se acelera. Realmente la medida de seguridad debería ser evitar que la gente se desmaye por el sofoco. Los empleados del aeropuerto se abanican con papelitos y quieren arrancarse las camisas de mangas largas que les obligan a usar. Pasas inmigración y te encuentras con la segunda noticia: el calor es muchísimo peor.

La gigantesca lona que cubre el área de salida de los vuelos internacionales triplica la sensación de fiebre interna. Las gotas de sudor ruedan por tu espalda, por tu pecho, por tus pliegues. Ya a estas alturas el viaje se ha convertido en una experiencia bochornosa.

En la sala de espera cientos de personas, exánimes por el calor, se  abanican con sus pasaportes, con el periódico, con lo que puedan. En los escasos negocios no hay agua para la venta. Los enchufes no poseen energía eléctrica, apenas dos, asediados por una multitud que necesita cargar sus teléfonos. Los efectivos militares revisan el equipaje de mano en una mesa chueca, coja, destartalada. Todo es tan precario, tan revolucionario.

Y entonces le preguntas a un empleado del aeropuerto por la gestión de Aristóbulo Istúriz, el gobernador de la región. Se escuchan risas, maldiciones, altisonancias. Aristóbulo no sufre ese sofoco. Él no sabe. No ve. No hace.

Cuando ya el mal humor ha desbordado su punto de quiebre, tu vuelo a Panamá finalmente sale. Todavía no entiendes qué hacías en Barcelona.

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Los panameños tienen un talante parecido al nuestro, un acento cercano, la misma sonrisa en la orilla de los labios. Ese fue un buen argumento  para muchos venezolanos a la hora de apostar por un nuevo código postal. La migración ha tenido varias oleadas donde hay desde estudiantes, empresarios, recién casados, raspacupos y familias enteras. Alguien me comentó de la mudanza de 25 miembros de una misma familia, tres generaciones, trasladándose de un solo envión a Panamá City.

Pero las cosas han cambiando. El tema recurrente entre los venezolanos que allí viven es el cambio de actitud de los locales. La hospitalidad inicial ha dado paso al recelo de quien siente los síntomas de una invasión. El asunto se discute en las redes sociales con virulencia. Asomarse a esos debates resulta tan iluminador como inquietante. El propio Rubén Blades, en una desmedida polémica con Ibsen Martínez sobre otro caldo, deslizó su opinión sobre el tema: “En Panamá hacemos un esfuerzo por lograr que nuestro pueblo no generalice un sentimiento anti-inmigrante que se empieza a sentir por el éxodo que va en aumento a consecuencia de la situación política. Algunos venezolanos, especialmente los de alto poder adquisitivo, llegan con una actitud de superioridad y de soberbia (…) Compran dos casas en un barrio de lujo y de pronto se creen dueños del país, y con una condescendencia que ofende, tratan a sus anfitriones como si fuesen siervos. Pero esos son algunos, no todos. Por eso, no debemos generalizar. Hay muchos venezolanos que han venido a nuestro país con respeto, agradecen nuestra acogida y se integran a nuestra sociedad y costumbres”.

El hecho es que ya no es tan fácil tramitar los papeles, ni abrir una cuenta bancaria, ni conseguir manos extendidas.

Este cuento ha perdido su gracia inicial.

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Oído en la barra de un bar: “¿Recuerdas cómo jodimos en su momento a los portugueses, gallegos, italianos y argentinos? ¿Por qué eso no fue xenofobia y lo que los panameños hacen con nosotros sí?”

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Comento el fenómeno con el sociólogo Tulio Hernández. Me dice: “Los panameños tienen una memoria amarga de la presencia de extranjeros en su territorio asociada al desprecio, la discriminación y la exclusión. El antecedente decisivo es la Zona del Canal de Panamá que era una colonia de Estados Unidos que partía el país en dos y que practicaba una especie de apartheid contra los trabajadores panameños. El método conocido como Gold Roll y Silver Roll, es decir, los cargos de mando y los mejores salarios para los norteamericanos y los trabajos menores y peores salarios para los locales. Era como tener otro país, con su propio gobierno, y donde eras excluido, dentro de tu propio país. Por eso hay una predisposición negativa a toda intromisión externa. Hace años hubo una muy fuerte migración colombiana que terminó generando rechazo. Y hoy se siente como amenaza la presencia de numerosos trabajadores españoles que laboran en la ampliación del Canal y, por supuesto, la de los venezolanos que alteran con sus prácticas –dar propinas exageradas, pagar los taxis a mayor precio para viajar solos, más la arrogancia impertinente de algunos– la vida cotidiana de la ciudad”.

