Se han filmado muchas películas de beisbol, pero definitivamente mis favoritas son las que cuentan el juego con amor o se basan en las maravillosas historias que han ocurrido en los diamantes.
The Pride of Yankees, con Gary Cooper, que cuenta la vida de Lou Gherig y que hay que ver con una caja de pañuelos.
The Soul of the Game, de Kevin Rodney Sullivan, con el guapísimo Blair Underwood como Jackie y Delroy Lindo como Satchel Paige, que trata sobre el debut de Jackie Robinson.
61 *, una cuidadosa producción de Billy Crystal, que narra cómo fue aquel 1961, en el que Roger Maris dejó atrás el record de batazos en una temporada de Babe Ruth, también para llorar varias veces y magníficmente dirigida por un Crystal que se muestra, no sólo como director, sino como gran romántico del juego, regalándonos imágenes que sólo pueden ser recuerdos de un niño que amaba el beisbol.
Babe, con el gordo John Goodman, insuperable en su personaje de Ruth, quien definitivamente fue un tipo especial.
Cobb, con Tommy Lee Jones, que a pesar de ser una historia sobre Ty Cobb, quien con su comportamiento muchas veces hizo avergonzar el beisbol, también nos acerca a una forma filosófica de ver la vida y el propio juego.
8 men Out, el drama de los Medias Blancas de 1919, el equipo que sucumbió a la mafia de las apuestas.
También sobre los “Medias Negras” con un toque de magia y ficción que uno agradecerá siempre, The field of dreams o Campo de Sueños, con Kevín Costner y James Earl Jones. Debe ser de las más hermosas que se han hecho.
Una para reírse a carcajadas, pero tal vez la que mejor describe lo que es un equipo por dentro, es Major League.
Otra muy divertida se unió hace poco a mis películas de beisbol, “Amor en juego” o Fever pitch, con la encantadora Drew Barrymore, porque además de la historia de amor, es una deliciosa forma de contar cómo terminó para los Medias Rojas la “Maldición del Bambino”.
A league of their own, con Tom Hanks, Maddona, Rossie O´Donnel y Gina Davis, en una actuación encantadora, comparable a su personaje de Thelma, en el clásico Thelma y Louise.
Bull Durham con Susan Sarandon, Kevin Costner y Tim Robins, una de amor y beisbol que nadie puede dejar de ver para entender muchas historias, como la de mi querida Amanda Gutiérrez con Géremy González en plena final Aragua-Caracas y que siguó en la Serie del Caribe, entre pitcheos y Choroní.
The Sandlot, también con James Earl Jones, que cuenta la historia de unos niños que quieren rescatar una pelota firmada por Babe Ruth.
Las películas de la “vida misma” que hablan de beisbol, superan en hazañas a las de ficción, por eso voy a contar de la vez que César Miguel Rondón, gran fanático del beisbol, me invitó a producir y a escribir con él y el cineasta Luís Alberto Lamata, un documental sobre la vida de Andrés Galarraga.
Antes de narrar la historia en detalles, quiero comenzar con una frase que soltó César después de nuestra primera entrevista con el gran Gato.
Habíamos pasado toda la tarde con Andrés averiguándole la vida, esa vida que comenzó en las calles de Chapellín y que el nos contaba como si hubiera sido normal todo por cuanto pasó para convertirse en uno de los jugadores venezolanos más grandes de su tiempo.
Al salir de su casa nos fuimos a un restaurante a celebrar por la gran historia que teníamos en el pequeño grabador.
César me dijo, aún emocionado, recapitulando todo lo oído: “Había momentos en los que no sabía si abrazarlo o aplaudirlo”.
Aquí va la historia que nos contó el Gato…
Su primer equipo fue el de Chapellín, una divisa integrada por puros muchachitos del barrio. El “Negro” Echenique, quien según Andrés era un excelente primera base que “las cogía todas”; “Toito”, que era catcher y buen bate; Luis Echenique, quien nunca se desligó del beisbol y aún hoy es entrenador de las Panteras de Alto Prado, una de las más exitosas divisas de la Liga Chucho Ramos de la Corporación Criollitos de Venezuela; “Pingüino” y “Pantera”, entre otros, todos participaron encantados en nuestra historia.
