Sin duda, un paÃs puede vivir eternamente polarizado. Pueden, dos o más tendencias polÃtico-ideológicas, confrontarse permanentemente en los escenarios electorales e institucionales establecidos de común acuerdo, por la más amplia mayorÃa de la población, alrededor de una carta magna.

Esto ha sido asà en muchos paÃses alrededor del mundo que han tenido y tienen conflictos polÃticos de enorme complejidad por las diferencias con que se abordan los problemas fundamentales de la sociedad y no se han creado dificultades más allá de las habituales, que se procesan adecuadamente en un marco de legitimidad bastante aceptable; no obstante, cuando la polarización polÃtica no se puede procesar institucionalmente y de acuerdo a reglas claras para todas las partes involucradas en el debate, estamos en presencia de una especie de germen que va propiciando condiciones de deterioro creciente a los efectos de la convivencia ciudadana.
SÃ, está claro: cuando la polarización no se procesa con herramientas institucionales mÃnimas, se corre el riesgo que las diferencias se vuelvan insalvables con el tiempo, generando condiciones claves para conflictos más profundos que causen heridas más complicadas de superar en la sociedad. Un paÃs con un perfil de desarrollo requiere tener la confianza de su población –independientemente de sus preferencias partidistas- en las instituciones.
La población debe percibir abrumadoramente que las decisiones y respuestas de los entes del Estado deben estar por encima de parcialidades polÃticas. Y, además, los diferentes niveles de gobierno aún con lÃderes representativos de signos partidistas contrarios, deben procurar un mÃnimo de coordinación en el marco del respeto a las leyes a los fines de producir mejores polÃticas públicas.
Pero cuando observas todo lo contrario, y lo más dilemático es que se va produciendo de manera escalada sin que se vean cortapisas en el corto o mediano plazo, comienzas a preocuparte que los sectores radicales se vuelvan protagonistas dejando de lado la moderación y el mÃnimo entendimiento necesarios para procurar estadios más democráticos y propicios para superar los grandes desafÃos que se vislumbran en los inicios de este siglo.
Además de los retos geopolÃticos y geoestratégicos que tenemos por delante en la actualidad, las dificultades económicas y sociales de la cotidianidad representan un serio obstáculo para cualquier sociedad y más aún, si está dividida. La historia universal nos ha enseñado hasta la saciedad que los pueblos que se encontraron a sàmismos en torno a un horizonte común fueron los que lograron superar cualquier mar de agobios con los cuales tropezaron en algún momento.
Venezuela tiene ante si quizás el mayor de los retos con los que se ha topado en su historia republicana. Tiene una ventaja importante con respecto a otros pueblos del mundo: el carácter noble y pacÃfico de su gente. Es hora de aprovechar el recurso humano con el cual contamos para procesar adecuadamente las diferencias en un marco de respeto común. Es hora que se multipliquen las voces de la sindéresis para encausar las energÃas populares hacia una grandeza real que potencie el desarrollo y la vida ciudadana.
Fuente: SIC Semanal