Quizás los panameños necesitan estar consigo mismos un rato. Justo en el momento en que muchos venezolanos andan buscando asidero en sus costas.

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En un estupendo restaurante llamado “Alma Llanera”, el dueño –un traumatólogo caraqueño– nos habla de venezolanos que han llegado al local buscando trabajo como mesoneros o parqueros. “¿Y cuál es tu profesión?”, “Odontólogo”. Gente, sin duda, sobrecalificada, pero en estado de supervivencia.

Una amiga arquitecta que abrió un café en la zona comercial me relata su experiencia: “Estoy feliz. Sentirme segura ha sido lo más importante. Me siento como si viviera en la Venezuela en la que crecí entre los años 70 y 80. La gente es como los venezolanos de entonces. Alegres, bonachones, inocentes”.

Otra venezolana lo resume brutalmente: “En Panamá no sientes que estás en otro país, sino que cambiaste de gobierno”.

Panamá ha vivido sus laberintos, sus etapas oscuras, y ha sabido lidiar con ellas. Hoy su horizonte de rascacielos parece garantizar mejores tiempos. Se ha convertido en anfitriona y futuro de muchos nativos de un Arauca ya no tan vibrador. Se le debe agradecer.

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Vuelta a la patria. La cola para chequearse en el front desk de la línea aérea tiene sabor a tertulia en La Casa del Llano. Nos anuncian que habrá un retraso porque el avión chocó con un pájaro, un vidrio estalló y deben cambiarlo. Tania Sarabia hace una consideración importante: “Mejor, así no tenemos que esperar las cuatro horas de la conexión a Caracas en esa desgracia que es el aeropuerto de Barcelona”. La mala noticia se convirtió en buena.

Cuando estamos a punto de aterrizar en Maiquetía, de vuelta a nuestra ruda cotidianidad, Claudio Nazoa, voz en cuello, nos despierta: “¡A sufrirrrrrr!”. Los pasajeros sueltan una carcajada que se apaga pronto por la excesiva dosis de realidad que contiene. Luego de la tensa y larga y fatigante espera del equipaje, al borde de la madrugada, cuando aparecen las maletas (algunas abiertas, otras sin el plástico que las protege) la irritación de los viajeros es ya ensordecedora. Un letrero del Ministerio del Poder Popular para la Energía Eléctrica (¡uff!) dice: “Apaga antes de salir”. En ese nivel de agotamiento y humillación el letrero parece una variante de la célebre frase: “El último que apague la luz”.

Un viajero recoge su maleta y me dice: “Terminó el vía crucis”. Tuve que llevarle la contraria: “Ahora viene la parte en que arriesgamos la vida”: Tocaba, a cada quien, cruzar la solitaria autopista hasta Caracas. Eran casi las 2:00 am.

Apagar la luz. Irse y volver. Aventurarse. Procurar un sitio en el mundo. O permanecer.

Marque usted con una equis.

@Leonardo_Padron

El Nacional

May 31, 2015 | Actualizado hace 5 años
El hombre del papagayo por Leonardo Padrón

Papagayo

 

Hace ya diez años en una multitudinaria marcha en contra del gobierno de Hugo Chávez un hombre llamó la atención de todos. Portaba un inusual papagayo que llevaba escrita la palabra libertad. El hombre marchaba en silencio. El enorme papagayo hablaba por él. La gente le sonreía, le tomaba fotos, lo aplaudía. Desde entonces hasta el asfalto de hoy no hay concentración o marcha de la oposición donde Rafael Araujo y su papagayo no estén. Su ingenio ha transformado un emblema universal de la infancia en una herramienta de protesta y reflexión.

