El costo del subsidio a la gasolina va más allá de los 20 mil millones de dólares al año ó el 8,5% del PIB: su verdadero costo es en esencia social, pues hace al pobre más pobre, y más miserable, y despoja al venezolano de a pie del derecho a la educación, la salud, la seguridad social y ciudadana. Es inmoral desear que haya gasas en los hospitales, recursos en las escuelas, o ciudadanos, en vez de malandros, si no pagamos impuestos y el dinero que debería ir a la educación, la salud, el deporte y la seguridad social van a “abaratar” la gasolina. La frecuente excusa “si eliminan el subsidio a la gasolina, los gobiernos se robarían el dinero” refleja la cultura del “merecer sin aportar”, y del “esperar sin contribuir”; pero, sobre todo, esconde una visión inmoral del problema, pues, lo ético sería protestar contra todo robo o malversación que lleven a cabo los gobiernos, y no contra la eliminación del impúdico subsidio a la gasolina (que no me deteste el lector).

Los economistas estamos tan claros al respecto que, me atrevo a afirmar que la transformación del país no ocurrirá mientras cada quien no pague por lo que consuma y persistan los subsidios, entre ellos el más maligno, como lo es el subsidio a la gasolina; y lo digo, no porque un subsidio en particular sea per se la razón de nuestro estancamiento, sino porque mientras exista, con certeza, no habrá cambiado aún nuestra forma de pensar: vivimos en un país, donde todos merecemos lo mismo, pero no todos aportamos igual; donde el emprendedor eficiente y exitoso es un ladrón, y el ladrón un gran emprendedor; un país, donde estamos más pendientes de recibir del Estado que de aportar a la sociedad; donde nos organizamos óptimamente para acceder y echarle mano a la “renta petrolera”, más que para destinarla a la modernización, la inversión y la transformación; en fin, estamos en un país cuyos valores e instituciones deben cambiar para superar su atraso.

En todo caso, en algún momento se tendrá que ajustar el precio interno de la gasolina y los hidrocarburos; cuando ocurra, en vez de salir a protestar, piensa en tu futuro, tu país, tus hijos, tus nietos. Piensa en que ellos querrán vivir en un país en donde haya seguridad, y en donde se formen ciudadanos educados, libres y sanos, no desechos sociales, excluidos o malandros, producto de un sistema que les niega el acceso a la educación, a la salud, la seguridad social, o el deporte, al dedicar buena parte de los recursos a abaratar la gasolina de los supuestos privilegiados, que al final en verdad somos también perdedores, puesto que padecemos el vivir en un país sin seguridad, sin respeto, educación, sin salud, estancado y, por ahora, sin futuro.

El subsidio a la gasolina es uno de los rasgos esenciales del petropopulismo venezolano; particularmente, es el subsidio más perverso, puesto que “favorece” a los más pudientes y a la clase media, a costa de los pobres, quienes, por ignorancia, son los primeros en salir a protestar en contra de cualquier intento de reducirlo. El pobre, y quien no tiene carro, probablemente no protestaría si se le explicase que detrás de la gasolina “barata” descansa un alto costo para el país, que implica una menor probabilidad de educarse, vivir sano, tener acceso a una seguridad social de primera, y ser incluido en la sociedad. Probablemente, la trampa está en que, para entenderlo, se requiere de por sí educación.

El costo del subsidio es cercano a unos 19,9 mil millones de dólares, ó casi 8,5% del PIB, y no 2,7 mil millones de dólares, ó 1,2% del PIB como erradamente muchos estiman, al asumir que el cálculo debe efectuarse en base al costo de producir un barril, digamos 15$, en vez de en base al costo de oportunidad de poder venderlo a precio internacional, digamos 87$/barril (87$/barril podría ser un buen estimado del precio medio para 2011). Otros costos no despreciables incluyen el costo ambiental y el costo del detestable tráfico, que el ciudadano tiene que afrontar. En todo caso, el mayor costo, ya lo dije, es, sin duda, el costo social.

Nota: Estoy consciente de que este artículo podría molestar a más de uno; y entiendo que, muchos no conozcan otra Venezuela, sino la de la gasolina “barata”; pero, igualmente, estoy consciente que el tema, por definición, es conflictivo, ya que más educación y salud para los excluidos implica en el corto plazo menos subsidio para mí y usted, el lector. Pero, piense que, el alza de la gasolina, y la eliminación del subsidio, sería algo gradual, y que con el paso del tiempo usted podrá entender que más que quitársele un beneficio, estaría en la práctica cambiándosele por uno mejor: sí, por un país mejor.

Ángel García Banchs

PhD en Economía Política de la

Universidad de Siena, Italia y

Profesor del CENDES y FACES/UCV

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