La Opinión, autor en Runrun

Integración, el verdadero reto de la migración venezolana en Colombia

YA CONOCEMOS LAS CONSECUENCIAS DEL EXODO VENEZOLANO. Según las cifras oficiales, para finales del 2018, se encuentran legalmente registrados como residentes estables en Colombia 1.235.593 venezolanos, publica La Opinión.

Hay quienes sostienen que el número real es mayor. Pero aceptándolo como el más confiable, en todo caso es la cifra declarada por las autoridades de gobierno, se puede concluir que estamos frente a uno de los más grandes fenómenos de movilidad humana entre dos países con frontera común ocurridos en la historia de América Latina.

También sabemos que el éxodo es para largo. Porque, aún si el régimen autoritario de Nicolás Maduro se derrumbara mañana por la tarde, los niveles de deterioro de la sociedad y la economía venezolana son tan grandes grandes que una mínima recuperación, y por tanto un presumible retorno masivo de los emigrantes, siendo optimistas, tardaría por lo menos unos cinco años en ocurrir.

Además, los estudiosos de las migraciones masivas han observado que, cuando se producen los procesos de retorno, menos del 20% de los que habían partido regresan al país de origen. Los demás echan raíces. Se mezclan. En Venezuela lo sabemos bien.

Europa occidental se recuperó con éxito de las dos guerras mundiales, pero de las centenas de miles de italianos, españoles y portugueses que a partir de los años 1940 emigraron a Venezuela en la posguerra, muy pocos regresaron.

Resulta, además, que el fenómeno contemporáneo de la migración venezolana es bastante atípico. No responde a los factores ya clásicos de los grandes desplazamientos.

Los venezolanos no huyen de un conflicto bélico. Como los sirios a Europa de la guerra civil. Tampoco de una catástrofe natural. Como los haitianos a Dominicana luego del terremoto de 2011. Ni salen a buscar fortuna o a mejorar sus condiciones de vida. Como tantas migraciones latinas a USA o Europa. Y solo una pequeña parte son, en sentido estricto, perseguidos políticos. El caso del Chile de Pinochet o la Cuba de Fidel.

El emigrante venezolano huye de una catástrofe social resultante de un fracaso político. Estamos ante un contingente humano en movimiento cuyos miembros padecen su situación más como un castigo que como una alternativa. Se perciben a sí mismos como refugiados antes que como emigrantes.

El refugiado es alguien que ha sido obligado a marcharse de su país porque su seguridad, su libertad o, incluso, su propia vida está en riego.

El emigrante, en cambio, decidió libremente marcharse por conveniencia personal. Sabe que puede volver cuando quiera. El refugiado no. Porque su vida o su libertad corren peligro si regresa.

El venezolano, especialmente el de menos recursos, quema sus naves al partir. Cuando cruza a pie la línea fronteriza sabe que, como la mujer de Lot a Sodoma, no debe voltear a mirar. Atrás queda la debacle. Adelante la incertidumbre. Es una condición muy vulnerable. Porque, hay que decirlo, la venezolana es una migración de la desesperanza.

¿Qué debe hacer Colombia?

El primer paso es asumir, como al menos en lo declarativo parece haberlo hecho ya su gobierno central, que la migración venezolana es de hecho un componente decisivo del futuro colombiano. Y que su tratamiento exitoso requiere del diseño y ejecución de políticas pública de Estado, integrales y pensadas para el largo plazo. Los paños calientes en estos casos no funcionan.

Veámoslo así. Es como si de improviso se le hubiese anexado a Colombia un nuevo departamento. Porque el número oficial de venezolanos inmigrantes es casi exactamente el mismo del total de pobladores del Norte de Santander. Lo que significa que la población anexada requiere un número de servicios educativos, atención a la primera infancia, vivienda, transporte, salud, y seguridad, equivalente a todos los del Norte de Santander. Y para suplir esos servicios, sin crear caos local, tanto el mundo privado como el Estado deben planificar.

Un aporte al crecimiento económico

Pero también el fenómeno es una gran oportunidad. Si se aplican las políticas correctas a corto plazo, en el largo la migración venezolana puede contribuir al crecimiento económico de Colombia.