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Papagayo 1: “Si Maduro es el presidente, yo soy el pájaro loco”
Rafael Araujo suele recorrer Caracas con la voz sediciosa de su papagayo. Es mejor que una pancarta, dice. La pancarta alcanza dos, tres metros. Un papagayo logra 30 metros de altura, o más, porque se eleva a través de las redes sociales y llega al resto del país.

Papagayo 2: “No dejaremos solos a los estudiantes”.
El papagayo refulge en mitad de la masa. Los colores son  vistosos. Tarda un día en hacerlo. Suele conservar la misma estructura, hasta que aguante. Lo demás es ingenio, calle  y tenacidad.

Papagayo 3: “Jueza Afiuni, perdóname por hacer tan poco”.
Caña amarga en las quebradas. Verada en los mercados populares. Papilo y papel de seda en la Plaza de San Jacinto. Papel bond muchas veces. A veces los niños le piden que les regale el papagayo. No puede. Sería quedarse mudo. Sin propósito.

Papagayo 4: “Guyana perforará nuestro Esequibo, ¿lo permitiremos?”.
La gente ya lo reclama, lo busca con la vista, posa con él para las fotos. En Quebrada Honda un indigente apenas lo vio le preguntó “¿Y el papagayo?”. Es un ícono ambulante de la ciudad.

Papagayo 5: “El pueblo se la/menta al gobierno en la cola”
Sus frases oscilan entre el humor, la solidaridad y el reclamo. No hay tema de la realidad nacional que le sea ajeno. El código de su protesta es tan pacífico como poderoso. Son diez años, más de 6 mil papagayos y los zapatos rotos de tanto caminar.

Papagayo 6: “Yo creí que esta corredera era porque había comida”
Rafael Araujo es un papagayo de 61 años.

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El día de nuestro encuentro quise diseñar una coincidencia. Lo cité a un viejo café del Centro Comercial Chacaíto llamado “Papagayo”. Intenté un gesto lúdico. Pero la realidad impone sus reglas: el local abría a mediodía (eran las 10 am) y ahora tiene otro nombre. El gesto fracasó. En cinco minutos estábamos sentados en otro café.

Le sugerí que recostara el papagayo a una silla para que estuviera más cómodo. No quiso soltarlo: “Es mi lazarillo, ya no puedo estar sin él. Con el papagayo soy otra persona, me transformo. Sin él, soy un ser anónimo.  Cuando no lo cargo nadie me reconoce. Es como Clark Kent y Superman. Con lentes o con capa”. Durante la conversación saca a pasear su sentido del humor, y vuela alto.

Papagayo 7: “Los miércoles no puedo hacer un co… Me toca cola por el número de cédula”.

Un militar de boina roja se detiene y lee el papagayo. La frase cuestiona todo lo que él representa pero no puede evitar la sonrisa. Es uno de los méritos del papagayo: invariablemente, construye una sonrisa.

No pertenece a ningún partido político, a pesar de que se lo han propuesto. “Es mejor ser libre, y así estoy con todos”. Como el papagayo que lo acompaña.

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Papagayo 8: “Franklin Brito por ti seguimos”.

“Hice el papagayo y se lo llevé a la OEA, donde estaba en huelga de hambre. Le gustó mucho. Después murió y yo no cambié el papagayo”. Para Araujo, el caso Franklin Brito, un agricultor de 49 años de edad que murió luego de sucesivas huelgas de hambre en protesta por la expropiación de sus tierras por parte del gobierno, concentraba el problema de Venezuela. “A él se le violaron todos los derechos: derecho a la propiedad, derecho a la protesta, al trabajo, a la familia, y por último, derecho a la vida”.

Dice Araujo: “Siempre hay algo fundamental en la vida de uno. Pueden ser los hijos, la familia. Para él era el amor a la tierra. O simplemente la dignidad. Sin dignidad para qué se vive”. Llegó a pensar que con la muerte de Franklin Brito el gobierno caería. Creyó que las calles explotarían de indignación. Pero nada pasó. O sí, todo sigue peor.

