Salazar coleado en la conversación Obama-Raúl por Armando Martini Pietri

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Conocí hace años en Margarita al espía Salazar, retirado, más viejo y gordo, pero siempre agente, lleva lo de averiguar la vida de los demás en el corazón. El Sebin trató de encontrarlo alguna vez para hacerle una consulta, pero nadie lo señaló, aunque todos los margariteños saben quién es. Puedo relatar que en noches de buen escocés, y madrugadas de pesca apacible, Salazar narró gajes de su oficio, son muchas las anécdotas y mejores sus leyendas.

Esto viene a cuento porque nos interesó mucho lo del viaje de Obama a La Habana, histórico y con consecuencias trascendentes, sabíamos que ninguno iba a revelar lo que de verdad discutieran, acordaran –o desacordaran- en su reunión privada. La curiosidad pudo más, y arranqué para Cuba. Tal como Salazar había ilustrado, agencié un carnet falso y aterricé en el aeropuerto José Martí. La cosa estaba revuelta, todos comentaban la visita.

El domingo surcó los cielos el enorme avión Air Force One, aterrizó y, como en las películas de espías, llegó mientras llovía. El lunes, en el Palacio de la Revolución, lleno de agentes del servicio secreto y del G-2, logré colearme, pasar desapercibido con guayabera gastada y arrugada por los calores de Pampatar y mi viejo sombrero, ¿quién va a sospechar de un tipo vestido así y además con barba? –o badba, como pronuncian los cubanos autóctonos.

A pesar de las miradas escrutadoras y en medio del bululú me hice el despistado, me fui perdiendo, hasta enredarme en una gran cortina y, ¡benditos sean Dios y los orishás, con todo respeto!, allí estaban los dos, sentados y sonrientes. Cerraron las puertas, quedé oculto entre los pliegues del cortinaje y detrás de una puerta de romanilla, muy nervioso -no soy James Bond-, sudo copiosamente, el miedo me paraliza, el tiempo pasa, recupero la calma, tengo la ventaja de hablar inglés y en segundos que parecieron horas, una voz gruesa y gangosa:

Mister President, the people of Cuba welcomes you“, e inmediatamente: “¿Desea usted un habano, un café, un ron en las rocas o quizás una cuba libre bien preparada?”

El 44° Presidente de los Estados Unidos responde con picardía: “Una cuba libre aunque esté mal preparada, that’s what I want”. Raúl congela la sonrisa y murmura: “Caramba, para eso estamos aquí, felices de tenerlo como huésped ilustre después de 88 años.” Se reanima un poco: “¿Qué le ha parecido La Habana?”.

Obama responde con esa ingenua sinceridad de los gringos: “Sorprendido, nadie me informó que regresamos en el tiempo a los años 60, parece una ciudad que se quedó detenida en el espacio, luce como una feria de antigüedades, aunque bastante deteriorada”, y agrega con la crueldad de los ingenuos: “Hasta Fidel y tú parecen formar parte del escenario”.

Raúl se hace el que no escuchó y pregunta con tensa curiosidad: “¿Por qué no quieres conversar con Fidel?”. Obama, con prudencia, pero gran claridad, responde: “Es que habla mucho y no quiero perder el tiempo en una infinita conversación que nada nuevo traerá”. Y recalca: “Aun así envíale mi saludo y entrégale la bandera americana que se hizo en la embajada y que tiene inscrita la leyenda ‘gringos come back’”. El comentario sirve de pausa y ambos mandatarios se sonríen.

De seguidas pregunta Obama: “¿Cómo te fue con el papa Francisco y el Patriarca Ruso juntos?”. “Pero no revueltos”, precisa Castro y gruñó: “El papa Francisco es cosa seria, pero fue buena propaganda para Cuba, son dos grandes personajes y de una inteligencia fuera de este mundo”.

Obama esgrime su famosa sonrisa y plantea: “Me gustaría verlos antes de abandonar la Casa Blanca, especialmente a Francisco, los católicos son una fuerza en mi país, y el ruso podría sernos útil en Moscú, sabes que Putin a veces se las ingenia para ser más ruso que estadista. A ver, ¿qué puedes hacer?”. Castro aceptó el encargo: “Seguro, hermano, te aviso”.

“Por cierto, Raúl –le confiesa Barack– voy a reunirme con opositores, los voy a oír, siempre es conveniente escuchar a quienes no están de acuerdo, ¿te parece?”.

Raúl, con cierta reserva, señaló: “Ya escogimos unos cuentapropistas, están claros y saben qué hacer”. Y agregó seguidamente para que Obama no lo siguiera interrumpiendo: “Y tú, hermano, acuérdate de ponerle fin al asunto de Radio Martí, que jode demasiado, y háblales de democracia y elecciones, que yo me encargo de dárselas a la cubana, tropical y con sabor a mar como en Isla de Pinos, que allí hay mucha salud”.

