O lloramos o vendemos pañuelos por José Domingo Blanco

Optimismo

 

Gerardo Antonio, en la plenitud de sus 67 años, me confiesa que aún en las circunstancias actuales, a pesar de lo que ocurre en Venezuela, vive el mejor momento de su vida porque decidió ser feliz. Se siente mejor que nunca. Y en todos los planos. Su afirmación, debo confesarles, me tomó por sorpresa. Pero, también me generó mucha curiosidad. Una curiosidad que debe haberme notado en el rostro. Por unos segundos pensé que iba a confesarme que hacía negocios con el gobierno –porque, si a ver vamos, y muchos tal vez coincidan conmigo, los únicos que en este momento pudieran asegurar que son felices, que viven sin preocupaciones ni apremios de ningún tipo, son los que están aferrados como parásitos, chupando de la teta del poder. Luego, imaginé que me revelaría una aventura amorosa, a lo Caballo Viejo, con una joven de esas que parecen de mentira de lo tan perfectas que son; de esas que contemplas como si fueran diosas y que no entiendes qué les atrajo de ti: si las canas, la sensibilidad o la billetera. Pero, también descarté esa “confesión” rápidamente cuando vi la cara de María Luisa, su esposa, sentada -sonriente y apacible- a su lado. La confesión de un affair, delante de la esposa, por muy modernos que fueran, quedaba definitivamente desechada.

Así de malpensados somos cuando vemos que alguien confiesa que es inmensamente feliz; nos parece una rareza que solo es atribuible a esas dos razones: un flirteo otoñal de esos que suenan a cliché o una comisión jugosa por algún chanchullo con el gobierno. La verdad me costaba creer que alguien, en este momento, sin pertenecer ni trabajar para el régimen, consciente de todo lo que está pasando en Venezuela, me dijera que hoy está mejor que nunca.

Lo primero que me espeta es que todo lo que podía pasarle, le pasó: perdió su negocio, lo estafaron, se quedó sin dinero y prácticamente en la calle, tuvo un primer divorcio traumático… calamidades que, lejos de anularlo y hundirlo en la más profunda de las depresiones, lo alentaron a levantarse, sacudirse las derrotas y comenzar de nuevo. Resiliente, diría mi apreciado amigo el doctor Ricardo Montiel.  Pero, Gerardo Antonio asegura que llegó a una etapa en la vida en la que se decidió apostar a la felicidad ¡y ganar! A pesar de todo: a pesar del país –del que no piensa marcharse-, a pesar del régimen, de la escasez, de la inseguridad. Está consciente, como cualquier venezolano, de la terrible situación que atravesamos; pero adoptó una filosofía muy antigua, en donde la capacidad de rectificar para mejorar y ser feliz, es clave. Metanoia, me explica que se llama la técnica psicológica que le permitió salir adelante. Confieso que era la primera vez que escuchaba el término, por lo que me aseguré de retenerlo bien en la memoria, para buscar su significado apenas llegara a casa. Trae a colación la frase de la legendaria diva mexicana María Félix: “A hombre ido, tres días de duelo. Al cuarto, tacones y vestido nuevo”. Como para que no me queden dudas de que sentirse abatido tiene un tiempo límite, el que cada quien le otorga; pero que, luego de transcurrido ese tiempo, hay que levantarse y dejar de llorar.

Casualmente –aunque hay quienes dicen que nada es casual y que el tiempo de Dios es perfecto- en esos días también conversé con un destacado profesor de la Unimet quien me aseguró que, para poder vivir con tranquilidad en el país que actualmente tenemos, se repite como mantra: “soy lo que pienso”; por tanto, se asegura de pensar sólo en opciones que lo hagan sentir bien. “Y el cerebro les obedece, Mingo. Eso es pura Programación Neuro Lingüïstica. La gente que piensa de esa manera, obtiene todo lo que quiere porque no malgasta energías en pensamientos autodestructivos, compasivos o de derrota; sino todo lo contrario” me dice otra amiga, después de que le echo el cuento de la filosofía de Gerardo Antonio y del profe de la Unimet.

Sé que, a simple vista, no parece fácil. Mucho menos, la recomendación de mis amigos apunta hacia la construcción de una burbuja -que parezca la réplica de Disneyland-  y vivir dentro de ella. La realidad está ahí, y disfrazarla, causa más daños que beneficios. De pronto, me acuerdo de esas entrevistas que le hice a Jazmín Sambrano, una pionera en eso de la resiliencia, el superaprendizaje y las técnicas de relajación. Recuerdo que ella siempre hacía énfasis en la respiración (inhalar, retener, exhalar y esperar para volver a comenzar). Con distintos nombres, en esencia, todos convergen en una misma recomendación: somos nosotros los responsables de labrarnos nuestros éxitos o fracasos.

Y todas estas filosofías de vida -la metanoia, la resiliencia, la programación neurolingüística o los otros nombres que se le puedan dar a teorías similares- me parecen excelentes recomendaciones para que comencemos a aplicarlas a nuestra nación entera. Unirnos todos los venezolanos en un pensamiento que nos impulse a salir de esta situación en la que estamos encallados. O lloramos, o vendemos pañuelos… Yo me decidí por los pañuelos.

 

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