“Después de Franklin Brito comencé a hacer papagayos con otros mensajes, porque siempre hay problemas nuevos. Esto parece una guerra. Una guerra sin guerra y una revolución sin revolución”, sentencia.

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Papagayo 9: “Dios proveerá y Marx multiplicará los panes”.

Rafael Araujo no sonríe en las fotos. Escasamente lo hace. Me recuerda la frase de Tabucchi: “Cuando sonríe parece triste”. Ha construido su propia forma de lucha. Sin micrófonos ni partidos políticos, sin trancar calles, sin incendiar la pradera. Su reclamo vuela más alto que cien tuits. Sabe titular con la eficacia de un periodista.

El hombre del papagayo parece rescatar el uso ancestral de “los pájaros del viento”, como se les llamaba en China hace dos mil años. Entonces era usado para el envío de señales durante las guerras. Hoy, Rafael Araujo, libra su propia guerra contra el régimen con una originalidad tal que remueve las aguas de nuestra infancia.

Un solitario de la resistencia luminosa.

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La noche anterior vi la película “Good bye, Lenin!”. Pasa de nuevo frente a mis ojos la imagen de la estatua de Lenin sobrevolando Berlín colgada de un helicóptero, como un papagayo que se aleja del fracaso comunista.

Mientras tanto, en Venezuela, un anacrónico tren de gobierno dice “¡Hola, Lenin!”.

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Papagayo 10: “Haré la cola como un pendejo para conseguir comida”.

Dice que ese ha sido el más exitoso. Todo el mundo se sintió reflejado. Piensa que la gente está más indignada que antes, pero ya no lo expresa. Hay miedo. “El miedo es parte de la vida”.

Hace poco pensó un nuevo letrero para su papagayo, pero  se autocensuró. Iba a decir:

Papagayo 11: “En Venezuela la corrupción es un Dios”.

Le pregunto por qué no lo hizo. “Lo que pasa es que ahorita esa gente está peligrosa”, dice y baja la voz.

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Antes le decían loco. “Yo no sabía que en la calle había tantos psiquiatras, porque apenas de verlo a uno lo llaman loco. Qué talento tiene esa gente”.

Ahora la frase que más le dicen es: “Dios lo bendiga”.

El hombre del papagayo nació en Timotes, estado Mérida. Hoy vive en La Candelaria. Estudió arte en la escuela Cristóbal Rojas. Cuando el profesor Petrovsky se jubiló, él se retiró. “Soy inconstante y necio. Cuadro que no me gusta, lo rompo. Siempre he estado en la búsqueda, y en la búsqueda me quedé. Entonces apareció el papagayo”.

Quizás ese era su destino, su razón de ser. Encarnar la voz de reclamo de buena parte del país en la tela de una cometa.

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Papagayo 12: “Maduro ¿por qué destruiste el producto interno BRUTO?”

Otro de alto rating. Jura que no quiso insultarlo. “La palabra Bruto la puse más grande, porque me sobraba papel”, dice con picardía.

Luego se torna serio: “El desastre actual es negligencia. Chávez no podía poner a alguien más inteligente que él. Por ego”.

No asoma su papagayo en el municipio Libertador. Es prudencia, por incidentes previos. “Los chavistas me decían muchas groserías. Me han agredido buhoneros y policías”. Una vez, en la plaza Bolívar, un hombre le rompió el papagayo en pedazos. “Pero el chavismo ha bajado mucho. Ya el estómago es el que está opinando”.

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Papagayo 13: “Conan Quintana, como a ti, los zapatos rotos no nos detendrán”.

Cuando se llevaron preso al periodista Carlos Julio Rojas todos pensaron que era él, porque son muy amigos desde hace seis años y a veces están juntos. Desde esa época conoció a Conan Quintana, el estudiante asesinado recientemente, un luchador de zapatos humildes.

Una vez los militares detuvieron a Araujo. Lo llevaron a La Carlota. Querían desnudarlo, golpearlo. Providencialmente no ocurrió.

“Yo no aguanto golpes, soy delgadito. Yo soy el propio escuálido”.

