#Venezuela por José Domingo Blanco

Venezuela

 

Quienes me conocen, saben las razones por las cuales no me voy del país. Es más, este ha sido un tema que he planteado en algunos de mis artículos. Pero, el mejor ejemplo de mi apego a Venezuela, me lo dio mi pana Rafael: “Tú sigues siendo fanático de los Tiburones de la Guaira, a pesar de que, desde hace 30 años, no ganan. Sin embargo, tú sigues ahí: fiel a tu equipo. Para ti, todos los años, ¡es el año! Repites Tiburones Pa′ encima, con el orgullo de quien, ¡ahora sí! se sabe ganador. Nadie te convencería de apoyar a los Leones del Caracas. ¿Cierto o no? Lo mismo ocurre con los venezolanos que no queremos emigrar. Nadie nos convencería de que en otro lugar nos va a ir mejor, aun cuando en estos momentos las cosas no estén marchando como deberían”.

La conversación transcurre mientras desayuno con Rafael y su esposa en una trattoria italiana que, quién lo diría, sirven las mejores empanadas criollas que he probado en tiempo. Pero, es que así es nuestra Venezuela: un país noble que supo enamorar a esos emigrantes que huían de la postguerra y que se adueñaron de nuestras costumbres y nuestros sabores, a pesar de que al hablar no puedan esconder su procedencia. Mientras comemos, la esposa de Rafael, quien recientemente había pasado unos días en Miami, contaba cómo su familia –la que vive allá, la que emigró- no entendía por qué ellos seguían aquí, “en esta tierra de nadie, donde ocurren cosas tan horrendas”.

¿Será que los venezolanos que viven afuera conocen una realidad país que nosotros, que lo vivimos y padecemos, desconocemos? Llamó mucho mi atención algo que ella dijera: “son tan espantosas las cosas que se dicen de Venezuela afuera que, a veces creo que los venezolanos que emigraron desean que el país termine de hundirse para justificar que ellos tomaron la mejor decisión. No critico a quienes lo hicieron; pero, lo único que pido es que tampoco critiquen mi decisión de permanecer aquí. Llegaron al extremo de asegurar que Rafa y yo estamos equivocados y que, cuando queramos emigrar, será demasiado tarde. Nosotros queremos seguir echándole piernas en Venezuela. Que hay inseguridad; sí, es cierto, y mucha. Que hay escasez; nadie lo pone en duda. Pero, Venezuela es Venezuela Mingo, y nosotros vamos a seguir apostando a ella porque esta situación, algún día, estoy segura, se va a terminar”.

Más allá del respeto y la tolerancia a las decisiones que toma cada quien, su reflexión me hizo recordar un episodio reciente que viví con mi hija menor, a propósito de ese manejo de información –veraz o no- que tienen nuestros compatriotas en el extranjero. Estábamos a punto de entrar al cine, cuando mi muchacha recibe un mensaje en el celular de un familiar que vive en Estados Unidos preguntándole dónde estaba porque tenía información de que había disturbios por un intento de golpe de Estado. Es verdad que en Caracas – y el resto del país- la situación está muy tensa. Que el descontento crece aceleradamente y que la popularidad del régimen se resquebraja.  Pero, les puedo asegurar que, ese viernes, en ese Centro Comercial donde íbamos a ver una película, lo menos que había era una réplica del 4F… ¡gracias a Dios!

 

Uno el comentario de la esposa de Rafael con el de otra amiga, quien también recientemente visitó a su familia radicada en Florida. Su viaje, me comenta, básicamente era para ver –y no a través de Skype o Facetime- a sus padres y a su hermana, con quienes no se reunía personalmente desde hacía mucho tiempo. Por supuesto, me confiesa, que aprovechó para comprar jabones, desodorante, champú y otras cositas que, en otra época, jamás hubiera ni siquiera pensado meter en la maleta. Me cuenta con tristeza, que el primer lugar que quiso visitar fue el automercado, quizá para recordar que así, con estantes llenos, eran los mercados en Venezuela. Y que, rechazó una invitación de unos paisanos quienes querían llevarla a ver a un comediante venezolano, que vive en Miami, y hace un Stand Up Comedy “divertidísimo” sobre lo que ocurre en Venezuela. “No pude ir Mingo; cómo crees tú que voy a ir a un local, pagar y sentarme a ver a un compatriota haciendo chistes con lo que nosotros vivimos todos los días”.

La verdad, nuestra situación no está para más chistes. Aunque hay buen material para, más adelante, hacer de todo esto una gran parodia. Pero, en este instante, estamos en un momento crucial. Necesitamos echar el resto, proteger lo que nos queda y rescatar lo que se ha ido. Ya no para nosotros, porque la reconstrucción del país tardará años y quizá algunos no la viviremos. Pero, tenemos que pensar en nuestros hijos y en los cientos de jóvenes venezolanos que merecen tener una mejor Venezuela. Un país digno del cual puedan sentirse infinitamente orgullosos. Un país del que no necesiten marcharse porque aquí se les ofrece la seguridad, los empleos y las oportunidades de superarse que buscan. Que nuestros jóvenes salgan, para recorrer mundo, aprender de los contrastes y regresar a esta, su patria, para aplicar lo que vieron y aprendieron en otras naciones. Que nosotros -sus padres, sus abuelos- podamos decir con orgullo que nuestros hijos están triunfando -aquí, en su suelo natal- y haciendo grande a nuestra tierra.

 

@mingo_1

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