José Luis Farías, autor en Runrun

José Luis Farias

Pompeyo Márquez, político de democracia, por José Luis Farías
La oposición a la dictadura no es otra cosa que la democracia por la cual se sigue luchando. Por la que Pompeyo Márquez dio hasta su último aliento

 

@fariasjoseluis

Caracas, 30 de abril de 2022. Su vida pudo ser de otro modo, pero, según él, sucedió marcada por las “circunstancias”. Transcurrió “con pasión, con ardor juvenil”, cambiando “al calor de los acontecimientos”.

Fue una existencia, dijo: “nutrida de democracia, tolerancia, comprensión, de respeto al otro”.

Valiosas virtudes que Pompeyo Márquez sobrepuso sobre otros fundamentos de su personalidad, omitidos quizás por modestia, que acentuaban su virtuosismo: audacia, coraje e intrepidez… Todas ellas prendas de quien vive intensa y peligrosamente. Valores todos que ni siquiera sus adversarios políticos más enconados pudieron nunca negarle.

En su libro autobiográfico Pompeyo Márquez contado por sí mismo, asegura no haber sido “fatalista” ni creer “en el destino”.

Aunque acepta que la realidad le ha hecho torcer su vida pues, como le oí decir muchas veces con picardía, a modo de axioma: “No todo sale a pedir de boca, hay que dejarle una parte a la vida”. O a “la fortuna”, para decirlo con Nicolás Maquiavelo, autor siempre útil a la hora de explicar la actuación de los hombres en política.

100 años no son nada

El año de su nacimiento, 1922 (el 28 de abril es), por coincidencia, el año del “reventón” del pozo Barroso II. Si bien la explotación comercial del petróleo venezolano había arrancado en 1914, es a partir del sorprendente “reventón” que, por seis días consecutivos, arrojó sin control más de un millón de barriles de crudo por los lados de la costa oriental del Lago de Maracaibo. El momento que marcó el gran empujón a la explotación de la riqueza petrolera que haría grande a la pequeña y estable economía venezolana.

Así, en el año fiscal 1926-1927, el petróleo se convierte con creces en la principal fuente de ingresos del país. Los capitales de las grandes empresas petroleras del mundo se instalan en Venezuela atraídas por el reventón para cambiar la fisonomía de la nación.

Inversiones que dieron origen a una poderosa industria petrolera y, con ella, a una clase obrera en la cual concentraron sus mejores esfuerzos los pequeños grupos de comunistas venezolanos, a cuyo partido se afiliaría Pompeyo Márquez en 1939.

Tal decisión ocurrió después de una pasantía desde 1936 por el PDN, impactado por las figuras de Jóvito Villalba, Rómulo Betancourt y la pléyade de dirigentes estudiantiles de 1928 que estaban decididos a construir un sistema democrático en la nación. 

El Flaco Alfredo Padilla me refiere una anécdota que le contara el mismo Pompeyo Márquez sobre su decisión de abandonar el PDN e irse al PCV; un hecho que ilustra la disciplina y seriedad con que Pompeyo había asumido la militancia partidista. “Yo había tomado la decisión de abandonar el PDN, pero el día anterior a mi partida debía cumplir con una tarea asignada por el partido. Así que cumplido a cabalidad mi compromiso partidista hasta el último día, al día siguiente me fui para el PCV”.

De primeros pasos y pérdidas

De ese breve tránsito cuenta entre sus actividades el respaldo en la calle a la huelga petrolera de 1936, así como sus primeros carcelazos, por andar metido a político de democracia.

La muerte de su padre, Octavio Márquez Fuenmayor, un “general chopo e’ piedra”; ganadero, de familia “acomodada” de Falcón, dueño de una concesión de parte de la isla Orocopiche en el medio de río Orinoco frente a Ciudad Bolívar y de quien no conservó ningún recuerdo, lo deja huérfano a la edad de seis años.

Esto le dio un fuerte giro a su vida. La viudez obliga a su madre, Luz María Millán, a migrar a Caracas poco tiempo después, tras perder la considerable herencia de su esposo a manos de “unos vivos” de siempre. Esto cambió las condiciones de vida de la familia e hizo de Pompeyo un trabajador de temprana edad dada su condición de hijo mayor.

Las circunstancias familiares y nacionales producen otra significativa jugada en su destino: en Caracas, Pompeyo Márquez, el entonces adolescente que estudia y trabaja frisando apenas los catorce años de edad, nace a la política el mismo día que nace la democracia en Venezuela: el 14 de febrero de 1936.

Generaciones gloriosas

Sobre él escribe Domingo Alberto Rangel en 1966 en su libro La revolución de las fantasías: “Pertenece Márquez a las promociones de dirigentes que surgen de aquella cantera que fue la irrupción popular de 1936”.

En adelante, el joven Pompeyo, además de “presenciar y participar tímidamente” de la ira popular de ese día contra los gomecistas, decide “meterse en la historia” –como diría su amigo Manuel Caballero– para intentar cambiarla con un poderoso convencimiento.

Días después, junto con Juan Molina y Mercedes Lobatón, va a la esquina de Miracielos a tocar las puertas de la Federación de Estudiantes de Venezuela (FEV): “Nos inscribimos –evoca en su biografía–, tomamos nuestro botón y la simbólica ‘boina azul’ que rememoraba las jornadas estudiantiles de 1928”.

Salieron los amigos convertidos en activistas, “vendedores de La Voz del Estudiante”, repartidores de volantes y “pegadores de afiches”. Nunca más abandonó la calle. Pasó el resto de su vida luchando, combatiendo a “los autoritarismos militares y a favor de la libertad y la democracia”.

Desde ese momento, y por el resto de su vida, sería un político de democracia.

Forjado en la lucha  

Y se preguntarán ustedes, ¿puede un comunista ser un político de democracia? Pues, sí. La lucha política con la que arranca Pompeyo es una lucha con los instrumentos principales para construir la democracia: partidos, sindicatos y organizaciones civiles.

De esos instrumentos de democracia se va nutriendo nuestro novel activista, quien pelea por una prensa libre, elecciones, libertad de asociación en organizaciones civiles y partidos políticos, libertad de manifestar. Derecho a huelga. Lo hace en la calle, con protestas, concentraciones, marchas y huelgas; son las novedades del combate político que han dejado atrás las viejas montoneras caudillistas.

El político de democracia lleva sus aspiraciones a las calles, barrios y fábricas. Agita, reparte volantes, prepara reuniones para la organización, confronta ideas en asambleas, amplía la comprensión de las grandes masas. Agita el fervor popular en mítines, se mueve en marchas para conquistar objetivos políticos y reivindicativos.

Pero, igualmente, forja su espíritu combatiente y fortalece sus convicciones ideológicas en la reflexión que deja el aprendizaje de horas infinitas de voraz lectura, estudio y discusión.

Plasma ideas en los periódicos hasta convertirlos en importantes instrumentos de organización, agitación y formación. Todo ello y más son las novedades que hacen a Pompeyo y a muchos otros políticos de democracia pues, también, son políticos por la democracia.

“Antes la muerte que una nueva dictadura”

Pompeyo recibe su agua bautismal política en la calle. Es en ese novísimo escenario donde va adquiriendo los aperos que le proporciona la naciente sociedad democrática surgida al calor de la más gigantesca movilización popular que conociera hasta entonces el país. Nos referimos a la marcha del 14 de febrero que va desde la Universidad Central de Venezuela –situada entre las esquinas de Bolsa y San Francisco, en pleno centro de Caracas– encabezada por el rector Dr. Francisco Rísquez.

La manifestación va camino al Palacio de Miraflores, sede de la Presidencia de la república, a reclamar libertades democráticas. Y abre el período más fructífero de las luchas por la democracia del siglo XX venezolano.

Su impacto se extiende por el resto del año. Y del siguiente, en intensas y sorprendentes jornadas de lucha que cambiaron la forma de hacer política en el país.

Es en la movilización callejera donde la sociedad democrática, y Pompeyo –como parte anónima de ella moviéndose entre la ingenuidad y la atracción por la novedad– cambiará su vida; fortaleciendo la voluntad de lucha por las libertades democráticas y la conquista del respeto a los derechos humanos fundamentales.

“En 1936 era un muchacho sin ninguna experiencia ni cultura política –rememora Pompeyo–, pero era una ‘esponja’ que asimilaba con rapidez cuanto oía”.

Entre esos aprendizajes le quedó grabada una consigna que repetían hasta la saciedad los estudiantes y que sintetizaba el inmenso espíritu democrático que impregnó a la sociedad venezolana de entonces: “antes la muerte que una nueva dictadura”.

Un sentimiento poderoso que, ajustado a las posteriores circunstancias de los distintos momentos históricos, han conservado hasta el presente los venezolanos.

Así siguió también la historia de Pompeyo como “Santos Yorme” en la clandestinidad contra la dictadura perezjimenista, en el debate sobre “el repliegue” y la “paz democrática”, la fundación del MÁS, su tránsito como ministro del segundo gobierno del presidente Rafael Caldera y sus luchas desde la Coordinadora Democrática contra el autoritarismo chavista.

Porque la oposición a la dictadura no es otra cosa que la democracia por la cual se sigue luchando. Por la que Pompeyo dio hasta su último aliento. Sin descanso. Sin remordimiento.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

A veinte años del 11 de abril. El día que Venezuela se partió en dos (I), por José Luis Farías
El 11 de abril fue una inmensa y sorprendente, nunca antes vista, rebelión civil de visos épicos que desafió y derrocó al poder autoritario

 

@fariasjoseluis

El 11 de abril de 2002 nos persigue, interfiere en nuestras vidas sin mostrar signos de fatiga. Nos ha dejado una marca indeleble. Arrastramos su impronta, conscientes o no de ello, aunque a veces tengamos la ilusión de haber cerrado los episodios de esos días echándolos al olvido o creyendo haber saldado las deudas pendientes de entonces con perdones o reconciliaciones. Los efectos desatados ese abril continúan afectando a la sociedad venezolana. Suele pasar con las grandes conmociones históricas que siguen determinando por largo tiempo la existencia colectiva.

En lo que va del siglo XXI venezolano ningún otro acontecimiento ha impactado tanto a la población como ese 11 de abril. Extrañamente la ausencia de consenso sobre los sucesos le ha dado singularidad histórica a ese dramático día. A quienes lo vivimos directamente, nos remite a la narrativa con la cual cada quien se siente identificado, que depende de la postura política de cada persona. Está arraigado en la memoria colectiva nacional pese a la naturaleza altamente polémica de lo ocurrido, va y viene en nuestras mentes de modo bastante confuso. Hay muchas versiones, zonas grises y oscuras que quizás permanezcan así por siempre, al menos mientras no se produzca un desenlace definitivo de la nueva realidad política que produjo.

Cada venezolano que lo vivió tiene una forma de mirarlo. A grandes rasgos, la mía se resume así: una inmensa y sorprendente, nunca antes vista, rebelión civil de visos épicos que desafió y derrocó al poder autoritario; un inefable golpe de Estado de militares convertidos en factor de decisión política acompañados de una elite civil que creyó mover los hilos de la historia con su poder económico, toda una conjura con incógnitas por despejarse; y el inesperado regreso de Hugo Chávez a la presidencia de la república también a instancias de los hombres de armas y por la incapacidad de los civiles conjurados para impedirlo, pero también en hombros de un grueso sector popular bien importante.

