La pregunta es si lo que quiere hoy la mayoría es la continuación del chavismo a cualquier coste
JUAN ARIAS15 ABR 2013 – 15:36 CET
A lo mejor sí. Pero la pregunta se impone: si Venezuela gozase de una democracia plena, como por ejemplo Brasil, ¿hubiese ganado las elecciones, Nicolás Maduro, indicado a dedo por Chávez antes de morir, con todo lo que ese gesto comportó de simbolismo emocional?
Nadie afirma que las elecciones venezolanas se hayan desarrollado con imposiciones dictatoriales abiertas. Nadie fue obligado a votar con violencia pero tampoco es posible afirmar que se celebraron con todos los crismas de una moderna y completa democracia. Por todo ello será difícil saber si el resultado de las urnas hubiese sido o no diferente en el caso de haberse celebrado de forma “normal”.
Por ejemplo, si Chávez, antes de morir, hubiese pedido a los venezolanos que votasen a su sucesor en total libertad, mirando el bien mayor del futuro del país, sin haber dado indicaciones personales. O que el opositor Henrique Capriles hubiese gozado de los mismos instrumentos de propaganda y libertad en su campaña que la de su contrincante, Nicolás Maduro, que hasta ha tenido el privilegio casi sobrenatural de una aparición de Chávez en forma de pájaro, cuya fuerza simbólica bien explicó en este diario Miguel Ángel Bastenier.
La pregunta es si lo que quiere hoy la mayoría de los venezolanos es la continuación del chavismo a cualquier coste o un país pacificado, próspero, que sepa usar sus riquezas naturales para el bien común y no como antaño para el enriquecimiento de unos pocos a costa de la miseria de la mayoría. Si el chavismo es exigido desde abajo o impuesto desde arriba.
Ha habido, por ejemplo, en la historia de las dictaduras europeas, casos en que ha sido el pueblo el que ha provocado el perpetuarse de esos autoritarismos. En otros casos puede que sea al revés, que el autoritarismo de un líder acabe forzando una forma autoritaria con cuño de eternidad.
Un autoritarismo, que sin las cadenas de una democracia controlada y vigilada, quizás no hubiese resistido. ¿Será el caso de Venezuela?
Por todos los análisis que estamos leyendo, lo que los venezolanos desean es vivir mejor, sin la losa de una inflación que aplasta siempre a los más pobres, sin tanta violencia en las calles y con sus riquezas usadas para su bienestar y no para pagar fidelidades ideológicas fuera de las fronteras nacionales. Y con la información sin mordazas.
Si a pesar de la conmoción de la muerte del líder carismático y del uso y abuso que de ese duelo se ha hecho en estas elecciones, Capriles ha conseguido conquistar casi la mitad de los votos, sería difícil afirmar que es el pueblo venezolano como un todo el que ratifica la continuación del chavismo sin Chávez.
El comentarista político, Reinaldo Azevedo, de la revista Veja hizo ayer, con los ojos puestos en las elecciones venezolanas, un agudo comentario en su blog : “Las modernas dictaduras prescinden de los tanques de guerra. Prefieren a veces las urnas que las legitime”, escribió.
Un peligro que, según algunos comentaristas políticos, comienza a serpentear en esa zona oscura de algunos populismos de América Latina, que son capaces de aparecer como democracias cuando en realidad se trata de artimañas para perpetuarse en el poder.
Las urnas, ellas solas, sin los demás instrumentos de una democracia completa que las hagan transparentes, pueden acabar legitimando decisiones que más que hijas de la libertad de los ciudadanos y de verdaderos ideales revolucionarios, acaban siendo los sueños de poder de quienes directa o indirectamente las manipulan.
