Gloria y Adle, por Sebastián de la Nuez

 

Las noticias que llegan a España desde Venezuela son terribles, causan una desazón que llega al alma. Desde esta parte del mundo donde mora la diáspora se añora un país, se valora todavía más a las mujeres que han echado sobre sus hombros la ardorosa carga de mantener la esperanza

 

@sdelanuez

 

En España se está hablando menos del caso venezolano porque la crisis que han impulsado los separatistas de Cataluña le ha robado supremacía noticiosa. Pero periódicos como ABC y El País mantienen constante atención. En muchas ocasiones, cuando leo posts o tuits en las redes sociales me acuerdo del libro «Las culturas fracasadas» y del concepto al cual José Antonio Marina alude una y otra vez, el de inteligencia social, que es la capacidad que tienen las sociedades de ampliar las posibilidades vitales de sus ciudadanos.

Por supuesto, debe haber muchas maneras de ampliar esas posibilidades vitales. Una manera simplista de resumirlas o compendiarlas, y dar la receta fácil para Venezuela, sería algo así como «ponga en práctica todo lo contrario a lo que ha hecho el chavismo durante estos veinte años»: tendría pleno sentido puesto que, haya sido adrede o no, el resultado de las políticas sociales en las últimas dos décadas ha sido, sin dudas, el socavamiento de las capacidades vitales de la sociedad en todo sentido, en todos los ámbitos.

Pero no es así de fácil dar fórmulas inapelables. La belleza de todo esto, si es que la hay dentro de la tragedia, es que la manera ardua de fortalecer la sociedad, empoderándola con herramientas y no con dádivas, fortaleciendo el tejido social, se ha venido dando, es un fenómeno constatable en la realidad. Existe un país paralelo, ajeno al chavismo, o que pervive a pesar del chavismo. No es un programa de gobierno de un partido político; es un conjunto de experiencias de la sociedad civil (ese segmento sobre el cual Luis Miquilena, con desvergonzada sorna, preguntó con qué se comía) rico en ideas, en generosidad, en entrega cotidiana y talento al servicio de los más desposeídos.

Sobre esas experiencias hay que poner una lupa. Constituyen un haber que no tiene desperdicio. No suelen verse retratadas en los medios, o se abordan como casos aislados, rarezas debidas a una conjunción astral. No es así. No son excepciones y las protagonizan seres humanos. Por lo general, mujeres.

Tales experiencias forman red en medio del erial que es la Venezuela destruida actualmente, pero no aniquilada. Esas experiencias, esa red, constituyen un plan en sí mismo. Allí está el futuro de Venezuela y lo que hay es que reproducir cada iniciativa para que todo el país se convierta en una gran mancha rebelde, ampliando las posibilidades vitales de cada venezolano hasta en la última aldea. Esa mancha será la mejor garantía de que el chavismo no volverá.

Un par de ejemplos de iniciativas, sin duda ligadas a mujeres, y está muy bien que así sea pues con eso celebramos su reciente Día Internacional.

El primero es la organización Luz y Vida, en Petare.  La primera vez que escuché a Gloria Perdomo, en una charla delante de láminas Power Point proyectadas en el Centro Gumilla de la esquina de Luneta, supe lo que es comprometerse vivencialmente con una causa. Hoy en día siguen tratando, ella y las otras mujeres de Luz y Vida, de disminuir la deserción escolar aun en medio de las condiciones de familias que no pueden hacer tres comidas diarias, a lo sumo dos. Siguen, Gloria y su equipo de profesionales, con la defensoría de niños/niñas/adolescentes y con  el servicio de orientación familiar. En 2017, mientras el país se deshacía a pedazos, Luz y Vida inició un programa de atención a niños de la calle, en situación de vulnerabilidad, en riesgo de perder a su familia. Gloria Perdomo está asombrada: «El cambio de la realidad de las familias es dramático, estoy viendo unas situaciones de pobreza que no había visto nunca; tengo muchos años de trabajo en El Guarataro, en Petare, y lo que se ve ahora impresiona. Es muy doloroso encontrar a los niños y jóvenes hurgando en la basura para comer. Muchos niños dejan de estudiar  y se van a la calle a buscar comida para ellos y para sus familias», me cuenta. Por primera vez ha sabido de maltratos de padres hacia sus hijos por tomar la comida del hermano.

Luz y Vida ha perdido la mayoría de las aulas donde atendían a  los niños que no van a la escuela, no tuvieron capacidad económica para mantener las 24 aulas comunitarias, y hoy en día quedan apenas dos pequeños grupos de muchachitos, sin incluir la comida (que antes era un gran atractivo para garantizar la asistencia de los niños). Ella no me lo comentó pero estoy seguro que con la nueva conducción en la Alcaldía no habrá interlocución, con lo cual las cosas se hacen todavía más cuesta arriba.

