Tal vez nos parezca simple la definición de la distancia que hay entre dos esquinas de una mesa, a lo largo de uno de los bordes. Pensamos que se puede medir y ya. Digamos, 2 metros. Para ello utilizamos una cinta métrica con escala, que abarca esos 2 metros.
De la misma manera, podemos pretender medir la longitud de la costa de Venezuela : 4800km, siendo el país no. 29 del mundo en ese renglón (http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Pa%C3%ADses_por_longitud_de_costa). Mientras que el de mayor longitud de costa es Canadá con 243.791km y el segundo Noruega con 83.281km.
Bien. No sabemos con cual instrumento realizaron esas medidas, digamos que sobre un mapa a escala y con unas reglas con una precisión equivalente a 1km.
Pero esa certeza que podemos tener, sobre la aparentemente simple y segura noción de longitud de la costa de un país, comienza a ponerse en duda. Si utilizamos una regla que en lugar de tener una precisión de 1km, tiene una de 100m, podremos describir mejor algunas curvas que habían sido simplificadas como rectas con la que tenía precisión de 1km. Y así la distancia entre dos puntos de la costa puede ser un poco mayor. Si luego buscamos una regla con precisión 10m, podremos describir mejor aún pequeñas curvaturas e irregularidades de la línea del mapa o de la costa misma, y la distancia continuará creciendo. Si pasamos a una regla de precisión 1m, se incrementa aún más, y ese proceso sigue.
Si logramos tener una forma de medir, que tome en cuenta todas las pequeñas irregularidades de la materia, llegaremos a ver la estructura del átomo, y en ese recorrido la distancia se nos va convirtiendo en algo infinito, inatrapable, inagotable. Tanto así que pareciera que deja de tener sentido.
Uno de los conceptos más simples como la longitud de la costa de un país, puede desvanecerse, si afinamos el instrumento de medición y si abrimos, con esfuerzo, las referencias conceptuales y mentales con las que nos aproximamos al hecho.
Razón tenía Pascal cuando decía que estábamos entre dos infinitos, lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño.
Esta situación puede ser tan delicada, que hasta la distancia entre los dos puntos de las esquinas de una mesa, que habíamos medido como de 2 metros, deja también de tener sentido, y ya no sabemos cuánto mide esa distancia, a menos que aceptemos un método de simplificación del problema, un concepto dudoso y un instrumento sólo medianamente preciso, que en fin de cuentas reproduce ese concepto. Nunca conocemos el fondo de los conceptos, todos son producto de una necesidad y del ingenio siempre superable, del mismo hombre. La distancia es una invención conceptual del hombre y para expresarla requiere de un instrumento, de precisión variable.
De esas incertezas nace la teoría del caos, la cual busca pensar y organizar esas incertidumbres, para abarcarlas con otra teoría.
Una problemática similar se presenta con el uso de las palabras, el lenguaje, los conceptos. Las certezas nacen de lecturas y reflexiones que siempre podrán ser superadas, nacen de la presencia de las dudas. Y en la duda nos va el ser, el cógito cartesiano “Cógito ergo sum”.
Para estudiar y avanzar en la comprensión de la realidad, hay que desarrollar los instrumentos (el cerebro, o el sujeto mismo) y el aparato conceptual e instrumental. Para poder desarrollar el conocimiento, es necesario trabajar duro, con un gran esfuerzo, y dar muchas vueltas alrededor de las ideas, de los conceptos, de las palabras y de las letras. Ese esfuerzo y sus frutos hace avanzar la ciencia, hace que se descubran nuevas teorías y planetas, hacen que avance el arte y las nociones del mundo y de la realidad, que tenemos. Hicieron que Van Gogh se saliera de lo figurativo, que Rimbaud se saltara el corsé de la rima…
Así se puede entender que para conocer, uno debe transformarse con cada paso, con cada palabra, dentro de ese esfuerzo, y así, admirarse de la inmensidad de cada átomo de la vida, de cada idea profunda de la historia, de la filosofía, de las ciencias, de la matemática,… Para ello es necesario entender la pequeñez pascaliana, y compartirla.
Y eso sí, nunca creer que porque se tenga un revólver o una granada en la mano, o el poder, se tienen las ideas y se tiene el conocimiento. Es muy probable que sea todo lo contrario.
“Cuando escucho la palabra cultura, saco mi pistola”
Goebbels, o Goering o quién sabe cuál otro de esos genios







