Las épicas civiles, por Sergio Dahbar

Poder_

La historia de la soberbia política tiene anales de sobra para alertar sobre los peligros que entraña la borrachera del poder. Recordemos un caso emblemático. Napoleón emprendió su campaña contra Rusia, en 1812, con seiscientos mil hombres, ciento cincuenta mil caballos y más de un millar de cañones. Creía que lo esperaba la gloria.

Lo trágico es no haber advertido que llevaba a medio millón de personas a la muerte. La Gran Armada era una ciudad que se movía lentamente: consumía recursos imposibles. Era una operación insostenible, una máquina de muerte que sólo servía para una guerra puntual y rápida. No soportaron el frío del invierno ruso y menos la terca decisión del zar de no rendirse.

Como apunta con tino el periodista Mark Danner, esta epopeya trágica revela como pocas épicas la “caída del héroe, la precariedad de la gloria y su inevitable tendencia al exceso’’.

Danner, periodista norteamericano que ha cubierto guerras en Centroamérica, Balcanes e Irak, hace observaciones y preguntas esenciales: “Ningún ejército, no importa cuan grande sea, puede vencer el odio’’. “¿Cómo crear a partir de la destrucción un orden duradero?” “¿Cómo vencer a un enemigo que se niega a reconocer la derrota?”.

Napoleón es una lección desde entonces: “el poder depende no de las armas de la guerra o de los hombres que las empuñan, sino de la constelación política necesaria para su despliegue’’.

Otra lección que merece ser tomada en cuenta está de moda en estos días y tiene el nombre de un puerto, el tercero más grande de Francia después de Marsella y Le Havre: Dunkerque. Esa palabra que proviene del neerlandés (refiere una iglesia en una duna), entraña un acto de arrogancia que hizo posible la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial.

Varias películas recrean el caso Dunkerque. Es la historia de una evacuación que lucía a todas luces imposible. A los ocho meses de comenzar la Segunda Guerra Mundial, los alemanes cruzan la línea Maginot y superan todos los cálculos de los aliados. Bélgica se rinde antes de lo que se esperaba y Francia estaba derrotada. En ese momento el ejército inglés es arriconado en el puerto de Dunkerque. Deben escapar o morir.

Winston Churcihill siempre acuñó grandes frases: “Debemos cuidarnos de dar a esta operación el carácter de una victoria. Las guerras no se ganan con evacuaciones’’. Lo que sí podría decirse es que allí ocurrió un milagro.

Técnicamente, se llamó la operación Dínamo. Churchill se empeño en salvar a 338.226 combatientes británicos. Y lo logró con 861 embarcaciones pequeñas, entre veleros, ferrys y buques de pesca. Algo que estaba condenado a la derrota, se convirtió en una acción civil sin precedentes.

¿Qué lo hizo posible? La borrachera del éxito de Hitler. Decidió frenar sus tanques a 25 kilómetros de Dunkerque, cuando podía arrasar. Y oyó al genio de Goering, que le aseguró que sólo la Luftwaffe podía vencer a los británicos. Todo lo contrario de lo que ocurrió, ya que esos ataques fueron esporádicos e imprecisos.

Las lecciones de Napoleón y Hitler echan luces sobre los días presentes. Cuando Churchill solo veía en el horizonte una derrota, ocurrió un milagro para la historia. Un milagro que hizo posible que cinco años más tarde Alemania fuera derrotada. ¿Hubiera podido advertirlo Hitler, ebrio por sus triunfos en Bélgica y Francia? Quien sabe.

Dunkerque nos dice que hay que confiar en las épicas anónimas y civiles. Desde entonces se reconoce lo que ocurrió entre el 26 de mayo y el 4 de junio de 1940 como “un espíritu indómito que aflora contra toda lógica’’, para combatir los peores miedos de la historia. No es poca cosa.

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