El horizonte del Llano venezolano es infinito, pero la vida de Daniel Enrique Echenagucia hoy se reduce a cuatro paredes de concreto de dos metros por dos. Él, un civil ajeno a las diatribas políticas, campeón nacional de pesca de pavón -representó al país en dos competencias internacionales- y apasionado por la ganadería, es hoy uno de los presos políticos a quienes se les negó la amnistía y que espera que se cumpla con su excarcelación, pues hay una boleta emitida desde enero de 2026 que así lo ordena.
“Daniel es apasionado por el Llano de Venezuela y es un hombre profundamente familiar y sociable. Tiene un carácter súper alegre y constantemente está haciendo bromas. Tiene unos valores y unos principios muy claros. Es una persona empática, justa y leal y siempre dispuesto a ayudar. Ese es Daniel, así es como yo lo puedo describir”, narra su madre, Milagros Vallenilla, con las palabras entrecortadas por la admiración y también por el llanto.

Daniel, graduado en Administración de Empresas, vivió fuera del país entre los años 2018 y 2022. En julio de este último año, decidió retornar a Venezuela y en 2023, un amigo suyo de toda la vida, que es cirujano, adquirió una pequeña finca en el estado Falcón. Como no tenía tiempo para dedicarse a ella le propuso a Daniel que lo ayudara en un proyecto de inseminación artificial de ganado: “Daniel, por supuesto, estuvo feliz cuando el amigo le hizo esa oferta, porque para él era su sueño. Su sueño era tener una finca y desde jovencito, de hecho, antes de ir a la universidad, estuvo estudiando en Barinas, en una escuela que había montado en el Reino Unido, para enseñar a la gente o que era el cultivo y la ganadería”, relata su madre.
Sin embargo, ese viaje de realización de uno de sus sueños infantiles se interrumpió abruptamente en una carretera nacional, específicamente el 3 de agosto de 2024. En esas semanas, el país estaba convulsionado por la tensión política poselectoral tras el resultado anunciado por el Consejo Nacional Electoral de las elecciones presidenciales, que generó una serie de protestas masivas y desató una ola de represión en la que más de 1000 personas fueron detenidas. La mayoría ni siquiera en manifestaciones.
Como era tiempo de vacaciones escolares sus hijos, Daniel decidió viajar con su dos hijos y su esposa, Marien Padilla, para que estuviesen junto a él en ese período. Al llegar al peaje de Valencia, la Guardia Nacional detuvo el vehículo y retuvo sus cédulas. Poco después, el diagnóstico de la arbitrariedad estaba dictado: se lo llevaban al la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim).
Durante diez agónicas horas, toda la familia permaneció retenida. Luego, la separación definitiva.
Mientras a Daniel se lo llevaban con rumbo desconocido, su esposa y sus hijos fueron escoltados hasta su casa en Caracas en su propio vehículo por hombres fuertemente armados y encapuchados La requisa posterior en la vivienda arrasó con todo: teléfonos, computadoras y hasta los pasaportes venezolanos e italianos que tenía la familia.
Comenzaron entonces 64 días de silencio absoluto. Sesenta y cuatro días en los que Daniel no existía para los registros oficiales. Una desaparición forzosa que terminó solo cuando, por vías extraoficiales -información de un recluso- la familia supo que estaba recluido en El Rodeo I.
Frío, soledad y ausencias
La primera vez que Milagros Vallenilla logró verlo habían pasado más de 70 días desde la detención. Dice que lo encontró ansioso, asustado, consumido por el aislamiento.
“Le hice señas con los ojos para saber si lo habían torturado físicamente y me dijo: ‘No mamá’”, relata la señora Vallenilla.
Pero la ausencia de golpes visibles no disipa la preocupación por las condiciones de reclusión. Según su testimonio, Daniel ha estado recluido en una celda de concreto de apenas dos metros por dos, con una cama de cemento y una letrina al lado. La comida entra por una rendija en la reja. Las visitas ocurren una vez por semana, detrás de un vidrio y bajo vigilancia armada. No les permiten almohada, ni cobijas, solo una sábana. En los meses de frío acusan la falta de abrigo por esa causa. Los productos de higiene que les permiten ingresar son limitados, entre ellos, una panela de jabón azul para lavar los dos únicos uniformes que tienen.
“Es una tortura psicológica muy grande”, dice la madre. “Él no puede leer un libro, no puede escribirle a sus hijos, no tiene derecho a un papel y a un lápiz”.
Dentro de la prisión también hay “castigos” como la suspensión de visitas. Cuenta Vallenilla que en diciembre de 2025 se las suspendieron por un traslado de extranjeros a ese penal, que derivó en una protesta. También, se quedaron sin visita luego de los hechos del 3 de enero -bombardeos en la capital, Miranda y La Guaira para detener a Nicolás Maduro-. La otra suspensión ocurrió en abril pasado: familiares y organizaciones denunciaron que se escucharon detonaciones y gritos de auxilio en el centro penitenciario y que los reclusos alertaron sobre compañeros desmayados y presuntos tratos severos. Las autoridades suspendieron las visitas de forma indefinida como una medida de castigo y represalia.
El aire falta más en prisión
La salud de Daniel, asegura su familia, se ha deteriorado dentro de prisión. Padece asma crónica, hiperglicemia y artrosis. La alimentación basada principalmente en carbohidratos y las condiciones de encierro agravan sus patologías de base. El cloro que le permiten ingresar para limpiar su letrina le hace daño.
“En varias oportunidades lo han tenido que llevar a enfermería para nebulizarlo”, explica su madre, quien detalla que durante muchos meses no le permitían siquiera tener su inhalador de rescate cerca, hasta que con la emisión de una carta médica, autorizaron el ingreso del medicamento vital a su celda.
Pero quizá el daño más profundo no sea físico: sus hijos tenían entre 13 y 15 años cuando ocurrió la detención. En todo este tiempo de prisión, solo ha podido verlos dos veces. Hoy, reciben atención psicológica para enfrentar el trauma. “Tienen el susto de ir en un carro con sujetos armados y detener a personas revisándole su casa”, cuenta Vallenilla. “Ha sido terrible”, agrega.