Fue una vertiginosa sucesión de acontecimientos registrados con espectacularidad -y no sin manipulación- por los medios de comunicación de ambos lados en conflicto, en cuyo contexto ocurrieron 19 muertes y más de un centenar de heridos. Pero, sobre todo -y aquí va la clave para comprender su impacto-, el 11 de abril es el momento más nítido de nuestra historia reciente en el cual la sociedad venezolana, asombrosamente, se partió en dos mitades, chavistas y antichavistas.

Las dramáticas imágenes sobre el puente “Llaguno” en la avenida Rafael Urdaneta del centro-norte de Caracas, a un par de cuadras del Palacio de Miraflores, sede de la Presidencia de la República, sean quizás las más emblemáticas de esa terrible ruptura que permanece sin soldar sobre la cual han quedado las imágenes del periodista Luis Alfonso Fernández y su camarógrafo que recogieron una versión de los hechos y el documental La revolución no será transmitida que representa la visión del gobierno. Fue un día que se extendió por tres días y que también, por muchas razones, pudiera decirse que es el día que aún no ha terminado.

La sacudida del 11 de abril lo ha convertido en una fecha histórica sui generis. Dos décadas más tarde, todavía no existe consenso en la sociedad sobre la valoración y significado de los hechos. Se le abrevia omitiendo el año de ocurrencia como suele suceder con los grandes momentos históricos de la nación y su mención no nos resulta ajena.

A veinte años, los efectos del 11 de abril prosiguen determinando el funcionamiento de la sociedad, sin saber hasta cuándo. Por ahora, sin embargo, no nos ocuparemos de contar nuestra visión. En esta crónica solo narraremos, y trataremos de explicar, algunos hechos previos que le dieron punto de partida a la tragedia que vivimos ese día.

Haremos un recorrido por los vericuetos de ese arranque que llevó a la erupción de aquel furioso volcán.

Una explosión que estremeció una sociedad que apenas diez años atrás todavía se enorgullecía de ser la «democracia latinoamericana más antigua y estable», estabilidad construida gracias al maná petrolero, enorme riqueza que ese día, justo ese mismo día, 11 de abril de 2002, estuvo en disputa violenta su control como factor de poder clave de la lucha por la hegemonía en Venezuela.

«Cuando yo agarré el pito aquel…»

La tarde del jueves 15 de enero de 2004 el presidente Hugo Chávez, durante su mensaje anual a la Asamblea Nacional, dijo con jactanciosa sorna que él había incitado la crisis que condujo a los violentos sucesos del 11 de abril de 2002. Sorpresivas y no menos repugnantes palabras que sirven punto de partida de la crónica que va a continuación; en particular, porque todo lo sucedido entonces, quiérase o no, gira en torno a este carismático personaje.

Nadie puede rebatir que, para bien o para mal, Hugo Chávez es el centro de esa singular historia. De modo que lo dicho por él sobre los acontecimientos de aquel abril tienen un especial valor para ensayar una explicación. Comenzando por poner en duda la veracidad de esa afirmación, no porque en nuestro ánimo esté la pretensión de negar la culpa principalísima de Chávez en todo lo sucedido, sino por dudar de que esa crisis haya sido producto de un plan suyo.

Que sea el culpable principal de los hechos no lo convierte en el único responsable ni mucho menos en quien orquestó deliberadamente la crisis. Su enorme peso en lo ocurrido no excluye la responsabilidad de otros en unos acontecimientos históricos tan complejos.

Por su fama de instigador que crecía como la mala hierba con sus cotidianas apariciones públicas cargadas de insultos, mentiras y manipulaciones, lo dicho ese día por Hugo Chávez pudo haber pasado como una más de sus reverberantes incitaciones que llenaban con creces el formato de sujeto pendenciero. Pero lo dicho no fue cualquier cosa. Fue una confesión. Que no haya sido así, tal cual la presenta, es otra cosa. Aquella aceptación de responsabilidad determinante en lo sucedido durante esos dramáticos días, dieron a sus palabras especial significación. Ni más ni menos, Chávez asumía haber sido el promotor convicto y confeso de la crisis del 11 de abril, la más crucial de lo que va de siglo en el país. Se confesaba como el sórdido cerebro que la produjo. En su peculiar estilo dicharachero, Chávez:

-“Bien, ahora otro elemento que surgió el 2003 y también producto de la crisis, en el idioma chino creo que se escribe wang hig, significa crisis o riesgo, peligro y oportunidad; toda crisis trae eso, por eso es que las crisis muchas veces son necesarias incluso a veces hay que generarlas midiéndolas por supuesto. Lo de PDVSA era necesario, aun cuando nosotros, bueno, no es que no la generamos, sí la generamos, porque cuando yo agarré el pito aquél en un Aló presidente y empecé a botar gente, yo estaba provocando la crisis; cuando nombré a Gastón Parra Luzardo y aquella nueva junta directiva pues estábamos provocando la crisis, ellos respondieron y se presentó el conflicto y aquí estamos hoy y era necesaria la crisis; nos sorprendieron, no. Claro que nos pusieron a pasar algún trabajo, y se probó la fortaleza de un pueblo, la fortaleza militar, la conciencia de la Fuerza Armada, la conciencia de un pueblo y también comprobamos algo: no era cierto, como decían algunos, que todos los técnicos de PDVSA estaban vendidos a la tecnocracia, no, un buen número de técnicos se quedó allí y los que no pudieron quedarse aquellos días por las presiones y las amenazas retornaron pronto a la empresa y ahí están y sobre todo los trabajadores, qué grado de conciencia los trabajadores de PDVSA».

¿Confesión o manipulación?

Las palabras de Chávez fueron tomadas por la oposición como la «confesión» de un delito. El analista Armando Durán, en un libro publicado en 2004, escribió: «El jueves 15 de enero de 2004, en su discurso anual de rendición de cuentas ante la Asamblea Nacional, Chávez confesó que el nombramiento de una nueva Junta Directiva de Petróleos de Venezuela, ajena a la tradición meritocrática de la industria, así como el groseramente despido de un grupo de sus más calificados gerentes, habían sido provocaciones suyas para precipitar la crisis» (Armando Durán, Venezuela en llamas, p. 21).

Muchos repitieron la vieja máxima jurídica de «a confesión de partes relevo de pruebas» y sintieron tener un poderoso elemento entre manos para proponer juzgarlo por crímenes de lesa humanidad a la menor oportunidad ante los tribunales internacionales. En general, lo asumieron como una «torpeza» caída del cielo, con la cual se inculpaba por todo lo sucedido. Era una declaración muy útil para que muchos pudieran desembarazarse de su participación en el golpe de Estado de aquellos días señalando a Chávez como el «único» culpable de aquella insólita crisis.

Aunque no todos lo vieron de la misma manera. Pedro Carmona, en quien se centraban las principales acusaciones del chavismo por el golpe de Estado y las no pocas recriminaciones del antichavismo por los errores cometidos que permitieron el regreso de Chávez, en un libro publicado en junio de 2004, se refirió a la declaración con cierta cautela. Al momento de examinar los despidos públicos de la gerencia petrolera, hechos por Chávez pitó en mano, Carmona se pregunta «¿Fue esa una estrategia deliberada de Chávez para provocar la crisis como él lo aseveró públicamente con posterioridad? ¿Formó ello parte de un complot, complementado con la masacre y la crisis militar? Son quizás aspectos no dilucidados de los complejos eventos de abril» (Pedro Carmona, Mi testimonio ante la historia, p.78). Ponía en duda que eso fuera exactamente del modo en que Chávez lo había hecho.

Pero las palabras de Chávez eran, sobre todo, una manipulación para acentuar la polarización del país presentada en un momento preciso muy conveniente para él. Lo dicho por Chávez se produce en una fecha (15/1/04) en la cual él ya tiene el control absoluto de PDVSA, tras haber derrotado el golpe de Estado y el paro petrolero. Su gobierno comienza a derrochar los dineros de la empresa en su proyecto populista. Es un momento de acelerado ascenso de los precios petroleros, que va a iniciar la acentuación del clientelismo político para procurarse una base electoral que le permita enfrentar la creciente amenaza de un referéndum revocatorio movido intensamente por la oposición que, derrotada en sus intentos por derrocarlo por la fuerza, ahora pretende transitar el camino democrático y constitucional.

Pero la presunta confesión de Chávez asumiendo la responsabilidad de todo lo sucedido es además un signo de arrogancia para envanecer a los suyos y enervar a sus contrarios. Pues por mucha capacidad de incidencia sobre los acontecimientos es obvio que hay muchas responsabilidades compartidas en todo lo sucedido aquellos días de abril.

A dónde iba dirigida la presunta confesión de Hugo Chávez: ¿a su gente, a la oposición o a ambas? ¿Por qué asumir una presunta responsabilidad sobre esos dramáticos hechos? ¿Es verdad que Chávez provocó lo sucedido del modo tan deliberado y calculado que insinúa?

Con su histrionismo y capacidad envolvente, sin decirlo, Chávez le puso cierto tono épico al momento de revelar su secreto de haberlo provocado todo, acentuando sibilinamente la idea de que cuanto pasó era una suerte de guerra de buenos contra malos.

«En lo económico el 2003 nos regaló a PDVSA»

Chávez, sin duda alguna, había sido el principal culpable de todo lo sucedido. ¿Quién en su sano juicio, libre de compromiso político, pudiera negarlo? Pero de ahí a que fuera el gran director de orquesta de la misma, el que había desatado deliberadamente toda aquella ola de conflicto era a todas luces un ejercicio de narcisismo maquiavélico en perfecta combinación.

Lo interesante de ese hecho, más allá de las consideraciones y el repudio a esa particular patología de egocentrismo, ni siquiera saber exactamente por qué lo había dicho sino proceder a desmontar esa mentira que muchos repitieron obstinadamente porque les permitía tener cómodamente un culpable.

Por supuesto, su ánimo de aquel día era muy distinto al del año anterior en que le correspondió hablar sobre «ese año tan difícil, (…) ese año 2002 que quedará grabado como muchos otros años en la historia republicana», según dijo entonces, en un momento en el cual enfrentaba, además, el difícil paro petrolero con varios meses en pleno desarrollo agobiando al país. En 2004 Chávez hablaba desde la cómoda posición del que ha superado los peores obstáculos y se siente ganador.

Así que, cuando abordó el tema petrolero, fue particularmente directo y gozoso de lo que había alcanzado durante el año recién culminado. «Ahora miren −dijo−, en lo económico el 2003, a pesar de la terrible coyuntura por la que pasamos nos regaló algo, nos regaló a PDVSA. Por primera vez y no estoy exagerando señores embajadores, por primera vez en toda nuestra historia PDVSA es de verdad de Venezuela».

Chávez tenía razones de sobra para sentirse triunfador, estaban bajo su absoluto control los dos principales pilares del poder en Venezuela: la Fuerza Armada y PDVSA, era victorioso frente al golpe Estado del 11 de abril y había derrotado al paro petrolero desarrollado entre finales de 2002 y comienzos de 2003. Solo le quedaba por resolver el problema del referéndum revocatorio, para el cual ya tenía trazada la estrategia de comprar tiempo suficiente con el ardid de las «firmas planas» y esperar que la «Misión Barrio Adentro» y la «Misión Robinson» tuvieran su efecto clientelar en los vastos sectores populares de la nación.

