El día que Giordani salió por la cocina por Laura Helena Castillo

Giordani sale por la cocina

Foto: @robertodeniz

@laurahcastillo

“¿Cuándo será que van a llegar Chino y Nacho?”, dice un camarógrafo que lleva casi una hora esperando. La rueda de prensa convocada por los exministros de Hugo Chávez, Jorge Giordani y Héctor Navarro, comenzó tarde pero terminó temprano.

En el salón Maracaibo del Hotel El Conde hace calor. El aire acondicionado no alcanza para enfriar un cuarto pequeño con unos 40 reporteros, una decena de camarógrafos, las historias del 6-D y el vapor de la expectativa. Poco antes de comenzar la puerta principal quedó bloqueada: había demasiada gente. Los que entraron, entraron; y, para salir, había que pedir permiso –y perdón- a los demás. A lo Chino y Nacho.

Casi a las 11:00 am entraron por la puerta de atrás Giordani y Navarro. Evitaban atravesar la madeja de periodistas, como solía hacer el antiguo jefe de las finanzas del país en sus tiempos de ministro. Flashes y aplausos de algunos seguidores políticos. Los dos hombres se quedaron un rato mirando la convocatoria que su llamado había logrado. Parecían sorprendidos. La noche anterior el presidente Nicolás Maduro había hecho publicidad –a su manera-, a esta rueda de prensa.  No dijo los nombres de nadie, pero no hizo falta.

Primero habló Navarro. Dijo que lo que estaba ocurriendo en el país era una catástrofe y que ellos ya habían advertido las consecuencias políticas de los errores económicos. Dejó entrever que los diputados de oposición estaban tentados a acabar con los logros sociales de la revolución. Cito a Chávez. Leyó a Chávez. Recordó a Chávez. Y no mencionó a Maduro directamente. Después le tocó a Giordani, que leería unos pliegos que llevaba redactados. “Hay que refundir la república. No refundar, refundir los pedazos rotos”. Con cada línea que leía iba  mostrando más soltura, más ímpetu. Improvisaba, recordaba a su papá, a Pérez Jiménez, a Chávez. Manejó bien el volumen de la voz, dijo groserías. Dijo “jalabolas”.

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Llegaron las preguntas. Unas en orden, otras espontáneas. “¿Ellos me están interpelando aquí?”, preguntó Giordani a unos periodistas que lo interrogaban en coro. Ya no estaba tan cómodo. Hasta que, casi a las 12 del mediodía, sonó la sirena.

Sirena.

Gente volteando a la puerta.

Sirena. Más cerca. Como una ambulancia subiendo la escalera.

“Llegó el Sebin”, broméo alguien. Pero no dio risa.

Un hombre con megáfono: “UakjdsfajsdfMADUROñlkajsdkfjasdlMADUROñlakjsdñlajsfñsa. VENIMOS DEL 23 DE ENERO”. Era lo único que se entendía. Un coro le respondía. Eran muchos. Se identificaron como Grupo 23 de enero en vanguardia. No iban armados.

Giordani se puso de pie y caminó hacia la puerta por la que entró. La del fondo. Algunos periodistas logramos seguirlo y un buen grupo, sobre todo los camarógrafos de los canales de televisión, tuvieron que quedarse ahí cuidando los equipos. Bajamos por unas escaleras y llegamos al comedor de los trabajadores del hotel. Una mujer comía albóndigas con arroz en un tupperware.

-Buen provecho.

-Gracias.

Nos miraba, sin ningún interés, ir y venir desorientados por los intestinos del edificio. Entramos al restaurante por la cocina. “Venezuela es un laboratorio social, político, económico”, dice Giordani: ojos azules más azules, cara de resignación con topping de angustia. “Profesor Giordani, siéntese en la mesa del fondo para que no lo vean”, recomienda un hombre que parecía el encargado de la seguridad del hotel mientras trata de cerrar las puertas de vidrio.

—¡Tráiganme un palo de escoba para trancar!, grita empujando las puertas.

—¿Y de qué te va a servir un palo de escoba?, responde una mujer del grupo.

A través del vidrio oscuro se ve gente moverse. Se escuchan gritos.

Giordani se sienta unos segundos en el restaurante, pero vuelve a pararse. “¿Dónde está Héctor?”, dice. Está calmado pero no tanto como para conversar tomándose un jugo de guayaba. Le ofrecen salir de allí. Los periodistas lo grabamos, le tomamos fotos, algunos le hablamos. En eso estamos cuando salimos por una galería a la parte de atrás de la Asamblea Nacional. “Pero no le hagan fotos para que la gente no lo vea”, pide el empleado que no encontró el palo de escoba.

Salimos al bulevar. Se acerca la gente. Creen que es un diputado. Caminamos hacia la Baralt, unas motos pasan. Los que lo reconocen lo insultan. Ya no hay mucho ambiente Chino y Nacho. En la esquina de la avenida, el exministro de Finanzas se detiene y conversa con los periodistas que todavía lo siguen. Y ahí cae el chorro de agua desde un apartamento. Lo mojan. Mojan a los periodistas.

—¿Estará limpia?, es lo primero que se escucha. Se huelen las ropas.

Casi por el medio de la calle Giordani sube vía al Ávila. Nadie sabe a dónde va pero igual hacemos lo que él hace. Unos militares están frente a una tienda viendo sin entender nada. Él se acerca y los confronta. “Yo era ministro de Chávez y acabo de ser atacado. Pido protección”. Dos de los tres guardias se escurren; uno queda atrapado por el exministro, que habla con él.

Llega un carro para auxiliarlo. En todo el trayecto no se acercó ningún funcionario a ofrecerle protección a pesar del evidente desorden en la calle.

Justo antes de que el grupo que decía apoyar a Maduro disolviera la rueda de prensa, el periodista de The Wall Street Journal acababa de hacerles una pregunta a Giordani y Navarro: “¿Por qué ustedes están diciendo esto ahorita y no hace tres años?”. A los exministros de Chávez no les dio tiempo a responder. Los salvó la sirena.

Video de @robertodeniz (9 de diciembre de 2015)

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