Un cacerolazo masivo ensordece el país para protestar contra la negativa del Gobierno a recontar los votos
Capriles llama a protestar contra la proclamación de Maduro

“No somos Cuba, somos Venezuela”, “Maduro y Cilia Flores (su esposa) recoged los peroles”, gritaban centenares de opositores en la tarde del lunes en Plaza Altamira, en el centro de Caracas, para protestar contra la proclamación de Nicolás Maduro, el candidato chavista, como presidente electo y la negativa del régimen a recontar los votos de las elecciones del domingo. Poco después, a las ocho en punto de la noche, empezó un cacerolazo en las principales ciudades del país que ensordeció toda Venezuela. Ollas, sartenes, bocinas de automóvil, cualquier cosa servía para expresar el rechazo a lo que consideran un fraude electoral.
La concentración de los opositores, convocada a través de las redes sociales, era la expresión en la calle del pulso que mantienen desde quese conocieron los resultados electorales el Gobierno chavista y Henrique Capriles. “¡Por fin tenemos líder!”, decía una señora que había acudido a la Plaza Altamira con su familia. Los eslóganes, cánticos y bocinazos así como las basuras y neumáticos en llamas en algunas calles parecían el anticipo de lo que podría llegar a ser una primavera venezolana. “Hemos perdido el miedo. Por miedo llevan los chavistas 14 años en el poder”, decía un ingeniero de 23 años.
La Guardia Nacional disolvió la manifestación con gases lacrimógenos, pero enseguida recibió la orden de retirarse. En otros barrios de la capital, motorizados chavistas hicieron disparos al aire para amedrentar a los opositores.
También se registraron incidentes menores en otros puntos del país como en Barquisimeto, donde 10 antichavistas resultaron heridos. El líder de la oposición, que advirtió a sus seguidores que “es el momento de la razón y no de la emoción”, ha convocado para el miércoles marchas pacíficas contra las sedes del Consejo Nacional Electoral (CNE) en todo el país.
Por su parte, Maduro, en una conferencia de prensa celebrada en el Palacio de Miraflores, responsabilizó a Capriles de los incidentes violentos habidos durante el día y acusó a la derecha de planear un golpe de Estado. Ante dos grandes retratos de Simón Bolívar y entre amenazas y promesas, Maduro parecía solo en su laberinto.
El régimen proclama presidente a Nicolás Maduro sin esperar a un nuevo recuento de los votos como exige la oposición

LUIS PRADOS Caracas 15 ABR 2013 – 20:23 CET
Venezuela entró el lunes en un limbo político. La contestada victoria del candidato chavista Nicolás Maduro sobre el candidato opositor, Henrique Capriles, por menos de 300.000 votos, según los datos oficiales del controvertido Consejo Nacional Electoral (CNE), consagra la división de los venezolanos en dos mitades y pone fin al proyecto hegemónico de la Revolución Bolivariana. La crisis política se agudizó por la tarde cuando el CNE proclamó presidente electo por los próximos seis años a Maduro, el gran derrotado moral de estas elecciones, sin esperar al recuento de los votos que exige la oposición. En algunos barrios de Caracas estalló entonces una ensordecedora cacerolada con los ciudadanos haciendo ruido con todo lo que tenían a mano. También hubo grupos de opositores que bloquearon el tráfico en la autopista que cruza la capital de este a oeste.
La proclamación es considerada precipitada e ilegal por la oposición.Capriles había anunciado horas antes que había enviado una solicitud al CNE para que impidiera que se llevase a cabo. Anunció que de producirse la “cobarde” proclamación de Maduro, este se convertirá en “un presidente ilegitimo y espurio”. El líder opositor insistió en que no cejará hasta que se cuenten todos y cada uno de los votos. Maduro “seguirá encargado de la presidencia, pero los venezolanos tienen derecho a conocer la verdad”, añadió.
