Fue sembrándose poco a poco en la mente de los venezolanos. Como virus “inoculado” al mejor estilo de las conspiraciones de ciencia ficción que denuncia el gobierno a un promedio de una cada tres días, esta patología estuvo mucho tiempo latente y, dado el momento, se dejó ver con claros síntomas que traerían como consecuencia males mucho mayores que el de su propio origen. No es exclusivo de los tiempos del chavismo, pero en esta etapa tenemos muchos ejemplos que ilustran bien este mal que gracias a Dios tiene cura.
Era el 2005 y vivía en Ciudad Guayana. Recordaba que en reuniones de amigos siempre salía un “fatalista” diciendo que en algún momento nos racionarían el servicio eléctrico como en Cuba. La gran mayoría de los presentes contestábamos con estupor “no vale, eso aquí no pasará nunca”. Y es que era obvio que al menos en el estado que produce prácticamente toda la electricidad para Venezuela – estado Bolívar – con la mejor tecnología en Ingeniería Hidroeléctrica de América Latina, esta afirmación no pasaría de ser un chiste pesado.
Pero el racionamiento llegó. En el sur de Venezuela y en otras partes del país – menos Caracas – se iba la luz cada dos días por un lapso de tres a cuatro horas, y siempre, sin falta, los domingos de seis de la mañana a doce del mediodía. Todavía aturdidos por lo que estaba sucediendo, nuestro reclamo nunca llegó a mayores.
Ajustamos nuestro calendario a los días de cortes, programando salidas para aguantar las altas temperaturas de la región. En este estilo de vida trastocado pasamos al menos unos tres años, cuando de pronto comenzaron los mismos fatalistas a hablar de listas de racionamiento y de escasez. Nuevamente nos comparaban con Cuba. Decían que llegado el momento en el baño no habría papel higiénico sino papel periódico; que tendríamos que lavar la ropa con muy poco jabón, cuando lo encontráramos; que no tendríamos café, leche, pañales. Nuevamente no les creímos. “No, vale, eso nunca pasará aquí”, “Venezuela no es Cuba“, “son otros tiempos”, “esta es otra sociedad”, retumbaba al unísono en todas partes.
De pronto comenzaron a escasear productos en los mercados. Lo poco que había era peleado entre los vendedores informales que hicieron del “bachaqueo y los puesto ambulantes” su forma de vida y los consumidores que desesperados también se acostumbraron a hacer colas kilométricas, colas para todo, para llenar la bombona de gas, para pagar un servicio, para comprar harina, para todo.
En estas colas se ha visto de todo. Personas infartadas, robos organizados, peleas, disparos y hasta números marcados en la piel para “ordenar” tal caos.
Luego vino el tema de la falta de medicamentos. En las redes sociales y medios de comunicación social comenzamos a ver una ola de mensajes de servicio público pidiendo desde un yodo hasta un antirretroviral. Otra vez creímos que sería algo circunstancial y que no pasaría de un problema puntual. La historia fue exactamente igual a la de los alimentos y a la del servicio eléctrico.
Así han transcurrido los últimos años de nuestras vidas. Acostumbrados a este noísmo que se fue enquistando. Cual mecanismo de defensa, la negación fue nuestra más fuerte arma para sobrellevar una crisis que se agudizaba minuto a minuto. Los habitantes del interior del país, mucho más afectados por el simple hecho de no vivir en la capital, se vieron en la imposibilidad de recibir alimentos, productos de limpieza personal y medicamentos, los cuales eran enviados usualmente por familiares ante la escasez en sus regiones, pero que a causa de una interpretación de la Gaceta Oficial N° 40.351, promulgada por el gobierno nacional, la cual prohibía expresamente el envío de artículos de primera necesidad a Colombia, fue aplicada igualmente dentro del territorio nacional, vulnerando derechos y comprometiendo definitivamente la situación de millones de venezolanos que habitan las distintas zonas del país.
Ese miedo por la incertidumbre de tener un número considerable de funcionarios de Estado que lo único que saben es actuar reactivamente, que no le importan leyes ni principios, que en su accionar colérico contribuyen a contaminar aún más la ya golpeada situación nacional, fue un ingrediente fundamental para este noísmo tan chocante y que no nos representa realmente como sociedad.
Somos mucho más que eso, somos un país lleno de gente buena, trabajadora e inteligente. Hemos sido testigos de grandes logros, somos herederos de una historia envidiable y autores de otra que al día de hoy se está escribiendo. El noísmo no nos representa, no es nuestro, lo adoptamos sin querer, sin saber. Dejemos esta patología a un lado y enfoquémonos en atender los problemas primordiales y reforzar nuestras instituciones, las cuales ya sabemos están profundamente debilitadas por una buena cantidad de funcionarios sin escrúpulos, sin moral.
Discutamos, pero actuemos; Critiquemos, pero aportemos ¿Qué les parece si le hacemos frente a los problemas y aplacamos el noísmo? Seguro nos irá mejor.