El segundo ejemplo es la Universidad Católica Andrés Bello. Su trabajo de Extensión Social abarca la parroquia de Antímano, y también va hacia La Vega y Antímano, pero lo de Carapita es muy especial. Allí conviven distintos cultos religiosos: testigos de Jehová, adventistas, carismáticos y católicos. Según vecinos, en algunas ocasiones aparecen perros sin cabeza o gallinas degolladas en las esquinas. «Obra de los santeros», dicen. Ha sido una de las barriadas más rabiosamente chavistas aunque eso comenzó a cambiar radicalmente en 2013. Los grupos de colectivos armados han desempeñado su rol a conciencia. En marzo de 2014 quien esto escribe vio cómo un asalariado del chavismo, rodilla en tierra, descargaba su pistola automática en dirección a la universidad, desde una pasarela que conecta con la estación del Metro. Estaba manifestando un grupo de estudiantes en las afueras del recinto y eso fue razón suficiente. ¿Saben ese individuo y los demás que lo acompañaban chillando consignas que la UCAB mantiene casi 20% de sus estudiantes de bajos recursos con algún apoyo que los descarga de sus gastos de matrícula, enteramente o en buena parte, y que eso lo hace sin un céntimo aportado por el Estado? ¿Tenían estos gatillos alegres conciencia del Parque Social, que funciona allí mismo, en medio de Carapita, ejemplo para toda Latinoamérica del compromiso social de una universidad de cara a su entorno? Allí se encuentra el Centro de Salud Santa Inés, donde se han atendido casi dos millones de consultas en sus quince años de actividades. Nunca se ha hecho un recuento pormenorizado de lo que el oeste de la ciudad le debe a los jesuitas, porque simplemente los jesuitas no están pasando la cuenta de lo que han hecho. Lo hacen y ya. Luis Ugalde sabe de eso. Francisco José Virtuoso sabe de eso. Hay algo común en ellos: una cabezonería a prueba de balas. No sé cómo les enseñan esa capacidad de mantener la ilusión y seguir adelante. Fuera en el seminario o dondequiera se hayan formado les inyectaron una voluntad asombrosa.

Adle Hernández, pieza fundamental del vicerrectorado de Extensión Social, formada como sicóloga en la propia UCAB, ya me contaba a principios de 2016 lo que veía en su trabajo cotidiano: un niño se desmayó en plena clase en una de las escuelas donde profesores y alumnos de la UCAB prestan parte de sus horas tratando de mejorar su rendimiento. El niño llega y se cae. Llaman a la mamá para que lo vaya a buscar. La madre llega a la escuela y le sucede exactamente lo mismo, se derrumba desmayada. Ninguno de los dos había comido, al menos no debidamente, antes de salir del rancho.

 

 

Hay algo que me ha dicho Gloria Perdomo, ella en Petare y yo en Madrid. Es algo que parece una perogrullada si uno lo ve con distanciamiento: «Hemos venido trabajando  muchísimo en formación en las escuelas,  en la prevención y atención de casos de violencia escolar. Hemos insistido en que los colegios deben ser espacios de vivencia de la democracia y de conocimiento y práctica  del ejercicio de ciudadanía. Sé que esto parece iluso en medio de tanta violencia y desinstitucionalización, pero comprobamos que  cuando se anima la participación de los chicos, cuando pueden involucrarse en la gestión escolar, la escuela y ellos cambian». 

No se trata de ninguna perogrullada si uno sabe más o menos cómo está funcionando el país, cómo han caído los valores fundamentales de convivencia.

No hay forma de rendir tributo a personas como Adle y Gloria pues ellas son, por su propia naturaleza, ajenas a cualquier forma de homenaje. Hacen lo que están llamadas a hacer sin detenerse a pensar en otra cosa que no sea el reto cotidiano, la cuesta diaria que muchas veces les rinde, a la vuelta, una cosecha amarga (aunque en ocasiones les depare alguna gratificación que desde afuera ni siquiera podemos imaginar en su plenitud). Alguien les debe decir cuán valiosas son. En algún momento habrán de ver la carga de futuro que su labor contiene como posibilidad de país, de venezolanidad.

Ellas deberían saber que son un tesoro pero se tienen por gente muy normal. Seguramente lo son. Como sea, es el tipo de gente a la cual habrá de encomendársele, en un porvenir no tan lejano, la misión de masificar lo que hasta ahora han hecho dentro de unos márgenes muy concretos y determinados, vigilados esos límites por un Estado inhumano que no apoya sino que amenaza.

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