¿Quién le teme a J.J. Rendón? Por Víctor Maldonado C.

 

La pregunta lleva implícita otra todavía más siniestra. ¿Por qué lo odian tanto? Lo cierto es que cada cierto tiempo el sistema nacional de medios públicos amplifica la opinión de sus principales voceros atribuyendo al estratega político las peores intenciones y la mayor parte de las veces la autoría de todo lo que les sale mal. En el imaginario oficial, lleno de conspiraciones y archienemigos, el nombre de J.J. Rendón aparece cada vez que su plan es contrariado, o cada vez que por alguna causa son tomados “con las manos en la masa”.

 

Pero, ¿quién es J.J. Rendon? Lo primero que hay que decir es que es un venezolano que ha tenido mucho éxito en el oficio de estratega político. Psicólogo y publicista, es reconocido como uno de los consultores más exitosos en el oficio de la estrategia política. Él mismo reconoce un despertar temprano hacia una vocación que resumía en una frase: “Yo quiero hacer presidentes”. Y hasta la fecha lo ha cumplido. Es legendaria su actuación en Colombia, Mexico y Centroamérica. También lo es su compromiso irreductible con las causas de la democracia hasta el punto de vestir, en público y en privado, de negro cerrado. Con esto quiere llamar la atención al hecho de que en su país no hay democracia ni régimen de libertades que se le parezca.

 

Si tuviéramos que construir un perfil psicológico seguramente resaltarían dos competencias que le son muy útiles en momentos de alta presión: El autocontrol le impide caer en el pánico y la asertividad le permite decir a sus clientes con claridad y precisión cuál es el plan y cuál es el papel que cada uno debe desempeñar para obtener la victoria. Sus adversarios le han construido una imagen controversial que sin embargo le ha convenido a la larga. Dicen que es capaz de demoler la imagen del adversario y que es uno de los mejores artífices de las campañas negativas y las guerras sucias. Él ha respondido que en el marco de una competencia no hay por qué desechar ninguna herramienta que pueda conducir al triunfo. Le gusta ganar y para eso dispone y ofrece un set muy sofisticado de posibilidades. Sus detractores dicen que tiene una moralidad maquiavélica, sin embargo son ellos, sus adversarios ideológicos, los que han emprendido la más larga guerra sucia que haya tenido que soportar un profesional de la estrategia política. Esta persecución implacable no le ha impedido ganar 24 de las 27 campañas que ha dirigido, aun cuando algunas de ellas no han estado exentas de las dificultades propias de ser el tabú más odiado por el castro-chavismo internacional. Más de una celada de han montado desde consulados y oficinas diplomáticas. Más de una vez le han penetrado su personal de confianza. Pero de todas esas dificultades ha salido fortalecido y con una reputación que ha tenido que convalidar cada cierto tiempo. Por eso es  que al margen de lo que dicen sus detractores J.J. Rendón ha construido una imagen de ser implacable. Y lo es. Le gusta ganar, sabe hacerlo, y no se deja joder tan fácilmente.

 

Pero volvamos a la pregunta inicial. El castro chavismo y todos los factores que han convertido el régimen socialista en su propio status quo temen la incorporación de un principio ordenador en el que la improvisación sea sustituida por la estrategia y el desparrame por la disciplina. Saben que hasta ahora han jugado con mucha comodidad en un tablero sin adversarios de postín a los que nunca les ha sido fácil el tomar la iniciativa y mantener cierta preponderancia de la agenda. Le temen porque ellos saben que su participación podría comenzar a hacer la diferencia, y por lo tanto, se les haría más difícil imponer la matriz de opinión que los hace ver como invencibles. Temen por lo tanto al éxito.

