Los movimientos sísmicos pueden representar una amenaza que altera drásticamente la perspectiva de seguridad en las personas ya que ante un evento de tal magnitud es común que la población experimente ataques de pánico o crisis de ansiedad que responden como una especie de mecanismo de supervivencia para la protección o huída del individuo.
El abordaje preventivo para estos casos es un pilar fundamental dentro de los protocolos de salud mental en situaciones de desastre porque el acompañamiento psicológico temprano ayuda a reducir el impacto emocional. La atención oportuna de estos casos no solo busca aliviar el sufrimiento psicológico, sino también estabilizar a los pacientes ante situaciones de miedo intenso.
La psicoterapeuta Karina Paredes, directora de la unidad de salud mental del Grupo Médico Santa Paula, explica que la urgencia principal en estos casos radica en no apresurar las intervenciones verbales, priorizando siempre la contención y la protección física de las personas afectadas. De acuerdo con la especialista, los estándares internacionales en primeros auxilios psicológicos se exigen ciertos criterios específicos:
“Acompañar sin invadir: estar presente, pero sin presionar para que hablen. Anclar en el presente: usar ejercicios sencillos como pedirles que miren a su alrededor y nombren objetos, eso ayuda a bajar la activación”, recomendó la experta.
Ataques de pánico y sensibilización
El sistema nervioso no logra distinguir entre las amenazas reales sufridas durante el terremoto y las vivencias posteriores a lo ocurrido, es así como esta condición mantiene “encendido” el mecanismo biológico de alarma provocando que ruidos cotidianos, sobresaltos o mínimas vibraciones reactiven la reacción de pánico, huída o lucha.
Esta hiperreactividad del cerebro ante estímulos mínimos se conoce en el área de la neurociencia como la sensibilización o kindling. Si ese estado de alerta no recibe una regulación oportuna y constante por parte de profesionales, la persona afectada suele manifestar cuadros recurrentes de irritabilidad, insomnio y tensión muscular recurrente.
Durante un ataque de pánico, los especialistas desaconsejan recurrir a frases de calma ya que este tipo de expresiones suele incrementar la frustración de quien atraviesa la crisis. Por el contrario, las acciones efectivas pueden ser modular la voz, propiciar el contacto físico y dirigir el ritmo de respiración para equilibrar al organismo.
“Guiar su respiración: inhalar en 4 tiempos, mantener en 4 y exhalar en 6 u 8, porque la exhalación larga activa el sistema nervioso parasimpático”, detalló la psicoterapeuta Paredes.
Implicaciones y riesgos
La ausencia de atención psicológica en las primeras horas posteriores a un evento traumático eleva la probabilidad de que la vivencia se arraigue en la estructura cognitiva del individuo, es decir, que este comportamiento se habitúe en el afectado. La falta de contención facilita el desarrollo posterior de trastornos de estrés postraumático, cuadros depresivos o problemas de insomnio crónico.
El estrés prolongado genera también consecuencias sobre la salud integral ya que puede deteriorar de forma progresiva las funciones cardiovasculares e inmunológicas de las personas. De igual forma, la falta de intervención complica los procesos de duelo estancando al individuo en estados constantes de culpa o rabia que dificultan la reconstrucción emocional y el retorno a la cotidianidad.
Para poder evaluar las consecuencias fisiológicas derivadas de este tipo de contingencias, los análisis médicos permiten medir las respuestas hormonales del organismo ante situaciones de estrés crónico y entre estos estudios destaca la medición del cortisol la cual es fundamental para diagnosticar estados de estrés prolongado, y la evaluación de la hormona DHEA-S, utilizada para identificar desequilibrios asociados a cuadros de fatiga, depresión o pérdida de energía en los pacientes.
Con información de Nota de Prensa
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