Fue así como Chávez prosiguió su discurso político de aquel día jueves con una sarta de afirmaciones que, si bien reflejaban su ignorancia sobre la materia petrolera, no era menos cierto que la manera en que las presentaba distorsionando la realidad, mintiendo descaradamente o destruyendo moralmente a sus adversarios, le servían para levantar una versión de los hechos históricos que se ajustaba perfectamente a sus perversos propósitos.

−Cuando ocurrió aquí aquella nacionalización chucuta −dijo al referirse a la nacionalización petrolera de 1976−, que fue una farsa, la nacionalización petrolera y todo aquel boom publicitario esa fue toda una farsa, fue un acuerdo de élites, no fue como lo que sí hizo en México en 1938 mi general Lázaro Cárdenas, cuando realmente nacionalizó el petróleo mexicano; aquí no, aquí fue un acuerdo de elites y acuerdo con la transnacionales, entre otras cosas, han debido cancelarnos la deuda ecológica”.

En su habitual pose de salvador de la patria persistiría por siempre en que la «verdadera» nacionalización era la de la PDVSA «roja rojita» impulsada bajo el mando de Rafael Ramírez como gran zar petrolero, que desató una euforia populista en medio del más gigantesco boom de los precios petroleros para asegurar su permanencia en el poder hasta su muerte y más allá de ella.

Pero la manera de cómo se fue incubando el estallido del 11 de abril en la sociedad venezolana va más allá, es mucha más compleja que esa versión manipulada de Hugo Chávez y la interpretación que de ella se ha hecho. Sobre eso discurriremos en las próximas líneas.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Simplemente Pérez, por José Luis Farías
Pérez es Pérez. Para bien o para mal su nombre no cesa de sonar. Por ahora

 

@fariasjoseluis

Carlos Andrés Pérez sigue impregnado de presente. Se mueve entre nosotros. Aparece de vez en vez para interpelarnos o replicarnos por y sobre lo que acontece.

El tiempo transcurrido desde su salida del poder −veintiocho años− o desde el onceavo aniversario de su fallecimiento no ha sido suficiente para borrar el nombre del expresidente.

Su rostro no necesita identificación, se le reconoce al pelo. Se le menciona de manera asaz en las redes sociales: ora su nombre, ora su imagen se manifiestan en memes y stickers, exaltando sus pretendidos aciertos o atacando sus presuntos errores.

Su sola mención apasiona. Sirve por igual a la hilaridad o al llanto. Mueve con fuerza al aplauso a su favor o a la ira en su contra, pues ocupa siempre un espacio −grande o pequeño, pero espacio al fin− en la mente de un número importante de venezolanos.

Su nombre emerge en cualquier conversación política sobre la situación actual, desde los ámbitos más elitescos hasta en los ambientes rupestres.

Esa inmensa carga de contemporaneidad que lo reviste por todos sus costados le da una enorme singularidad a su polémica figura. ¿Fue así desde que se terció la banda presidencial por primera vez el 12 de marzo de 1974? Parece.

Entre los «padres fundadores»

Tanto su actuación pública como su vida privada siempre han deslumbrado y captado la atención de los venezolanos. La actualidad de su nombre no es accidente: es consecuencia del papel histórico determinante que cumplió en la Venezuela de los últimos sesenta años.

El interés general por su vida y su obra es considerablemente mayor al de cualquier otro exmandatario nacional. Aunque, por razones obvias, apenas menor al que despierta Hugo Chávez o Rómulo Betancourt, a quien cierta corte laudatoria −muy en contra suya− ha dado en llamar el «padre de la democracia», para homologarlo en su dimensión histórica con el llamado «padre de la patria».

Puesto que recordaba que los seguidores de «El Benemérito» llamaban a Juan Vicente Gómez el «padre de la paz», no sorprende que el guatireño rechazara un calificativo que solo el tiempo y la historia terminarán por darle. Si es el caso. Para muchos de nosotros, es aún temprano para decirlo.

Pero, volviendo al tachirense, cualquier detalle del tránsito de Pérez por el mundo terrenal es un guiño a la curiosidad por descubrir qué hay detrás.

José Antonio Páez y Antonio Guzmán Blanco dominaron la historia de la Venezuela independiente del siglo XIX.

Sin temor a equívocos, junto con Gómez y Betancourt, Pérez es la gran figura del siglo XX venezolano.

Pérez es Pérez. Para bien o para mal su nombre no cesa de sonar. Por ahora.

Luces y claroscuros

Esa vigencia también está asociada a la responsabilidad de la crisis actual que, continuamente, lo roza.

En la búsqueda de respuestas sobre el complejo presente, tratando de leer en su vida y su tiempo las causas de la tragedia que sobrevino después, el nativo de Rubio es motivo de artículos, investigaciones, libros y documentales que abordan su trayectoria política.

Es un enigma cuánto hay de verdad o falsedad, de novedad o repetición, de objetividad o distorsión en todo lo dicho y por decir.

¿Hay un aporte real, constituyen un examen útil respecto a Carlos Andrés Pérez, su tiempo y su impacto en la historia contemporánea de Venezuela?

Sin importar cuál sea la respuesta a esa pregunta, lo cierto es que las fuentes para el estudio y la comprensión de este personaje son inagotables. Dispersas en páginas y páginas de documentos oficiales, en la colección de sus discursos, notas de prensa, reportajes, semblanzas, entrevistas, infinidad de fotografías, películas y en interminables testimonios dados o por darse sobre él.

También es protagonista de no pocos libros. Tan solo Alfredo Tarre Murzi, el gran y temible «Sanín», le dedicó cuatro; absolutamente demoledores, NADA MÁS que sobre su primer gobierno.

La cuenta sigue. Hallamos publicaciones de Teodoro Petkoff, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Gumersindo Rodríguez, Héctor Malavé Mata, Américo Martín, Domingo Alberto Rangel, Pedro Duno, Carlos Blanco y tantos otros sobre el mismo periodo.

Su segundo gobierno sigue inspirando la escritura. Fluyen los trabajos de viejos y nuevos autores. Américo Martín y «Sanín» reaparecen con sendos libros. Surgen trabajos de más rigor. Ahí están los de Moisés Naím, Carlos Raúl Hernández y Luis Emilio Rondón, Pedro Castro.

Sin que los periodísticos y testimoniales con esfuerzo analítico pierdan fuerza, entre muchos más, están los de Francisco Camacho Barrios, Gustavo Tarre Briceño, Fernando Ochoa Antich.

El trabajo gráfico no está ausente de las editoriales. El trabajo de Francisco Solórzano, Frasso, y Grillo sobre el Caracazo es llevado a libro.

Y el esfuerzo de las imágenes en movimiento tampoco se rezaga. El documental de Carlos Oteyza marca un comienzo que de seguro tendrá continuidad.

En «La Ahumada»

El periodo de cautiverio, tras ser echado del poder por una «conspiración», es prolijo en las entrevistas. Para muchos ya está en su ocaso y tratar de contar, o más exactamente, hacer que el mismo la cuente es el objetivo de las nuevas publicaciones.

La entrevista de Rafael del Naranco lo retrata en «La Ahumada», la casa de El Hatillo que se convirtió en su prisión «de por vida».

El poeta Caupolicán Ovalles le arranca unas largas y sabrosas conversaciones, prolijas en detalles que descubren su agudeza y extraordinario sentido del humor.

Roberto Giusti y Ramón Hernández, dos versados periodistas que lo conocieron de cerca, recogen su azarosa vida en una larga conversación, escrita en primera persona en clave de «memorias», truncada por el insatisfecho protagonista.

También recurriendo a este género, el historiador Agustín Blanco Muñoz lo sentó a disgusto en el banquillo de la historia. Todas estas entrevistas fueron llevadas a libros de gran éxito editorial.

Allende las fronteras también se interesan por la vida del expresidente y surge tal vez el primer estudio de vocación histórica, el de Michael Tarver, The rise and fall of venezuelan president Carlos Andrés Pérez: an historical examination, de dos tomos (2001-2004).

Post mortem el interés periodístico no se pierde. José Agustín Catalá edita los documentos de su enjuiciamiento; Martha Rivero echa a la calle su polémico y sustancioso trabajo La rebelión de los náufragos; Earle Herrera examina el «Caracazo»

Sin embargo, la comprensión del papel que Carlos Andrés Pérez ha jugado en los eventos contemporáneos y actuales del país apenas comienza a entreverse, por lo que resultan ilusos quienes hoy escriben sobre el hijo de Rubio pretendiendo sentar una visión última y definitiva en torno a él.

De la tumba al Twitter

Por supuesto, no hay que desatender el acierto del joven historiador Tomás Straka, quien subraya en un ensayo reciente, publicado en el portal Prodanvici, que la capacidad del ex primer mandatario de ser «el hombre que se inventó a sí mismo» constituye un rasgo clave para comprenderlo.

Acertó Straka y su disertación estimuló una polémica en las redes sociales que actualizó la figura de Pérez para las nuevas generaciones.

¿Muerto? Sin duda. Olvidado y borrado de la historia: ni de broma.

Su imagen todavía seduce. Mucho de esto se debe a su carismática personalidad: este rasgo arrollador que caracterizó de modo singular sus mandatos presidenciales.

Nadie objetará que Pérez es uno de los prototipos más acabados de la tesis del «líder carismático» desarrollada por el genial Max Weber.

Sí, el tachirense es una nueva muestra de que el carisma es inmortal y trasciende a quien lo porta: el de Pérez todavía palpita y ayuda poderosamente a la actualidad de su figura.

Y esto muy a pesar de sus detractores. Se le ha estigmatizado en sus dichos y gestos, haciendo las delicias de humoristas y opinadores.

No le es indiferente a nadie, menos a ningún dirigente o estudioso de la historia y la política.

Por generaciones ha fascinado a estudiosos su magnetismo personal y el excesivo personalismo; así como la hiperkinesia que lo cambiaba de locaciones geográficas como si se tratara de mudas de ropa.

Impregna todavía el recuerdo la energía de «ese hombre sí camina», emblematizada en la famosa fotografía de su campaña electoral en 1973. Se le retrataba entonces saltando un amplio charco, pese a encontrarse ya en sus cincuenta años.

Hombre de puentes

De nuevo, solo Chávez puede comparare en nuestra historia política en lo que respecta a su liderazgo internacional tercermundista: el provincianismo fue marca de nuestras figuras políticas principales, de Páez en adelante.

También con él compartía una locuacidad que alborotaba los sentidos de la gente y lo hacían simpático de buenas a primera. Han pasado al anecdotario popular sus singulares modos expresivos y gestuales, inmortalizados en la magistral imitación que de él hiciera el fabuloso comediante Cayito Aponte, para gozo de toda la nación.

Se admiraba su heterodoxia respecto a los modelos al pasar de ser el líder populista, estatista y nacionalizador de su primer gobierno al presidente neoliberal y privatizador de su segunda gestión.

También sorprendía en él la habilidad para rodearse de gente más joven, inteligente y bien formada para construir sus equipos de gobierno. Destacaba el hecho de que, pese a la reputación de represor que se le atribuía, la mayoría de estos jóvenes colaboradores venía de militar en la izquierda durante sus años mozos.

