Diálogo de sordos: País en tertulia, por Armando Martini Pietri

Diálogo_

 

Si es por hablar, sobre diálogo se ha hablado y se sigue hablando profusamente. Demasiado, con esas muchas veces perniciosa afición por la hablachentería que tienen políticos venezolanos –con pocas excepciones-. Lo malo es que siguen creyendo, en la era de la comunicación abierta desde tiempos de la radio, que las palabras se las lleva el viento. Ahora con internet, yahoo, google, youtube, twitter, la televisión de alcance mundial, facebook y otras poderosas plataformas de difusión que permiten acceso a millones de personas, las palabras no se olvidan, van de un lugar a otro, se difunden, re-difunden y almacenan.

Así, lo bueno pero aún más, lo malo, lo torpe de políticos y figuras públicas ni se olvida ni se esfuma ni se silencia. Se graba, se repite, se utiliza, lo quieran o no. Los desatinos del Presidente Maduro, sus pajaritos e ignorancias, igual que los cabeceos de los seudo-dirigentes opositores que, a falta de liderazgo y sin méritos para ser seguido, buscan cada uno aparecer y aparentar ser.

El diálogo es uno de esos temas que, -para desgracia de algunos y felicidad de otros-, políticos de parte y parte lo consideran importante para atraer la atención y esperanzas de masas que, salvo pedir sus votos, poco les importan en verdad.

Dialogar es conversar, es que cada uno, de dos, le diga al otro sus opiniones e interpretaciones, el otro evalúa y responde con las suyas. Por ahí se empieza. En algún momento del diálogo cada quien tendrá claras las posiciones, y cada cual podrá valorar a dónde quiere llegar, y, si es inteligente, sabrá con qué colide y con qué coincide en cada opinión.

Lo malo es que no es tan sencillo ni racional; es frecuente en la política pequeña, rudimentaria, como la de nuestros países, que cada uno interprete el diálogo como una forma de agotar al otro para que sea ese otro el que ceda; en Venezuela suele ser peor, pues los contrarios empiezan por establecer los asuntos en blanco y negro: todo lo que ellos hacen es malo (para el pueblo), todo lo que nosotros hacemos es bueno (para el mismo pueblo). Entonces el diálogo se convierte en simple vocerío de sordos; todos hablan, nadie escucha.

En esta desbaratada Venezuela, desastre del cacareado y nunca explicado socialismo del siglo XXI, los políticos de parte y parte han hecho lo mismo pero más exagerado que sus predecesores. Se han dicho barbaridades y acusado de las mayores infamias, lo cual lleva a pensar que ambos grupos son lo peor del género humano y la proliferación de mutuas imputaciones nos lleva a recordar aquella frase de Petkoff: “si lo que los adecos dicen de los copeyanos es verdad, y si lo que los copeyanos dicen de los adecos es verdad, ninguno de los dos merece gobernar este país”.

No es fácil entender a quienes se han difamado recíprocamente de pícaros, pillos, delincuentes, malandros, dictadores, violadores de los derechos humanos, corruptos, narcotraficantes, e incluso ensucian reputaciones con suspicacias de preferencias sexuales y de género, se acusan de drogadictos y hasta se retan hacerse exámenes públicos sobre consumo de drogas, unos cuestionan la doble nacionalidad del Presidente, otros la aceptan sin la menor discusión; es decir, ninguno se ha reservado epíteto ni adjetivo descalificativo para referirse a sus opuestos. Y como si nada se hubiera dicho, se sientan a dialogar. ¿Qué y cómo se puede platicar en esas condiciones? Y una pregunta aún más importante: ¿qué pueden esperar los venezolanos de un diálogo entre –según unos y otros afirman de ellos mismos- ser tramposos, corruptos, traidores a la patria? Y hay más interrogantes que hacen los venezolanos mientras presencian impotentes cómo el país se derrumba dejándolos desamparados por falta de estadistas y exceso de policastros: “¿después que el oficialismo denigró y descalificó a 31 ex presidentes por conversar con la oposición, ésta sale corriendo a legitimar y reunirse con ex presidentes afectos e impuestos por el régimen?” O la obvia sospecha de que “las agendas ocultas son traiciones de la MUD y PSUV que se colocan de espaldas a la gente, para que no les vean las caras los que quieren cambio, que es la mayoría del pueblo”. Y la gran pregunta cuya respuesta esperamos todos: ¿por qué tanto misterio cuando lo más sencillo, correcto, democrático y de interés ciudadano es informar con la verdad?

