A propósito del vigésimo aniversario del único “back to back” de la historia del beisbol de Grandes Ligas, protagonizado por los Ken Griffey, padre e hijo, me escribió un lector para preguntarme si existen otras marcas tan difíciles de romper.
Una de las máximas del beisbol es que “todos los records están para romperse”, algo muy cierto.
Dicen que dijo el “filósofo” Yogi Berra: “sabía que el record duraría hasta que alguien lo rompiera” .
En el caso de esta pareja, además de un récord, la única dupla padre e hijo en conectar jonrones consecutivos, debe darse la situación, empinadísima, de que el padre tenga una carrera larga, como la de Ken Griffey (22 temporadas) como para coincidir en una alineación y que ambos sean capaces de botarla y agreguemos que por el mismo lugar.
Pero hay otros registros que si bien no podemos decir que nunca serán rotos, es imposible imaginar que un pelotero pueda jugar 2632 juegos consecutivos para superar el record de Cal Ripken júnior. Ripken esperó casi 56 años para igualar la marca de Lou Gehrig y fueron 16 temporadas consecutivas sin faltar a un solo juego.
Luce imposible la marca de Ripken en tiempos en que los jugadores dejan de jugar por un malestar de gripe, nada criticable, pero es que Ripken también se enfermaba o le dolía la cabeza, pero jugaba.
Al Spaldin, el lanzador que ganó 54 juegos en 1875, cuando todavía la bola ensalivada era legal. Imagínense si hoy día un lanzador tiene poco más de 30 salidas, ¿quién podría llegar a ese número?
El récord de las 511 victorias de Cy Young, cuando vemos lo dificilísimo que es ganar 300. Antes un lanzador podía salir a pitchear en dias seguidos, ahora eso es impensable, por ejemplo.
Los 56 juegos consecutivos conectando imparables de Joe DiMaggio, a lo mejor llega un súper pelotero y lo logra, pero ciertamente no imagina uno cómo si ni Pete Rose pudo, exista otro capaz de semejante hazaña.
Los 4,256 imparables de Pete Rose, más allá de las consecuencias que tuvo para su historia el tema de las apuestas, el indiscutible “rey del hit” le dejó la vara muy alta en ese departamento. No pareciera que se pueden sumar tantos batazos a terreno de nadie como lo hizo Rose.
Tampoco llegar a las 1.406 bases robadas de Ricky Henderson, el mejor estafador de la historia del juego.
Y si Henderson no pudo superar el récord de 9 temporadas consecutivas siendo líder en estafas, como lo fue nuestro único Salón de la Fama, Luís Ernesto Aparicio Montiel, es difícil suponer que algún día aparezca un mortal capaz de emular al de Maracaibo.
Los 203 juegos consecutivos completos lanzados por Jack Taylor o Ted Williams, quien a los 39 años fue capaz embasarse 16 veces seguidas en la temporada de 1957.
Nick Altrock y el cubano Orestes “Minnie” Miñoso son los únicos que han podido participar en cinco décadas en las Grandes Ligas.
Este que tanto me gusta mencionar de Jim Palmer, el único lanzador, miembro del Salón de la Fama de Cooperstown, que en toda su carrera jamás permitió un jonrón con las bases llenas. En 19 temporadas (todas con los Orioles de Baltimore), 3.948 innings y 303 cuadrangulares permitidos.
Satchel Paige debutó a los 42 años de edad en 1948, la temporada siguiente a Jackie Robinson,el primer jugador de raza negra en las Mayores. Paige era un brillante lanzador que no estuvo antes por la barrera racial. Hoy en día sería prácticamente imposible un “roockie” de tantos años.
Y para terminar con una muy nuestra y con padre e hijo, como empezamos, el hecho de que un mismo receptor, en esta historia Baudilio Díaz, ya sido el receptor de dos juegos sin hits ni carreras, primero al padre Urbano Lugo padre y 14 años después a su hijo “Urbanito”, ambos contra el mismo equipo, Tiburones de la Guaira, en el mítico parque de la Ciudad Universitaria de Caracas.
Deben ser muchos más, así que espero que los amables lectores hagan su propia lista de marcas insuperables.
Si estos que recordé pueden alcanzarse, vale la pregunta ¿Se puede llegar al infinito?































