¿De quién es la culpa? por Carlos Dorado

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Somalia es uno de los cuatro países del mundo en los que la hambruna se extiende a mayor velocidad. La situación es parecida en Sudán del Sur, en Yemen y en el noreste de Nigeria. En estos cuatro países, más de 20 millones de personas pueden morir de hambre, y no en un futuro próximo, sino ya.

Pero estos 20 millones de personas que pueden morir de hambre en semanas, sólo son la parte más visible del problema. La parte más importante del drama se resume en una cifra: 800 millones de personas siguen pasando hambre en la Tierra. Es decir, uno de cada nueve habitantes del planeta hoy en día pasa hambre. El coordinador de la ayuda de emergencia de la ONU, Stephen O’Brien, declaró que: “el mundo se encuentra ante la mayor crisis humanitaria, desde la Segunda Guerra Mundial”.

Tomando en cuenta que los pobres del mundo dedican el 70 por ciento de sus ingresos a comprar alimentos. Una subida de los precios del arroz, el trigo o el maíz, representa una rápida amenaza de muerte para millones de personas.

Durante siglos, los agricultores vendían sus cosechas en los diferentes mercados, a un precio fijado de acuerdo a la oferta y la demanda real de los mismos. Hasta que llegaron los “futuros y opciones”, unos instrumentos financieros, los cuales son acuerdos sobre el precio de compra y venta de los alimentos a una determinada fecha en el futuro.

Fue en los años noventa, cuando a los bancos se les permitió mantener grandes posiciones en el mercado de futuros de los alimentos. No contentos con esto, se crearon los “fondos indexados”, que agrupan contratos para diferentes productos alimentarios, como: maíz, arroz, trigo, etc.

De ese modo, los grandes inversores y fondos dispuestos a enriquecerse con la comida del planeta, se abalanzaron sobre estos productos financieros, y alteraron el comportamiento normal de los precios de los alimentos. ¿Consecuencias? Sólo en el 2010 las subidas de los precios, como resultado de la especulación financiera llevaron a que 44 millones de personas cayeran por debajo del umbral de la pobreza.

Numerosas organizaciones humanitarias, a las que se ha unido el Papa, exigen que se ponga fin a la especulación financiera con los alimentos. En 2014, la Unión Europea trató de quedar bien y sacó una normativa; pero que resultó ser una pantomima “influenciada por el lobby financiero internacional” al establecer, que un inversor individual puede tener hasta el 35 por ciento de las posiciones de los productos alimentarios, lo que significa que, en teoría tres inversores podrían controlar todo el mercado bursátil de los alimentos a nivel mundial.

Las autoridades reguladoras de los países desarrollados, son las únicas que pueden parar esto. Si no lo hacen, los necesitados del mundo quedarán indefensos, a merced de los especuladores, que tienen en sus manos una de las armas de destrucción masivas más eficientes; pero también más rentables.

Es verdad, que hay países, que por la ineficiencia de sus gobernantes, no logran desarrollar políticas económicas que les garanticen a sus ciudadanos cubrir la necesidad más básica de cualquier ser humano: comer; pero no es menos cierto que el hambre a nivel mundial, se debe en buena parte a la falta de voluntad política de los países desarrollados al permitir que se especule con lo más sagrado: la alimentación.

¿De quién es la culpa? Mientras tanto, los pobres son las víctimas de un juego global con el que otros se enriquecen: la especulación alimentaria en Bolsa.

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