***

El hombre del papagayo es divorciado, pero hace colas para comprarle comida a su ex mujer. Se entera de las noticias por la radio y por Facebook.  Algunos le dicen: “Señor, usted solo hace más que los políticos”.

Su pintor favorito es Picasso. Cree en su famosa frase: “El arte es una mentira que nos acerca a la verdad”.

Habla de la letal combinación de arte y política: “El gobierno se tomó a un artista como César Rengifo para ellos. Ellos saben que nadie le puede preguntar a César Rengifo si es chavista o no porque está muerto. A Alí Primera tampoco le preguntaron si el socialismo que ellos representan es el que él buscaba”.

Ha ido guardando los papagayos. Podría hasta hacer un libro. O una exposición. No deja de pensarlo.

***

“Mi papagayo no es agresivo. Es frágil, sencillo y callejero. Anda de frente, con el viento”, dice como quien describe a su sombra, su perro.

Su protesta es un alarde de pacifismo, su imagen transmite bonhomía y paz.

“El gobierno trabaja con el odio. ‘Nada es más fuerte que el odio’, recuerde esa frase”, me insiste.

No tuvo la intención de ser el hombre del papagayo tanto tiempo. “Nunca pensé que esto iba a durar tanto”. Mientras, se ha convertido en un particular cronista de estos tiempos.

Está decidido a seguir expresando la indignación de la gente. Hasta que culmine la pesadilla. Entonces su papagayo descansará.

***

Al salir del café nos topamos con “Juana, la cubana”, una joven que pasó una temporada en la plaza Altamira, hasta que descubrió que había gente del Sebin infiltrada en el lugar. Conversan. Se ponen al día. Finalmente todos nos despedimos.

Lo veo alejarse con sus zapatos rotos y su sonrisa de triste, quizá pensando en la próxima frase que escribirá.

El hombre del papagayo dice cosas que se elevan, incluso en los días sin viento.

Mientras, el país oscuro continúa.

¿Cuántos papagayos de protesta necesita hoy el cielo venezolano?

 

@Leonardo_Padron

El Nacional

May 03, 2015 | Actualizado hace 5 años
Mejores de lo que somos por Leonardo Padrón

Educación

 

 

Cartagena, abril 2015. Más de 600 personas, mayormente directores de escuelas de Brasil, México y Colombia se reúnen convocados por Sistema Uno Internacional. Realizan un cónclave. Buscan una “decisión transformadora” para la educación en Latinoamérica. Me invitan en calidad de outsider.

El chofer que me traslada me da el primero de los muchos pésames que recibiré a lo largo de cuatro días: “No se crea, a nosotros nos duele mucho lo que les está pasando a ustedes en Venezuela”.

Hablar de nuestra escasez de café rodeado de la profusa y célebre marca colombiana Juan Valdés es doloroso.

Un barman se permite el chiste: “Bienvenido a la tierra de Maduro”.

En fin.

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La educación en nuestro continente ha sido un ruidoso fracaso. Todos los estudios arrojan el mismo resultado. Somos una sociedad cada vez más violenta y con menos cohesión familiar. Los niveles de deserción escolar son abrumadores. Una investigación realizada en Venezuela en el año 2014 reflejó que el 56% de los estudiantes abandonó los estudios entre los 15 y 19 años de edad. Tres millones de personas que se salieron del salón de clases para siempre. Más aun, el nivel formativo es precario, muy por debajo del rango de calidad de los países del primer mundo. El salón de clases del estudiante latinoamericano está en crisis.

Es la hora de las autopsias.¿Por qué fracasamos? ¿Se ha intoxicado el ámbito pedagógico de mitos inservibles?

Más allá de los argumentos económicos y sociales que impulsan la deserción, o del agravio mayor que es el sueldo de nuestros maestros, el indicio más nítido del fracaso de la escuela es el hastío de los estudiantes. Les aburre demoledoramente ir a clases. La escuela nunca ha sido un parque de diversiones para ningún niño. Pero hoy el bostezo es del tamaño de un Tyranosaurio Rex y está a punto de tragarse las mejores intenciones.

