La lenta y dolorosa debacle de una moneda, por Alejandro Armas
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La lenta y dolorosa debacle de una moneda, por Alejandro Armas

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Bolívares

“¡Bolívar! ¡Bolívar! ¡Bolívar!” ¡Cómo invocan al amo de los valles de Aragua! Siempre he creído que apelar a una emoción como el nacionalismo para movilizar a las masas es mucho más sencillo que hacerlas leer Misère de la philosophie. Por ello, la ultraizquierda descubrió los beneficios del orgullo patriótico, muy a pesar de que el barbudo de Tréveris pregonó la unión del proletariado mundial contra los Estados y de que Lenin clamó con furia que “los trabajadores no tienen patria”. Los símbolos y mitos de la nación tienen que ser por ello no solamente incorporados, sino reclamados con criterio de exclusividad por la revolución. En este caso, hasta el apellido del Libertador fue plegado al nombre del proceso. El chavismo se autoproclama heredero único de Bolívar, con la misión de completar su legado y reestablecer su recuerdo en el sitio de gloria que le corresponde. ¡Y vaya que ha tenido éxito! Solo juzguen a partir del hecho de que los venezolanos huyen despavoridos de la moneda bautizada en honor a Bolívar y de los billetes que tienen su rostro impreso. Nadie los quiere porque nadie desea portar un bien de cambio que pierde valor de forma aceleradísima. Cualquier otro activo sirve como mejor refugio, pero sobre todo los ciudadanos buscan con desespero la divisa del detestado “imperio”. La gente prefiere infinitamente más los papeles con la cara de Washington. Vaya prodigio bolivariano y antiimperialista.

En un sistema de dinero fiduciario en el que la gente pierde la confianza de las autoridades a cargo de la estabilidad monetaria, no surge una mejor idea que la de emitir bolívares sin descanso y, sobre todo, sin respaldo, lo que les quita aun más valor. Cada vez más dinero persiguiendo cada vez menos bienes. Ley de oferta y demanda que algunos devotos de Das Kapital se niegan con fanatismo a aceptar. Para muchos economistas, el bolívar ya es irrecuperable y tendría que ser reemplazado por otra moneda, nacional o extranjera. Sin embargo, los acontecimientos recientes serían tan solo el inicio de la etapa terminal de una enfermedad que se originó en los años 70 y tuvo su primer síntoma se pudo ver en 1983.

El domingo pasado se cumplieron exactamente 35 años del llamado Viernes Negro. Los venezolanos entonces venían de una verdadera “petroborrachera” que, como todo estado de embriaguez, implicó alegría desmedida sin considerar las consecuencias. ¡Ah, los “ta’ barato, dame dos” gastando dólares a mansalva en parques temáticos de Orlando o en tiendas de ropa de Miami Beach! Con unos niveles de inflación sin precedentes a finales de los años 70 (pero bien, bien lejos de la locura actual), lo que siguió fue una caída en los precios del crudo, un descenso en las reservas internacionales y una fuga de capitales. Entonces los venezolanos escucharon de las autoridades dos expresiones ajenas a sus oídos: devaluación y control de cambio. ¡Oh, el “Búfalo” Díaz Bruzual en su oficina de Carmelitas!

No solamente desde aquel 18 de febrero el dólar empezó a costar más de los Bs 4,30 a los que todo el mundo estaba acostumbrado, sino que ya no sería tan sencillo como ir a la casa de cambio más cercana y comprar verdes. Nació Recadi y durante el sexenio que duró pasaron esas cosas que las regulaciones cambiarias suelen traer. A saber, el bolívar siguió devaluándose, los desequilibrios macroeconómicos siguieron y la corrupción hizo fiesta. El mecanismo de control de cambio prestó su nombre para uno de los casos de mal manejo de recursos públicos más infames de la mal llamada “cuarta república”. ¡Ay, memoria que nos traes la imagen de Ho Fuk Wing tras las rejas!