Es lo que estima el Informe “La migración venezolana a Colombia”, presentada en noviembre pasado por el Banco Mundial, cuando prevé que en el caso de que 500 mil migrantes se incorpore al mercado de trabajo, el crecimiento económico se aceleraría en 0,2 puntos porcentuales, explicado por un incremento en el consumo de 0,3 puntos y en la inversión de 1,2 puntos.

Para que así ocurra, es necesario dar una salto conceptual y político que algunos hemos definido como el paso de la “migración asistida” a la “migración productiva”. Es decir, entender que la mejor manera para que un migrante forzoso no sea una carga para el país receptor sino un factor de desarrollo económico y cultural, como las migraciones europeas y asiáticas que conformaron el gran melting pot de los Estados Unidos, es facilitando su integración, no aislándolo en refugios.

Para que se integre debidamente es necesario que el migrante se haga ciudadano con deberes y derechos. Y para que sea un ciudadano pleno debe hacerse productivo. Esto es, generar ingresos, ya sea como fuerza de trabajo o como emprendedor, pagar impuestos, cotizar con la seguridad social, conocer, cumplir y compartir las leyes, la cultura y sus derechos y deberes.

Dos grandes concertaciones

Una política migratoria integral debe partir de principios humanistas de solidaridad, pero también de un enfoque jurídico de derechos humanos, y del propósito económico de la integración y el social de la convivencia pacífica de los migrantes y refugiados dentro de la sociedad receptora como meta final.

En ese contexto la asistencia humanitaria es impostergable, pero corresponde básicamente la acción de emergencia. El tratamiento profundo y preventivo del fenómeno, el que lo puede convertir en una oportunidad y no en una amenaza, está en la previsión a largo plazo, la política de Estado y la inversión con sentido futuro.

Y de allí se deriva una segunda asignatura pendiente. Tal y como lo afirma otro Informe importante, presentado en octubre pasado por el Observatorio Venezuela de la Universidad del Rosario, “Retos y oportunidades de la movilidad humana venezolana en la construcción de una política migratoria en Colombia”, el éxito de una política migratoria a nivel nacional dependerá en gran medida de dos grandes concertaciones.

Una, la que tiene que ver con el carácter internacional del fenómeno, la promoción de una política exterior que comprometa a los demás gobiernos de la región, y a los organismos internacionales de cooperación, en acciones conjuntas de corresponsabilidad.

Y otra, en su dimensión nacional, que articule los esfuerzo del gobierno central con la sociedad civil, la academia, los medios de comunicación y, de modo muy especial, los gobiernos regionales, especialmente los de las zonas fronterizas en torno a estrategias comunes.

Tal vez sea este un nuevo comienzo para aquello que ni la diplomacia ni el mercado ha logrado a plenitud. La gran oportunidad para que la anhelada integración entre las dos naciones, desde siempre conectadas por un destino común, se produzca de abajo hacia arriba. Como ocurren los fenómenos sociales más duraderos.

Las migraciones entre ambos países han sido un viaje recurrente de ida y vuelta. Esta vez podría ser un gran paso de la desesperanza cíclica de un solo lado, a la esperanza compartida, de ambos.

Por Tulio Hernández 

Número de niños venezolanos en escuelas de Cúcuta aumentó a 1.849

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Según la secretaría de Educación de Cúcuta, en 2018 el número de estudiantes provenientes de Venezuela en escuelas locales aumentó.

La llegada masiva se tenía prevista desde el año pasado, cuando la solicitud de cupos se desbordó. La mayoría de  estos estudiantes pertenecen a los grados de primaria.

Durante 2017, hubo 1.500 alumnos, mientras que en este año, a febrero, ya van 3.349 matriculados, es decir, la cifra se duplicó.

Estos estudiantes están distribuidos en 55 instituciones educativas de la parte urbana y en 6 escuelas de la zona rural. El colegio con más estudiantes venezolanos es el Pablo Correa León de La Libertad, con 182, en la ciudad, y el Instituto técnico Jorge Gaitán Durán de Aguaclara, con 53  en el campo.

