Angustia hiperinflada por Alejandro Armas

BS

 

A los voceros de este gobierno les encanta citar a Simón Bolívar y llenarse las bocas de frases como “Un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción”. También les apasiona hablar del derecho a recibir información “responsable, oportuna y veraz”. Esa ha sido uno de sus argumentos favoritos para intervenir en el desempeño de la prensa en el país. Hoy hasta es usado para justificar las constantes e inaguantables cadenas presidenciales dedicadas exclusivamente a la propaganda oficialista.

Sin embargo, ciertas condiciones aplican para este ideal de pueblo informado. Hay algunos asuntos en los que es mejor mantener a la gente sin conocimiento. Según las autoridades, son temas delicados, que la colectividad no sabría asumir bien si supiera su realidad. Podrían, dicen ellos, cundir el pánico y la zozobra, o hasta el caos. Los ciudadanos de a pie son en ese sentido como niños pequeños e inmaduros, y el Gobierno, el padre que no discute delante de ellos sus fuertes problemas maritales.

Curiosamente, esta ignorancia forzosa “por el bien del pueblo” es sobre aquellos asuntos en los que el Ejecutivo tiene cierta responsabilidad. Así, por ejemplo, desde hace años no se conoce con regularidad la tasa de homicidios, más allá de eventuales declaraciones de algún ministro en la materia, sin posibilidad de verificarlas.

En el ámbito de la salud, el último boletín epidemiológico semanal fue emitido en noviembre de 2014. Desde entonces, el país ha sufrido los avances del dengue, la chikungunya y, probablemente, el zika. Por primera vez en unos setenta años la malaria o paludismo es un serio problema nacional. ¡Tanto que costó al doctor Arnoldo Gabaldón y su equipo librar al país de este mal para que ahora haya vuelto!

Igual ha pasado con la economía. Aunque el ocultamiento de datos en los ámbitos antes mencionados es igualmente grave, es sobre aquel que oscurece la situación del bolsillo de los venezolanos que hoy quiero llamar la atención del lector. Por más de un año el Banco Central de Venezuela (BCV) dejó de cumplir con su obligación legal de publicar varios indicadores macroeconómicos. Por eso, periodistas, académicos y economistas se llevaron una sorpresa el viernes pasado cuando, por fin, el ente emisor difundió los ansiados números, aunque de manera incompleta, solo hasta septiembre del año pasado.

Las cifras son espeluznantes. Durante los tres primeros trimestres del año, el producto interno bruto (PIB), índice que mide el crecimiento económico, tuvo una caída de 4,5%. En ese mismo período, la inflación fue de 108,7%, y entre septiembre de 2014 y septiembre de 2015 llegó a 141,5%. Pero esto no es lo peor. Para la mayoría de los expertos los índices están maquillados. Casi ninguno cree que la inflación sea menor a 200%.

Supóngase que todos ellos se equivocan y los cálculos del BCV son correctos. De todas formas, el nuestro es el aumento de precios más acelerado del planeta. Además, es la inflación más alta que el país ha experimentado desde principios de los años 50. Sin siquiera contar el último trimestre del año, 2015 ya le ganó a todos los de la mal llamada “IV República”. El récord lo ostentaba 1996, con un índice de 106%. Alguien debería decírselo al nuevo ministro Salas, que asegura que por esos días la crisis era peor que la actual.

Estos números exponen un motor económico nacional agotado, al que le urge mantenimiento para no fundirse. Lo único más grave que los índices por sí solos es el hecho de que por tanto tiempo hayan permanecido en las sombras y que hoy no se pueda verificar su autenticidad, por dudosa que sea. Las empresas necesitan manejar constantemente esta información para tomar a tiempo medidas, de manera que una emergencia como la actual (que no hacía falta decretar para atenderla) no impacte tan negativamente en su productividad.

El presupuesto para la nación de 2016 fue tal vez el primero en la historia venezolana contemporánea que se planificó sin que los ciudadanos supiéramos cómo quedaba ante la inflación y el PIB, sin saber dónde diantre estábamos parados económicamente. Es como si nos montáramos en un autobús con los ojos vendados: el mal camino escogido por el conductor no se ve, pero se sienten los golpes a medida que el vehículo pasa a toda velocidad sobre las irregularidades en la vía.