 

La propaganda oficial ha convertido a J.J. Rendón en un fetiche. Dicen que guerras y campañas sucias son orquestadas desde sus oficinas. Ellos lanzan alaridos mientras tratan de esconder detrás de estas confabulaciones imaginarias y fantasiosas los resultados temerarios de su propia gestión. La devaluación, por ejemplo, daña la popularidad de este y de cualquier gobierno. Las masacres en las cárceles y la inseguridad ciudadana no son precisamente parte de la buena reputación de ningún régimen. Los presos políticos, maltratados y desfalleciendo por falta de los más mínimos derechos, exponen a cualquier gobernante a la suspicacia internacional, y la paradoja de ser el único país petrolero con finanzas al borde de la ruina no dan como para una celebración. Hasta ahora les ha sido fácil transformar cualquier crítica social en un chillido que advierte una contraparte maléfica en los supuestos arreglos que trama el célebre estratega. Pero ¿cuánto hay de cierto?

 

Si damos por cierta las declaraciones de J.J. Rendón, el no ha trabajado en ningún proyecto nacional en por lo menos los últimos ocho años. Como venezolano y patriota se reserva el opinar y el interactuar con todos aquellos que quieran conocer su opinión, pero hasta allí. No ha trabajado en Venezuela pero si lo ha hecho en el resto del continente con un average envidiable. Le temen y le odian no porque haya hecho nada de lo que le atribuyen sino porque saben que una campaña política con sentido y propósito los pondría en muchos aprietos. Los dejaría en evidencia de que son ellos los orquestadores de una inmensa guerra sucia contra la mayoría de los venezolanos y muy probablemente los mostraría indefensos al mostrar lo que efectivamente son.

 

Maduro sabe lo huérfano que se encuentra de buenos guionistas. Luce repetitivo y procaz en el intento de ser “el minimi” de Chávez. A cada rato vocifera que es víctima de campañas que quieren empañar su imagen y que buscan la división del compacto socialista. Grita que detrás de todos sus déficits se encuentra J.J. Rendón. Les advierte a los líderes de la alternativa democrática sobre sus planes desestabilizadores, también organizados por el estratega venezolano. Y arrecian las campañas mediáticas. La respuesta ha sido sencilla: que se ponga a a trabajar porque hasta ahora él solito ha sido el autor y libretista de sus propias desdichas políticas. Porque ¿quién insiste en un modelo económico tan atroz? ¿Quién insiste en mantener a Iris Varela a cargo de las cárceles? ¿Quién administra el secretismo sobre la condición presidencial? ¿Quién conduce la inercia de la inseguridad ciudadana? Todas esas preguntas tienen una única respuesta, y no es precisamente J.J. Rendón. Ellos son los dramaturgos de sus propias angustias.

 

Lo insensato es que la alternativa democrática compre y de por buenas los temores del gobierno. En las últimas campañas ha sido más que evidente que ha habido déficit estratégico que no ha podido ser compensado con la innegable buena voluntad y empeño de todos los que han participado. Pero es cuestión de oficio, y al parecer J.J Rendón lo tiene como pocos en el hemisferio. Nadie como él maneja operaciones psicológicas de amplio espectro. Que le teman los chavistas tiene sentido. Que lo mismo ocurra en el otro bando podría tener varias interpretaciones: la cooptación oficial que va haciendo mella, o la poca disposición a integrar un esquema mucho más ordenado, con más habilidades y competencias y menos condescendencias familísticas. La suerte del país no puede estar en las manos de un puño de amigos, sobre todo si no queremos seguir de derrota en derrota hasta la debacle definitiva de la República. Si queremos torcer el curso de lo que hasta ahora hemos vivido hay que incorporarle al esfuerzo algo más sofisticado en términos de experiencia y experticia, por eso es que si un profesional de la talla de J.J. Rendón se integra para conducir la estrategia, los resultados van a ser más cerrados. No es cuestión de milagros ni de mesianismos sino de hacer más productivo todo el esfuerzo y los recursos que hasta ahora hemos invertido en recuperar nuestra dignidad. Por eso le temen, y tienen razón en hacerlo. Le temen porque como dice J.J. a él le gusta ganar elecciones y no encuestas.

