“Capriloca” y la homofobia revolucionaria, por Alejandro Armas

HCapriles

Las acciones emprendidas en nombre de esta “revolución” por sus agentes tienen un obvio correlato en la manera en que estos se expresan. En efecto, luego de sus estallidos coléricos, llenos de imágenes violentas y satanizadores de la oposición, todo el mundo fue testigo de una represión ensañada contra manifestantes y ciudadanos que accidentalmente estaban en el  lugar de la protesta, sobre cuyos detalles a estas alturas sería inútil ahondar.

Ahora bien, la brutalidad es una compañera frecuente de la grosería. Así como a los celosos guardianes de la decencia audiovisual acantonados en las oficinas de Conatel no les perturban para nada las invocaciones de fusiles Kalashnikov en pleno horario infantil, tampoco les inmuta la retahíla de vulgaridades gritadas a todo pulmón por los exaltados corifeos en tarima y replicados por la masa carmesí.

Un buen ejemplo fue la concentración de hace unas semanas en rechazo a la Organización de Estados Americanos. Damas primero. El honor de la piedra verbal inaugural correspondió a la ministra de la Mujer, quien citó al fundador del movimiento y mandó al caraj… a los gringos de mier… (aunque ser soez es fácil, hasta para eso muchos revolucionarios no tienen creatividad suficiente para ir más allá de repetir al pie de la letra al barinés). Luego tomó el bate retórico el vicepresidente de la República, quien enfocó sus descargas en el secretario general de la OEA, a quien llamó “bastardo” y “jalabo…”. El toque final correspondió al público, que comenzó a entonar como consigna “Almago, mari…, jalabo… de los gringos”.

O sea que para estas personas, la homosexualidad es un descalificativo, actitud que pone en evidencia una ignorancia abismal y deprimente. No encuentro palabra que mejor describa a quienes vociferaban de esa forma contra Almagro, que “lumpen”, abreviación de “lumpenproletariado”, término que difícilmente los intelectuales de izquierda podrán achacar, ya que el propio Marx lo acuñó. El barbudo de Tréveris lo usaba para referirse a la parte de la clase obrera tan alienada que nunca podría ser parte del proceso revolucionario que lleve al establecimiento de la sociedad comunista. Aunque a primera vista resulte contradictorio, la descripción encaja con la de las masas fanatizadas que proclaman su devoción por la cúpula oficialista venezolana, ciegas ante los privilegios que los gobernantes acumulan mientras la miseria se generaliza. Entre ellas, la homofobia es solo una expresión más del odio contra todo lo diferente, contra lo diverso.

El ejemplo lo han dado sus propios líderes, empezando ni más ni menos que por el jefe de Estado. Recuerdo que antes de ser Presidente, Maduro se refirió a sus adversarios como “sifrinitos mariconones”, y desde entonces no ha cambiado. De Julio Borges dijo hace poco que está “histérica”, llamó “Capriloca” al gobernador de Miranda, y en varias ocasiones lo ha tildado de “majunche lechero”. Capriles es el blanco más común de los dardos homofóbicos del chavismo, acaso por el hecho muy sospechoso (desde el punto de vista arcaico) de no tener esposa. Frente a eso, Maduro ha reafirmado su autoproclamada posición de macho destacando que “él sí tiene mujer”.

El machismo es un mal endémico en las sociedades latinoamericanas. Se glorifica en el imaginario popular la noción del varón que consigue lo que quiere por la fuerza y el coraje, rasgos típicamente asociados con la masculinidad. El non plus ultra, la cúspide de este machismo, es el caudillo militar que se impone sobre los demás. En el polo opuesto, lo femenino es asociado con la debilidad, la pasividad, la falta de valentía y otras características negativas. La mayor aberración es entonces que quien nació con un par de testículos se comporte como una mujer.

