Corta y arbitraria historia de la deshumanización, por Alejandro Armas

ManifestacionesVzla2017

 

Seré más breve. El exceso de trabajo exigido por el oficio del periodismo estos días, así como los ratos perdidos por el tráfico en esta situación atípica que viven la ciudad y el resto del país, me dejan menos tiempo para escribir uno de estos textos por semana. Al grano, pues.

Hoy hablaré sobre la noción que algunos humanos tienen sobre otros Homo sapiens, según la cual estos en realidad no son sus compañeros de especie. Como siempre, este tema será examinado con casos pasados y presentes. En otras palabras, contaré una muy corta y, si se quiere, arbitraria historia de la deshumanización. Digo arbitraria porque tan solo enumeraré unos pocos ejemplos. Abordarlos todos sería tema de un tratado de varios volúmenes, que excedería mis capacidades, y no de un modesto artículo de opinión.

Los hombres han desconocido la humanidad de sus semejantes prácticamente desde que hay civilización. Después de todo, hacerlo es el fundamento moral para una de las instituciones más arcaicas: la esclavitud. Esclavos había entre los antiguos egipcios, los griegos, los romanos, los chinos y varios pueblos precolombinos. Es fácil inferir que al “reificar” a una persona, al cosificarla, es perfectamente posible adueñarse de ella, negarle su libertad y atar su destino a la voluntad del propietario. Mercancía que puede ser comprada o vendida.

Por su antigüedad, la esclavitud es tal vez la forma de deshumanización más conocida. Pero rechazar la humanidad del otro ha tenido finalidades distintas a la económica. La marginación, la degradación o incluso el exterminio de colectividades enteras han encontrado cómo justificarse de esta forma. Diferencias étnicas, religiosas y culturales no toleradas son el argumento para asumir que quienes se caracterizan por ellas ni siquiera son seres humanos.

Pero como aquellos que han pensado de esta forma se han visto obligados a reconocer que el objeto de su discriminación “se parece igualito, pero no es” como ellos, el ejercicio requiere algo de imaginación. El cuerpo, incluso por dentro, es visto como un disfraz de persona, debajo del cual hay otra cosa, algo vil, despreciable. ¿Qué puede ser? La cuestión se vuelve más fácil recurriendo a una imagen conocida. Un animal. Desde luego, un animal culturalmente asociado con la inmundicia, el pecado o la perversión. Ejemplos: cerdos, ratas y serpientes (ojo, estas asociaciones entre el mal y dichos miembros del reino zoológico no son de ninguna manera compartidas por el autor).

Los judíos, uno de los pueblos que más han padecido la discriminación al punto de la deshumanización, saben de esto. En la Edad Media era frecuente que los dibujaran mamando la leche a una cerda, o incluso comiendo sus excrementos. Esta repulsiva imagen era llamada Judensau (“puerca judía”, en alemán). Algunos Estados germanos de los primeros siglos de la modernidad adoptaron una práctica de obligar a los súbditos hebreos a cambiar sus apellidos para que fueran más teutones, pero las opciones estaban limitadas a términos alusivos al robo, la cobardía o los semovientes porcinos. Ya en el siglo XX, la propaganda nazi mostraba a los judíos con características biológicas de roedores o reptiles.

El horror de los campos de concentración originó el concepto de los Derechos Humanos, pero eso no quiere decir que la deshumanización haya desaparecido de la faz de la Tierra. Es muy conocida la forma en que el castrismo en Cuba se ha referido constantemente a sus enemigos: “gusanos”. De nuevo, la alusión al ser rastrero y sucio.

En la Venezuela contemporánea, el chavismo ha dado un paso más allá. Pero, ¿qué genera más aversión, más asco, que las bestias inmundas o que los gusanos? Solo la materia fecal. Los excrementos, humanos o de otros animales, son el epítome de la suciedad, lo más detestable que puede haber, aquello cuyo contacto debe ser evitado a toda costa y, por lo tanto, amerita una limpieza que acabe con su existencia. La palabra vulgar para el concepto es la usada para denigrar a alguien al extremo. “Eres una m…”

En medio de las protestas para exigir la restauración de la libertad, el PSUV usa su cuenta de Twitter para tomar una cita del Evangelio y retorcerla de forma perversa a propósito de los ciudadanos que saltaron al río de heces para huir de una represión que ha cobrado vidas: Al César lo que es del César, a Dios lo que es Dios, y al Guaire lo que es del Guaire. El mensaje fue reuiteado por el Presidente, ese que jura hasta el hartazgo que es puro amor hacia los venezolanos. El mensaje fue luego borrado, pero todos lo vieron y nadie lo olvidará.

Una burócrata más del montón, a la que pusieron a cargo de la incumplida promesa de sanear el río capitalino, respondió a quien le reclamara al respecto, asegurando que los fondos aprobados para el trabajo sí fueron usados correctamente, pues en el Guaire los opositores “se bañaron sabroso”. Cuesta encontrar un calificativo para esta burla cruel en la que al mismo tiempo se hace motivo de risa la mala administración de recursos públicos y el hecho de que ciudadanos sean perseguidos en masa y obligados a atravesar una cloaca (que, de paso, no merece ser tal cosa), con toda la humillación que ello implica.

Oficialistas en redes sociales comparten mensajes instando a la mayoría que disiente a deponer la protesta. Lo hacen con una forma particular de referirse a ellos: pupusitores.

Hay un patrón evidente. Ya no se trata de rechazar en quien se atreva a disentir la venezolanidad ausente en el apátrida. Ahora la propia condición humana es negada. El opositor es equiparado con un objeto, el más odiado de todos. Los objetos, naturalmente, no tienen Derechos Humanos, y los “verdaderos hombres” pueden hacer con ellos lo que se les antoje. ¿Se entiende lo que quiere decir esto cuando el país vive la más grave escalada de atropellos y abusos desde el poder en toda su historia contemporánea? Creo que sí. De lo contrario, sería imposible explicar por qué la protesta sigue viva.

 

@AAAD25

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