Extendía la estrechez de sus lazos hasta representantes de la gran burguesía nacional con quienes se entendía con suma facilidad.

Pérez fue, en gran medida, el prototipo del dirigente hecho por los mass media; sin que ello desmerite sus habilidades naturales para moverse cual pez en el agua de la política.

¿Por sus frutos?

Más allá de consideraciones personales y locales, el impacto internacional de su desempeño público, así como la importancia histórica y el fuerte arraigo popular de su partido Acción Democrática, junto con los sucesos históricos que conmocionaron al país durante sus actuaciones como primer mandatario, forman parte importante de la aproximación necesaria para explicar su persistencia en la memoria.

Sin embargo, este resultado también puede ser atribuido al ruido que ha caracterizado las casi tres décadas que han seguido a su salida del poder.

Por un lado, está el deseo nada silencioso de sus enemigos de borrarlo de la historia; pretendiendo estigmatizarlo como el símbolo de la corrupción y del fracaso del modelo democrático representativo.

Por el otro, la defensa apasionada de quienes sienten que en los juicios críticos contra Pérez ellos también llevan una parte importante que no están dispuestos a pagar.

Todo ello mantiene fresca su vida como lo ha demostrado el reciente debate en torno a su importancia y legado: temas que aún son abordados con excesiva pasión, sin la toma de distancia prudente del historiador profesional para examinarlo con más objetividad y pertinencia. Aún hasta las grandes entrevistas que diera tienen el doble filo del enjuiciamiento, de la aprobación o la condena más que un genuino interés por examinar y darle contestación a interrogantes históricas que corrijan y expliquen sus actuaciones y decisiones, conforme a sus particulares circunstancias.

Se le otorga preponderancia a lo anecdótico surgido de vivencias personales a su lado con mucha carga de subjetividad.

Destacan sus advertencias sobre las sombras que sobrevendrían al país si Hugo Chávez conquistara el poder en Venezuela, como en efecto lo hizo en 1998.

Vídeo: Entrevista de Carlos Andrés Perez | Jose Antonio Pantoja Aristigueta

Pareciera que hay un esfuerzo de sus más fieles seguidores por lograr un sentimiento de culpa inducido en los venezolanos por haber truncado su «gran viraje», el cual comenzó a instrumentarse durante su segundo mandato entre 1989 y 1993.

Queda para la historia exaltar su grandeza al aceptar la decisión de la Corte Suprema Justicia que lo echó del poder en mayo de 1992.

Tal hecho puso a prueba su vocación democrática, dejando en claro que la misma era profundamente republicana, a pesar de su fama de personalista.

Carlos Andrés Pérez continúa políticamente vivo a través de esa evocación de muchos personajes que estuvieron envueltos en su vida pública como dirigente político y como gobernante.

No obstante, aspiramos a comprender por qué se mantiene en la palestra más allá de los intereses en mantenerlo vivo.

Es aquí donde se pone de relieve no haber sido un hombre gobernado por los acontecimientos, difuminado por las fuerzas ocultas de los procesos históricos, convertido en una figura que pudo haber sido relevada por cualquier otra. Eso que algunos llaman su especificidad.

Que se trata más bien del actor de primer plano, cuya determinación y sed de grandeza histórica hizo posible, con sus aciertos y errores, esos hechos trascendentales que llevan su sello personal para bien o para mal. Y que han marcado la historia contemporánea de Venezuela.

La contemporaneidad de Pérez que me propongo examinar en próximas entregas emana de su actuación singular, del sello personalísimo que imprimió en los hechos históricos vinculados a sus mandatos, produciendo una elevada conmoción nacional y, en buena medida, internacional.

Hablo de la nacionalización del petróleo en el marco del proyecto de la «Gran Venezuela»; la revuelta popular del Caracazo el 27 de febrero de 1989; la intentona golpista del 4 de febrero de 1992; así como el llamado «paquete económico neoliberal» de su proyecto del «Gran Viraje» anunciado el 16 de febrero de 1989.

Y, por supuesto, abordaremos también su dramática salida del poder el 21 de mayo de 1993. No intentamos analizar en si esos turbulentos acontecimientos sino extraer de ellos la marca puesta por Pérez en cada uno.

La idea es revisar cómo están presentes en esos sucesos sus complejos, sus miedos, sus ambiciones. Cómo sus sentimientos se reflejan y descubren en cada una de sus actuaciones, moldeando algunos o sobreponiéndose históricamente a otros, quedando para la investigación histórica la labor de enmendar la explicación de sus comportamientos.

Queremos comprender cómo los mismos revisten de contemporaneidad la sin par figura del expresidente Carlos Andrés Pérez, así como todo aquello que los mismos tienen de inconclusos y su carga de frustración y de conmoción produjeron en su momento.

No son los únicos sucesos que le dan fuerza de actualidad.

Pudieron ser escogidos otros acontecimientos relevantes y de trascendencia y con seguridad se encontrará la preponderancia de su marca personal.

Pero en todo ensayo de interpretación en la selección de los hechos siempre hay una dosis de subjetividad de la cual es difícil desprendernos.

Para nosotros es claro que la trascendencia e importancia de la actuación de Pérez en todos estos eventos y la fuerza impuesta en los mismos, cada uno en su momento, constituyen la mejor explicación de por qué seguimos tan pendientes del Sr. Pérez.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El por ahora del 4 de febrero visto treinta años después, por José Luis Farías
El cuadro general alentaba la salida violenta, el garrotazo militar, el camino del atajo

 

@fariasjoseluis

A eso de las diez de la noche, el FAV-001 tocó pista en el aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía con el presidente Carlos Andrés Pérez y su comitiva a bordo.

El cansancio agobiaba a Pérez, doce horas o más del vuelo Davos-Nueva York-Maiquetía, muelen a cualquiera. Pero el agotamiento ha valido la pena: es alentador el éxito obtenido en el Foro Económico Mundial.

La mirada del presidente estaba puesta en el ámbito internacional, ahí veía su gloria, «el país le quedaba chiquito, no miraba para los lados». Eran evidentes sus ansias de pasar a la historia como un líder mundial.

«Cuando salí para Davos, Suiza, a una reunión de los más calificados representantes del mundo internacional financiero, me fui sin temor de ninguna especie, aunque los sucesos de noviembre y diciembre me habían preocupado. Yo iba a ser, prácticamente, el centro de la reunión. Venezuela venía en un proceso ascendente y triunfante en el desarrollo de su economía. En ese momento registraba las cifras más altas de crecimiento en el mundo y una situación expansiva». (1)

Aunque su vedetismo tuvo que compartirlo con el presidente Nelson Mandela, quien se convirtió en la gran figura de ese encuentro, los resultados del programa de ajustes económicos del gobierno de Pérez alcanzaron reconocimiento y fueron aplaudidos en esa catedral del liberalismo económico.

Pero apenas pisa suelo patrio surge la primera contrariedad. Pérez se asombra de encontrar al pie del avión al ministro de la Defensa, general Fernando Ochoa Antich, junto con el ministro Ávila Vivas. Presiente malas noticias, un aguafiestas de su contento.

Ochoa advierte «cierta preocupación» en el rostro del presidente, que sin ocultar su estupor y antes de saludar, le pregunta:

−General, qué hace usted aquí (2).

La presencia del alto funcionario no estaba prevista en el recibimiento, de modo que alarma a Pérez. Solo deberían estar Casa Militar, representada por el coronel Hung Díaz y el ministro de Interior y Justicia, Virgilio Ávila Vivas, quien había llegado media hora antes.

El ministro Ochoa se zafa de la explicación inmediata pedida por el jefe del Estado. Es hábil, su endurecido rostro castrense no trasluce nada.

−No, presidente. Llegué esta noche de Maracaibo. Supe que usted venía y decidí esperarlo −me respondió muy tranquilo, asienta Pérez. (3)

Se agiliza la salida de la rampa 4 del aeropuerto para tomar el automóvil lo antes posible en medio del nada común despliegue de seguridad.

«Les dije −anota Pérez− que se vinieran conmigo y me acompañaron hasta La Casona. En el trayecto, luego de contarles los pormenores de la reunión, les confesé que venía molido del largo viaje y de las largas jornadas de trabajo». (4)

El pulso entre Ochoa y Pérez comienza

Los ministros aceptan la invitación y abordan el vehículo. La tensión está en el ambiente. El ministro Ochoa va incómodo, quizá algo nervioso, ha meditado, cree tener la clave para explicar su aparición en el aeropuerto: «un rumor».

Pero un rumor es un «ruido confuso de voces», algo que no está claro, de lo que no se tiene certeza alguna.

Un chisme de los tantos que corrían por aquellos días no parecía ser justificación suficiente. El presidente estaba hastiado de «rumores», «informes de conspiración» y «atentados» sin solución concreta de los problemas.

«Había tantos ‘cortocircuitos’ entre los altos oficiales» (5) recuerda Pérez. Las Fuerzas Armadas eran un hervidero de conflictos con acusaciones de corrupción: el «Caso Turpial» de la modernización de los sistemas integrales de comunicaciones navales de la Armada; la denuncia de los tanques AMX30 fueron de los más sonados.

Ambos salpicaron al excomandante del Ejército, general Carlos Peñaloza, y al jefe de Casa Militar, vicealmirante Iván Carratú Molina.

“Se acusaban unos con otros, hacían circular las pruebas de corruptelas de sus adversarios para sacarlos del medio».

El propio jefe de seguridad del presidente, Orlando García, quien según Pérez no le había vendido “ni una navajita» al gobierno, resultó señalado como «perro de la guerra» involucrado en el caso Margold de la venta de batallones de unidades blindadas con la señora Gardenia Martínez, que puso los pies en polvorosa al estallar las denuncias, las cuales involucraron hasta la propia señora Cecilia Matos.

Las grabaciones a militares y altos funcionarios para chantajes que alimentaban los conflictos apuntaban a la responsabilidad del general Herminio Fuenmayor, director de la DIM, que terminó destituido por Pérez.

Los rumores de conspiraciones señalaban a algunos altos militares del grupo «Los notables».

En las FAN también había unos «notables» incluidos el ministro Ochoa y el general Carlos Santiago Ramírez, quien le había disputado la designación del Ministerio de la Defensa con el aval de la señora Matos.

Con las peleas subalternas entre militares ganaba prestigio José Vicente Rangel, con su siniestro «Cicerón», personaje ficticio creado para darle salida a cuanta denuncia le llegaban como eco de esas disputas. También Alfredo Peña, director de El Nacional, que las amplificaba con su proverbial estridencia. Ni hablar de uno que otro periodista recién iniciado en esas lides, tratando de ganar audiencia y prestigio.

Todo el mundo hablaba del golpe en los medios de comunicación. Uslar Pietri usaba su enorme prestigio intelectual para pontificar sobre la crisis del rentismo petrolero y alertar del riesgo de un golpe Estado. Que «no pocos veían como un aliento sibilino para un cuartelazo».

«Los notables», una invención suya, que agrupaba a varias voces oídas en el país: José Vicente Rangel, Miguel Ángel Burelli Rivas, Leopoldo Díaz Bruzual, J. A. Cova, Ignacio Rodríguez Iturbe, Ernesto Mayz Vallenilla, entre otros, soltaban severos documentos contra el gobierno y las instituciones republicanas, que los medios de comunicación replicaban con furor para arrinconar a Pérez.