Como se ha argumentado antes en este espacio, es un rasgo muy común de algunas tendencias de izquierda aspirar al monopolio de las causas progresistas como la lucha contra el racismo y la homofobia. El chavismo no es excepción. Maduro, con todo descaro, de vez en cuando hace saludos a la sexodiversidad. Es más, mientras los oficialistas señalaban a Almagro de gustar de otros hombres, ondeaban banderas de arcoíris, una momento verdaderamente caricaturesco.

Resulta que a veces la dirigencia de estos movimientos izquierdistas está plagada de actitudes ultraconservadoras y retrógradas. Basta con ver la persecución a la que por muchos años estuvieron sometidos los homosexuales al otro lado del Caribe, en la Cuba revolucionaria. Susan Sontag escribió que “la militarización de los regímenes comunistas (opuesta al credo de la izquierda tradicional) hacía del homosexual un sujeto subversivo en la medida en que no cumplía, en términos generales, la ‘masculina’ agresividad que el sistema imponía”. En un artículo de la Revista Hispano Cubana publicado en la década pasada, Ana Belén Martín Sevillano señaló que “dentro del nuevo catálogo de principios que arrojó la Revolución, se asumía la homosexualidad como un rasgo característico de la decadencia burguesa, opuesto a la ‘natural y sana’ heterosexualidad del pueblo”.

Relata la autora que, en 1965, un gran número de homosexuales fue enviado a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, campos de trabajo forzado y adoctrinamiento ideológico en la provincia de Camagüey. Sartre, hombre siempre de izquierda, admirador de la Revolución Cubana y que llegó a entrevistarse con el Che Guevara, sin embargo condenó, horrorizado, el trato a los homosexuales en la isla, que comparó con el de los nazis a los judíos.

Martín Sevillano indica en su artículo que la homosexualidad era usada a menudo como pretexto para justificar ante la colectividad la censura y hasta la persecución de artistas e intelectuales que no se adaptaban a las pautas exigidas por el gobierno. Virgilio Pieñera, uno de los más grandes escritores cubanos del siglo XX, fue detenido por unos días en 1961, tras una redada cuyo objetivo era purgar las calles habaneras de “degenerados sexuales”, incluyendo a prostitutas, proxenetas y pederastas (de ahí el nombre “Redada de las Tres Pes”). Entre estos últimos incluyeron a Piñera. Luego de 1971 y hasta su muerte ocho años después, ninguna de sus obras fue publicada.

Pero el caso más trágico es sin dudas el de Reinaldo Arenas, también escritor. En 1974, luego de haber padecido varios años de discriminación homofóbica, fue puesto tras las rejas del emblemático Castillo del Morro por sus críticas al régimen. Trato de escapar varias veces y de contrabandear fuera de prisión el material que siguió escribiendo, por lo cual le impusieron castigos aberrantes. Huyó a Estados Unidos en 1980, como parte del Éxodo de Mariel. Se residenció en Nueva York, supuestamente porque en Miami se encontró con otra forma de homofobia: la de la muy derechista comunidad cubano-estadounidense. Nunca superó el recuerdo de los suplicios a los que lo sometieron en su tierra natal, así como la pena del exilio, y una década después se suicidó, luego de escribir una carta pública culpando al castrismo por su destino.

En Cuba nunca hubo un silencio indiferente hacia esta situación por los demás intelectuales. La magistral novela Paradiso (1966), e Lezama Lima, además de sus pasajes homoeróticos, contiene una crítica al trato a los homosexuales, en el capítulo en el que el personaje de Foción se enfrenta al padre de su amigo Fronesis, quien le exigió que se alejara de este por su influencia “corruptora”. Paradiso fue también censurada y descalificada por la crítica oficialista.

En 1993 se estrenó el filme Fresa y chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea, dedicada completamente a la discriminación homofóbica en la isla. El hecho de que el gobierno autorizara su proyección dentro y fuera de Cuba acaso haya sido un intento, algo tardío, de lavarse las manos.

Pero el Mea culpa cubano al parecer nunca alcanzó los oídos sus tutelados en Caracas. Mientras ellos sigan al frente, el “Capriloca” y otras expresiones de odio y vulgaridad muy probablemente seguirán a la orden del día.

@AAAD25

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