La separación también ha sido un golpe duro para su esposa, Marién. “Ellos tienen un matrimonio muy unido y muy feliz y ahora lo único que tienen es separación”.
Aun así, dentro de la prisión, Daniel intenta sostener a otros.
Algunos excarcelados le dijeron a la familia que era él quien animaba a los demás presos. “Daniel era la persona que nos mantenía fuertes con sus chistes y su echadera de broma”, recuerda su madre que le contaron.
Una orden de excarcelación ignorada
Los delitos atribuidos a Daniel son los mismos con los que han mantenido tras las rejas a decenas de presos políticos en Venezuela —terrorismo, asociación para delinquir y traición a la patria—. Eso lo supo su familia porque les fueron mencionados verbalmente por un defensor público. También les dijeron que el caso estaría vinculado a hechos ocurridos en 2019. Lo más contradictorio de este proceso contra el preso político radica justamente en este punto: Daniel ni siquiera vivía en Venezuela en ese año residía entonces en Estados Unidos y regresó al país tres años después.
“Nunca hemos tenido el expediente. No sabemos exactamente qué pusieron”, acotó la señora Milagros Vallenilla.
La situación adquirió un nuevo nivel de incertidumbre el 19 de enero de 2026. Ese día, según relata la familia, un defensor público informó que existía una orden de excarcelación con medidas cautelares a favor de Daniel Echenagucia. La boleta, identificada como Oficio 195-26 y Boleta 04-26, hasta hoy, no ha sido ejecutada. Incluso, hasta una orden de citación de juicio le llegó a su casa.
Pero Daniel siguió preso.
Desde entonces, la familia ha introducido recursos judiciales, incluido un habeas corpus, mientras intenta entender por qué una orden de libertad permanece congelada en algún escritorio estatal.
“No sabemos por qué continúa detenido teniendo una orden de excarcelación”, insiste su madre.

Mensaje con eco en dos gobiernos
Desde Estados Unidos, donde reside parte de la familia, Milagros Vallenilla ha intentado llamar la atención de autoridades de ese país. En su condición de ciudadana estadounidense, ha intentado acceder al senador Rick Scott o a al senadora María Elvira Salazar.
Su petición es concreta.
“Estoy de acuerdo con que traten de establecer relaciones que permitan que el país prospere”, dice. “Pero no olvidemos que existen personas y familias destrozadas y que no hacemos nada con que haya tantas inversiones, si continúan los presos políticos sin liberarlos”, expresa.
Al gobierno venezolano, específicamente a la presidenta encargada con aval de EE.UU, le hace otro llamado, todavía más íntimo.
“Quiero pedirle a Delcy Rodríguez que por favor me libere a mi hijo. Él no es político, él no es una amenaza para nadie (…) “Por favor, póngase en mis zapatos porque usted sufrió este dolor cuando su padre estuvo en condiciones parecidas. No solo le pido por Daniel, somos muchos las madres y familias saliendo, por favor piensen en los presos políticos, sigan haciendo lo que están haciendo para que el país se desarrolle, pero piensen en los presos políticos”, suplicó.
Hace apenas unos días Milagros Vallenilla pudo ver nuevamente a su hijo, cuando ella viajó a Venezuela y permitieron visitas en El Rodeo I por el Día de la Madre.
“Está muy flaco, pero de buen ánimo”, cuenta. “Me dijo: ‘Mami, no te preocupes, vamos a estar bien, yo sé que de aquí vamos a salir, esto no puede continuar’”.
Y aunque salió de la cárcel “con el corazón un poquito más en paz”, la incertidumbre sigue intacta. Porque Daniel Echenagucia continúa preso. Y porque, en Venezuela, incluso una orden de excarcelación, puede no significar todavía la libertad.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
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