¿Cuánto de lo que circuló en rumores y noticias entonces era cierto? Quizás nunca lo sabremos. Pero no era poco el daño que tanto se decía afectaba al gobierno y que estaba en que muchos tenían la indiscutible certeza de los actos denunciados eran ciertos, aun sin pruebas.

Eso acentuaba el desequilibrio oficial. Debilitaba al presidente y su gobierno frente a la opinión pública. Opacaba sus indiscutibles logros en política económica, de la que tanto se ufanaban el presidente y sus ministros de la economía en los privilegiados escenarios internacionales.

Mientras tanto, seguía avanzando la felonía militar. «No se tuvo un conocimiento integral de la conspiración preparada por Francisco Arias Cárdenas y Hugo Chávez. El exceso de oficiales generales había provocado rivalidades tremendas y competencias para ocupar los cargos y para tener influencia sobre esto o aquello» (6), con organizaciones políticas de ultraizquierda como Bandera Roja y Tercer Camino. ¡Junto con parte de algunos partidos del estatus!: la Causa R y el MEP, sin que las informaciones procesadas por la DIM y la DISIP fueran conocidas por la opinión pública.

El gobierno se quedaba en la acusación de «desestabilizadores» contra los encapuchados de las continuas protestas en las inmediaciones de la UCV, el Instituto Pedagógico de Caracas en El Paraíso y el Instituto Politécnico Luis Caballero Mejías en La Yaguara, principales focos de las revueltas callejeras.

Estas eran impulsadas por las instancias estudiantiles de la ultraizquierda. Y formaban parte del plan de «calentar la calle» para el golpe de Estado varías veces pospuesto en 1991. El cuadro general alentaba la salida violenta, el garrotazo militar, el camino del atajo.

¡Golpe ya! escrito en marcador negro se leía en baños de botiquines, tascas, areperas y restaurantes, en los asientos de los autobuses. En postes y paredes. Las rencillas alimentaban los rumores. Los voceros de la felonía respondían que la conspiración venía del propio gobierno que «mataba de hambre al pueblo».

Ese sórdido mundo impedía coherencia en el cuerpo castrense. La hostilidad interna era una carcoma que se comía la institución.

El forcejeo tenía historia

Ese es el contexto en el que se produce el extraño encuentro de Ochoa y Pérez la noche del 3 de febrero de 1992

Una vez avanza el automóvil, Ochoa espera pasar el segundo túnel de la autopista, que cruzan hacia Caracas, por la vía de bajada evadiendo la tranca por el automóvil incendiado que le había despertado sospechas un par de horas antes. Respira hondo y suelta:

−Presidente, ¿sabe que hoy se corrió el rumor de que a usted no lo iban a dejar aterrizar en el aeropuerto?

Las escuetas palabras del ministro debieron traer a la mente de Pérez el informe que pocos días atrás, exactamente el 22 de enero, le entregó el general Manuel Heinz Azpúrua, director de la DISIP, presentado nada a más y nada menos que en reunión con el alto mando militar.

El documento relacionaba los indicios que apuntaban hacia los comandantes Hugo Chávez, Francisco Arias Cárdenas, Jesús Ortiz Contreras, Jesús Urdaneta Hernández, Joel Acosta Chirinos y el resto de oficiales que en cosa de una hora o menos atacarían a plomo limpio y saña criminal La Casona, Miraflores y La Carlota.

Sobre la denuncia de Heinz Azpúrua, Pérez «insistió en que deseaba tener una mayor información a su regreso de Davos» (7), exigencia que cayó al vacío, no produjo investigación ni medidas de emergencia. Toda la gestión se redujo a ciertas entrevistas del ministro con algunos de los involucrados que, como era de esperarse, negaron la veracidad de las informaciones.

Ochoa recuerda su conversación con Chávez, «su actitud fue más que respetuosa», como si su buena conducta de ese día lo exoneraba de culpa.

Y añade una inexplicable aclaratoria: «En ningún momento me amenazó con llamar a la prensa si ordenaba su destitución. Me insistió en que eran las mismas calumnias de siempre». ¿Por qué tendría que amenazarlo con una denuncia pública? Curiosa aclaratoria.

Esos alegatos no garantizaban la seguridad del gobierno. La agenda militarista del golpe de Estado para destruir al sistema democrático venezolano continuaría viento en popa.

La respuesta de Pérez fue dura, no era para menos. Cuántos rumores no habría escuchado en sus tres años de gobierno sin precisiones ni medidas que acabaran con ellos, para que ahora su buen humor fuera arruinado con uno más proveniente de boca de su propio ministro de la Defensa.

Recuerda Ochoa que el «presidente Pérez se molestó», que le respondió «alterado».

En el recuerdo de Pérez también se advierte molestia, hastío que se vuelve emplazamiento, severidad:

«Yo me volteo y le digo»:

−Ministro, ¿rumor?, ¿rumor?

−Sí, un rumor.

−¿No hay nada?

−No, presidente.

−Vamos a ponerle coto a eso −le respondí. Vamos a ver qué ocurre en las Fuerzas Armadas. Vaya mañana a las 8 de la mañana a Miraflores. Como no tengo agenda, voy a dedicarle todo el día a reuniones militares para desentrañar lo que está pasando (8).

«Un poco sorprendido por su actitud, Ochoa le respondió:

-Allí estaré, presidente.

El desagrado de Pérez fue evidente, tenía sobradas razones. Ochoa la percibió con claridad, no insistió. “Guardé silencio durante el viaje» (9). La caravana llegó a La Casona. El presidente entró a la residencia, Ochoa y Ávila Vivas se retiraron en sus respectivos automóviles.

Ninguno percibió peligro inmediato en ese momento y si lo sintieron prefirieron guardarlo en sus adentros.

Los rumores que dañaban al gobierno estaban a punto de convertirse en balas que ponían en riesgo su permanencia. Se aproximaban doce horas de balaceras y conmoción nacional que culminarían en el insólito “por ahora” de Chávez.

Notas

1. Carlos Andrés Pérez, memorias proscritas, p. 367 | 2. Ídem | 3. Ibidem | 4. Ídem | 5. Ibidem p. 364 | 6. Ibidem pp. 364-365 | 7. Fernando Ochoa Antich, Así se rindió Chávez, p. 110 | 8. Carlos Andrés Pérez, Ob Cit. p. 367 | 9. Fernando Ochoa Antich Ob. Cit. p. 110.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La Venezuela de afuera, por José Luis Farías

Imagen: captura de pantalla del vídeo Frank Sinatra – Have Yourself A Merry Little Christmas

El desguace demográfico de Venezuela no tiene precedentes en América Latina, ni siquiera se le asemeja ninguna otra tragedia poblacional en el continente

 

@fariasjoseluis

Anidarse fuera del país era un hecho bastante extraño entre los venezolanos, apenas registrado como un recuerdo personal o una anécdota que no pasaba de la esfera familiar o grupal.

La fabulosa renta petrolera aseguraba las condiciones para fijar la población en el territorio nacional y atraer emigrantes de muchas partes del mundo. Después de la II Guerra Mundial Venezuela acogió a casi un millón de europeos, principalmente españoles, portugueses e italianos.

A partir de los años sesenta recibió más de dos millones de latinoamericanos y caribeños, medio millón de musulmanes e igual número de chinos.

La emigración no era una opción para los venezolanos. Irse era un acto prácticamente impensable, reservado para el exilio político, una oportunidad de mejoría imposible de rechazar u otras excepciones.

«Allá no teníamos que comer»

Ir al destierro es una decisión compleja, de las más difíciles en la vida. Para quienes dan ese paso motu proprio encierra un deshojar la margarita sobre múltiples factores, no así para quienes son empujados por la crisis como única alternativa. Pero todos aterrizan siempre en una aventura que reverbera en las personas y su grupo familiar.

El componente afectivo que entraña es tal vez el más poderoso obstáculo a vencer para tomar la determinación o verse obligado a irse a echar raíces fuera del país de origen. En los ruegos y consultas que produce la salida se pone lo que resta del ánimo espiritual. Apartarse de los suyos y de su entorno no es una determinación sencilla, ni libre de carga emocional de alta incidencia.

Video: Frank Sinatra – Have Yourself A Merry Little Christmas (Official Video) | Canal en Youtube de Frank Sinatra

Emigrar despierta el natural miedo a enfrentarse a lo desconocido. A no saber cuán firme es el nuevo terreno a pisar, a andar por vericuetos desconocidos. Es una resolución que oscila las perspectivas de vida. Altera todas sus líneas y trazos. En un trágico testimonio de 2019, múltiples veces repetido con algunas variantes, se relata: «Viajé con muchas ilusiones. Por mi profesión pensé que iba a poder trabajar y ayudar a mi familia. Todas esas ilusiones, con el tiempo se fueron derrumbando. Salí con una maleta llena de ilusiones y llegué con una bolsa llena de desilusiones».

“Si uno supiera lo que iba a enfrentar, tal vez no hubiera salido”, han dicho algunas personas; pero luego, al mirar al horizonte, afirman que no regresarían a su país de origen a pesar de los retos que deben enfrentar con los procesos de regularización e integración en su nuevo destino. “Allá no teníamos que comer, acá por lo menos tenemos las tres comidas; con 5 dólares podemos comprar algo para comer”, informa ACNUR.

La dimensión de la tragedia

La propaganda oficial de la dictadura sobre supuestos retornos masivos de migrantes no puede ocultar la dimensión de la tragedia. Borrar su impacto es un objetivo inalcanzable ni siquiera con su grosera hegemonía comunicacional.

La crisis que ha hecho jirones a Venezuela desatando una emergencia humanitaria compleja, ha desgajado del territorio nacional alrededor de 7 millones de venezolanos, según los números referidos por OEA.

Por su parte, ACNUR informa de «5,9 millones de personas refugiadas y migrantes de Venezuela en todo el mundo». Define a los refugiados como «una persona que no puede retornar a su país de origen debido a un temor fundado de persecución o graves indiscriminadas amenazas contra la vida, la integridad física o la libertad”. Y a los migrantes como «todos los casos en los cuales la decisión de migrar es tomada libremente por la persona en cuestión por razones de ‘conveniencia personal’, sin la intervención de factores coercitivos externos».

Pero seis o siete millones de venezolanos emigrantes, un poco más un poco menos, son cifras descomunales, que se agigantan cuando descubrimos que rondan un quinto o un cuarto de la población total del país.

Proporción que podría alcanzar niveles más dramáticos si, como todo indica, no se producen los cambios políticos y económicos esperados que mejoren las condiciones de vida de la población.

Cualquiera sea su estatus jurídico, es un drama que cobra ribetes particularmente trágicos para quienes debieron irse en las siguientes circunstancias: «Esa noche el pueblo fue atacado por tanquetas de la Guardia Nacional, hubo un pequeño enfrentamiento en el puente, con gases lacrimógenos, disparando sin saber a dónde, salieron afectados muchos niños por los gases. En la madruga me llamaron y me dijeron que tenía que salir del municipio con mi familia. Salimos como si fuéramos delincuentes, recogimos lo más que pudimos y hasta dejamos la casa abierta, por los nervios», según registro de ACNUR en 2019.