El diálogo es importante y, a pesar de los pesares quizás hasta llegue a alguna buena conclusión. Pero la representación debe ser legítima y no conveniencia de pocos, es fundamental que ambos grupos tengan la convicción y conciencia que los diálogos ilusorios pueden ser perjudiciales, mucho más que mantener una actitud firme y sin tapujos. Lo vergonzoso no es negociar, es ¿qué se negocia, cómo se hace y quien lo lleva a cabo? Oculto, excluyente, sin vocación de justicia, disimulado bajo engorrosos comunicados difíciles de leer, sin tomar en cuenta una gran verdad que hay que tener siempre pendiente: lo que empieza mal, termina mal y este parece ser el caso. Es transcendental que los nuevos liderazgos, movimientos civiles y militares independientes organicen la nueva oposición venezolana.

Conviene recordar vicios y errores sin los cuales Venezuela no se hubiera sumido en la tragedia que hoy vivimos, pues en estas tratativas y acuerdos quienes se salieron con las suyas fueron los oficialistas y terminaron con las tablas en la cabeza los opositores. La razón, más que un diálogo se trató siempre de conciliábulos, celadas y traiciones de una de las partes en conflicto sobre la otra con ambos sistemas enfrentados –dictadura y democracia-, conversaciones que concluyen con la democracia oprimida por la bota de la barbarie.

Memoria ingrata de un sainete aquellos ¿diálogos? de 2002 y 2003 cuando el gobierno de Chávez y la oposición -con varias cabezas y ningún líder inspirador- hablaron hasta el cansancio bajo la tutela de la OEA –César Gaviria- y Jimmy Carter, llevados con la pretensión de conocer lo que realmente aconteció en aquellos días de abril que conmovieron al país –Comisión de la Verdad- pero todo culminó en nada, nunca se supo la verdad. Y el Referéndum Revocatorio que terminó, según algunos con fraude, pero también justo es reconocerlo, por un exceso de confianza de la oposición de entonces.

Otra plática vergonzosa, abril 2014 a instancias de UNASUR, apurados por Maduro, su mentor Raúl Castro y las cancillerías del Foro de Sao Paulo. Para asestarle, en combinación con algunos líderes y partidos de la MUD, hoy en la Asamblea Nacional, un puñalada trapera a la llamada “Salida”.

Otra vez la diplomacia mal entendida, la conchupancia, el pragmatismo y los intereses de gobiernos en la OEA, abandonaron a los venezolanos y los dejaron desprotegidos. Entre hipocresías políticas y aplausos concluyó la sesión sin pena ni gloria. Triste muy triste. Los que resistimos y sufrimos las ignominias del régimen, debemos convencernos que somos nosotros quienes resolveremos nuestros problemas. Venezuela es nuestra responsabilidad.

La oposición debe considerar muy en serio, el camino a una solución de cambio que ya estaría abierta, pacífica, constitucional y electoral. El pasado 6 de diciembre el pueblo lo ordenó, el gobierno, MUD, PSUV y TSJ están en la obligación moral y ética de acatarla. Pero al parecer a muy pocos les interesa sinceramente salir de un régimen ilegítimo y liberar al país de la enfermedad que lo tiene con fiebre alta y casi convulsionando. Para la mayoría, las instituciones son flexibles y lo aceptamos. Para otros, rigurosas y lo aguantamos. Esa es la esencia de la desdicha que hoy vivimos. La triste y nefasta disposición a ser mancillados. Justificarán con la decisión de la OEA, la habladera, el turisteo fututo, con la marcha atrás de logros bajo el pretexto de obtener ventajas del régimen, que sólo pocos conocen y aprovecharán. En todo caso el diálogo, el de verdad, el sincero, honesto y decente, deberá reservarse para después de Maduro. No existirá opción, será de imperiosa necesidad.