En una conversación con una alumna de 13 años le pregunté por qué le fastidiaban sus profesores.
–Porque dicen cosas que no sirven para la vida.
–¿Cómo sabes que no sirven?
–¿Dónde se supone que en la vida me va a servir cómo hacer una fracción generatriz?
Matemáticas aparte, le pregunté si había alguien cuya forma de dar clases le gustara particularmente. Me habló de un profesor de geografía de inaudita popularidad.
–¿Por qué te gustan sus clases?
–Siempre cuenta historias raras para atraer nuestra atención. Y justo cuando te tiene atrapado, te da la clase.
Igual piensan sus compañeros: es el de mayor rating porque cuenta historias. El único que vincula el programa curricular con la vida. Se sale del molde. Se quita de encima las telarañas del libro de texto. Construye una oralidad.
La joven hizo una aclaratoria.
–También es culpa del Ministerio de Educación.

Punto crucial. Sin duda, el contenido de los programas parece haberse atascado en los lodos del tiempo, sin indicios de seguirle el ritmo al siglo 21.

***

Un maestro, se supone, les explica el mundo a los estudiantes. Su herramienta es el lenguaje. De acuerdo a cómo se relacione con él, así la eficacia de su misión.

Pero, ¿cuánta importancia le damos al lenguaje?

El ser humano está permanentemente narrando su tránsito por el planeta. A través de pequeñas o grandes historias. En tono épico, simbólico o doméstico. Y, vaya paradoja, en la gigantesca aula de la educación latinoamericana no se narran historias. Se replican contenidos. Se atornillan estereotipos. Es como un aspersor de agua que nunca cambia su ritmo ni su rumbo. Se hace, por lo tanto, predecible, monótona, aburrida.

***

Siempre he acuñado la idea de que la NASA debería enviar al espacio no solo astronautas. También poetas, novelistas. Alguien que tenga una relación con el lenguaje tan eficaz que nos pueda transmitir lo que implica estar fuera del planeta, el tamaño del desasosiego, los hilos eléctricos del miedo y la emoción. Quizás no importe tanto la distancia entre la Tierra y Marte como los sentimientos que experimenta la especie humana en el confín del universo. Suelen lanzar al espacio a científicos, expertos en telecomunicaciones y electromecánica. Hollywood ha tenido que apelar a la imaginación de sus guionistas para construir el correlato emocional que nos falta.

El conocimiento merece ser transmitido de una manera más carismática. El aprendizaje se ha llenado de tedio. Todo se reduce a cumplir los objetivos programáticos. ¿Cuántas de esas clases tendrán un momento de revelación para los alumnos?¿Nos enseña la escuela a cultivar la sensibilidad? Aprender a leer, por ejemplo, no es solo manejar un código, es también una contraseña para entrar a la vida.

Pero sucede que la relación del alumno con la lectura es totalmente desaprensiva. ¿Desenlace? La juventud maneja un exiguo repertorio de palabras para expresarse. Según ciertos lingüistas el joven latinoamericano usa un promedio de 200 palabras en su vocabulario. Un rasgo de indigencia con respecto a la riqueza del idioma castellano.

Los estudiantes suelen ser indiferentes ante la aventura que un libro entraña. El sistema educativo ha colaborado con esa apatía a través de métodos que asesinan el placer de la lectura.

En rigor, ¿importa saber a qué movimiento literario perteneció Jorge Luis Borges? Importa más el destello que ocurre cuando leemos: “Del otro lado de la puerta un hombre/hecho de soledad, de amor, de tiempo/acaba de llorar en Buenos Aires/ todas las cosas”.A nadie le conciernen cuántas sílabas tienen esos versos. De César Vallejo me afecta y conmueve, no su clasificación en el sistema literario, sino el don para expresar la tristeza humana al decir: “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave”. Nos resulta más seductor entender que el lenguaje es capaz de expresar lo inexpresable cuando Browning dice: “Y precisamente cuando nos sentimos más seguros, llega una puesta de sol”.

