¿Se puede gobernar así, se puede llevar adelante un país con ésta dirigencia, con una crisis asfixiante, con una legitimidad entre comillas y lo peor, con las manos llenas de sangre?
Sí se puede, en la Venezuela del castrochavismo. Un país en el que las instituciones dejaron a un lado su actividad genuina, para asegurarle a la Junta que hoy conforman Maduro y Cabello, la presidencia de la República hasta el 2019. Hasta pueden seguir destruyendo al país, persiguiendo líderes de oposición, cerrando medios de comunicación y martirizando estudiantes. La ley, sus leyes, se lo permiten. Puede escasear hasta lo más elemental, pueden cerrar las empresas, los hospitales convertirse en depósitos de seres humanos, la economía y las finanzas pueden extinguirse, pero Maduro y Cabello, siempre serán legítimos.
La palabra, legitimidad, aquí cobra varios sentidos, si lo consideramos desde una óptica moral o desde un punto de vista jurídico. Un extenso e interminable debate, a través de la historia de la humanidad, cuya respuesta está en la democracia. Maduro y Cabello, tienen derecho. Pero ante la manera de ejercerlo, no tienen moral alguna y en consecuencia perdieron toda legitimidad.
Honestidad, civilidad, fraternidad, buen sentido administrativo y conciencia ejecutiva y legislativa, son valores de la moral de un dirigente demócrata. La Junta, impuesta desde La Habana, no cumple con ninguna de las premisas de un régimen que se pretende democrático.
Sin embargo, los miembros de la Junta, lucen convencidos que van por el buen camino, poco les importa ser impopulares y no tener ningún crédito ante la opinión pública.
Ante ese escenario, ésta semana insurgieron los estudiantes. Pero no nos hagamos ilusiones, nunca se ha visto un político castrista renunciar al poder por la sola presión de los ciudadanos en la calle.
Mientras la dimisión de la Junta luce como una hipótesis improbable, sus miembros ante el regreso de la confrontación política directa como no se veía en Venezuela desde el año 2004, lucen desesperados buscando el pretexto político necesario, que les devuelva la autoridad, al menos en sus espíritus. Insisten en la necesidad del diálogo, mientras persiguen a Leopoldo López y con ello abrir una profunda zanja en la grieta que conforma la división de la llamada Unidad opositora. Con el objetivo de, restablecer, la cohabitación aquélla que se instituyó en mayo del 2003 pero que en la actualidad no tendría otro sentido político que el de la colaboración con un régimen supremamente ilegítimo. Capriles y la corriente del llamado chavismo sin Chávez, se inscriben en ésta opción, y consideran necesaria una redistribución de las fuerzas opositoras, sin una revisión profunda de la estrategia. Del lado del castromadurismo, tampoco se disponen a revisar su política.
Pero si los demócratas no abandonan la calle, ni sus legítimas reivindicaciones, el régimen estará en la obligación de escoger, y la selección no será a partir de una multiplicidad de opciones. Se hará a partir de lo que desde hace tiempo la opinión pública luce preparada, es decir, a sustituir éste régimen.
No voy a ser imprudente pronosticando, sabiendo que toda perspectiva de compartir el poder, la Junta, solo y en última instancia la visualiza con la corriente colaboradora de la oposición, algo que no pondrá fin, ni a la confusión, ni al desorden.
La tendencia ha de ser una sola. Plantarnos firmes, como antagonismo al castromadurismo, para primero contener su destructivo avance. Luego, la indignación ciudadana, le cederá el paso a una organización verdaderamente política y no solo electorera, que prepare una alternativa al mandato de Maduro.
Esa es la ruta.
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