“Raúl –a Obama se le amarga el ceño– déjame ver qué puedo hacer, todo lo de Miami es cosa seria, hay que hacer las cosas paulatinamente, acuérdate que en la Florida la comunidad latina, y la cubana especialmente, son importantes, tienen dinero e influencia, hay que cuidar los votos para Hillary que no pega una, ella está pendiente para no dárselos a Trump vía Bernie Sanders que, por cierto, es amigo tuyo, ¿o no?”

Turulato con el chorro, Raúl se recompuso e insistió: “Con Hillary no tendremos problemas, pero Trump una cosa dice hoy y otra mañana, está medio loco contra los mexicanos, islamistas y la va a agarrar con nosotros”. “¿Y Sanders?”, pregunta con algo de esperanza, pero pronto se decepciona: “Ese no cuenta”, le aclara el demócrata Obama.

El norteamericano cambia el tercio: “Por cierto, ¿y el apuro de Maduro por venir a verte? ¿Estaba nervioso por nuestro encuentro? Informaciones de amigos, aliados y la CIA, aseguran que está caído, tiene a todo el país en contra. Me recomendaron prorrogar el decreto para meterles más miedo y lo hice; a lo mejor tenemos suerte y agarra sus cachivaches y se va, ¿qué opinas tú?”

Raúl se incomoda y revela: “Maduro está molesto y nervioso, pero le sacará provecho político al decreto. Al cual me opuse y reiteré apoyo incondicional a Venezuela, pero no te preocupes –eso es mientras negociamos-, aún necesito los billetes que les cobramos y el petróleo que nos siguen mandando, fue un compromiso –tú entiendes- pura pajita, eso que ustedes llaman bullshit“.

Obama le recordó: “A ustedes les lloverá un dineral por la cantidad de vuelos, los nuevos negocios y la oficina de Western Union para que mis cubanos ricos les manden dólares a tus cubanos pobres”. El abogado y presidente bebe un sorbo de agua y remata: “Raúl, déjate de vainas, Maduro tiene que irse, o ese país se termina de hundir y eso no le conviene a nadie”.

Raúl, sin alternativa, reconoce con pena: “Es que ya no hacen caso, a Nicolás se le subió el cargo a la cabeza y de verdad piensa que es heredero de Chávez, ha llegado a creer que puede gobernar sin nosotros, cosa que ni Chávez logró, estoy cada día más preocupado”. Raúl se hunde por un momento en sus pensamientos, se reanima y le propone: “Barack, ¿y tu gente? ¿Por qué no intervienes? Es lo que todos esperan; además, Maduro no es Allende, ese arranca para China o Europa, ¿quién sabe dónde? ¡Para acá que no venga, qué fastidio, además, los dólares los tiene en otras partes!”.

Obama a su vez se lamenta: “Mis muchachos tampoco hacen caso, andan alzados, fueron sumisos y obedientes, pero ahora con el triunfo se creen la gran cosota, andan de su cuenta y de paso juran que lo están haciendo bien. Voy a echarles un jalón de orejas, les voy a convencer que Trump puede ganar y se los va a comer vivos. Le pediré a Macri que interceda cuando llegue a Buenos Aires, después te cuento”.

Hay un reposo, se toman un café bautizado con un sorbo del mejor ron cubano y de repente Raúl exclama casi temeroso: “Barack ¿por qué no dejas de comprarle petróleo a Venezuela? Así forzamos la salida de Nicolás y nos evitamos un enfrentamiento”

Obama aprendió mucho en estos años en la Casa Blanca y contesta: “Ni pendejo que fuera, eso nunca. PDVSA nos compra gasolina, además, no voy a cometer el mismo error como lo hicimos en el pasado cuando dejamos de adquirir la caña de azúcar, lo que obligo a Fidel se echara en brazos de los rusos y la consecuencia, el lío de los misiles; algo parecido puede suceder con una Venezuela de Maduro, que ni lee ni sabe historia, si se entrega a Rusia y China, así que ni de vaina, dejemos eso así por ahora. Prefiero el referéndum revocatorio y hasta lo de nacionalidad colombiana”.

Ambos líderes acuerdan no comentar en público que se trató el tema Venezuela. Pero algo se perdió en la traducción simultánea.

Raúl siente el final de la conversación: “Te recuerdo Guantánamo”.

Obama confiesa, aunque dudoso: “Te la devolveré antes de salir de la Casa Blanca”.

Entraron los asistentes, los periodistas esperan. Se pusieron de pie, estaban cansados de hablar sobre cosas que ya habían acordado mucho antes, Raúl quería irse a descansar y Barack empezaba a soñar con Cuba libre, Venezuela en cambio, Colombia en paz y el inicio de renovadas relaciones con Sudamérica.

Salieron, se formó otro bululú, aproveché la oportunidad para escabullirme, tomé un taxi con destino al aeropuerto y me embarqué en el primer avión que saliera de Cuba.

@ArmandoMartini

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