El coleccionista de desastres por Alejandro Armas

GobiernoMaduro

 

La semana pasada mi abuela me hizo una pregunta inocente (créanme, es difícil ser más inocente que ella), pero que requería argumentos sólidos para ser respondida decentemente: ¿Es este el peor gobierno que ha tenido Venezuela?

Al instante recordé un excelente texto del periodista Alexis Correia, publicado en Clímax, que recolectó las opiniones de varios historiadores sobre cuáles han sido los presidentes más desastrosos en nuestra historia. Pero lo que ahí había no era la respuesta que quería darle a la doña. Ella preguntaba por gobiernos. Un presidente no es un gobierno. Eso sería como decir que el gerente de un restaurante es el propio local. El presidente es el principal responsable de la administración pública, pero no el único.

Entonces, la clave para echar luz a esa interrogante estaba en la gestión de Nicolás Maduro y sus subordinados en los diferentes ámbitos que les competen. Bingo.

Lo que pasa es que este es un gobierno que ha sentido que debe meterse en prácticamente todo. Es como un pulpo que no ha perdido ninguna de sus ocho extremidades naturales y sin embargo le han puesto muchas prótesis que le permitan manipular más y más objetos a la vez. La mejor prueba de eso es la multiplicación, no de panes ni de penes, sino de ministerios.

Obviando estos experimentos y limitándonos a aquellos ámbitos en los que el Gobierno comúnmente ha tenido participación, veamos cómo ha sido el desempeño del Ejecutivo actual comparado con los de épocas pasadas. Pero, ojo, no sería correcto retroceder tanto en la máquina de Wells. La frontera temporal ha de ser la consolidación del Estado venezolano moderno, justo después de la muerte de Gómez.

Se puede comenzar con la seguridad y el orden público. Pocas cosas son tan prioritarias como la integridad física de los ciudadanos. Pues bien, el año pasado hubo casi 28.000 homicidios, según el Observatorio Venezolano de Violencia. En los dos años anteriores hubo poco menos de 25.000. Cualquiera de estas cifras es mucho más grave que las reportadas en los peores momentos de la mal llamada “IV República”. Caracas recientemente desplazó a San Pedro Sula, Honduras, como la ciudad más violenta del mundo en el indicador de una ONG mexicana. La sangre ha hecho que ahora no solo los techos sean rojos.

La década de los 90 fue muy dura en este aspecto. En el 95 ocurrió la llamada “tragedia del Urológico” de San Román. Apenas un año más tarde se dio otra situación de rehenes que terminó en tragedia en Terrazas del Ávila. Ambos hechos quedaron grabados en la memoria de los venezolanos. Hoy nadie más allá del entorno cercano de las víctimas le presta atención prolongada a un secuestro. Siguen siendo igual de espeluznantes, pero pasan con tanta frecuencia que no son asombrosos.

El caos en las vías públicas se ha vuelto insoportable. Esto no aparece en los libros de historia, pero por lo que me han contado quienes tienen cierto kilometraje (no, nunca he hablado con Ramos Allup), en ningún momento anterior de sus vidas experimentaron tal combinación de motorizados entre canales, autobuses que se paran donde les da la gana y camionetas cuyos conductores amenazan con embestir a toda velocidad a quien obstaculice su carrera loca. Ante todo esto, la policía a menudo ni presta atención hasta que ocurre un accidente.

Hablando de fuerzas del orden, a estas hoy se les ha asignado la importante misión de cazar “fascistas”. Represión de opositores con excesos ha habido antes, claro que sí. Tal vez los episodios más lamentables sean los de la lucha contra los subversivos de los años 60. Pero también es cierto que estos eran grupos con armamento militar, decididos a tumbar gobiernos electos democráticamente con altísima participación. ¿O es que no hubo una masacre en el tren de El Encanto, solo por poner un ejemplo? Eso es mucho más que focos de jóvenes tirando piedras o bombas molotov. Nunca se ha visto a uno de los estudiantes detenidos posar con un fusil, listo para el combate marcial, como sí lo hizo Fabricio Ojeda, uno de los alzados de esa época, identificado como héroe por el chavismo. Solo se ha hablado de unos francotiradores de la oposición, que nunca terminan de aparecer.

Pero para la mayoría de los venezolanos no es la violencia el problema más urgente, sino la economía. El Banco Central de Venezuela calculó la inflación de 2015 en 181%. Y eso que cambió la forma de levantar el índice para que no se vea tan feo. En caso contrario, hubiera sido de 240%. Aun modificado, es por amplio margen el aumento de precios más acelerado desde 1950, el primer año en que se recogió esta información estadística, según dijo el periodista Víctor Salmerón. Antes de eso la peor inflación la tuvo 1996, con 103%. Aunque es indispensable que el BCV publique estas cifras regularmente (lo cual no ha hecho como debería), por dejar de hacerlo la gente no sufrirá menos. Son los numerotes en las etiquetas de los productos en los abastos los que sacan lágrimas, no los mostrados por los reportes del ente emisor.

Como se vio, los venezolanos ya sabían desde mucho antes de Maduro lo que es un incremento desbordado de precios. Pero hay otro factor económico que, tal como se da ahora, no ha sido precedido por nada que le llegue ni a las patas, como dicen en criollo: la escasez. Pudo ocurrir antes que los bienes se volvían muy difíciles de costear, sobre todo para los más humildes. Pero se garantizaba que estuvieran en los anaqueles, y así fuera con un gigantesco esfuerzo pasaban de ahí al hogar.

Esa seguridad desapareció recientemente, de la forma más dramática. No se trata de vinos de cosechas raras, ni de perfumes con firma. Hablamos de pan, arroz, leche, huevos, carne, desodorante, papel higiénico, toallas sanitarias, ¡medicamentos! Hace varias noches me fui a la cama con la cabeza dando vueltas en torno al triste descubrimiento de que desde que me levanté hasta entonces había retuiteado solicitudes urgentes de medicinas no menos de diez veces. Pensar en la angustia de quienes emitieron los mensajes originales es escalofriante.

Ah, pero resulta que también falta el agua. Sobre eso no vale la pena ahondar, no hay nada que decir que los demás no sepan. El correlato es una reducción de la generación eléctrica. Nadie me puede decir que antes, a pesar de contar con una represa del calibre de El Guri, los apagones hayan sido frecuentes fuera de la siempre (injustamente) privilegiada Caracas. Pero de ahí a pasar más de seis años de cortes programados, agravados en los últimos dos, hay un trecho muy largo.

Por la ya aludida inseguridad, los centros comerciales se han convertido en una de las opciones favoritas de los venezolanos para socializar y entretenerse, aunque la actividad mercantil como tal se ha reducido por la igualmente ya descrita inflación. Ahora eso también está en jaque, debido una sequía combinada con años de falta de mantenimiento al sistema eléctrico y obras inconclusas, según han denunciado sus propios trabajadores. Algunos dirán que no importa porque eso solo afecta a “pitiyanquis mayameros con solo un mall y compras de ropa en la cabeza”. Esta noción, además de prejuiciosa, es equivocada, ya que los cines y teatros también sufren las consecuencias. Menos funciones, menos cultura, menos luz al alma.

En vista de todas estas consideraciones, la conclusión es la siguiente: con ningún otro gobierno en la historia moderna se han deteriorado a tal nivel tantos aspectos de la vida en Venezuela. Los anteriores se tropezaban con los desastres por sus errores. Este más bien parece que los busca y los colecciona. Se lo dije así a mi abuela y la dejé juzgar si Maduro y compañía son el peor gobierno que hemos tenido. Ahora le toca a usted, estimado lector.

 

@AAAD25

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