Hugo cortico por Elizabeth Fuentes

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Angustiado con sus finanzas, como suelen estar los cineastas que trabajan condinero ajeno, Stone decidió mudarse de su mansión en California a unapartamentazo en Manhattan

Hace poco, y con la seriedad que lo caracteriza, el presidente Nicolás Maduro reveló que el cineasta Oliver Stone “está haciendo una película muy hermosa sobre nuestro comandante Chávez que seguramente en los próximos meses él terminará”. Que leído así, pareciera que sería el mismísimo Hugo Chávez quien, resucitando en la piel del cineasta, iba a terminar una película sobre sí mismo, lo cual probablemente habría sido su mayor ambición. Pero no. Dos veces no. Porque en menos de quince días, la representante del cineasta aclaró que Stone lo que estaba haciendo era un ensamblaje del material eliminado de Al sur de la frontera, y con las sobras Stone haría un cortometraje. Resulta que ese documental fue un fracaso porque “el éxito en el cine es una sala llena”, como dijo Chaplin, y en eso de tener éxito la izquierda exquisita nunca ha pegado ni una.

Lo cierto es que después de la aclaratoria se multiplicaron las dudas. ¿Por qué se tardó tanto el entourage de Stone en aclarar la noticia? ¿Será que la peli sí iba y después se arrepintió? ¿Será que ya le dieron un adelanto de la plata y se la va a gastar toda en el cortico que ya filmó? Y aquí es donde me fajé a especular: para mí, que Stone quería hacer su cosa y mandó a sus asistentes a investigar qué tal reaccionaría el mercado estadounidense porque, como sabemos, por aquí nadie tiene plata para ir al cine y mucho menos para ver una película repetida. Pero la investigación arrojó que la imagen de Hugo ya no seducía. Que en un capítulo de The Good Wife lo habían ridiculizado, que en la película Un Zoo en Casa, Matt Damon lo entrevistaba como a un “peligroso dictador” y Justin Bieber, poco después del fallecimiento del Comandante Eterno, hizo una parodia de Elton John en el funeral de Lady D, pero cambiando la letra por “Adiós Hugo Chávez…gracias por convertir a Caracas en la capital del secuestro…”, nada menos que en Saturday Night Life, el programa más visto en todo Estados Unidos, transmisión que, ese día, fue censurada en Venezuela.

Stone trató entonces de levantar la imagen del susodicho y envío una petición al The New York Times, firmada por los cuatro gatos de siempre, exigiéndole al diario que no le dijeran a Hugo déspota, autócrata, autoritario ni mucho menos caudillo, porque él había ganado un puño de elecciones democráticas, sin mencionar ni por asomo el dineral despilfarrado en cambiar votos por lavadoras, en asustar empleados públicos, los muertosvotantes o el brazalete encapuchado de Tibisay Lucena. Pero tampoco funcionó. La petición logró pocas firmas y no levantó ningún ruido.

Angustiado con sus finanzas, como suelen estar los cineastas que trabajan con dinero ajeno, Stone decidió mudarse de su mansión en California a un apartamentazo en Manhattan, muy cerquita del Hudson River para ” despertar cada mañana frente al agua y sentirme bien con mi vida”, como le explicó a la elitesca revista Arquitectural Digestque publicó detalles de su nuevo aposento.

Les cuento: aquello es de muerte lenta, aunque la decoración un pelo gay para mi gusto (y, ojo, no tengo nada contra los gays). El diseño interior lleva la firma de Geoffrey Bradfield e incluye en sus casi 200 metros cuadrados, alfombras de Phillipe Stark, vasos japoneses del siglo IX, dos manos gigantes de Buda como centros de mesa, cortinas de Lee Jofa, sofás diseñados por el propio Bradffield, sillas y otomanos de Kravet, paredes tapizadas por Ralph Laurent y nada menos que un Henry Moore en su dormitorio. En fin, hasta el papel tualé está firmado en aquel lujo de casa, todo bajo la rigurosa mirada del diseñador y el cineasta quienes afirmaron a la revista que, si el apartamento está al borde del río, pues debería tener tonos marinos “como si estuviésemos en un bote, pero que no se meciera”.

Habrá que imaginarlo ahora, sentado en su sofá Bradffield, sobre la alfombra Stark, frente al Henry Moore. O haciendo mercado en Whole Foods de Columbus Circle. O caminando por Manhattan sin que nadie lo asalte, tranquilazo pensando y pensando a cuál bobo embaucará esta vez para poder comprarse otro jarrón.