Una de la razones del aumento de estudiantes venezolanos, según Jonathan Mejía, líder de permanencia-cobertura de la secretaría de Educación de Cúcuta, es que para 2018, estuvieran o no haciendo trámites para la permanencia, los niños debían ser matriculados, según directrices del Gobierno Nacional de Colombia.

Aunque la secretaría reconoce que esta es una situación atípica, afirma que hay cupos y capacidad para atenderlos.

Sin embargo, Mejía asegura que esta cifra, por lo visto en años anteriores, tiende a variar, pues hay algunos que no vuelven a estudiar, ya sea porque se devolvieron para Venezuela o porque se cambiaron de ciudad

Cada estudiante de transición le cuesta al Gobierno 2.405.102 pesos al año; el de primaria, 1.924.081, y el de secundaria, 2.164.591 pesos. Un estudiante de décimo y undécimo cuesta 2.284.847 pesos.

Es decir, que en promedio, la llegada al sistema educativo colombiano de estos dos mil niños venezolanos le significaría al Gobierno colombiano 3.848 millones de pesos. Además durante este año, al igual que el año pasado, el Ministerio de Educación destinó recursos  para el transporte del corredor humanitario.

En el departamento, aunque no se cuenta con la cifra final, hasta el momento están estudiando 2.030 niños provenientes de Venezuela, de los cuales 1.584 son netamente extranjeros. Municipios como Villa del Rosario es el mayor receptor de niños inmigrantes.

La llegada de estos niños al sistema colombiano, aunque no ha generado traumatismo si ha causado malestar entre los colombianos quienes se quejan de que hay prioridad por los extranjeros.

“No pedimos que los dejen de recibir, solo exigimos los mismos derechos, para que haya una equidad. Si nosotros no traemos un documento hay problema, pero con ellos si no”, aseguró Sandra Duarte, mamá

Crisis obliga a venezolanos a vacunar a sus hijos en el exterior

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Durante tres días tuvo que viajar Vanesa Martínez, una venezolana proveniente de Cumaná, estado Sucre, para poder llegar a Colombia y encontrar la vacuna contra el neumococo para su hijo de nueve meses. Dice que en su país fue imposible encontrarla.

Como ella, diariamente llegan en busca de vacuna unas 40 familias venezolanas al centro de salud de La Parada, en Villa del Rosario, pero por razones de horario solo atienden a 20 personas.

La razón del incremento de pacientes extranjeros, se debe, según cuentan los mismos venezolanos a la falta de estas vacunas en su país.

Jonathan Durán, venezolano, señaló que en los centros de salud de San Cristóbal (Venezuela), no se consigue la pentavalente (DPT) contra difteria, tosferina, y tétano; por eso, tuvo que llegar  hasta La Parada con su hija de tres meses.

“Esperé semanas buscando la vacuna en todos los ambulatorios, y no fue posible, pero acá sí pude conseguirla”, aseguró Duran.

En enero, en Villa del Rosario se aplicaron 5.919 vacunas. Según las estadísticas del municipio, de las 1.483 vacunas suministradas a niños, 730 se aplicaron a menores venezolanos. Es decir, 40 por ciento de las vacunas se aplicaron a niños provenientes del vecino país.

Lady Hernández, enfermera jefe, encargada de la oficina de Promoción y Prevención del municipio, dijo que en los centros de salud no se  restringe  la aplicación de vacunas a extranjeros. Solo deben presentar el carnet de vacunación.

El subgerente del Servicio de Salud de Villa del Rosario, Dubán Martínez, dijo que las vacunas que más solicitan los venezolanos son las de la varicela y el neumococo, pues “el vecino país no tiene medicamentos suficientes para el esquema de vacunación”

Los venezolanos dicen que trasladarse desde ciudades apartadas de la frontera es costoso, pero explican que es la única alternativa que tienen.

 

Autoridades colombianas aseguran que Venezuela no tiene interés de estabilizar la frontera

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Este martes se cumple un mes de la reapertura peatonal de la frontera, pero en contra de las expectativas de las autoridades regionales para tener una zona controlada y segura en ambos lados de la línea limítrofe, los compromisos quedaron solo en promesas.

