
La vida de los seres humanos se compone de diversos ámbitos. El plano político, por ejemplo, nos resulta combatiente y contrastante. El ámbito laboral desarrolla nuestras capacidades para dar sustento a nuestra familia, en medio de los obstáculos. En lo social, cada quien sobrevive con sus propios medios, ante un Estado que se ocupa de todo, menos de servir. Cada uno, desde sus propios espacios y sin distinción alguna, batalla a diario una vida llena de retos.
Todas esas dificultades propias de la vida en comunidad se acentúan y endurecen ante la división. Ante el conflicto, cada quien se siente poseedor de la verdad y son pocas las zonas grises capaces de generar acuerdos. Vivimos en un país sin matices, partido en dos mitades separadas por un aparente abismo. Y sin embargo, esas diferencias externas ignoran las inmensas coincidencias que los ciudadanos comunes vivimos a diario, puertas adentro. Este domingo pasado, por ejemplo, fue el día del padre. Y todos, los de un lado y los del otro, tuvimos un día de convivencia familiar. Cuando eso ocurre, adversarios y enemigos se colocan en el mismo plano y comparten alegrías similares con los suyos. Felices coincidencias que suceden también en Navidad y Año Nuevo, y en tantos otros eventos.
Por eso, los ámbitos privados del individuo son los lugares donde todo lo amenazado se logra rescatar. Donde todos, independientemente de nuestras convicciones antagónicas, podemos ser lo que en realidad somos. Donde se nutren los afectos, la esperanza y la fe. Sería por tanto conveniente, que en medio de la celebración, como la del pasado domingo, cada quien volteara hacia el vecino, hacia el adversario que juzgamos incapaz de amar. Sería un buen comienzo para que cada uno se reconociera a sí mismo en el otro, cuando abraza a los suyos con el mismo cariño con el que lo hace la persona de la acera opuesta. Sería un buen comienzo que los venezolanos de a pie, intentáramos observarnos para coincidir en lo esencial. Sería un buen comienzo.
@GamezArcaya