O peor aún, como el dolorosísimo caso de los 32 náufragos de Guiria, que en diciembre de 2020 encontraron la muerte ahogados al hundirse en el mar la endeble embarcación que los trasladaba en un desesperado viaje por mar hacia Trinidad. Un familiar de las víctimas en pleno duelo por sus pérdidas dijo al diario El País de España: “Acá en Güiria la cosa está fea y todo el mundo está buscando cómo irse. No tenemos ni gas para cocinar y todo es diez veces más caro acá. Como todos tenemos familia en Trinidad, ellos se iban a pasar las Navidades allá con una hermana. Mis dos sobrinos iban ahí y uno de ellos se iba a quedar, porque acá no hay nada que hacer”.

«Me puso a hacer cosas que no se pueden contar»

La convicción más precisa, para quien toma la decisión del destierro como parte de una oleada de gentes de un país abatido por una crisis global, es la de pensar que en su tierra ya no hay futuro. Por lo que solo afuera podrá encontrarlo: «Dejamos todo en Venezuela. No tenemos un lugar donde vivir o dormir y no tenemos nada para comer”, dice Nayebis Carolina Figuera, una venezolana de 34 años que huyó al vecino Brasil, reseñada por ACNUR.

La desesperación es tan grande que en el juicio personal de cada quien se redobla la voluntad de correr cualquier riesgo, bien los peligros de las travesías a pie. Ana, venezolana en Ecuador, reveló a ACNUR que caminó «por 11 días y tuvimos que dormir a la intemperie. Nos fuimos porque nos amenazaron con matarnos. Mi hermano fue asesinado… casi me matan también”. Gerardo, padre venezolano en Perú, narró que le había llevado «más de siete días llegar a Perú. No teníamos nada que comer al final. Tratamos de ahorrar todo para nuestro hijo, pero también pasó más de 24 horas sin comer un bocado. Solo tiene tres años».

Otro entrevistado por el organismo internacional dijo que «Debido a la pandemia aquí en Lima, Perú, (la situación) ha sido muy compleja porque se nos ha puesto difícil por el tema de la cuarentena. Yo siendo padre de familia tuve que tomar la decisión de salir de Lima porque no hay trabajo y tomé la decisión de irme caminado desde Lima hasta la frontera de Ecuador pidiendo cola en mulas. (…) En el camino conocimos padres con sus bebés de meses hasta niños pequeños de 2 años y 3 años caminando, también».

Los horrores del desprecio xenófobo han derivado hasta en abuso sexual: «Hubo momentos que uno no quisiera recordar jamás. Se aprovechaban de nuestra situación. En una ocasión, en un lugar de Colombia donde hace demasiado frío, le pedimos a un “gandolero” que nos sacara de ahí (…) Me tuve que arrodillar para que me sacara de ese lugar porque el frío me iba a matar. Y el señor sí nos dio la cola, pero igual se aprovechó de la situación; me puso a hacer cosas que no se pueden contar», recoge en 2019 una publicación de ACNUR 2019.

La xenofobia ha alcanzado grados impensables de agresión y violencia contra migrantes venezolanos. Recientemente en Chile les fueron quemadas sus carpas donde se refugiaban. La violencia ha sido estimulada incluso por los dirigentes políticos. Abundan los casos en Perú, Colombia y muchos otros países.

La gigantesca herida de la diáspora

Los venezolanos huyen de una tragedia que parece no tener fin, al menos en el corto o mediano plazo; abrigando la esperanza de encontrar condiciones para aliviar sus penurias y contribuir con la de quienes dejan atrás.

Ese desgarramiento humano del territorio nacional se hace más desconsolador al saber que el 90 % (seis millones) se han ido entre 2017 y 2021 (EN 5 AÑOS).

En su ensayo La gran migración Hans Magnus Enzensberger, notable ensayista alemán, recuerda que «entre 1851 y 1901 (en 50 AÑOS) emigraron alrededor del 71 % de los irlandeses», aproximadamente 6 de 8,5 millones.

La comparación revela la magnitud de la diáspora venezolana. Es un dato doloroso que dibuja la herida inmensa y profunda que ha dejado sobre la nación. Y la amenaza de que aumente el desplazamiento de los refugiados entumece el alma nacional.

El desguace demográfico de Venezuela no tiene precedentes en América Latina. Ninguna otra tragedia poblacional en el continente durante los dos últimos siglos ni siquiera se le asemeja.

En proporción, la diáspora criolla supera incluso el drama de Haití, calculada por ONU en cerca del quinto de la población, próxima a los dos millones de personas forzadas a dejar su tierra después del devastador terremoto de enero de 2010; más del doble del tiempo en que ha ocurrido la venezolana.

La diáspora de doce millones de mexicanos, aunque más numerosa, ronda solo el 10 % de la población total del país azteca. Y su ocurrencia se ha espaciado por cinco o seis décadas.

La nicaragüense anda en un 10 % de su población. Y los cerca de seis millones de colombianos que viven fueran de su país anda en un 12 % de su población. En el ámbito mundial, la tragedia venezolana se acerca a la de Siria, con la diferencia de que la diáspora en ese país es producto de una guerra.

Una nación de parias que no se deja

La dimensión de la catástrofe se aprecia con mayor nitidez cuando advertimos que el número de emigrantes es la misma cantidad de habitantes que tenía el país en 1958, cuando los venezolanos se dieron la democracia como forma de gobierno.

Siete millones de venezolanos es una cifra difícil, inmanejable, que estalla en conflictos de toda índole. Son los visitantes inesperados que se vuelven un factor del juego político en los países donde llegan.

La indefinición de su estatus jurídico es terreno abonado para que en torno a ellos se tejan intereses y despierten sentimientos encontrados de afirmación y negación, aceptación y rechazo, uso y abuso, solidaridad y xenofobia, sinceridad y manipulación.

En su mayoría, andan en condición de parias o como desplazados excluidos de las ventajas que gozan los nacionales del país en donde se encuentran. En una condición de ciudadanos de segunda o simplemente como ilegales.

El drama de la mayoría de los emigrantes venezolanos es ese capitis deminutio que enfrentan día a día, en la calle, en los puestos de trabajo, ante las instituciones nacionales; en la xenofobia que los agrede y trata con desprecio. Sin que ello disminuya su afán de luchar personal o colectivamente por mejorar su situación.

La voluntad de salir adelante

Pero no todo es trágico. Allende las fronteras nacionales hay una Venezuela que late por el mundo cuyo papel será determinante en el futuro de la nación.

La diáspora venezolana tiene también una potencialidad que se expresa en triunfos individuales y colectivos en el arte, la ciencia, el deporte y en muchas cosas más con mayor o menor intensidad de acuerdo a los sitios en las que se ubica.

La aprobación del TPS en Estados Unidos, con una comunidad de más de medio millón de venezolanos, ha dado mayor estabilidad que repercutirá en un mejoramiento sustancial de sus condiciones de vida y en su aporte a ese país. Una eventual aprobación de la Ley de Inmigración, ofrecida por la vicepresidenta Kamala Harris, reforzaría con creces esa tendencia.

Los avances en los reconocimientos a favor de los migrantes venezolanos por parte de Colombia, donde hay dos millones, es una ventaja que de seguro será aprovechada y redundará con creces en el país hermano.

La conciencia de su elevado número le ha dado fortaleza que deviene en organización y en movilización. El manejo de las redes sociales y las ONG ha ayudado mucho en esos cometidos y en su mayor dinamismo. Por lo demás, no es un mero dato que la gran mayoría de los venezolanos tiene además experiencia en la lucha política contra la dictadura.

El alto nivel educativo promedio es, con mucho, superior al de otras comunidades de inmigrantes e incluso al de los nacionales. Dice ENCOVI que el 56 % de los migrantes es bachiller y el 32 % tiene educación superior. Un 39 % habría cursado algún año de educación universitaria o había completado estudios a ese nivel.

Ventaja a la que se suma su juventud. Según la encuesta ENJUVE (UCAB), el “51 % de quienes dejaron el país en los últimos cinco años son jóvenes de 15 a 29 años y 90 % si se considera el tramo de 15 a 49 años». Son «jóvenes en edades activas, cuya principal razón de emigrar es la necesidad de buscar empleo en otro país (86 %)».

Los avances en la condición jurídica de los venezolanos serán, sin duda, una fuente para mayores éxitos. Mientras tanto, el denuedo y la voluntad de salir adelante es el mejor signo de la Venezuela que crece afuera, siempre pensando y ayudando en y a la que sigue adentro.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Corrupción, delito de lesa humanidad, por José Luis Farías
La magnitud de la corrupción ocurrida en Venezuela ha destruido todo el sistema productivo produciendo graves vulneraciones a los derechos humanos no solo individuales, sino también colectivos

 

@fariasjoseluis

Cuando la Corte Penal Internacional publicó el “Informe del Examen Preliminar sobre el caso Venezuela 1”, el 10 de agosto de 2021, fueron altas las expectativas de justicia generadas por la noticia en la opinión pública venezolana. Fatou Bensouda lo había presentado el 15 de junio del mismo año, un día antes del cese de sus funciones como fiscal general para dar paso en el cargo al británico Karim Khan.

Ciertamente, la gambiana Bensouda no había cumplido su promesa inicial de producir una decisión en el tiempo que le restaba como fiscal general de la CPI, desde el 8 de febrero de 2018; cuando se inició el «examen preliminar…» para abrir investigaciones contra funcionarios, exfuncionarios y particulares (que actúan en nombre del Estado) por la presunta comisión de delitos de lesa humanidad en Venezuela.

Un ardid leguleyo del régimen de Maduro hizo correr la arruga con «la introducción de una solicitud ante la Sala de Cuestiones Preliminares con el fin de ejercer control judicial sobre el examen preliminar en curso», según dijo la nota de prensa emitida por la fiscal.

Pero el informe apareció cargado de sorpresas para los venezolanos. El contenido del documento despertó temor e ira del lado de los capitostes del régimen. Y ofreció razones para el optimismo en la gran mayoría opositora.

Una espada de Damocles

La fiscalía había concluido que la información disponible en esta etapa brindaba “un fundamento razonable para creer que, al menos desde abril de 2017, autoridades civiles, miembros de las fuerzas armadas e individuos a favor del Gobierno han cometido los crímenes de lesa humanidad».

La fiscal de la CPI identificaba además los siguientes crímenes cometidos: «encarcelación u otra privación grave de la libertad física en violación de normas fundamentales de derecho internacional, (…) tortura; (…) violación y/u otras formas de violencia sexual de gravedad comparable (…); y persecución de un grupo o colectividad con identidad propia fundada en motivos políticos», todos contemplados en el Estatuto de Roma.

De igual modo, la fiscalía admitía razones “para creer que los miembros de las fuerzas de seguridad presuntamente responsables por la comisión material de estos presuntos crímenes incluyen a: la Policía Nacional Bolivariana (PNB), el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), la Fuerza de Acciones Especiales (FAES), el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), el Comando Nacional Antiextorsión y Secuestro (CONAS) y ciertas otras unidades de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB)».

El temor del régimen devino en respuestas ofensivas y destempladas. El fiscal de Maduro, Tarek William Saab, escribió en su cuenta Twitter que rechazaba «las ‘acusaciones’ sin valor de la exfiscal Bensouda, quien irresponsablemente ignoró la colaboración presentada por el @MinpublicoVE.»