Publicado en: El Nacional

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Angustiado con sus finanzas, como suelen estar los cineastas que trabajan condinero ajeno, Stone decidió mudarse de su mansión en California a unapartamentazo en Manhattan

Hace poco, y con la seriedad que lo caracteriza, el presidente Nicolás Maduro reveló que el cineasta Oliver Stone “está haciendo una película muy hermosa sobre nuestro comandante Chávez que seguramente en los próximos meses él terminará”. Que leído así, pareciera que sería el mismísimo Hugo Chávez quien, resucitando en la piel del cineasta, iba a terminar una película sobre sí mismo, lo cual probablemente habría sido su mayor ambición. Pero no. Dos veces no. Porque en menos de quince días, la representante del cineasta aclaró que Stone lo que estaba haciendo era un ensamblaje del material eliminado de Al sur de la frontera, y con las sobras Stone haría un cortometraje. Resulta que ese documental fue un fracaso porque “el éxito en el cine es una sala llena”, como dijo Chaplin, y en eso de tener éxito la izquierda exquisita nunca ha pegado ni una.

Lo cierto es que después de la aclaratoria se multiplicaron las dudas. ¿Por qué se tardó tanto el entourage de Stone en aclarar la noticia? ¿Será que la peli sí iba y después se arrepintió? ¿Será que ya le dieron un adelanto de la plata y se la va a gastar toda en el cortico que ya filmó? Y aquí es donde me fajé a especular: para mí, que Stone quería hacer su cosa y mandó a sus asistentes a investigar qué tal reaccionaría el mercado estadounidense porque, como sabemos, por aquí nadie tiene plata para ir al cine y mucho menos para ver una película repetida. Pero la investigación arrojó que la imagen de Hugo ya no seducía. Que en un capítulo de The Good Wife lo habían ridiculizado, que en la película Un Zoo en Casa, Matt Damon lo entrevistaba como a un “peligroso dictador” y Justin Bieber, poco después del fallecimiento del Comandante Eterno, hizo una parodia de Elton John en el funeral de Lady D, pero cambiando la letra por “Adiós Hugo Chávez…gracias por convertir a Caracas en la capital del secuestro…”, nada menos que en Saturday Night Life, el programa más visto en todo Estados Unidos, transmisión que, ese día, fue censurada en Venezuela.

Stone trató entonces de levantar la imagen del susodicho y envío una petición al The New York Times, firmada por los cuatro gatos de siempre, exigiéndole al diario que no le dijeran a Hugo déspota, autócrata, autoritario ni mucho menos caudillo, porque él había ganado un puño de elecciones democráticas, sin mencionar ni por asomo el dineral despilfarrado en cambiar votos por lavadoras, en asustar empleados públicos, los muertosvotantes o el brazalete encapuchado de Tibisay Lucena. Pero tampoco funcionó. La petición logró pocas firmas y no levantó ningún ruido.

Angustiado con sus finanzas, como suelen estar los cineastas que trabajan con dinero ajeno, Stone decidió mudarse de su mansión en California a un apartamentazo en Manhattan, muy cerquita del Hudson River para ” despertar cada mañana frente al agua y sentirme bien con mi vida”, como le explicó a la elitesca revista Arquitectural Digestque publicó detalles de su nuevo aposento.

Les cuento: aquello es de muerte lenta, aunque la decoración un pelo gay para mi gusto (y, ojo, no tengo nada contra los gays). El diseño interior lleva la firma de Geoffrey Bradfield e incluye en sus casi 200 metros cuadrados, alfombras de Phillipe Stark, vasos japoneses del siglo IX, dos manos gigantes de Buda como centros de mesa, cortinas de Lee Jofa, sofás diseñados por el propio Bradffield, sillas y otomanos de Kravet, paredes tapizadas por Ralph Laurent y nada menos que un Henry Moore en su dormitorio. En fin, hasta el papel tualé está firmado en aquel lujo de casa, todo bajo la rigurosa mirada del diseñador y el cineasta quienes afirmaron a la revista que, si el apartamento está al borde del río, pues debería tener tonos marinos “como si estuviésemos en un bote, pero que no se meciera”.

Habrá que imaginarlo ahora, sentado en su sofá Bradffield, sobre la alfombra Stark, frente al Henry Moore. O haciendo mercado en Whole Foods de Columbus Circle. O caminando por Manhattan sin que nadie lo asalte, tranquilazo pensando y pensando a cuál bobo embaucará esta vez para poder comprarse otro jarrón.

Publicado en: El Nacional

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