***

Creo en la eficacia de demostrarle al alumno lo que cabe en las 27 letras del alfabeto: la guerra y el amor de los hombres, el descubrimiento del fuego, la historia de Dios, la astronomía, todo Shakesperare, las aventuras de Harry Potter y Robinson Crusoe, el desierto, el humor, las epopeyas. Y lo que aún no se nos ha ocurrido. El lenguaje acepta todos los cruceros posibles.

El “había una vez” predispone favorablemente a los sentidos. Es el mismo señuelo que poseen las telenovelas, que han logrado imantar a millones de espectadores con el lenguaje de las emociones. O ese torrente verbal que todo caudillo latinoamericano esgrime para cautivar a la masa. Todo está construido en base a una narrativa. Y el lenguaje es el gran hechicero.

Mientras, la escuela no nos ofrece historias. ¿Acaso materias como la geografía o las matemáticas no tienen historias? ¿No es la vida secreta de las plantas un misterio que nos revela la biología? ¿Importan las fechas de nacimientos de los próceres más que las oscuras razones humanas que generan las guerras?

Si se le otorga al salón de clases el formato de la aventura, se podrá competir contra esos grandes seductores que son la tecnología y los medios de comunicación. Que la imaginación y la osadía tomen por asalto el aula. Cada vez que un maestro se empina frente a sus alumnos tiene la posibilidad de cautivarlo o aburrirlo. Lo que allí ocurra determinará el resultado: un niño mejor educado o un indiferente crónico.

No huir del salón, sino hacia el salón, esa es la premisa. Asumir a los estudiantes como un público al que hay que convencer de que estar sentados frente al pizarrón es la mejor idea del día. El proceso pasa por reeducar al maestro.

Hacer de cada hora de clases una tertulia signada por el entusiasmo. Heidegger decía: “solo en la conversación alcanzamos nuestra humanidad”.

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Google a veces viste bata de doctor o psiquiatra, traje de agente turístico o historiador, y en muchas ocasiones, tiene sus dedos manchados de tiza. Google, hoy por hoy, es el maestro más solicitado del mundo. Es él, con su pizarrón abierto las 24 horas, sin arrogancia académica, quien capitaliza la atención de millones de estudiantes. Y a pesar de que no siempre es confiable ni riguroso, el profesor Google los atrapa siendo veloz, portátil, polifacético. Hay que aprender de sus estrategias. El reportaje del domingo pasado en Siete Días de El Nacional, “El futuro llega a las aulas”, dio cuenta de la revolución tecnológica en proceso en la última década.

El amor remoza sus códigos, la música se fusiona, la moda se reinventa, la gastronomía hace combinaciones inéditas, ¿y la educación?

La clase  exige convertirse en un ser vivo.

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Contaba José Ignacio Cabrunas en un artículo titulado “De cómo hacer para que la literatura repugne” de una amiga que cursaba el último año de bachillerato y le solicitaba asesoría para una tarea. Su mayor aspiración era “salir de ese espanto”. Cabrujas aclaraba: “El espanto de Elena Peralta es el bachillerato nacional, descrito por mi amiga como una desgracia vital, como el mismísimo muermo del alma”.

Y luego precisaba: “No la ayudé. Me mostré sarcástico y negativo al tratar de convencerla de que la única manera de estudiar bachillerato en Venezuela, Universidad incluida, es considerar el aula como un sitio social, un lugar de encuentro, donde prácticamente lo único importante, es encontrar a unos amigos capaces de crear un verdadero estudio subterráneo y alternativo, una conducta disidente, un compartir impresiones y regocijos, quejas y proyectos, galleticas Oreo y expectativas de qué voy a hacer cuando salga de esta vaina. Cualquier cosa, con tal de renegar del programa oficial, de la brutal medianía que el Ministerio de Educación ha diseñado en su afán persistente y denodado de estupidizar a nuestros jóvenes”.

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La autopsia debe completarse. Sin temblor en el pulso. Proponer una inflexión audaz. Salvar el presente para tener eso que llaman futuro. Está en juego la educación de un continente. Es decir, su salud. La posibilidad de ser un lugar de verdadero desarrollo y nosotros, sin duda, algo mejores de lo que somos.

 

@Leonardo_Padron

El Nacional