@ArmandoMartini

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Si es por hablar, sobre diálogo se ha hablado y se sigue hablando profusamente. Demasiado, con esas muchas veces perniciosa afición por la hablachentería que tienen políticos venezolanos –con pocas excepciones-. Lo malo es que siguen creyendo, en la era de la comunicación abierta desde tiempos de la radio, que las palabras se las lleva el viento. Ahora con internet, yahoo, google, youtube, twitter, la televisión de alcance mundial, facebook y otras poderosas plataformas de difusión que permiten acceso a millones de personas, las palabras no se olvidan, van de un lugar a otro, se difunden, re-difunden y almacenan.

Así, lo bueno pero aún más, lo malo, lo torpe de políticos y figuras públicas ni se olvida ni se esfuma ni se silencia. Se graba, se repite, se utiliza, lo quieran o no. Los desatinos del Presidente Maduro, sus pajaritos e ignorancias, igual que los cabeceos de los seudo-dirigentes opositores que, a falta de liderazgo y sin méritos para ser seguido, buscan cada uno aparecer y aparentar ser.

El diálogo es uno de esos temas que, -para desgracia de algunos y felicidad de otros-, políticos de parte y parte lo consideran importante para atraer la atención y esperanzas de masas que, salvo pedir sus votos, poco les importan en verdad.

Dialogar es conversar, es que cada uno, de dos, le diga al otro sus opiniones e interpretaciones, el otro evalúa y responde con las suyas. Por ahí se empieza. En algún momento del diálogo cada quien tendrá claras las posiciones, y cada cual podrá valorar a dónde quiere llegar, y, si es inteligente, sabrá con qué colide y con qué coincide en cada opinión.

Lo malo es que no es tan sencillo ni racional; es frecuente en la política pequeña, rudimentaria, como la de nuestros países, que cada uno interprete el diálogo como una forma de agotar al otro para que sea ese otro el que ceda; en Venezuela suele ser peor, pues los contrarios empiezan por establecer los asuntos en blanco y negro: todo lo que ellos hacen es malo (para el pueblo), todo lo que nosotros hacemos es bueno (para el mismo pueblo). Entonces el diálogo se convierte en simple vocerío de sordos; todos hablan, nadie escucha.

En esta desbaratada Venezuela, desastre del cacareado y nunca explicado socialismo del siglo XXI, los políticos de parte y parte han hecho lo mismo pero más exagerado que sus predecesores. Se han dicho barbaridades y acusado de las mayores infamias, lo cual lleva a pensar que ambos grupos son lo peor del género humano y la proliferación de mutuas imputaciones nos lleva a recordar aquella frase de Petkoff: “si lo que los adecos dicen de los copeyanos es verdad, y si lo que los copeyanos dicen de los adecos es verdad, ninguno de los dos merece gobernar este país”.

No es fácil entender a quienes se han difamado recíprocamente de pícaros, pillos, delincuentes, malandros, dictadores, violadores de los derechos humanos, corruptos, narcotraficantes, e incluso ensucian reputaciones con suspicacias de preferencias sexuales y de género, se acusan de drogadictos y hasta se retan hacerse exámenes públicos sobre consumo de drogas, unos cuestionan la doble nacionalidad del Presidente, otros la aceptan sin la menor discusión; es decir, ninguno se ha reservado epíteto ni adjetivo descalificativo para referirse a sus opuestos. Y como si nada se hubiera dicho, se sientan a dialogar. ¿Qué y cómo se puede platicar en esas condiciones? Y una pregunta aún más importante: ¿qué pueden esperar los venezolanos de un diálogo entre –según unos y otros afirman de ellos mismos- ser tramposos, corruptos, traidores a la patria? Y hay más interrogantes que hacen los venezolanos mientras presencian impotentes cómo el país se derrumba dejándolos desamparados por falta de estadistas y exceso de policastros: “¿después que el oficialismo denigró y descalificó a 31 ex presidentes por conversar con la oposición, ésta sale corriendo a legitimar y reunirse con ex presidentes afectos e impuestos por el régimen?” O la obvia sospecha de que “las agendas ocultas son traiciones de la MUD y PSUV que se colocan de espaldas a la gente, para que no les vean las caras los que quieren cambio, que es la mayoría del pueblo”. Y la gran pregunta cuya respuesta esperamos todos: ¿por qué tanto misterio cuando lo más sencillo, correcto, democrático y de interés ciudadano es informar con la verdad?