El CNE informó de los últimos datos de las elecciones con el 99,17% de los votos escrutados. La ventaja de Maduro sube al 1,7%, con 7.559.349 votos a su favor (55,756%) frente a 7.296.876 (48,98%) de Capriles. Una mínima diferencia que aún podría reducirse cuando se cuenten los votos de los 100.000 venezolanos que viven en el extranjero. Vicente Díaz, el único miembro no chavista de los cinco rectores del CNE, pidió una auditoría de las actas electorales sobre la que aún falta una decisión del tribunal electoral. La ley permite que se revisen el 54% de los votos, medida a la que Maduro no se opuso en la noche electoral.
El secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, manifestó el lunes su apoyo al “recuento completo” de los votos y ofreció la ayuda del organismo para llevarlo a cabo. En el mismo sentido se pronunció el Gobierno de EE UU. La presidenta del CNE, Tibisay Lucena, calificó esas iniciativas de “injerencias en la soberanía nacional”.
La reclamación opositora, basada en más de 3.000 irregularidades acreditadas, siembra de dudas el futuro inmediato del país. Estaba previsto que el nuevo presidente jurase su cargo ante la Asamblea Nacional el próximo día 19. “El recuento de los votos puede llevar semanas y más que dar un vuelco al resultado reducirá más la diferencia entre los dos candidatos. Lo probable es que acabe en una impugnación ante el Tribunal Supremo”, opina el analista Manuel Felipe Sierra. El último candidato que no reconoció un resultado fue Rómulo Betancourt , uno de los padres de la democracia venezolana, en 1958 cuando la caída de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.
También genera incertidumbre la capacidad de Maduro para gobernar en estas condiciones un país que atraviesa una complicadísima situación económica. “No podrá gobernar como si no hubiera pasado nada contra la mitad del país. Tiene que entablar un diálogo urgente con la oposición y abrirse a la inversión privada. Es un presidente muy débil y debe dar un cambio radical. Aferrarse al radicalismo sería un desastre”, afirma Armando Durán, exembajador en España.
La sensación de derrota entre los chavistas es indisimulable y ya han empezado a producirse movimientos internos que cuestionan el liderazgo de Maduro. Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional y vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), ha dicho que los resultados obligan a una profunda “autocrítica” y ha señalado en su cuenta de Twitter uno de los éxitos de Capriles al lamentar que algunos chavistas se dejaran seducir “por la derecha perversa”. Buena parte de los casi 700.000 sufragios más logrados ahora por Capriles respecto de las elecciones del pasado 7 de octubre se deben al trasvase de votos de sectores pobres a su candidatura.
“El proyecto hegemónico bolivariano ha muerto”, afirma César Miguel Rondón, conductor del programa de radio de mayor audiencia del país. “Los chavistas apostaron todo en la campaña a la deificación de Chávez y fallaron. Maduro actuó como el médium de una sesión de espiritismo nacional que fracasó”, añade Manuel Felipe Sierra.
Pese al abuso inmisericorde de los recursos del Estado a su favor y de los medios públicos, Maduro perdió más de 600.000 votos en comparación con los obtenidos por un Chávez ya gravemente enfermo en los comicios de octubre.
La victoria moral de Capriles refuerza su liderazgo de la oposición de una manera indiscutida y abre definitivamente una nueva página en la historia política de Venezuela.
Hubo una vez, hace poco, en que el chavismo radical detestó al nuevo presidente
EWALD SCHARFENBERG Caracas 15 ABR 2013 – 08:20 CET
Hubo una vez, hace poco, en que el chavismo radical detestó a Nicolás Maduro, elegido este domingo nuevo presidente de Venezuela hasta enero de 2019 con una ventaja de 1,5 por ciento (la oposición ya ha anunciado que impugnará estos resultados).
Era finales de abril de 2009. Maduro era ministro de Relaciones Exteriores y desde su despacho acababa de promover la extradición a Colombia, entonces bajo el gobierno de Álvaro Uribe, del director de la agencia de noticias de las FARC, Joaquín Pérez Becerra, residente en Suecia. El insurgente había llegado días antes a Caracas, al desembarcar de un vuelo desde París; tal vez dio por sentado que sería bienvenido por las autoridades venezolanas. Pero estas, en un arranque de Real Politik, apresaron al insurgente.