Por ahora, el informe de Bensouda es una espada de Damocles que pende sobre los personeros del régimen; asedio del que no le es posible librarse fácilmente y que alienta lentos pero seguros resquebrajamientos internos.

«Otros actos inhumanos de carácter similar»

La violación de derechos humanos como delito de lesa humanidad que enfrenta Venezuela no debe limitarse a quienes encarcelan, torturan, violan y persiguen, crímenes claramente tipificados en el Estatuto de Roma.

La corrupción a gran escala, aunque no aparece señalada expresamente como delito de lesa humanidad, puede ser incluida entre “otros actos inhumanos” como crimen de lesa humanidad, tal como se contempla en el artículo 7 del Estatuto de Roma, sostiene la investigadora Georgina Bonacera.

Un estudio de Hazel Feigenblatt sobre «Los costos sociales de la corrupción: el caso de Honduras» señala que «‘El crimen sin víctima’ es uno de los términos que solían utilizarse para referirse a la corrupción debido a la percepción que ha existido tradicionalmente de que es difícil ligar los actos de corrupción a efectos directos sobre las personas.»

Sin embargo, adelanta Feigenblatt que «Tal noción ha sido gradualmente reemplazada por la idea de que todo acto de corrupción atenta contra los intereses difusos de la colectividad y por tanto los de todos y cada uno de los ciudadanos».

La magnitud de la corrupción ocurrida en Venezuela ha destruido todo el sistema productivo produciendo graves vulneraciones a los derechos humanos no solo individuales, sino también colectivos.

Se ha convertido en un factor estructural que ha impedido el ejercicio y goce del derecho al trabajo, la salud, la alimentación y otros derechos sociales y económicos en su conjunto.

Un factor que producen los llamados «efectos multidimensionales» sobre los derechos humanos, en especial cuando la nefasta práctica de la corrupción destruye los sistemas económicos de los países empobreciendo atrozmente a la población.

No sabemos cuánto tiempo llevará el proceso que Bensouda dejó sobre la mesa del nuevo fiscal Karim Khan, ni cuál será el resultado final por más que las evidencias sean obvias y el clamor de justicia esté completamente justificado a los ojos de la mayoría de la sociedad venezolana y del mundo democrático.

Pero no está de más que la aspiración de los venezolanos a la justicia se extienda en una lucha exigiendo justicia más allá de lo planteado en el documento de la fiscal saliente.

El brazo de la justicia debería abarcar a quienes asaltaron el país con corrupción a gran escala y destruyeron la economía nacional. Que en muchos casos son las mismas manos asesinas. Y en otros están en la esfera del mundo privado disfrutando de lo saqueado al país y causando daños sociales irreparables en vidas y en deterioro de las condiciones de vida.

Hablamos de la corrupción a gran escala y sus consecuencias sobre los derechos humanos. En especial cuando esa nefasta práctica destruye los sistemas económicos de los países empobreciendo atrozmente a la población.

Al respecto, hay interesantes documentos de organismos internacionales que pueden servir de soporte: el 6 de diciembre de 2019 la Corte Interamericana de Derechos Humanos publicó un extenso documento titulado «Corrupción y Derechos Humanos. Estándares Internacionales«.

El texto referido considera a la corrupción como «un fenómeno caracterizado por el abuso o desviación del poder encomendado, que puede ser público o privado, que desplaza el interés público por un beneficio privado (personal o para un tercero), y que daña la institucionalidad democrática, el Estado de derecho y afecta el acceso a los derechos humanos».

En el informe de la Misión de Determinación de los Hechos, sobre la violación de derechos humanos en Venezuela, la alta comisionada de Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet, se refirió a la corrupción como uno de los elementos de la crisis que atraviesa el país:

“Un elemento de la crisis de Venezuela que merece una investigación más profunda es el nexo entre la corrupción y las graves violaciones de los derechos humanos. Varias de las fuentes con las que habló la Misión, todos miembros actuales o anteriores del Gobierno y personal militar, han indicado que un factor motivador de las violaciones de los derechos humanos identificadas en el presente informe son los beneficios económicos personales derivados de la captura de las instituciones del Estado, lo que constituye un fuerte incentivo para que los agentes gubernamentales mantengan el poder y garanticen la impunidad”.

Las investigaciones sobre la corrupción en Venezuela, realizada por la organización no gubernamental Transparencia Venezuela, constituyen una poderosa fuente de argumentos y demostraciones para entrar a considerar el impacto de la corrupción sobre los derechos humanos de los venezolanos. Veamos algunos datos del sector alimentación y el sector salud.

«El hambre como negocio»

La frase es el título de un capítulo de Empresas propiedad del Estado, informe presentado en 2018 por Transparencia Venezuela que de entrada revela la naturaleza criminal que a continuación examina, poniendo el lente sobre tres dolencias del Estado venezolano: «estatización, corrupción y militarización», con particular daño sobre el sector alimentario como pilares de un asqueroso lucro.

De igual modo, el estudio ¿Cómo ha funcionado la corrupción en el sector alimentación? presenta conclusiones sencillas, pero contundentes e irrefutables, sobre la acción de la corrupción en el área.

La investigación afirma que la corrupción en el sector alimentación “se encuentra en todos los niveles y escenarios”. La define como “estructural, sistémica”. Y asegura que “no se compara con lo vivido en otro país de la región en términos de impacto, impunidad, magnitud y complejidad”.

Estamos pues, ante un delito a gran escala. Una idea sobre la magnitud del asalto en el sector quedó plasmada en múltiples investigaciones.

La pesquisa hecha por Transparencia Venezuela “registró hasta agosto de 2020 más de 50 investigaciones de gran corrupción en el sector alimentación, realizadas por organismos oficiales de varios países, el Parlamento venezolano, reconocidos medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil. Además, recopiló más de 40 investigaciones anunciadas por el Ministerio Público (MP) venezolano y más de 30 informes de auditorías realizados por la Contraloría General de la República (CGR) entre 2006 y 2017.”

La complejidad del fenómeno se aprecia en los casos analizados, que “dan cuenta de al menos 17 mecanismos de corrupción que ocurren con frecuencia en el sector agroalimentario y que van desde la asignación de millonarios contratos a dedo, por parte de las máximas autoridades del Estado, hasta el desvío de los alimentos asignados a las Empresas Propiedad del Estado (EPE) por cuenta de los empleados”.

Los multiplicidad de los “distintos mecanismos de corrupción identificados tienden a concurrir en un mismo caso. Los más graves evidencian la asignación discrecional de contratos con sobreprecios a empresas recién creadas o empresas extranjeras intermediarias, que importan productos de mala calidad y dejan grandes beneficios económicos a sus propietarios, que suelen estar vinculados con funcionarios de alto nivel».

El virus de la corrupción

Con el sugestivo título Salud en Venezuela. Cuando la corrupción es el virus, Transparencia Venezuela presentó su investigación sobre este delito, cuya extensión y magnitud está fuera de toda comparación con lo sucedido en el cualquier otro país latinoamericano.

El informe asegura que “la magnitud del desfalco sufrido por los venezolanos ha impactado gravemente sus derechos humanos. Y la impunidad sigue reinando, gracias a que los perpetradores gozan de gran poder económico y político, movilizan ingentes recursos y se aprovechan de la debilidad de las instituciones.”

La corrupción se respira por todos lados en el sistema de salud pública de los venezolanos, “partiendo de la asignación del presupuesto hasta la relación entre el personal hospitalario con el paciente”.

«En los casos inventariados destaca la participación de militares y altos funcionarios del Ministerio de la Salud, de institutos autónomos y de empresas estatales como el Servicio Autónomo de Elaboraciones Farmacéuticas, la Fundación de Edificaciones y Equipamiento Hospitalario, la Comisión de Administración de Divisas, el Centro Nacional de Comercio Exterior, la Corporación Venezolana de Comercio Exterior y Petróleos de Venezuela, S.A.»

Sobre la red de corrupción señala que «funcionarios habrían actuado en complicidad con dueños de empresas y usado cuentas bancarias en Venezuela, Panamá, Colombia, Estados Unidos, Argentina, Costa Rica, Islas Vírgenes, España, Italia, Andorra, República Dominicana, Barbados, Suiza y Cuba para lograr contratos millonarios de importación, fabricación y transporte de medicinas, materiales o equipos médicos, así como contratos de obras».

Desde el más alto poder «se optó por desmontar el control parlamentario; restructurar el andamiaje legal para facilitar las contrataciones públicas irregulares; fomentar e instaurar la opacidad ocultando cifras clave para el sistema sanitario, como las estadísticas de la mortalidad materna e infantil; la aprobación de presupuestos sin respetar las disposiciones establecidas en la Constitución; el decreto continuo de estados de emergencia para gobernar a sus anchas, entre otras decisiones».

El desfalco al sector salud precarizó los hospitales venezolanos e «hizo que, entre mediados de 2018 y finales de 2019, fallecieran 48.586 personas por causas evitables en los recintos de salud.

«Entre los fallecimientos más visibles están las personas con enfermedades renales y los niños del J. M. de Los Ríos. Solo en el servicio de Hematología, durante los primeros seis meses de 2019, murieron seis niños que esperaban por trasplante de médula. Y en Nefrología para septiembre de ese año sumaban 9 decesos».

«Un informe elaborado por el Ministerio de Salud en marzo de 2020, al que tuvieron acceso medios venezolanos, refiere que en los hospitales centinela existen 8306 camas, de las cuales solo 943 estarían operativas para atender específicamente a personas con covid-19, 339 camas ventiladas y 707 camas de aislamiento para casos con complicaciones.

“Más de 4800 personas murieron por causas evitables en hospitales venezolanos en los últimos 14 meses.»

«La corrupción estructural que se instauró en Venezuela en las últimas dos décadas es una de las causas de la emergencia humanitaria compleja que hoy aqueja a sus ciudadanos. El robo sistemático a los recursos públicos durante el más reciente boom de precios de hidrocarburos impactó gravemente los derechos humanos y el sistema sanitario del país fue uno de los más perjudicados».

Una tarea pendiente

Las organizaciones de derechos humanos, la academia, el liderazgo político honesto y demás sectores de la sociedad venezolana, tiene por delante la urgente tarea de elevar ante la Corte Penal Internacional, y demás organismos internacionales, la denuncia de la corrupción a gran escala cometida en Venezuela bajo el régimen chavista y madurista como delito de lesa humanidad, por haber destruido el sistema productivo nacional y devenido en la violación de los derechos humanos de los venezolanos.

La monstruosidad de la ruina económica de Venezuela, producto de la corrupción mediante el control de cambio, se cuantifican en un desfalco solo en PDVSA entre el 2003 y el 2015 de al menos $385.000 millones. Este podría llegar a $529.000 millones (ver estudio de Rosana Sosa y Boris Ackerman del 20/12/2018, en el portal de noticias El Estímulo).

El impacto de la destrucción de la industria petrolera que representaba el 97 % de los ingresos de divisas en Venezuela provocó la peor ruina y/o devastación económica que haya encarado país latinoamericano alguno en la historia moderna.

La corrupción, la malversación, el dolo y la ineficiencia en la administración financiera del Estado son las causas de la pobreza (94,5 %) producto de la crisis económica y social.