El diálogo es importante y, a pesar de los pesares quizás hasta llegue a alguna buena conclusión. Pero la representación debe ser legítima y no conveniencia de pocos, es fundamental que ambos grupos tengan la convicción y conciencia que los diálogos ilusorios pueden ser perjudiciales, mucho más que mantener una actitud firme y sin tapujos. Lo vergonzoso no es negociar, es ¿qué se negocia, cómo se hace y quien lo lleva a cabo? Oculto, excluyente, sin vocación de justicia, disimulado bajo engorrosos comunicados difíciles de leer, sin tomar en cuenta una gran verdad que hay que tener siempre pendiente: lo que empieza mal, termina mal y este parece ser el caso. Es transcendental que los nuevos liderazgos, movimientos civiles y militares independientes organicen la nueva oposición venezolana.

Conviene recordar vicios y errores sin los cuales Venezuela no se hubiera sumido en la tragedia que hoy vivimos, pues en estas tratativas y acuerdos quienes se salieron con las suyas fueron los oficialistas y terminaron con las tablas en la cabeza los opositores. La razón, más que un diálogo se trató siempre de conciliábulos, celadas y traiciones de una de las partes en conflicto sobre la otra con ambos sistemas enfrentados –dictadura y democracia-, conversaciones que concluyen con la democracia oprimida por la bota de la barbarie.

Memoria ingrata de un sainete aquellos ¿diálogos? de 2002 y 2003 cuando el gobierno de Chávez y la oposición -con varias cabezas y ningún líder inspirador- hablaron hasta el cansancio bajo la tutela de la OEA –César Gaviria- y Jimmy Carter, llevados con la pretensión de conocer lo que realmente aconteció en aquellos días de abril que conmovieron al país –Comisión de la Verdad- pero todo culminó en nada, nunca se supo la verdad. Y el Referéndum Revocatorio que terminó, según algunos con fraude, pero también justo es reconocerlo, por un exceso de confianza de la oposición de entonces.

Otra plática vergonzosa, abril 2014 a instancias de UNASUR, apurados por Maduro, su mentor Raúl Castro y las cancillerías del Foro de Sao Paulo. Para asestarle, en combinación con algunos líderes y partidos de la MUD, hoy en la Asamblea Nacional, un puñalada trapera a la llamada “Salida”.

Otra vez la diplomacia mal entendida, la conchupancia, el pragmatismo y los intereses de gobiernos en la OEA, abandonaron a los venezolanos y los dejaron desprotegidos. Entre hipocresías políticas y aplausos concluyó la sesión sin pena ni gloria. Triste muy triste. Los que resistimos y sufrimos las ignominias del régimen, debemos convencernos que somos nosotros quienes resolveremos nuestros problemas. Venezuela es nuestra responsabilidad.

La oposición debe considerar muy en serio, el camino a una solución de cambio que ya estaría abierta, pacífica, constitucional y electoral. El pasado 6 de diciembre el pueblo lo ordenó, el gobierno, MUD, PSUV y TSJ están en la obligación moral y ética de acatarla. Pero al parecer a muy pocos les interesa sinceramente salir de un régimen ilegítimo y liberar al país de la enfermedad que lo tiene con fiebre alta y casi convulsionando. Para la mayoría, las instituciones son flexibles y lo aceptamos. Para otros, rigurosas y lo aguantamos. Esa es la esencia de la desdicha que hoy vivimos. La triste y nefasta disposición a ser mancillados. Justificarán con la decisión de la OEA, la habladera, el turisteo fututo, con la marcha atrás de logros bajo el pretexto de obtener ventajas del régimen, que sólo pocos conocen y aprovecharán. En todo caso el diálogo, el de verdad, el sincero, honesto y decente, deberá reservarse para después de Maduro. No existirá opción, será de imperiosa necesidad.