El Partido Comunista —un díscolo aliado del comandante— y otros movimientos sociales de la coalición gubernamental convocaron a una protesta contra Maduro frente a la sede de la Cancillería. Los mensajes de las pancartas que entonces se vieron no se ahorraban epítetos, como “Traidor” o “Perro de Juan Manuel Santos”, para Maduro, quien debió registrarlo como uno de los momentos más aciagos de su carrera política, que se inició en la Liga Socialista —un grupo de inspiración maoísta que, todavía en los años 80, servía de fachada a los últimos grupos guerrilleros mientras cultivaba su inserción en sectores obreros y universitarios— e incluyó pasantías de formación en Cuba en los años 80. Pero tragó grueso y pagó ese precio con tal de seguir a la letra las disposiciones de su líder y mentor, Hugo Chávez Frías.
El incidente no solo ilustra las dificultades que aguardan a Maduro en la conciliación de los diversos grupos ideológicos y de personalistas que hasta ahora se amalgamaban bajo el carisma del caudillismo. Muestra también cómo el exdirigente sindical se hizo una ruta para ascender entre la nomenklatura chavista mimetizándose hasta el extremo con las consignas del caudillo. La lealtad a Chávez se convirtió así en su santo y seña para adentrarse en el poder y, se diría, su emblema vital, que enarboló impúdicamente durante la campaña electoral.
Ese saber confundirse con la figura del jefe dio lugar a episodios jocosos. Por ejemplo, cuando Michael Moore, el cineasta y campeón de la intelligentsia liberal estadounidense, se cruzó en un hotel cinco estrellas de Venecia —Chávez estaba de gira europea mientras el norteamericano asistía al festival de la ciudad ducal—, contó el episodio en un Late Night Show de la cadena ABC, con Jimmy Kimmel. El cineasta de Michigan tomó siempre, tanto en Venecia como en Nueva York, a Maduro como “un guardaespaldas de Chávez”, el hombre que le abrió la puerta para ingresar a la habitación del presidente venezolano. El equívoco de Moore irritó a sectores progresistas norteamericanos y al propio gobierno de Venezuela, sus presuntos simpatizantes.
Maduro comparte con su mentor una gran capacidad de aprendizaje. En buena lid, representa un ejemplo de la permeabilidad social en Venezuela: de conductor de autobús que fue en el sistema del Metro de Caracas —también habría sido recolector de pasajes de autobuses interurbanos en los Andes venezolanos—, desempeñó la Cancillería y la vicepresidencia de la República antes de conquistar la primera magistratura.
Como canciller —según los cables del Departamento de Estado filtrados a Wikileaks— tuvo iniciativas propias (y furtivas) de acercamiento con los propios Estados Unidos e Israel, verdaderos anatemas para el chavismo. Pero a nombre y delegado por el presidente, tuvo participación activa en la consolidación del Alba y la creación del Celac, nuevos foros de integración latinoamericanos.
Fue fundamental para la detente Venezuela y Colombia de la administración Santos —ambos países casi llegaron a la guerra durante la presidencia colombiana de Álvaro Uribe—, y participó, con resultados disímiles, en el rescate de dos aliados de Chávez en las crisis institucionales de Honduras y Paraguay, como lo fueron Manuel Zelaya y Fernando Lugo.
De ratificarse su nuevo cargo, será el primer presidente, en muchos años, nacido en Caracas (en 1962). Su origen e historia son urbanos, rompiendo con una tradición de décadas en que los líderes venezolanos —como el propio Chávez— solían llevar en sus alforjas todavía la añoranza y muchos de los valores de la vida rural. De hecho, durante su campaña Maduro buscó distinguirse de su predecesor haciendo un hincapié sin precedentes en temas de la ciudad como la inseguridad en los barrios y ofreciendo apoyo a expresiones “del asfalto” como los artistas del rap y los patineteros.
