Hace ya varios años, Fukuyama decretó –equivocadamente– el “fin de la Historia” y con ella, el de las ideologías. Precisamente a partir de ese momento, su aseveración alentó un debate que demostró que aún existía mucho por discutir y comprender sobre las maneras en que una sociedad debe funcionar y cómo debe organizarse. Aunque los tiempos de los grandes metarrelatos y los grandes sujetos políticos ya lucen pasados de moda, el mundo se sigue preguntando cómo seguir democratizando la democracia más allá de una simple y estricta dimensión política, cómo implementar modelos económicos que no empobrezcan o debiliten a las naciones y cómo abordar otros temas referidos al mejor uso de las energías o la unión de parejas del mismo sexo, por tan sólo citar un par de ejemplos de vibrante actualidad. En Venezuela, seguimos debatiendo temas como las formas de la democracia o bien el ya vetusto esquema de socialismo versus capitalismo.

Aunque el discurso oficial tiene más de comunicación y persuasión política que de ideología en su sentido más estricto, justo es reconocer que desde hace años ha planteado una discusión que ha contribuido a repolitizar a muchos venezolanos que hoy hablan de categorías y esquemas cuando antes no lo hacían. Han sido pues, ideológica y simbólicamente incluidos. Al margen de nuestras valoraciones, para bien o para mal, se ha colocado en el escenario una propuesta de cómo organizarnos y una forma de gobernar. Se ha dibujado una propuesta que pretende sustituir a la libertad por una igualdad a secas, anclada en un discurso de justicia social que ha rayado en el revanchismo. La “nomenklatura” y su principal líder, sus seguidores y simpatizantes han presentado una visión, o de modo más preciso, un relato: sí, lleno de simplificaciones, sofismas y manipulaciones, no cabe duda. Lo que es aún peor: ha propuesto una visión que en el fondo está reñida en muchas dimensiones con nuestros esquemas culturales tradicionales.

Pero otra cosa es cierta: este relato no ha tenido un adversario lo suficientemente fuerte. Durante mucho tiempo, la “ideología oficial” ha estado sola en el escenario llenando casi, si no todos los espacios. Por supuesto, han sido muchas las críticas y desmitificaciones planteadas, pero quienes se oponen no han contado con un relato alternativo lo suficientemente robusto y atractivo. En el fondo, no es porque no hayan querido tenerlo, sino porque no ha habido una tarea de construcción del mismo. Muchos se han empeñado sólo en quedarse en la negación, cuando oportuno es proponer algo ideológica y consistentemente diferente.

Empezando desde los mismos partidos, ¿cuándo fue la última convención que hayamos visto en el que se dio alguna discusión de fondo sobre aspectos programáticos e ideológicos en estas organizaciones? Muchos se creyeron la versión de que las ideologías habían muerto. Se equivocaron. Hoy más que nunca, se solicitan ideas.

 

Edgard Gutiérrez

@gedgard

 

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