Ha comenzado el final. Un gobierno desprovisto de carisma y de ideas, profundamente corrupto, ineficiente y mentiroso, entregado a la voluntad cubana, ha acelerado, sin quererlo, el fin de este ciclo. Giraron contra los fondos de la herencia popular de Chávez y dilapidaron su legado. A fuerza de torpezas, han ayudado a develar la realidad del “proceso”, un fenómeno político basado en un liderazgo emotivo pero desprovisto de sustento y viabilidad.
Por otra parte, Henrique Capriles ha surgido como el líder del país y no tanto como el líder del sector opositor. Huérfanos de guía, los que todavía creían en la revolución han comenzado a voltear la mirada hacia aquel que le habla con la verdad al país. De ahí la extraordinaria paradoja que tenemos luego de la elecciones del domingo: Maduro, con un triunfo cuestionado, ha perdido. Capriles, con una derrota aparente, ha ganado. Ante la mirada perpleja de los enchufados, Capriles ha dado un ejemplo de lucha frente a lo que parecía imposible. Ha despertado de su letargo al país entero. Su trabajo, su coraje y su amor por Venezuela han dado frutos. Ha superado el ventajismo atroz y la obscena parcialidad del árbitro. Por eso, Capriles es hoy un ejemplo para el mundo.
Frente a esta realidad, el candidato de los enchufados ha pronunciado la sentencia de su muerte política. En su patético discurso, la noche del 14, lleno de una arrogancia sin fundamento, ha ignorado lo que el país ha dicho. Ha huido hacia adelante. Ha despreciado a la mitad de Venezuela. Sus palabras reflejan el pánico generalizado de los enchufados, dibujado en los rostros de quienes le acompañaban en la tarima. Pero la escasez de inteligencia del candidato del entorno chavista no le ha permitido percatarse de su debilidad y con torpeza infinita ha acelerado el principio del fin.