Tal es el caso de las mesas de trabajo que debían darse para seguir el proceso de estabilización de la frontera y de cooperación binacional.

Según Juan Carlos Cortés, secretario de Fronteras del departamento, los encuentros con los delegados del gobierno venezolano para dialogar sobre comercio y transporte, “no han avanzado porque, por parte de Venezuela, se cancelan”.

Para el funcionario, es fundamenteal que se aborden estos temas trascendentales para reactivar la relación binacional, porque “lo que se quiere es dejar pautas; ese es el objetivo”.

Además de manifestar inconformismo por la cancelación de los compromisos, con excusas como en falta de permisos desde Caracas y otros motivos, también señaló la falta de control en la frontera.

“En el país se está haciendo el control con el registro de las personas, la entrega de la tarjeta migratoria, pero por parte de Venezuela no se está haciendo nada, y no se pide ningún documento”, comentó. “La Cancillería y la Gobernación seguimos pendientes, e insistiendo”.

La salud, en crisis

Además de las cancelaciones de las reuniones y el inexistente control fronterizo, otro problema, según el gobierno regional, es la falta de reciprocidad en la atención en salud.

De acuerdo con Juan Bitar, director del Instituto Departamental de Salud, “las mesas, hasta ahora y con el Instituto, no nos hemos vuelto a reunir”.

Si bien, en su momento, se cumplió con la solicitud de tener cinco unidades móviles para atender a los pacientes, aún está pendiente la millonaria deuda por la cobertura que se ha dado a los venezolanos.

“En las mesas se propuso la creación de un fondo binacional en el que ambas naciones aportarían recursos para pagar la prestación de los servicios de salud, en ambas zonas de la frontera”, dijo Bitar.

 

Esto es lo que debes saber sobre la cédula fronteriza para ingresar a Colombia

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La propuesta que hizo el Gobierno nacional a su homólogo de Venezuela, sobre la creación de una cédula fronteriza fue avalada por el vecino país y se implementará a partir de la fecha de reapertura de la frontera.

Cómo funciona, a quiénes cobija, en dónde regirá, qué requisitos demanda obtenerla y hasta dónde tiene cobertura en los dos países, entre otros alcances, fueron explicados por Víctor Bautista, director para el Desarrollo y la Integración Fronteriza de la Cancillería, y Christian Krüger Sarmiento, director nacional de Migración Colombia.

 

1 ¿Para qué una cédula fronteriza?

Según las autoridades es una medida migratoria de facilitación que busca tener debidamente identificada a la población de la frontera. No reemplaza la cédula de ciudadanía, dijo Bautista.

2 ¿A partir de cuándo se deberá portar?

Cancillería de Colombia manifestó que será gradual su tenencia, pero que en un principio la tendrán los estudiantes, tanto de Venezuela como de Colombia, que deban ir a recibir clases al país vecino, al igual que los trabajadores que certifiquen que tienen empleo en ciudades fronterizas, como San Antonio, Ureña, Cúcuta y Villa del Rosario.

3 ¿Qué requisitos se deben cumplir para obtenerla?

Aunque este punto aún es materia de estudio, Migración Colombia dijo que los interesados deben demostrar que tienen un bien inmueble en la ciudad, o que pagan impuestos o tienen obligaciones civiles que demuestren su arraigo con la frontera.

4 ¿Qué beneficios obtienen los ciudadanos de frontera?

Se permitirá a los ciudadanos transitar sin tener que presentarse en los puestos de control. Podrán comprar productos de la canasta familiar, pero no se permitirá el acaparamiento.

5 ¿Cuándo y cómo se empezará a reclamar este documento?

Las autoridades aún no han definido una fecha para la expedición, pero lo que ya se sabe es que repartirán una pequeña cartulina temporal (a modo de contraseña) la cual indica que la cédula fronteriza está en trámite.

6 ¿Hasta dónde tiene radio de acción la cédula fronteriza en ambos países?