@ArmandoMartini

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Si es por hablar, sobre diálogo se ha hablado y se sigue hablando profusamente. Demasiado, con esas muchas veces perniciosa afición por la hablachentería que tienen políticos venezolanos –con pocas excepciones-. Lo malo es que siguen creyendo, en la era de la comunicación abierta desde tiempos de la radio, que las palabras se las lleva el viento. Ahora con internet, yahoo, google, youtube, twitter, la televisión de alcance mundial, facebook y otras poderosas plataformas de difusión que permiten acceso a millones de personas, las palabras no se olvidan, van de un lugar a otro, se difunden, re-difunden y almacenan.

Así, lo bueno pero aún más, lo malo, lo torpe de políticos y figuras públicas ni se olvida ni se esfuma ni se silencia. Se graba, se repite, se utiliza, lo quieran o no. Los desatinos del Presidente Maduro, sus pajaritos e ignorancias, igual que los cabeceos de los seudo-dirigentes opositores que, a falta de liderazgo y sin méritos para ser seguido, buscan cada uno aparecer y aparentar ser.

El diálogo es uno de esos temas que, -para desgracia de algunos y felicidad de otros-, políticos de parte y parte lo consideran importante para atraer la atención y esperanzas de masas que, salvo pedir sus votos, poco les importan en verdad.

Dialogar es conversar, es que cada uno, de dos, le diga al otro sus opiniones e interpretaciones, el otro evalúa y responde con las suyas. Por ahí se empieza. En algún momento del diálogo cada quien tendrá claras las posiciones, y cada cual podrá valorar a dónde quiere llegar, y, si es inteligente, sabrá con qué colide y con qué coincide en cada opinión.

Lo malo es que no es tan sencillo ni racional; es frecuente en la política pequeña, rudimentaria, como la de nuestros países, que cada uno interprete el diálogo como una forma de agotar al otro para que sea ese otro el que ceda; en Venezuela suele ser peor, pues los contrarios empiezan por establecer los asuntos en blanco y negro: todo lo que ellos hacen es malo (para el pueblo), todo lo que nosotros hacemos es bueno (para el mismo pueblo). Entonces el diálogo se convierte en simple vocerío de sordos; todos hablan, nadie escucha.

En esta desbaratada Venezuela, desastre del cacareado y nunca explicado socialismo del siglo XXI, los políticos de parte y parte han hecho lo mismo pero más exagerado que sus predecesores. Se han dicho barbaridades y acusado de las mayores infamias, lo cual lleva a pensar que ambos grupos son lo peor del género humano y la proliferación de mutuas imputaciones nos lleva a recordar aquella frase de Petkoff: “si lo que los adecos dicen de los copeyanos es verdad, y si lo que los copeyanos dicen de los adecos es verdad, ninguno de los dos merece gobernar este país”.

No es fácil entender a quienes se han difamado recíprocamente de pícaros, pillos, delincuentes, malandros, dictadores, violadores de los derechos humanos, corruptos, narcotraficantes, e incluso ensucian reputaciones con suspicacias de preferencias sexuales y de género, se acusan de drogadictos y hasta se retan hacerse exámenes públicos sobre consumo de drogas, unos cuestionan la doble nacionalidad del Presidente, otros la aceptan sin la menor discusión; es decir, ninguno se ha reservado epíteto ni adjetivo descalificativo para referirse a sus opuestos. Y como si nada se hubiera dicho, se sientan a dialogar. ¿Qué y cómo se puede platicar en esas condiciones? Y una pregunta aún más importante: ¿qué pueden esperar los venezolanos de un diálogo entre –según unos y otros afirman de ellos mismos- ser tramposos, corruptos, traidores a la patria? Y hay más interrogantes que hacen los venezolanos mientras presencian impotentes cómo el país se derrumba dejándolos desamparados por falta de estadistas y exceso de policastros: “¿después que el oficialismo denigró y descalificó a 31 ex presidentes por conversar con la oposición, ésta sale corriendo a legitimar y reunirse con ex presidentes afectos e impuestos por el régimen?” O la obvia sospecha de que “las agendas ocultas son traiciones de la MUD y PSUV que se colocan de espaldas a la gente, para que no les vean las caras los que quieren cambio, que es la mayoría del pueblo”. Y la gran pregunta cuya respuesta esperamos todos: ¿por qué tanto misterio cuando lo más sencillo, correcto, democrático y de interés ciudadano es informar con la verdad?