La semana pasada nos quitaron las vendas, pero las pueden volver a poner indefinidamente. Gracias a una reforma vía habilitante de la Ley del BCV, el banco podrá dejar de publicar los indicadores si el Ejecutivo juzga que hay una “amenaza” a la seguridad económica nacional que lo amerite. ¿La “guerra económica”, por ejemplo?

Alguien podrá decir que no importa ignorar la inflación porque Venezuela tocó fondo y no puede empeorar. Gran error. En la historia ha habido varios casos de economías nacionales que llegan mucho más abajo, azotadas por fenómenos hiperinflacionarios como los que pronto podrían llegar a Venezuela. Así pasó en la Alemania de entreguerras y en Argentina y Perú a finales de los años ochenta. Me detendré en un ejemplo extremo y más reciente.

En el año 2000, Robert Mugabe, que llevaba 20 años gobernando Zimbabue, emprendió un programa de reforma agraria por el que las tierras de la minoría blanca (descendientes de los colonizadores) fueron redistribuidas entre los campesinos africanos, sin compensación. Esta medida había sido rechazada por los votantes del país en un referéndum de reforma constitucional, pero los seguidores de Mugabe la llevaron a cabo igual, con invasiones y violencia.

El resultado fue una pérdida masiva de inversión privada, tanto nacional como extranjer4a. El mal manejo del espacio rural por los nuevos ocupantes, junto con la corrupción gubernamental, produjo además una severa escasez de alimentos. Para financiar sus gastos, el Banco de Reserva de Zimbabue (equivalente a nuestro BCV) tuvo que imprimir más billetes, y de mayor denominación.

En 2004, la inflación en Zimbabue fue de 132%. Si esto es un poco más que el desesperante aumento oficial de precios que notamos cada vez que vamos al mercado, ¿cómo creen que sería  231.150.888%? Esa fue la última cifra dada a conocer por las autoridades del país africano, en 2008. Según Steve Hanke, profesor de Economía en la Universidad Johns Hopkins, la inflación llegó a ser de 89.700.000.000.000.000.000.000% en noviembre de ese año. Esta es una cifra que, confieso, ni siquiera sé cómo se lee sin recurrir a la notación científica. Parece sacada de una caricatura. Luego de imprimir billetes de cien millones de millones de dólares de Zimbabue, Mugabe ordenó abandonar la moneda nacional y adoptar la de países vecinos. Hoy se usa ahí el papel verde del odiado “imperio”.

La misma persona que dijo que no importa no estar al tanto de la inflación, también podría decir que lo ocurrido en África nunca pasaría en Venezuela, porque antes el pueblo reaccionaría y de alguna manera detendría al Gobierno. Pues, bien, estamos en 2016 y Mugabe sigue haciendo lo que quiere en Zimbabue con poca o ninguna oposición efectiva. Una curiosidad sobre este personaje: por alguna razón, Hugo Chávez sentía una profunda simpatía hacia él. Tan es así que hasta lo juzgó digno de poseer una réplica de la espada de Bolívar, privilegio que, entre los extranjeros, está reservado para solo aquellos que nuestro jefe de Estado considere como personas de la más alta honorabilidad.

No sorprende entonces que una dirigencia política que admire a alguien como Mugabe encargue la malherida economía a un caballero que afirma, sin dudarlo ni por un segundo, que no genera inflación la impresión de dinero inorgánico para financiar los desmedidos gastos del Ejecutivo. Mientras, siguen ocultando la información con la excusa de la inmadurez de la ciudadanía. La negativa del gabinete económico a comparecer públicamente ante la Asamblea Nacional es la mejor prueba de ello.

Los venezolanos seguimos con en el mismo autobús sin saber adónde nos llevan. Si hay un despeñadero al final del camino que escogió el conductor, pretende que no podamos advertirlo. Pero, insisto, el mal camino se siente. Es perceptible cada vez que se va al mercado y el sueldo se esfuma con los pocos productos que uno consigue, luego de una insoportable cola. No sé si llegaremos a una hiperinflación como la de Zimbabue, pero sí puedo asegurar algo: ¡La angustia del venezolano lleva tiempo hiperinflada!

 

@AAAD25

 

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