Este punto se define hoy. Por ahora hay una propuesta del gobernador del Táchira, José G. Vielma Mora, que dice que del lado venezolano se pueda llegar hasta San Cristobal. Del lado colombiano, se ha mencionado que hasta Pamplona.

 

Transeúntes y residentes celebraron la apertura de la frontera

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Carlos Gómez, de 48 años, no cabía de la dicha cuando cruzó con su carro Renault 9 hacia Cúcuta por el puente internacional Francisco de Paula Santander.

Lo trajo a empujones, ya que tras seis meses de mantenerlo guardado en un parqueadero de Ureña la batería se descompuso y no hubo tiempo ayer para  llevarla al mecánico a repararla, pues solo tenía cinco horas para traerlo del lado colombiano, aprovechando que la frontera estaría abierta entre la una y las seis de la tarde por el acuerdo al que llegaron las autoridades de Colombia y Venezuela.

Pasadas las dos de la tarde, Gómez cruzó la raya que divide la frontera y de inmediato las personas que se encontraban del lado colombiano lo recibieron con vivas, como si se tratara de la llegada de un héroe de guerra. “Tranquilo, esta es su tierra, aquí lo recibimos con los brazos abiertos, bienvenido con su carro, paisano”, le gritaban.

Con él también pasaron de Ureña hacia Cúcuta otros 83 conductores con sus carros, al igual que cinco motocicletas.

Del lado de Cúcuta hacia Venezuela retornaron 233 vehículos, de los cuales 158 eran automóviles, 39 tractomulas, 28 camiones, 3 buses, 2 microbuses, 1 volqueta y 2 motos.

Pese a que el número de vehículos superó los 300 que se tenían previstos, algo llamó poderosamente la atención tanto de las autoridades como de los periodistas que cubrían la reapertura de la frontera: los camiones.

El sábado se informó que solo se iba a permitir el paso de 300 tractomulas vacías hacia ambos países, pero ayer eso no se cumplió.

Uno de los más extrañados fue el vocero del gremio de transportadores de carga por carretera (Colfecar), Leonardo Méndez, quien precisó que quedó frío con la cantidad de camiones que cruzaron de Ureña hacia Cúcuta: solo siete.

“Uno lo que supone es que faltó información para que los conductores de las tractomulas estuvieran enterados de que la frontera se iba a reabrir para ellos cinco horas hoy (ayer)”, dijo el dirigente gremial.

De Cúcuta hacia Ureña el número de tractocamiones venezolanos que retornó a su país de origen superó los cuarenta y se presume que otra cifra similar haya quedado aún del lado colombiano, dijo Méndez.

El vocero de la cancillería colombiana en la frontera, Víctor Bautista, aclaró que los censos que se levantaron tanto del lado colombiano como venezolano contemplaban carros particulares y de carga, y que siempre y cuando los propietarios sustentaran con documentos la tenencia de los vehículos, se iba a permitir el retorno de los mismos a sus países de origen.

El funcionario dijo que el paso de vehículos se cumplió también sin contratiempos en los otros puntos fronterizos con Venezuela en Paraguachón, Maicao (La Guajira) y Arauca.

Aclaró que por ahora el único acuerdo al que llegaron Venezuela y Colombia es el de permitir el retorno de los vehículos que quedaron en país ajeno cuando se produjo el cierre de la frontera el pasado 19 de agosto.

“Las exportaciones e importaciones no se han reactivado entre los dos países, eso es materia de análisis y de diálogo entre los gobiernos centrales de ambas naciones”, agregó Bautista.

Dijo que no se descarta que se vuelva a reabrir la frontera en otra oportunidad para permitir el paso de los automotores que ayer no alcanzaron a pasar hacia los respectivos territorios de origen.

Alirio Bustamante, uno de los trescientos propietarios de vehículos que se movilizaron por la frontera, calificó la acción de reapertura del paso como un gesto de buena voluntad de las autoridades de Venezuela. “Esto lo que demuestra es que sí se puede dar la integración”, dijo.

