Al momento de escribir este artículo, aún es muy temprano para medir con precisión el efecto del escándalo del video en el que aparece el diputado de oposición Juan Carlos Caldera, en la campaña y en particular en las encuestas.
No obstante, entre la difusión de la grabación y la inmediata respuesta del candidato Capriles, queda una rendija para la distinción entre esfera política y esfera popular. La condena y la subsiguiente expulsión del diputado Caldera de las filas opositoras, buscaba romper con el status quo con el que se acostumbra callar hechos de corrupción en el país. Convirtiéndolos en algo tan cotidiano, como banal.
No podía Capriles dejar que el impacto de la emoción prevaleciera sobre la eficacia del mensaje alternativo que propone para suceder al nefasto régimen chavista. La comunicación política del candidato opositor, casualmente tiene como centro de gravedad, la pulcritud y la rectitud, no solo en el ejercicio político, sino en la administración de los bienes públicos.
De igual manera, la política moderna supone que siempre hay que decirle la verdad a los electores, a conciencia que de no ser así, los medios tarde o temprano se la terminarán diciendo a los ciudadanos. Pero la realidad venezolana no es tan inocente, por cuanto es bien sabido que una razón del Estado chavista tiene el peso y la fuerza necesaria como para disimular por mucho tiempo la verdad.
Obtener un superlativo provecho político, era el objetivo del régimen. Manchar la imagen del candidato opositor y al mismo tiempo, despojarlo de su hombre de confianza ante una instancia tan importante y decisiva, como lo es el CNE.
El golpe sin duda ha sido fuerte, muy fuerte. Entre el héroe salvador de la humanidad y el candidato normal, hay una dialéctica minuciosa, que puede fragilizarse ante cualquier ataque. Chávez no es un líder políticamente correcto, es un personaje al cual le produce placer el desperdiciar las ocasiones que se le presentan para mejorar y hasta limpiar su imagen. Es además, un hábil calculador, que continuamente recicla su propia basura, para ponerla al servicio de la bestia mediática que habita dentro de sí mismo. Es por ello, que en medio del actual fervor electoral, va a ser vital la distancia o la separación, que se establezca en la percepción de la cosa política, por parte de la prensa y de los electores.
Los marqueteiros de ambos lados, saben que si el raciocinio socio-político del país en su totalidad vuelve a la normalidad, la opción de triunfo para la opción opositora sería irreversible.
Pero como Chávez no se distingue por hacerle favores a su propio país y en virtud del uso y abuso que hace de su ventaja electoral, la cual es administrada por el aparato cubano, muy bien pudieron los experimentados agentes de Castro, detectar que el ingenuo Juan Carlos Caldera se preparaba a gritar fraude ante el CNE, y pensaron que lo mejor era, sacarlo del juego antes que fuera demasiado tarde.
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