Sin embargo, al quedar expuesto, ya sin la sombra del comandante revolucionario, dio pie a averiguaciones periodísticas que se empeñaron en detectar sus raíces colombianas, aún inconclusas, y que de llegar a una comprobación tal hubiesen podido inhabilitar a Maduro como candidato (la Constitución venezolana exige a los presidentes ser venezolanos de nacimiento). Entre el estado venezolano de Táchira y la provincia colombiana de Norte de Santander, colindantes, se hunde esa historia. Medios colombianos han comprobado que la madre de Maduro nació en Cúcuta, una industriosa ciudad colombiana cerca de la frontera con Venezuela, y que el padre del ahora presidente estudió no lejos de allí, en Ocaña, otra población colombiana. También rastrearon relatos populares en los barrios cucuteños de Carora y El Callejón, que dan cuenta de su paso adolescente por esos lugares.
Espigado, deportista, melómano —tuvo en su juventud una banda de rock, Enigma, en el sector El Valle de Caracas—, tiene un hijo de una relación anterior. Por lo fornido que es, se incorporó en 1994 como guardaespaldas al anillo de seguridad del recién liberado Hugo Chávez, que había purgado dos años de prisión tras su intentona de Golpe de Estado de 1992. Allí conocería a su actual pareja, una abogada de izquierdas que había asistido a Chávez en su defensa, Cilia Flores, actual Procuradora General de la República y en trance de convertirse en Primera Dama, un título que Maduro ha ofrecido cambiar por el de “Primera Combatiente de la República”.
El candidato de la oposición ha sido el cuerpo y alma de su campaña, recorriendo casa a casa más de 300 pueblos

Henrique Capriles sabe perder. “El que no logró la victoria fui yo, que el pueblo no se sienta derrotado”, dijo, la noche del 7 de octubre de 2012, minutos después de que las autoridades electorales anunciaran la cuarta reelección consecutiva de Hugo Chávez, con 55% de los votos, y haciendo suya la responsabilidad detrás del resultado adverso. Esa cualidad –mezcla de gallardía y responsabilidad– suele deparar triunfos futuros en Venezuela.
La noche de este 14 de abril, Capriles no se declaró vencido, cuando las autoridades electorales informaron que su contrincante, Nicolás Maduro, le aventajó con un 1,59% en el conteo final. Él, que esta vez obtuvo 679.099 votos más que en las presidenciales de diciembre, ha dicho que Maduro será el presidente del “mientras tanto”. La frase quedó grabada entre sus seguidores, como el “por ahora” que pronunció Hugo Chávez el 4 de febrero de 1992, cuando admitió su derrota como comandante de un fallido golpe de Estado contra el Gobierno de Carlos Andrés Pérez.
Capriles nació en Caracas, el 11 de julio de 1972. A los 40 años, ya ha competido por la Presidencia de Venezuela dos veces. Ha sido electo gobernador del capitalino Estado de Miranda -el segundo más poblado del país- dos veces. Y ha sido alcalde de Baruta -el segundo municipio más rico de los cinco que conforman la zona metropolitana de Caracas- dos veces, también. “En el camino, ha derrotado en las urnas a dos exvicepresidentes y hombres fuertes de la administración Chávez: al excapitán del Ejército y actual presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, en las regionales de 2008; y al actual canciller, Elías Jaua, en las regionales de diciembre de 2012. Para los comicios presidenciales de este domingo, se fijó como meta seguir la racha y vencer al tercer exvicepresidente del chavismo: Nicolás Maduro, actual presidente encargado de Venezuela y candidato a la sucesión escogido por Hugo Chávez, tres meses antes de su muerte. “Voy a derrotar la vieja política (…) He sido el alcalde de todos. Soy el gobernador de todos. Y quiero ser el presidente de todos los venezolanos, de los que piensan como yo y de los que piensen distinto a mí”, ha repetido Capriles en sus sucesivas campañas, incluyendo los últimos 14 años de Gobierno chavista en la sumatoria de lo caduco.
