La rebelión de los tejones, por Antonio José Monagas

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Desde que el hombre reconoce su capacidad y potencialidad para complicar o solventar situaciones, la vida adquirió otro sentido. Es el que propicia la política cuando logra ser entendida en la dirección de afianzar fuerzas sociales capaces de generar cambios, impulsar procesos y adecuar circunstancias. Sólo que su aplicación se complica cuando el aprendizaje histórico permite a las naciones concienciar el significado de la política entendida como recurso de sobrevivencia y criterio de desarrollo. Aunque el problema que su comprensión promueve, comienza a asentirse en la medida que la cultura política se expande o se contrae en términos de lo que desde el ejercicio de la política se hace posible de cara al crecimiento, contracción o encogimiento de los países.

El siglo XX venezolano inoculó en su población no muy excelsos valores cuyos efectos alcanzaron no solamente la picardía que por la causalidad de tantas dificultades vividas, añadió como parte de los rasgos que socialmente distinguen al venezolano. El gentilicio que la economía petrolera cimentó en el nativo, y de la cual se valieron los gobiernos para imponer modelos ideológicos populistas, cada cual desde su praxis y programa político, tergiversaron el modo de vida de los venezolanos. Pero lo habituaron no más a resignarse ante las contingencias, que a batallar ante las eventualidades que amenazaran su calidad de vida. Por sencilla y modesta que pudiera ser.

Así que este arquetipo de venezolano, aprendió a sortear las entuertos que la movilidad de una economía azarosa o que las perturbaciones de una política incongruente, lo sometían. Sin embargo, siempre se mostró con la suficiente disposición para llenarse de la resistencia necesaria y del valor suficiente con los que pudo tramontar los escollos que frenaban su paso en medio de las adversidades.

Es precisamente el parangón que acertadamente hace Leocenis García, en su libro “La rebelión de los Tejones” cuando toma el ejemplo de tan tenaces animales a manera de analogía en virtud de las fortalezas que posee este animal, pero vistas como símbolo de perseverancia. Particularmente, en el curso de difíciles situaciones que motivan su lucha para sobreponerse a las duras condiciones que la vida le depara. El comportamiento del venezolano, crecido y formado a conciencia del significado de la democracia como pivote y palanca de desarrollo económico y social en lo individual y colectivo, es propio de quien ha sido referente de una historia forjada por episodios de lucha, coraje y entereza. He ahí la razón del parangón.

Así como los tejones suelen mostrarse bastante territoriales, además de tener un sentido de profunda persistencia demostrado cada vez que las circunstancias se tornan hostiles cuando tienden a limitarle sus haberes naturales, asimismo se revela el venezolano al momento de advertir la confiscación de sus derechos. Pero sobre todo, la extorsión y el chantaje de las razones que justifican su apego a las virtudes políticas, económicas y sociales de la democracia.

La Rebelión de los Tejones, testimonia el sentimiento institucionalista que reside en la humanidad de un venezolano que en la persona de Leocenis García, revela ante el mundo político, reflexivo, crítico y analítico, las contradicciones que hicieron sucumbir la democracia nacional en lo que la historia contemporánea puede considerar un “parpadeo”. Para ello, Leocenis no sólo se afinca en su veta de hombre político, al mejor estilo aristotélico. Igualmente, apela a su conocimiento de la teoría económica para elaborar el balance necesario a partir del cual hizo posible destacar inferencias que descubren reveses, rarezas e incongruencias que llevaron al país a padecer crudas anomalías propias de una funcionalidad económica que en nada alcanzó a corresponderse con los principios señalados por una política económica exhortada a estar a la altura de un desarrollo en curso continuado y equilibrado.

La Rebelión de los Tejones, resulta ser un logrado análisis comparativo de política el cual, sin la pertinencia del estudio comparado de estructuras económicas que apuntalaron la dinámica de países cuya analogía socioeconómica y sociopolítica con Venezuela se corresponde en alto grado, permitieron a Leocenis García desprender relaciones, conexiones y conclusiones propias de un modelo de investigación inductivo-deductivo que desenmascara los oprobios más recónditos que gobernantes de nuevo cuño pretendieron exhibir como el instrumento de mayor eficacia para ordenar la movilidad del país.

Tan densa disertación, superior a cualquier análisis político que tienda a evidenciar el lastre del populismo, por acicalado que sea, constituye una bien lograda conjugación de conocimiento, carácter y talento que llegó a esbozarse y a convertirse en letra firme. Sobre todo, porque en el caso de Leocenis, sus convicciones de probidad se alinean con la dignidad y principios de venezolanos que como él, han experimentado el tormento de la prisión. Más, cuando la condena estribada desliza la injusticia que habita en la mano pusilánime de un dictador que esconde su debilidad en las bayonetas que forman sus pretendidos arrogantes  y falsos anillos de seguridad.

Es lo que Leocenis argumenta cuando refiere la conocida “Ley de Gresham”, que si bien se explica en el ámbito de la economía, también podría dirigirse hacia la política al mirarse en retrospectiva la crisis que literalmente borró a Venezuela de la faz del mundo democrático. Por eso, Leocenis García refiere la libertad de conciencia y la convierte en blasón de la esperanza a la cual se aferra todo venezolano con profundos ideales de justicia. Cual tejón cuando lucha sin descanso para hacer valer la razón que la naturaleza le ha brindado y por la cual “saca sus garras” frente a cualquier extraño que constriña sus espacios de vida. Es cuando sobreviene “La Rebelión de los Tejones”.

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