No muchas veces logra entenderse que los fracasos son parte de la vida. Tampoco que no siempre se alcanza el éxito. Lo inconveniente sucede cuando alguna de ambas situaciones no se administran con la modestia y ecuanimidad que exige la razón. Winston Churchill explicaba que “el éxito no es definitivo y el fracaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar”. Sin embargo, la historia está atiborrada de lecciones que dan cuenta de que el éxito sólo se comprende cuando el fracaso no deja arrastrarse por la desesperación. Lo contrario, magnifica la confusión cuya fuerza tiende a avivar conflictos de engañosa solución. De hecho, el escritor argentino, Jorge Luís Borges, decía que “la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce” lo cual no significa dejar envolverse por el pesimismo.
Lo anterior, intenta destacar que tanto el éxito como el fracaso son determinantes en la vida del ser humano. El carácter inexorable de dichas situaciones, configuran los parajes por los cuales se moviliza, indefectiblemente, el hombre. Más, al considerar la incertidumbre en tanto que estado de duda en el que se pone a prueba la confianza ante un determinado conocimiento que sobre un asunto puede tenerse sobre un asunto. En todo caso, tanto del éxito como del fracaso se aprende. Ambas situaciones son oportunidades ineludibles para superarse. El problema se suscita cuando la obnubilación impide ver más allá de los límites que marcan las circunstancias. Si bien la derrota intimida a los cobardes, la victoria ensoberbece a los engreídos. Así que ni el miedo ni la presunción, son condiciones que motivan el crecimiento del hombre. Sobre todo, si tal crecimiento atañe al desarrollo del individuo en lo moral, lo social y en lo político. Napoleón Bonaparte señalaba que “en la victoria lo merecemos; en la derrota lo necesitamos”.
Lo que ha venido ocurriendo, luego del 6-D, día éste en que Venezuela ganó, evidencia un serio conflicto que si bien debe considerarse como una persuasiva razón de desarrollo social y político, también pone al desnudo un problema relacionado con la brecha político-ideológica o distancia electoral que se dio a consecuencia del triunfo para un factor de la vida política nacional, y de la derrota sobrellevada por otro actor político nacional. O sea, la victoria alcanzada por la Unidad Democrática y el descalabro sufrido por el partido de gobierno y sus aliados.
Tan connotada situación, devino en interpretaciones desviadas del sentido de respeto al adversario. Incluso, luego que dirigentes del sector gubernamental, encabezados por el presidente de la República, elaboraron un Acuerdo o Compromiso de Respeto y Reconocimiento a los resultados que dichos comicios determinarían. Al firmarlo en nombre de su partido, el presidente dijo que “desde ahora el CNE tiene la voz de mando y nosotros acataremos lo que se diga”. Sin embargo, las realidades se desfiguraron. Desde entonces, altos funcionarios y afectos al oficialismo han dejado ver la molestia de verse aventajados de forma aplastante. El discurso presidencial ha sido pendenciero. Tanto, que no ha ahorrado amenazas contra quienes, como empleados públicos, dejaron de votar por el Polo Patriótico y se animaron a apoyar a la oposición.
El triunfo de la Unidad Democrática ha generado graves quiebres al partido de gobierno. El oficialismo se movió sobre criterios equivocados que le trajo problemas de mayúsculas proporciones. Quizás llegó a pensar que sería fácil imponerse en una sociedad que, por las dádivas otorgadas, resolvería problemas de ascendencia social y económica. Pero no fue así. La oposición logró penetrar el Estado provocando que ensalzados agentes del oficialismo buscaran atrincherarse dentro del Ejecutivo. Tan delicada situación, hizo reflotar el resquebrajamiento de la autoridad presidencial como líder político-partidista. Los desencuentros se magnificaron.
La resistencia por parte de distintos cuadros revolucionarios, ha puesto en aprietos la intención gubernamental de sostenerse en el poder “como sea”. Aunque la tozudez de presumidos dirigentes, se ha tornado en razón de peligrosa consideración. No sólo la declaración de quien se atrevió a azuzar al pueblo a impedir que los 112 diputados electos arriben al Palacio Legislativo el 5-E. Es además la arenga del presidente de la República, quien ofuscado por torcidas pasiones políticas que desdicen de su investidura, prometió públicamente que “esto no se va a quedar así”. Dijo que “nosotros vamos a cambiar esta situación y no le vamos a permitir a la derecha que consolide su golpe electoral”. Seguidamente, el presidente de la AN, ha buscado complicar las realidades políticas instalando un ilegal e inconstitucional “Parlamento Comunal Nacional”. De manera que con tan disparatadas decisiones, el país puede verse abrumado ante la presencia de tantos furibundos, desquiciados y desatados. Así que, cuidado pues en política el peligro siempre está latente. Más, cuando hay demonios rojos al acecho.
¿Cómo puede decirse que se tiene patria, cuando no se tiene ni siquiera la más pequeñísima idea del significado de democracia. Tampoco de República. Mucho menos de republicanismo democrático? ¿Entonces, cómo se obvian tan graves dificultades si además los políticos gubernamentales viven como demonios desatados?
@AJMonagas




