Los heridos en manifestaciones, por perdigonazos a quemarropa, por impacto directo y artero de lacrimógenas, o por el uso de éstas como armas ofensivas, que no disuasivas, o por golpes propinados por uniformados que solo muestran “valentía”, así entre comillas, ante ciudadanos desarmados, pero que no pueden ver ni de lejos a un criminal verdadero porque tiñen sus pantalones de marrón viscoso, se cuentan por millares, solo desde abril de 2017 hasta ahora. Ya son centenares los torturados y los sometidos a tratos crueles, inhumanos o degradantes, que hasta ahora esperan por una justicia que no llega. Mujeres y hombres detenidos sometidos además a toda suerte de amenazas y de agresiones sexuales, que van desde el continuo recurso a la intimidación, diciéndoles que serán trasladados a cárceles comunes para que se conviertan en “novias” de los criminales, pasando por los toqueteos, las insinuaciones, el ofrecimiento de dinero, o de libertad, a cambio de relaciones sexuales con sus captores, hasta la violación.
Desde el 1º de abril hasta el 19 de julio de 2017 479 civiles han sido procesados, violando con ello cualquier parámetro constitucional y hasta los criterios internacionales que hoy por hoy ya ni se discuten, por tribunales militares, y de este grupo de civiles, al menos 307, se mantienen privados de su libertad por órdenes de los tribunales militares en los que, además, la violación al derecho a la defensa y al acceso a la justicia es la regla.
Mientras todo esto pasa, de los más de 4000 arrestos de manifestantes que se han producido en Venezuela desde el 1º de abril de 2017 hasta ahora, un grupo de más de 1100 ciudadanos sigue detenido pese a que se supone que ya deberían estar libres, solo porque los tribunales sumisos (pasando incluso por encima de lo que pide el Ministerio Público, que de acuerdo a nuestra Carta Magna es el titular, léase el “dueño” de la acción penal, o lo que es lo mismo, el que dispone si una persona debe ser llevada a proceso penal o no) han decidido que el grueso de estas personas debe cumplir con el requisito de presentar unos “fiadores” (que nadie les solicita) que luego de manera deliberada tardan semanas, y a veces meses, en tramitar y aceptar.
Entre tanto, Maduro insiste en militarizar el control de la sociedad. Convoca al Consejo de Defensa y Seguridad Nacional como si Venezuela estuviese en una guerra, y lo hace de esta manera porque para él y sus cómplices los ciudadanos que lo quieren fuera de Miraflores no son personas con derecho a expresar su descontento, son enemigos, son criminales, son hasta “terroristas”. Y como tales nos trata. Por eso las bravuconadas en cadena nacional de diferentes uniformados, especialmente de la GNB (ese cuerpo oprobioso que apenas cambien las cosas deberá desaparecer, previo el enjuiciamiento y castigo de todos los violadores de DDHH que han hecho su agosto en sus filas) y hasta la difusión de videos del Ministro de la Defensa dando pena (digo, gracias a Dios no estamos en una guerra real, porque el hombre jadeante no aguanta ni un trote medio), todo para presumir de lo que carecen que, como ya lo demostró la consulta popular, es fuerza, legitimidad, ciudadanía y pueblo.
El panorama es oscuro y desolador, pero siempre es así antes del amanecer. Cuando dudemos, y cuando pensemos en cuál es el sentido de la lucha no nos perdamos en mezquindades ni egoísmos. Luchamos por nuestra propia e individual supervivencia, es verdad, pero también por alcanzar una meta que nos trasciende, que va mucho más allá de nosotros mismos, y que será nuestro mejor legado para las próximas generaciones, a las que les debemos un país distinto y mejor. Cuando el ánimo flaquee, no olvidemos los números que encabezan este escrito y los que seguramente se irán sumando a este largo memorial de agravios. No perdamos de vista nuestro objetivo final, no olvidemos a los que lo dieron todo, incluso hasta su vida o su libertad, por traernos hasta acá. Cuando el poder no te deja más opción que la rebelión, pacífica, contundente y liberadora, es el gobierno el que demuestra que ya perdió la contienda. Es mucho lo que se ha logrado. Sigamos, que la aurora está cerca.







