Si pagaran por usar las redes, sería millonario, por Reuben Morales

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Me siento en la computadora para escribir el artículo de esta quincena. De repente el teléfono me pita. Es Facebook recordándome el cumpleaños de un amigo. ¡Qué bueno! De inmediato entro a felicitarlo. Para no quedar mal con mis otros amigos, busco quién más está cumpliendo años de mis contactos y también paso a dejarles la felicitación en su muro. Reviso mis notificaciones por no dejar. Me etiquetaron en una foto. Es una tía que lo hizo en una foto del sagrado corazón de Jesús. De inmediato me meto en las configuraciones para eliminar la opción de que me etiqueten en fotos. Luego me quedo viendo los estados de mis amigos… y más estados… y más estados…

De repente suena el Whatsapp. Es un amigo mandando una cadena para pedir un medicamento urgente. Coloca el mensaje muy largo y sin su contacto. Por tanto lo reescribo como si fuera de él, con su nombre y número de teléfono. Lo copio y lo pego en mi perfil de Facebook. Ahora me meto en Twitter para pegarlo en mi estado, pero resulta ser un mensaje demasiado largo. Le comienzo a borrar palabras para abreviarlo a lo más importante. Ya está listo. Sin embargo no me sé el usuario de Twitter de mi amigo para que le escriban directamente. Voy y le escribo de vuelta por el Whatsapp para que me lo dé.

Mientras espero su respuesta, en el grupo de Whatsapp de mis grandes amigos, se salió alguien. Abro la conversación para ver por qué se salió. Nos ponemos a hablar. Vuelvo al Facebook a buscar su perfil a ver qué le picó. Ahora abro su Instagram para ver qué más dice. Me meto en sus historias. Veo la primera, la segunda, paso para la tercera, sigo para la cuarta…

Me salgo de las historias. Ahora veo el corazoncito de abajo y me doy cuenta. Veinte personas le dieron “like” a mi última foto. Además me escribieron dos comentarios. Me meto en la foto. Los leo. Les doy corazoncito. Luego les respondo. De repente veo mi buzón de mensajes privados. Me escribió alguien. Me meto. Alguien respondió a la historia que publiqué. Es una mujer, pero no la conozco. Veo la foto, pero es muy pequeña para percibir quién es. Me meto en su perfil a ver si está buena, pero tiene candadito. Vuelvo a mi perfil. Veo que un amigo mío guindó unas historias. Me meto a verlas. Le comento una. Luego veo algo. Un famoso está transmitiendo en vivo y me meto a verlo.

De repente me llega un mensaje de Whatsapp. Alguien vende lechugas. Inmediatamente me meto en Dolar Today para ver el precio y tener criterio a la hora de regatearle. Ahora abro la calculadora de la computadora. Le resto quinientos a ver en cuánto queda el monto de Dolar Today. Ahora me quedo viendo las noticias de este portal. ¡Qué bolas! El Coco Sosa guisó con unos contratos. Se me viene la idea de que la noticia debería ser: “Apareció el primer chavista catirito ojos azules” (aunque fue yerno de quien se creía el negro más afrodescendiente del África, o sea, Chávez). Pienso: “Esto es un tuit”.

Me meto en el twitter. Tuiteo eso. Ahora veo qué es trending topic. Leo #FelizLunes y se me pasa la calentura. Me pongo floriciento y escribo algo lindo acompañado de #FelizLunes (convencido de que con este granito de arena, en algún lugar del mundo alguien del Estado Islámico se abrazará con un gringo y lograremos la paz mundial).

De repente, veo. No se sube el tuit. Espero… espero… espero… veo las barritas de señal y qué raro: se cayó el internet. Le doy a la barrita de señal del escritorio de Windows con el botón derecho del mouse para que el mismo sistema lo arregle. Espero unos segundos. Ya me respondió el amigo que busca medicamentos dándome su usuario de twitter. Lo copio, lo voy pegar en el tuit que dejé pendiente de mi amigo y me acuerdo. No hay internet. Me levanto, voy a la sala donde están el módem y el router y desenchufo todo. Cuento en mi mente hasta 10. Vuelvo a enchufarlo. Mientras el internet revive, voy a la cocina y me sirvo un vaso de agua. Me lo bebo. Vuelvo a la computadora. Me siento.

Ya hay internet. Subo a twitter el mensaje de mi amigo que busca medicamentos. Debo hacer otra cosa, pero no recuerdo qué es. Pienso, pienso, pienso… ¡Ajá! Subir el tuit de #FelizLunes… ¡Listo! Había otra cosa… ¿Qué era?… ¿Qué era?… ¡Ajá!… Preguntar por el precio de las lechugas de mi amigo en Whatsapp. Le escribo, me da el monto en seguida y mira vale… están a buen precio. No tengo para comprarlas. Llamo a mi papá rápido y le digo que están ofreciendo lechugas y que si las compramos entre los dos. Me dice que sí. Le respondo a mi amigo y le digo: “Yo mismo soy”. Ahora me meto en la página del banco de mi papá y le hago la transferencia a mi amigo. Luego me meto en mi cuenta y le hago la transferencia de la mitad a mi papá para dejar las cuentas claras.

Ya todo está listo. Ahora me llega un mensaje de texto de CNE. Me eligieron miembro de mesa. Me acuerdo de que el fin de semana trabajo en Margarita. Me meto en la página del CNE y llamo para avisarles.

Comienzo a cerrar ventanas de mi escritorio de Windows. Alguien me escribió por privado de Facebook. Me meto. Le respondo. Ahora me llega un correo de la gente de Gmail preguntándome si fui yo quien intentó abrir mi correo desde una computadora ubicada a 20 kilómetros de mi casa. Me asusto. ¡Alguien me quiere vaciar las cuentas del banco! Recuerdo qué hice el fin de semana. ¡En efecto!, fui yo quien abrió mi correo desde casa de un amigo. Voy a ver qué debo responderle a Gmail y me dicen: “Si en efecto fuiste tú, no respondas nada”. Gracias, Gmail. Te pareces a mi mamá cuando decía: “¿Quién quiere más tajadas?”. Uno respondía, emocionado, “¡YO!”. Y mi mamá decía: “Puedes pararte a buscarlas. Están en la cocina”.

Ahora sí. Ya terminé todas mis diligencias virtuales. Cierro el navegador de internet. Mientras lo hago, recuerdo que me senté frente a la computadora para algo, pero ya no recuerdo qué. Me quedo bloqueado. Me agarro el mentón para recordar. Comienzo a preocuparme. Estoy en blanco. ¿Tendré Alzheimer prematuro? De repente, ¡pop!… ¡Mi cerebro me escupe la información! Me senté a escribir mi artículo. ¡Verdad! Ahora mi suegra me toca la puerta. “Ya está servido el almuerzo”. Ni modo. Además ocupé todo el documento escribiendo esto. Disculpen la dispersión. El artículo queda para la próxima quincena.

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