Víctor Maldonado C.

victormaldonadoc@gmail.com

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La pregunta lleva implícita otra todavía más siniestra. ¿Por qué lo odian tanto? Lo cierto es que cada cierto tiempo el sistema nacional de medios públicos amplifica la opinión de sus principales voceros atribuyendo al estratega político las peores intenciones y la mayor parte de las veces la autoría de todo lo que les sale mal. En el imaginario oficial, lleno de conspiraciones y archienemigos, el nombre de J.J. Rendón aparece cada vez que su plan es contrariado, o cada vez que por alguna causa son tomados “con las manos en la masa”.

 

Pero, ¿quién es J.J. Rendon? Lo primero que hay que decir es que es un venezolano que ha tenido mucho éxito en el oficio de estratega político. Psicólogo y publicista, es reconocido como uno de los consultores más exitosos en el oficio de la estrategia política. Él mismo reconoce un despertar temprano hacia una vocación que resumía en una frase: “Yo quiero hacer presidentes”. Y hasta la fecha lo ha cumplido. Es legendaria su actuación en Colombia, Mexico y Centroamérica. También lo es su compromiso irreductible con las causas de la democracia hasta el punto de vestir, en público y en privado, de negro cerrado. Con esto quiere llamar la atención al hecho de que en su país no hay democracia ni régimen de libertades que se le parezca.

 

Si tuviéramos que construir un perfil psicológico seguramente resaltarían dos competencias que le son muy útiles en momentos de alta presión: El autocontrol le impide caer en el pánico y la asertividad le permite decir a sus clientes con claridad y precisión cuál es el plan y cuál es el papel que cada uno debe desempeñar para obtener la victoria. Sus adversarios le han construido una imagen controversial que sin embargo le ha convenido a la larga. Dicen que es capaz de demoler la imagen del adversario y que es uno de los mejores artífices de las campañas negativas y las guerras sucias. Él ha respondido que en el marco de una competencia no hay por qué desechar ninguna herramienta que pueda conducir al triunfo. Le gusta ganar y para eso dispone y ofrece un set muy sofisticado de posibilidades. Sus detractores dicen que tiene una moralidad maquiavélica, sin embargo son ellos, sus adversarios ideológicos, los que han emprendido la más larga guerra sucia que haya tenido que soportar un profesional de la estrategia política. Esta persecución implacable no le ha impedido ganar 24 de las 27 campañas que ha dirigido, aun cuando algunas de ellas no han estado exentas de las dificultades propias de ser el tabú más odiado por el castro-chavismo internacional. Más de una celada de han montado desde consulados y oficinas diplomáticas. Más de una vez le han penetrado su personal de confianza. Pero de todas esas dificultades ha salido fortalecido y con una reputación que ha tenido que convalidar cada cierto tiempo. Por eso es  que al margen de lo que dicen sus detractores J.J. Rendón ha construido una imagen de ser implacable. Y lo es. Le gusta ganar, sabe hacerlo, y no se deja joder tan fácilmente.

 

Pero volvamos a la pregunta inicial. El castro chavismo y todos los factores que han convertido el régimen socialista en su propio status quo temen la incorporación de un principio ordenador en el que la improvisación sea sustituida por la estrategia y el desparrame por la disciplina. Saben que hasta ahora han jugado con mucha comodidad en un tablero sin adversarios de postín a los que nunca les ha sido fácil el tomar la iniciativa y mantener cierta preponderancia de la agenda. Le temen porque ellos saben que su participación podría comenzar a hacer la diferencia, y por lo tanto, se les haría más difícil imponer la matriz de opinión que los hace ver como invencibles. Temen por lo tanto al éxito.