Puede leer la nota completa aquí: http://www.laopinion.com.co/frontera/asi-fue-la-reapertura-de-la-frontera-durante-cinco-horas-107619#ATHS

Editorial del diario colombiano

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Las revoluciones, todas, incluida la bolivariana y socialista de Venezuela, programan purgas con las cuales buscan hacer algunos cambios cosméticos en su apariencia, como consecuencia de la limpieza forzosa de sus intestinos.

Se llama purgas a esos episodios, muchas veces sorpresivos, pero siempre muy bien preparados y ejecutados, mediante los cuales los líderes buscan salir de figurones desechables, a los que acusan de lo que sea necesario acusar, a fin de calmar los apetitos de la oposición o de la opinión pública.

De ordinario, esos personajillos han medrado en las entrañas del poder, en un bien calculado plan que está diseñado para permitirles actos de corrupción y de abusos de poder, hasta el momento en que, por necesidad de la revolución, les echan mano y, sin miramientos, la misma revolución comienza a devorarlos y, en señal de condescendencia, los arroja para que los demás los terminen.

Muy preocupado, como debe estar, por los avances y el afianzamiento de la oposición en la Asamblea Nacional, el gobierno del presidente Maduro parece que dio la señal para comenzar a salir de los indeseables.

El nombre de purga no es ni nuevo ni gratuito. Hace por lo menos un siglo las revoluciones, como lo hacen ciertos médicos, limpian su organismo aplicando medicinas que le quitan lo innecesario, inconveniente o superfluo, casi siempre para obtener una apariencia de mejor salud.

Pillarlos en uno de sus desacostumbrados desafueros y entregárselos a la Justicia es la purga que por estos días están aplicando en Venezuela para calmar el apetito de los opositores.

Así, en dos episodios sorpresivos, han caído varios personajes de la revolución, de los que se puede prescindir sin que la revolución sufra mella, sin que a nadie más le ocurra nada, y en la seguridad de que todo quedará como una actitud inequívoca de que el Gobierno buscar calmar a la Asamblea Nacional y dar una señal de que combate la corrupción, caiga quien caiga.

Esta vez, los sacrificados son personajes que si bien han ocupado puestos de importancia en el gobierno, quizás no sean revolucionarios de hueso colorado, es decir, de la esencia del bolivarianismo y del socialismo, descendientes directos de Hugo Chávez, sino que con los símbolos del gobierno encima creen hacer parte del proyecto oficial. Son revolucionarios de ocasión, en una revolución que está en pleno proceso de rectificación…

Herbert Aguilar, expresidente de la Corporación Venezolana de Alimentos (Cval) y ex jefe de Policía de Táchira, la administradora de Cval, Bárbara Figueroa; la exadministradora de la Red de Abastos Bicentenario, Bárbara González y otros tres funcionarios fueron capturados por peculado y robo continuado.

El grupo desviaba productos de Cval a restaurantes y comercios, “para ser vendidos a precios especulativos” y quedarse con el dinero. En casa de uno de los implicados fueron hallados 10 millones de bolívares en efectivo.

En otro episodio, Jorge Duque, “el más cercano consejero de José Vielma, el gobernador de Táchira”, resultó involucrado en el secuestro de un ciudadano que vendió un auto y al que ordenó arrestar para investigarlo. Al dejarlo libre, el ciudadano notó que le faltaba parte del dinero, que Duque había ordenado llevar a su oficina. El dinero no ha aparecido.

Pero, los dos casos, se relacionan con funcionarios que cometen delitos de relativa gravedad, tienen poco poder y carecen de dolientes que los defiendan.

Muy distinta sería la situación si, por ejemplo, en Táchira, la revolución se enfrentara, con resultados de mostrar, a la corrupción de la Guardia Nacional Bolivariana, donde está la gran corrupción generada por el contrabando y por el trasiego fronterizo de drogas. Pero, obvio, con ella y sus altos oficiales, a los que cada vez vinculan más con el Cartel de los Soles, ni Maduro ni nadie en el alto gobierno se enfrentan. La razón es que la Guardia sí tiene poder. Y mucho.

Mientras tanto, es muy probable que las purgas sigan y con ellas muchos bichos sean erradicados.

La Opinión