Por correrse tanto la arruga, la década siguiente fue aun peor. Hubo intentos accidentados de tomar el rumbo correcto, pero con otro control (la menos recordada OTAC) clavado en el medio. Dos años más de supuesta medicina que termina complicando al paciente. Además, los logros obtenidos por las decisiones acertadas se vieron totalmente opacados por la falta de medidas que mitigaran los efectos secundarios dolorosos para los más pobres, lo que permitió que la demagogia fuera favorecida por las masas (así como por buena parte de las elites).

Como puede verse, una parte no despreciable de la responsabilidad en la debacle del bolívar la cargan los gobiernos del período democrático, con sus políticas económicas erradas. No obstante, resulta trágicamente irónico que quienes llegaron al poder sobre la base de romper con todas las taras de dicha fase histórica replicaron algunas de sus malas prácticas y las elevaron a la enésima potencia. Es así como en 2003 empieza el tercer y más prolongado de los controles de cambio en Venezuela, que ya cuenta con más del doble de la duración que tuvo Recadi. Para colmo, un año después inició otra petroborrachera, una que dejaría en pañales a la de los años 70. Tantos dólares entraron al país que por un buen tiempo fue posible disimular el carácter artificial de la paridad entre el bolívar y la moneda norteamericana. Había que pasar por el fastidio de la carpeta, claro, pero todos tenían su cupo asegurado. Como en una segunda etapa de “ta’ barato, dames dos”, los venezolanos volvieron a viajar a destinos lujosos, con divisas subsidiadas por el Estado. No importaron las advertencias de economistas sobre el daño que más temprano que tarde golpearía a todos. No importaron las lecciones del pasado sobre pobres resultados y corrupción. El Gobierno y, hay que reconocerlo, la sociedad en general consintieron que el control se mantuviera.

Pero así como esta nueva petroborrachera superó con creces la anterior en cuanto a ingresos y excesos, igualmente lo hizo en cuanto al tamaño del ratón que eventualmente vendría a roernos la felicidad a todos. La inflación siguió imbatible, al punto de que en 2008 las autoridades intentaron un truco de prestidigitación monetaria al quitarle tres ceros al bolívar, como si ello abaratara las cosas por arte de magia. Un aparato empresarial cada vez más limitado por regulaciones bajó drásticamente la producción nacional, mientras que la caída en la renta petrolera significó menos divisas para llenar el vacío con importaciones. Escasez. Una reducción en el ingreso por ventas de crudo significó igualmente menos divisas para repartir y el desarrollo de un mercado paralelo y especulativo cada vez más influyente en la economía. Entonces, el control mutó. A la original Cadivi se le agregó el Sitme. No sirvió. Ambos fueron reemplazados por el Cencoex y el Sicad. Luego vinieron el Sicad II, el Simadi, el Dipro, el Dicom y el “nuevo” Dicom. Todos fueron fundados bajo la premisa de quebrarle el brazo al dólar innombrable. Los resultados están a la vista.

Así pues, tras 35 años de regulaciones y otros entuertos económicos, hagamos un balance sobre la evolución del bolívar. Aunque su peso hoy es indiscutible, omitamos a Dólar Today para limitarnos a lo que el propio Gobierno reconoce. El Dicom ya no entrega dólares, sino euros, pero es posible establecer un tipo de cambio oficial indirecto con la moneda estadounidense. Según el BCV, en la última subasta cada euro tuvo un valor de Bs 31.131,10. Eso significa que cada dólar cuesta un poco más de Bs 29.000 Léase bien: sin considerar la reconversión monetaria de 2008, en 35 años el dólar pasó de Bs 4,30 a más de 29.000.000. ¡Perdió 99,99% de su valor! Esto, dicho en términos prácticos, es una desaparición total.

Lo único peor que todo este examen es el hecho de que no hay ninguna señal de correctivos en el horizonte. Sin aumentos en el ingreso petrolero ni en la redaudación fiscal real, el Gobierno inunda el país de subsidios en bonos que, según advierten los especialistas, no tienen ningún soporte y generarán más distorsiones que perjudiquen al bolívar. Mientras, el Ejecutivo presenta una supuesta criptomoneda como salvación … En un país donde la conexión a Internet es un dolor de cabeza para los ciudadanos y los apagones se suceden sin parar. ¡Viento en popa! ¡Viva Bolívar!

@AAAD25

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