 

La propaganda oficial ha convertido a J.J. Rendón en un fetiche. Dicen que guerras y campañas sucias son orquestadas desde sus oficinas. Ellos lanzan alaridos mientras tratan de esconder detrás de estas confabulaciones imaginarias y fantasiosas los resultados temerarios de su propia gestión. La devaluación, por ejemplo, daña la popularidad de este y de cualquier gobierno. Las masacres en las cárceles y la inseguridad ciudadana no son precisamente parte de la buena reputación de ningún régimen. Los presos políticos, maltratados y desfalleciendo por falta de los más mínimos derechos, exponen a cualquier gobernante a la suspicacia internacional, y la paradoja de ser el único país petrolero con finanzas al borde de la ruina no dan como para una celebración. Hasta ahora les ha sido fácil transformar cualquier crítica social en un chillido que advierte una contraparte maléfica en los supuestos arreglos que trama el célebre estratega. Pero ¿cuánto hay de cierto?

 

Si damos por cierta las declaraciones de J.J. Rendón, el no ha trabajado en ningún proyecto nacional en por lo menos los últimos ocho años. Como venezolano y patriota se reserva el opinar y el interactuar con todos aquellos que quieran conocer su opinión, pero hasta allí. No ha trabajado en Venezuela pero si lo ha hecho en el resto del continente con un average envidiable. Le temen y le odian no porque haya hecho nada de lo que le atribuyen sino porque saben que una campaña política con sentido y propósito los pondría en muchos aprietos. Los dejaría en evidencia de que son ellos los orquestadores de una inmensa guerra sucia contra la mayoría de los venezolanos y muy probablemente los mostraría indefensos al mostrar lo que efectivamente son.

 

Maduro sabe lo huérfano que se encuentra de buenos guionistas. Luce repetitivo y procaz en el intento de ser “el minimi” de Chávez. A cada rato vocifera que es víctima de campañas que quieren empañar su imagen y que buscan la división del compacto socialista. Grita que detrás de todos sus déficits se encuentra J.J. Rendón. Les advierte a los líderes de la alternativa democrática sobre sus planes desestabilizadores, también organizados por el estratega venezolano. Y arrecian las campañas mediáticas. La respuesta ha sido sencilla: que se ponga a a trabajar porque hasta ahora él solito ha sido el autor y libretista de sus propias desdichas políticas. Porque ¿quién insiste en un modelo económico tan atroz? ¿Quién insiste en mantener a Iris Varela a cargo de las cárceles? ¿Quién administra el secretismo sobre la condición presidencial? ¿Quién conduce la inercia de la inseguridad ciudadana? Todas esas preguntas tienen una única respuesta, y no es precisamente J.J. Rendón. Ellos son los dramaturgos de sus propias angustias.

 

Lo insensato es que la alternativa democrática compre y de por buenas los temores del gobierno. En las últimas campañas ha sido más que evidente que ha habido déficit estratégico que no ha podido ser compensado con la innegable buena voluntad y empeño de todos los que han participado. Pero es cuestión de oficio, y al parecer J.J Rendón lo tiene como pocos en el hemisferio. Nadie como él maneja operaciones psicológicas de amplio espectro. Que le teman los chavistas tiene sentido. Que lo mismo ocurra en el otro bando podría tener varias interpretaciones: la cooptación oficial que va haciendo mella, o la poca disposición a integrar un esquema mucho más ordenado, con más habilidades y competencias y menos condescendencias familísticas. La suerte del país no puede estar en las manos de un puño de amigos, sobre todo si no queremos seguir de derrota en derrota hasta la debacle definitiva de la República. Si queremos torcer el curso de lo que hasta ahora hemos vivido hay que incorporarle al esfuerzo algo más sofisticado en términos de experiencia y experticia, por eso es que si un profesional de la talla de J.J. Rendón se integra para conducir la estrategia, los resultados van a ser más cerrados. No es cuestión de milagros ni de mesianismos sino de hacer más productivo todo el esfuerzo y los recursos que hasta ahora hemos invertido en recuperar nuestra dignidad. Por eso le temen, y tienen razón en hacerlo. Le temen porque como dice J.J. a él le gusta ganar elecciones y no encuestas.

Víctor Maldonado C.

victormaldonadoc@gmail.com

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