Las responsabilidades directas en la cadena de mando de los altos cargos del gobierno, durante más de 20 años, además de los individuos y sociedades creadas para fines de corrupción no se delimitan solo al entorno progubernamental. La trama de complicidades es más amplia al punto de tocar a sectores que fingen de «opositores».

Todos los agentes de la sociedad delictiva, en particular los llamados bolichicos, que endulzados por el camino fácil de la apropiación del erario han amasado incalculables fortunas, abriendo una plataforma internacional de lavado de dinero a lo largo y ancho del mundo, merecen ser juzgados por su responsabilidad directa en esa praxis destructiva. También causante de la pobreza, éxodo y exterminio.

Estos individuos deben ser castigados por su responsabilidad directa e indirecta y las consecuencias derivadas de sus actos de corrupción, dolo y desvío de fondos.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Fue un crimen?, por José Luis Farías
El régimen de Maduro luce descolocado, sin respuesta coherente y sin poder eludir su alta responsabilidad en el deceso del general Baduel

 

@fariasjoseluis

La declaración de la esposa del general Baduel afirmando que “él no tenía COVID”, el evidente retraso en darle las dos dosis de la vacuna anti-COVID-19, la solicitud de sus abogados defensores de que se realice una “autopsia creíble al cadáver del general”, la petición de Amnistía Internacional de esclarecer su muerte, sumados al cinismo del fiscal, entre otros elementos que rodean el caso de la enigmática muerte del general Raúl Isaías Baduel, configuran un cuadro de creciente impacto político difícil de ponderar en qué reviente.

El tema es cada vez más espinoso y hasta ahora el régimen de Maduro luce descolocado, sin respuesta coherente y sobre todo: sin poder eludir su alta responsabilidad en el deceso; que algunos en las redes comienzan a calificar de “asesinato” e incluso de “asesinato político”. Por ahora, el tic tac corre aumentando su intensidad.

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Una pregunta bizarra: ¿Cuándo nos jodimos?, por José Luis Farías
A casi 30 años de aquellos juicios que consideraban jodida a Venezuela en 1992, los venezolanos viven una tragedia que jamás nadie pensó pudiera ocurrir

 

@fariasjoseluis

Diez años después de cuando «leía a Tolstoi, Balzac, Flaubert» y se ganaba la vida como periodista, en aquella París donde latía el mar de fondo que resquebrajó la sociedad francesa, en mayo de 1968, era natural que el entonces joven escritor Mario Vargas Llosa estampara expresiones de rebeldía juvenil, contestatarias y efectistas, en la narrativa de sus maravillosas ficciones.

Eran propias de los agitados días de «Dani el Rojo» y del «prohibido prohibir» en que vivía. Así que no resultó extraño que fuera a parar en boca de Zavalita, protagonista de su novela Conversación en la catedral, aquella desesperada y valiente pregunta: «¿En qué momento se había jodido el Perú?».

Era Zavalita un periodista sumido en su perplejidad por la ruina moral e institucional de su nación. El hombre que se interrogaba con tal coraje debido a la situación impuesta por el «clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral» que abatía el Perú.

Se vivían los tiempos sombríos del régimen dictatorial del general Manuel Apolinario Odría, cundido de impunidad y corrupción, entre 1948 y 1956; materia prima de esa creación literaria de Vargas Llosa.

La pregunta se repitió

Desconozco si autor alguno habría puesto con anterioridad en blanco y negro tan bizarra pregunta aplicada a su país. Pero la curiosidad y mis años me han enterado que, en adelante, después de que lo hiciera Vargas Llosa, de vez en vez, alguien con más o menos ingenio la ha desempolvado en América Latina.

Algunos la han usado pretendiendo estremecer la opinión pública con algún artículo de opinión e incluso académico. Otros la han esgrimido deseando escarbar con más fuerza sobre el principio de determinados momentos de las agudas crisis en los países latinoamericanos. Todos parecieran coincidir en un modo de conectar intereses de impacto publicitario editorial y político con el imperativo de ir al comienzo de los grandes problemas actuales de estas sociedades.

De estos esfuerzos editoriales, uno muy destacado, en enero de 1990, fue el encabezado por el colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, en una obra colectiva titulada: ¿En qué momento se jodió Colombia? La iniciativa intelectual encaraba el origen de los días dramáticos de la desgarrada Colombia de los carros-bomba, asesinatos y secuestros de periodistas y dirigentes políticos; la Colombia de la guerra a muerte entre los cárteles de Medellín y Cali y contra el Estado; de la narcoguerrilla, los paracos y Pablo Escobar, de la diáspora de millones de los colombianos más pobres hacia Venezuela escupidos por el hambre y la violencia. Acicateados por la impactante pregunta, los autores discurrieron buscando respuesta en el pretérito de su patria y tributando explicaciones a los orígenes del drama que la estremecía.

Cinco meses más tarde, en mayo, vio la luz otra iniciativa editorial colectiva, con el antropólogo Luis Guillermo Lumbreras al frente, bajo el título: ¿En qué momento se jodió el Perú? Ya no en el Perú de la dictadura de los años cincuenta que estimuló la ficción de Vargas Llosa, sino en el del terrorismo de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru; el de la nación impactada por la hiperinflación que desató el populismo aprista de Alan García y los agobios de la deuda externa que le abrieron cauce a la dictadura Fujimorista. Un ejercicio similar al de sus pares colombianos de búsqueda del punto de partida de la crisis que abatía su país.

Y no tardó en hacerse por acá

El aliento de la pregunta malsonante y corajuda pareció una moda que también brotó en abril de 1992 bajo el título: ¿Cuándo se jodió Venezuela? El nuevo empeño editorial fue igualmente un esfuerzo colectivo de intelectuales y políticos venezolanos liderado por el historiador Ramón J. Velázquez, quien poco después sería presidente de la república en sustitución del destituido Carlos Andrés Pérez.

El objetivo de la obra era el mismo: ubicar el nacimiento de la crisis por la cual atravesaban los venezolanos en aquel momento. Venezuela sufría todavía los rigores del Viernes Negro del 18 de febrero de 1983, que había esfumado la «ilusión de armonía» creada por la renta petrolera; la paz social había sido sacudida en sus cimientos por el Caracazo» del 27 de febrero de 1989. El orgullo de ser la «democracia más estable de Latinoamérica» estaba roto por la frustrada felonía militar del 4 de febrero de 1992 encabezada por Hugo Chávez.

El uso de la pregunta era, de entrada, la admisión de que en esos momentos, o desde mucho tiempo atrás, estos países estaban jodidos. Algo que no era difícil pensar en aquellos días, pues como sabemos, era la década de los ochenta, llamada no sin razón la «década pérdida» de América Latina. La expresión se asocia a la ruina del continente producto del estallido de la crisis de la deuda externa que gangrenó toda la economía latinoamericana, con sus inevitables dramas sociales y sus insólitos avatares políticos cargados de violencia. Ello resintió la visión sobre la viabilidad de estas naciones.

Todo era percibido negativamente, sin aparente remedio. Jodido, pues. El futuro era oscuro. Fue por eso que muchos intelectuales, historiadores o no, comenzaron a buscar explicaciones en tiempos anteriores; labor que derivó en tantas versiones como incursiones se hicieron sobre la historia para calmar las angustias generadas por el abismo en el cual se había caído.

Las sombras asediaban

Pero el viaje al pasado también lo hicieron múltiples políticos populistas y regresaron cargados de explicaciones deformadas de lo sucedido, exageradas con afán deliberadamente destructivo y con soluciones inviables en términos del proyecto económico para los males que se padecían. Y desastrosas para la vida institucional.

Venezuela fue el peor de los ejemplos. Al «glorioso» pasado se le construyeron antagonismos en el presente. Así se fabricaron antihéroes: entre otros, al Centauro José Antonio Páez lo hicieron villano y al demócrata Rómulo Betancourt lo llamaron traidor vendido al Imperio. Se revivió la religión bolivariana con juramento en el «samán de Guerra» incluido, emulando el «juramento del Monte Sacro» con la divina trinidad bolivariana del «árbol de las tres raíces» de Bolívar, Rodríguez y Zamora.

Se dictaron sentencias de muerte sobre supuestas decisiones históricas erróneas. La división de la Gran Colombia, por ejemplo, se tuvo como el punto de partida de la desintegración latinoamericana; el pacto de Puntofijo fue convertido en un pacto de demonios oligarcas y el ajuste económico de CAP en el paquete neoliberal fuente de hambre y pobreza.

Todo debía ser condenado, abolido, acabado, desaparecido de la faz de la tierra. Fue impuesta la idea de revertir cuanto existía bajo el argumento de haber desviado un presunto curso del progreso trazado por el Libertador Simón Bolívar y al cual la oligarquía habría traicionado.

Junto con muchos otros ejemplos, se fueron construyendo versiones interesadas de personajes y hechos. Una historia deformada, ajustada estrictamente al cálculo político.

Argumentos distorsionados de la historia nacional sirvieron sin escrúpulos a la sed de poder de Hugo Chávez. Se fue montando un nuevo sistema de referentes, basado en una torpe y mediocre relectura de la historia, para desarrollar un andamiaje discursivo perverso que culminará en una doctrina a favor del proyecto hegemónico llamado inicialmente bolivariano y luego socialismo del siglo XXI.

Un aparato ideológico legitimador de la alteración de los fundamentos de la identificación nacional existente hasta 1999 para acabar la memoria y la conciencia histórica del país.

¿Estábamos jodidos?

Al cabo de casi treinta años de aquellos juicios que consideraban jodida a Venezuela en 1992, los venezolanos viven una tragedia que jamás nadie pensó pudiera ocurrir. El recuerdo de esos días, a la luz de lo que hoy se sufre la nación, ha sido resumido en una frase cursi al uso: «éramos felices y no lo sabíamos», harto repetida.

Si algo se ha demostrado al menos en los últimos cinco años es que siempre se puede estar peor. El país padece una situación calamitosa igual o peor a la de cualquier país en una cruenta guerra. Enfrenta al peor gobierno de su historia, el más incapaz, indolente y ladrón.

El único régimen capaz de destruir, en menos de un quinquenio, la inmensa industria petrolera nacional –otrora orgullo de todos–, de empobrecer en un tris al 90 % de la población y de echar del territorio nacional a siete millones de personas, una quinta parte de la población total.

No hay crisis comparable en toda América Latina. Venezuela, hace treinta años el país más rico y estable del continente que la intelectualidad identificaba como un «país jodido», se ha somalizado a merced de una pandilla de saqueadores del tesoro nacional. No es algo que no se sepa ni que el mundo entero desconozca.

Hace mucho Venezuela no es un país normal, en el que cualquier evento político-electoral transcurría sin mayores anomalías y el comportamiento democrático y republicano era la norma. Eso tampoco es materia desconocida.

Sin embargo, alarma cómo la dirigencia política, que ha tenido bajo su responsabilidad la conducción de la oposición en estos últimos años, desconoce el deseo general de unidad e insiste en asumir su participación en electoral como si estuviéramos en situación de normalidad.

Vemos con angustia cómo el ansiado regreso a la ruta electoral, después de años de desquiciada e irresponsable abstención, se pretende hacer sin explicaciones a la gente, desconociendo el interés general y en claro menosprecio al esfuerzo ciudadano de lucha y sacrificio hecho ininterrumpidamente por más de veinte años.

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