César decidió convertirlos en una suerte de “gran coro griego” y a lo largo de la película fueron apareciendo para confirmar con sus testimonios por qué Andrés fue quien se convirtió en el gran jugador que conoce el mundo.
Las primeras pelotas, como simpre en las historias del beisbol de la calle, eran hechas con cartoncitos de un cuarto de litro de jugo o leche, recubiertas de “teipe” apretadísimo, hasta que el cuadrado se convertía en una esférica que por el ateipado rebotaba, claro que de forma irregular, con bounces extraños y difíciles. Por lo mismo, si se es bueno fildeando ese garabato, cuando viene la pelota de verdad atraparla se hace menos difícil.
Los peores días para Andrés eran los sábados o domingos en los que había juego, pero amanecía lloviendo. Como todos los niños, se preguntaba por qué no llovía el lunes o el miercoles, para no ir al colegio.
Se quedaba durante horas mirando llover desde la ventana, hasta que finalmente escampaba y venía el desquite con una partida de chapitas en la plaza, cerca del puente.
Coinciden todos los grandes peloteros, específicamente los del Caribe, que batear chapitas ayuda a afinar la vista.
Los niños van a las bodegas y a las licorerías a buscarlas. Recolectan muchísimas y, claro, mientras más chapitas, más tiempo de juego.
Andrés era bueno con las chapitas, lo suyo no sólo era fuerza, sino también contacto, cosa que quedaría más que probada a lo largo de su carrera profesional, especialmente en 1993, cuando fue el Campeón Bate de la Liga Nacional con un astronómico promedio de .370. Superando a Tony Gwyn.
Un cuento común, no sólo de nuestro “coro griego”, sino también de Jorge Ray, fundador de la divisa “Ray Ran”, equipo al que pasaron casi todos los peloteros del Chapellín, incluyendo al joven Galarraga, es que una vez, jugando en la Base Aérea de La Carlota, uno de sus batazos se fue del campo, impactando en un avión de la Fuerza Aérea que estaba estacionado un poco más allá de la cerca, dejándole marcada la huella de la bola. A los minutos apareció un general reclamando por el golpe.
Lo maravilloso de esta historia es que fueron entrevistados por separado y todos, al recordar la anécdota, abrían los dedos índices y pulgares de las dos manos, haciendo un círculo, pero sin juntarlos, para explicar el tamaño del tatuaje que quedó en el fuselaje de la aereonave.
Con el “Ray Ran” Andrés disfrutó mucho de la vida del pelotero de beisbol menor, la competencia, el irse acostumbrando a la disciplina, al trabajo en equipo, el trabajo físico, la frustración de la derrota, la felicidad de ganar por un batazo oportuno, el apoyo de la familia y el idioma… En cada juego ratificaba que lo que más deseaba en la vida era ser un profesional de la pelota.
Andrés nos contó esta historia en su casa de West Palm Beach, unos días después de ponerse la segunda dosis de la quimioterapia a la que tuvo que someterse cuando le diagnosticaron el linfoma que lo alejó de los estadios en 1999.
Él mismo nos abrió la puerta cuando llegamos a su casa, que si bien está en un conjunto donde todas las casas tienen arquitectura y colores similares, la suya es fácil de distinguir, porque tiene en el porche una guacamaya de madera que cuelga sobre el timbre.
Estaba completamente pelón. Inmediatamente nos dijo, con su sonrisa imperturbable, que se había “raspado el coco” porque en verdad parecía un gato soltando el pelo.
No lo hemos conversado jamás, pero aquel recibimiento nos hizo sentir relajados a César Miguel y a mí para hacerle la entrevista inicial, porque se hace inevitable saber de alguien con cáncer e imaginárselo decaído. Pero Andrés seguía con su ánimo irreductible.
(continuará)