El diálogo es importante y, a pesar de los pesares quizás hasta llegue a alguna buena conclusión. Pero la representación debe ser legítima y no conveniencia de pocos, es fundamental que ambos grupos tengan la convicción y conciencia que los diálogos ilusorios pueden ser perjudiciales, mucho más que mantener una actitud firme y sin tapujos. Lo vergonzoso no es negociar, es ¿qué se negocia, cómo se hace y quien lo lleva a cabo? Oculto, excluyente, sin vocación de justicia, disimulado bajo engorrosos comunicados difíciles de leer, sin tomar en cuenta una gran verdad que hay que tener siempre pendiente: lo que empieza mal, termina mal y este parece ser el caso. Es transcendental que los nuevos liderazgos, movimientos civiles y militares independientes organicen la nueva oposición venezolana.

Conviene recordar vicios y errores sin los cuales Venezuela no se hubiera sumido en la tragedia que hoy vivimos, pues en estas tratativas y acuerdos quienes se salieron con las suyas fueron los oficialistas y terminaron con las tablas en la cabeza los opositores. La razón, más que un diálogo se trató siempre de conciliábulos, celadas y traiciones de una de las partes en conflicto sobre la otra con ambos sistemas enfrentados –dictadura y democracia-, conversaciones que concluyen con la democracia oprimida por la bota de la barbarie.

Memoria ingrata de un sainete aquellos ¿diálogos? de 2002 y 2003 cuando el gobierno de Chávez y la oposición -con varias cabezas y ningún líder inspirador- hablaron hasta el cansancio bajo la tutela de la OEA –César Gaviria- y Jimmy Carter, llevados con la pretensión de conocer lo que realmente aconteció en aquellos días de abril que conmovieron al país –Comisión de la Verdad- pero todo culminó en nada, nunca se supo la verdad. Y el Referéndum Revocatorio que terminó, según algunos con fraude, pero también justo es reconocerlo, por un exceso de confianza de la oposición de entonces.

Otra plática vergonzosa, abril 2014 a instancias de UNASUR, apurados por Maduro, su mentor Raúl Castro y las cancillerías del Foro de Sao Paulo. Para asestarle, en combinación con algunos líderes y partidos de la MUD, hoy en la Asamblea Nacional, un puñalada trapera a la llamada “Salida”.

Otra vez la diplomacia mal entendida, la conchupancia, el pragmatismo y los intereses de gobiernos en la OEA, abandonaron a los venezolanos y los dejaron desprotegidos. Entre hipocresías políticas y aplausos concluyó la sesión sin pena ni gloria. Triste muy triste. Los que resistimos y sufrimos las ignominias del régimen, debemos convencernos que somos nosotros quienes resolveremos nuestros problemas. Venezuela es nuestra responsabilidad.

La oposición debe considerar muy en serio, el camino a una solución de cambio que ya estaría abierta, pacífica, constitucional y electoral. El pasado 6 de diciembre el pueblo lo ordenó, el gobierno, MUD, PSUV y TSJ están en la obligación moral y ética de acatarla. Pero al parecer a muy pocos les interesa sinceramente salir de un régimen ilegítimo y liberar al país de la enfermedad que lo tiene con fiebre alta y casi convulsionando. Para la mayoría, las instituciones son flexibles y lo aceptamos. Para otros, rigurosas y lo aguantamos. Esa es la esencia de la desdicha que hoy vivimos. La triste y nefasta disposición a ser mancillados. Justificarán con la decisión de la OEA, la habladera, el turisteo fututo, con la marcha atrás de logros bajo el pretexto de obtener ventajas del régimen, que sólo pocos conocen y aprovecharán. En todo caso el diálogo, el de verdad, el sincero, honesto y decente, deberá reservarse para después de Maduro. No existirá opción, será de imperiosa necesidad.

@ArmandoMartini

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