“Las pantuflas no se usan para correr”

Las historias de la Historia

Alocución de Rómulo Gallegos luego de haber sido víctima del golpe de Estado dirigido por el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud y el comandante Marcos Pérez Jiménez, noviembre de 1948

Han pasado 62 años. El 24 de noviembre de 1948 fue derrocado por un golpe militar el Presidente Rómulo Gallegos, con apenas nueve meses en el poder. Los días precedentes fueron un hervidero de rumores y tensiones. El jefe de Redacción de El Nacional, Miguel Otero Silva, entrevistó al Presidente, quien se esmeró, a sabiendas de la complejidad de la crisis, en transmitir un mensaje de tranquilidad. Así le dijo a MOS: “-Ni estoy caído, ni en plan de huida, amigo mío. Usted mismo me ha encontrado en pantuflas. Y las pantuflas no se usan para correr…”

En 118 años de historia republicana, ningún civil había podido gobernar como él quería hacerlo, con una Constitución democrática que le señalaba sus deberes y sus derechos, aprobada por una Asamblea Constituyente pluralista, elegida directamente por el pueblo. Al día siguiente de la entrevista con Otero Silva, el 19 de noviembre, Gallegos recibió en el Palacio de Miraflores a los teniente coroneles Carlos Delgado Chalbaud, Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez,  en compañía del Secretario General de la Presidencia, Gonzalo Barrios, único testigo. Los militares alzados le presentaron al Presidente un ultimátum: cinco  condiciones para dejarlo en el poder.

El ultimátum pretendía más que un golpe de Estado, un golpe contra la integridad ética del Presidente. Con inverosímil audacia, los conspiradores imaginaron que Gallegos podía ser Judas Iscariote. O, sea, que tramaron la muerte moral del gran escritor. Aquellas demandas equivalían a la rendición incondicional del jefe del Estado y a la toma del poder por los militares. La primera de las demandas dejó atónito a Gallegos. Le pedían que expulsara del país a Rómulo Betancourt. Las otras peticiones resultaban ociosas comparadas con la primera. La quinta y última, le solicitaba la “desvinculación con el partido Acción Democrática”.  Las tres condiciones restantes eran: a) prohibir el regreso del teniente coronel Mario R. Vargas, gravemente enfermo en Estados Unidos; b) sustitución del teniente coronel J. M Gámez Arellano, jefe de la Guarnición de Maracay, visiblemente leal al gobierno, y c) designación de los edecanes presidenciales por el Estado Mayor.

El Presidente respondió una por una las cinco condiciones. ¿La expulsión de Betancourt? Respondió que aquello equivaldría a la clásica inconsecuencia en la historia venezolana donde la traición pudo ser frecuente, y en la cual “no voy a incurrir por dignidad propia”. Si el teniente coronel Vargas, deseaba regresar a Venezuela, no sería él quien le impidiera venir a morir a su país. Del comandante de la guarnición de Maracay, la solicitud de remoción obedecía a la circunstancia de que “lo saben leal a mi gobierno”.  En cuanto a los edecanes, “son jóvenes militares que se sientan a mi mesa, con lo cual queda dicho que no renuncio al derecho de escogerlos personalmente”.

Aquel momento ilustró la impotencia del poder civil frente a la audacia de quienes comandaban las fuerzas militares y confiaban en la (sin) razón suprema del poder de fuego de los tanques y las ametralladoras. El 24, los militares dieron el golpe de Estado. El Presidente fue enviado al exilio. Y así comenzó una dictadura de diez años, 1948-1958.

Simón Alberto Consalvi

@SAConsalvi

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Alocución de Rómulo Gallegos luego de haber sido víctima del golpe de Estado dirigido por el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud y el comandante Marcos Pérez Jiménez, noviembre de 1948

Han pasado 62 años. El 24 de noviembre de 1948 fue derrocado por un golpe militar el Presidente Rómulo Gallegos, con apenas nueve meses en el poder. Los días precedentes fueron un hervidero de rumores y tensiones. El jefe de Redacción de El Nacional, Miguel Otero Silva, entrevistó al Presidente, quien se esmeró, a sabiendas de la complejidad de la crisis, en transmitir un mensaje de tranquilidad. Así le dijo a MOS: “-Ni estoy caído, ni en plan de huida, amigo mío. Usted mismo me ha encontrado en pantuflas. Y las pantuflas no se usan para correr…”

En 118 años de historia republicana, ningún civil había podido gobernar como él quería hacerlo, con una Constitución democrática que le señalaba sus deberes y sus derechos, aprobada por una Asamblea Constituyente pluralista, elegida directamente por el pueblo. Al día siguiente de la entrevista con Otero Silva, el 19 de noviembre, Gallegos recibió en el Palacio de Miraflores a los teniente coroneles Carlos Delgado Chalbaud, Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez,  en compañía del Secretario General de la Presidencia, Gonzalo Barrios, único testigo. Los militares alzados le presentaron al Presidente un ultimátum: cinco  condiciones para dejarlo en el poder.

El ultimátum pretendía más que un golpe de Estado, un golpe contra la integridad ética del Presidente. Con inverosímil audacia, los conspiradores imaginaron que Gallegos podía ser Judas Iscariote. O, sea, que tramaron la muerte moral del gran escritor. Aquellas demandas equivalían a la rendición incondicional del jefe del Estado y a la toma del poder por los militares. La primera de las demandas dejó atónito a Gallegos. Le pedían que expulsara del país a Rómulo Betancourt. Las otras peticiones resultaban ociosas comparadas con la primera. La quinta y última, le solicitaba la “desvinculación con el partido Acción Democrática”.  Las tres condiciones restantes eran: a) prohibir el regreso del teniente coronel Mario R. Vargas, gravemente enfermo en Estados Unidos; b) sustitución del teniente coronel J. M Gámez Arellano, jefe de la Guarnición de Maracay, visiblemente leal al gobierno, y c) designación de los edecanes presidenciales por el Estado Mayor.

El Presidente respondió una por una las cinco condiciones. ¿La expulsión de Betancourt? Respondió que aquello equivaldría a la clásica inconsecuencia en la historia venezolana donde la traición pudo ser frecuente, y en la cual “no voy a incurrir por dignidad propia”. Si el teniente coronel Vargas, deseaba regresar a Venezuela, no sería él quien le impidiera venir a morir a su país. Del comandante de la guarnición de Maracay, la solicitud de remoción obedecía a la circunstancia de que “lo saben leal a mi gobierno”.  En cuanto a los edecanes, “son jóvenes militares que se sientan a mi mesa, con lo cual queda dicho que no renuncio al derecho de escogerlos personalmente”.

Aquel momento ilustró la impotencia del poder civil frente a la audacia de quienes comandaban las fuerzas militares y confiaban en la (sin) razón suprema del poder de fuego de los tanques y las ametralladoras. El 24, los militares dieron el golpe de Estado. El Presidente fue enviado al exilio. Y así comenzó una dictadura de diez años, 1948-1958.

Simón Alberto Consalvi

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