Para nadie es un secreto que el beisbol es un juego increíble. Nos regala hazañas, nos hace recordar momentos espectaculares, nos lleva a extremos emocionales completamente antagónicos con el solo sonido de un batazo. Y a veces el beisbol nos regala pequeños milagros que pasan desapercibidos para la mayoría.
La misión de estas líneas es que lo último no pase. Al menos no esta vez, cuando el milagro se presenta ante nuestros ojos aquí mismo en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional.
El nombre de Sean Burroughs puede no significar nada para muchos. Pero el primera base de los Bravos de Margarita y ficha actual de los Mellizos de Minnesota tiene una historia realmente particular que contar. Hace escasos tres años cualquiera de ustedes lo habría conseguido no en un campo de pelota, ni en una jaula de bateo, ni mucho menos en una rueda de prensa; créalo o no, su mejor oportunidad de encontrárselo habría sido en las calles de Las Vegas como un indigente anónimo más de la ciudad.
Y es que este otrora brillante prospecto, primera elección de los Padres de San Diego en el draft de 1998, le dio un vuelco de 180 grados a su vida en el 2007 cuando decidió simplemente abandonar al que era entonces su equipo, Tacoma –sucursal AAA de los Marineros de Seattle- para empezar un periplo de autodestrucción que lo llevaría a mudarse a Las Vegas y comenzar con fiestas interminables, pasando por abuso de todo tipo de sustancias, para terminar en última instancia como un vagabundo viviendo en moteles y comiendo literalmente hamburguesas sacadas de los cestos de basura.
Burroughs nació ungido para ser un grande de la pelota: hijo de quien fuera el MVP de la Liga Americana en 1974 con Texas, el jardinero Jeff Burroughs, consiguió dos títulos mundiales en Pequeñas Ligas como lanzador (1992, y 1993) dándose el lujo de tirar no uno sino dos juegos sin hits ni carreras en lo que fuera su posición antes de asentarse como primera base. Dos años después de su draft, en el año 2000, se colgó una medalla de oro con el equipo americano en los Juegos Olímpicos de Sydney. Ya en el 2002, con apenas 21 años, jugaba como regular de los Padres consiguiendo morder los .300 de average en el que fuera su mejor año, 2004, la zafra justamente anterior a lo que muchos coinciden fue el inicio de la debacle.
En 2005 fue enviado a las menores y luego cambiado a Tampa Bay quienes tampoco vieron mucho potencial en él dejándolo en libertad en agosto de 2006. Luego de un nuevo cambio a los Marineros en 2007, y precisamente apenas después de cuatro juegos con el equipo AAA, Burroughs se iría para entregarse a un estilo de vida que según él mismo casi le cuesta la libertad, y tal vez la propia vida.
Lo que siguió fue una desconexión total de su pasado deportivo, sus amigos e incluso de sus seres queridos. En una entrevista a ESPN su agente, Joel Wolfe, comentaba que Sean se comunicaba con ellos apenas una vez al año en promedio, y que en ocasiones pasaban meses sin que respondiera las llamadas de sus familiares y amigos. Incluso una navidad simplemente no se presentó a la celebración familiar.
Pero un día, sin noción alguna del tiempo, Burroughs se miró al espejo y vio a un hombre 20 kilos más gordo que la última vez que él mismo recordara, con ojeras inmensas, sin afeitar y con un aspecto demacrado. Habían pasado 2 años y medio de excesos de todo tipo. Allí decidió que era suficiente: se fue de Las Vegas de regreso a casa de sus padres en Long Beach, California, y comenzó de cero. Al principio se lo tomó con calma, ayudando a su madre en sus clases de primer grado en una escuela básica de la ciudad, pero progresivamente la semilla del beisbol volvió a germinar en él a medida que leía el periódico, navegaba en internet, y sostenía conversaciones sobre pelota con su padre. Para mayo de 2010 estaba decidido a volver.
Así fue como Wolfe recibió una llamada de Sean hacia finales de 2010 para explorar la posibilidad de volver a la pelota rentada. Cualquier escepticismo que el agente mostró fue borrado al ver el efecto que el intenso trabajo físico había tenido en el antiguo prospecto: entrenó durante todo el invierno en el campus de UCLA junto a figuras como Chase Utley, y a principios de 2011 estaba de nuevo en plena forma.
Así fue como la vida lo colocó frente a un viejo amigo, el gerente general de los D´Backs de Arizona, Kevin Towers, el mismo que le había firmado con los Padres, y que accedió a verlo en un tryout que resultó en un contrato de ligas menores e invitación al entrenamiento primaveral con el equipo grande. Apenas un mes después, con lágrimas en los ojos, Burroughs recibió el llamado para volver a las Grandes Ligas.
Su paso por la gran carpa el año pasado lo llevó a jugar 78 partidos y a promediar .273 puntos al bate. Ya en Venezuela cerró como el líder de bateo de los Bravos de Margarita con promediando .324 y contribuyendo con 44 imparables y 17 carreras impulsadas. Este año, en apenas 5 juegos, batea para .375 con 4 carreas impulsadas en un comienzo de ensueño para los insulares.
La historia de Burroughs gracias a Dios tiene un final feliz, pero no por ello deja de ser menos impresionante ni admirable por el coraje de salir de un oscuro mundo que la mayoría no tiene la fortaleza y determinación de escapar.
Así las cosas, no importa de qué equipo sea usted, si tiene la oportunidad de verlo consumir un turno le pido como favor que le dedique un aplauso, si no por el uniforme que viste tal vez como homenaje a un deporte que es capaz de sacar lo mejor de todos nosotros aún en el peor de los contextos: el beisbol.
Les pido disculpas por la extendida ausencia estos últimos meses. Ya estoy plenamente de regreso para que continuemos nuestra comunicación por esta vía o por redes sociales a través de @Baseballnotes. ¡Gracias siempre por la fidelidad! Nos seguimos leyendo.