Capriles es abogado, egresado de la Universidad Católica “Andrés Bello” de Caracas en 1994. Comenzó su carrera política cuatro años después, cuando Chávez decidió procurar el poder a través de elecciones. En 1998 fue electo diputado con los votos del partido socialcristiano Copei. Hasta entonces, no había militado en ninguna organización política. Con 26 años, se convirtió en el presidente más joven que hasta entonces había tenido la Cámara de Diputados del antiguo Congreso bicameral de Venezuela. Su primera medida tras recibir el cargo fue solicitar una investigación por corrupción contra la antigua directiva del Parlamento, símbolo de la crisis de credibilidad que atravesaba entonces el sistema bipartidista que gobernó el país desde 1958 y hasta la llegada de Hugo Chávez al poder. “En esa época, a Henrique lo tildaron de chavista light, porque creía que era necesario refundar las instituciones y dio paso a esos cambios”, ha dicho sobre ese episodio Rafael Guzmán, compañero de universidad de Capriles y actual integrante de su comando campaña.
En 2004, Henrique Capriles fue acusado de participar como cómplice del asalto a la Embajada de Cuba en Caracas, ocurrido el 12 de abril de 2002, en medio del golpe de Estado que mantuvo a Hugo Chávez fuera del poder por 48 horas. Mientras se llevaba a cabo el juicio, estuvo cuatro meses preso en la antigua Dirección de Servicios de Inteligencia y Prevención de Venezuela (Disip). Durante los primeros 40 días de prisión, no se le permitió ver la luz del sol, hasta que el ex presidente estadounidense, Jimmy Carter, intercedió a su favor. En la cárcel jugaba a la lotería para matar el tiempo, apostaba por el número de días que llevaba preso, su fecha de nacimiento, el número interminable de jueces que se hicieron cargo de su caso.
En sus dos intentos por llegar a la presidencia, Henrique Capriles ha sido cuerpo y alma de sus campañas. En los últimos dos años, aún antes de que fuese escogido en primarias como candidato unitario de la oposición, Capriles ha recorrido casa a casa más de 300 pueblos. “Esta no ha sido una campaña basada en la publicidad ni en cuantiosos recursos. El corazón de la campaña he sido yo. Le he dado tres vueltas completas a Venezuela, he ido a pueblos que no visitaba un candidato presidencial desde la primera campaña de Carlos Andrés Pérez, hace más de 30 años”, dijo Capriles a El País, en septiembre de 2012. Su segunda campaña, la más corta de la historia democrática venezolana, tuvo menos de un mes de duración y fue un reto contra el tiempo y contra todo el peso del Estado, puesto al servicio de la candidatura oficialista.
Capriles es hombre supersticioso y a la vez, católico practicante. Utiliza el mismo par de zapatos en cada elección, desde 1998. Cada septiembre, cuando se celebran las fiestas de la Virgen del Valle, patrona del Oriente venezolano, Capriles viaja a la isla de Margarita para dejarle una oración y una ofrenda; lo ha hecho así durante los últimos ocho años. “Cuando Henrique estaba preso fue a visitarlo una señora que no conocíamos. Vino con una virgen del Valle y me pidió 20 minutos a solas con Henrique. Le dije que sí, ella entró, estuvo 20 min con Henrique y le dejó la Virgen. Nunca supe qué le dijo, pero a raíz de eso es la devoción de Henrique por la Virgen del Valle”, cuenta Mónica Radonski, madre del candidato. Más de la mitad de los regalos que ha recibido Capriles en sus giras de campaña por Venezuela son imágenes religiosas: rosarios, estampitas, cristos figuras de santos. “El tiempo de dios es perfecto”, solía repetir en sus arengas, para decirle a sus seguidores que el esfuerzo nunca es vano y que, más temprano que tarde, la victoria electoral en algún momento llegará.