Prácticamente desde que existe el cine, ha habido una especie de hoyo negro, un desacuerdo cuasi-genético entre el juicio de la crítica y los gustos del gran público. Demasiadas veces pasa que lo que para los críticos es una genialidad, para una cierta mayoría simplemente no es una opción a la hora de comprar la entrada.

La pregunta entonces es ¿qué ocurre? ¿Cómo es posible tanta discrepancia? Sí, estamos de acuerdo, están los géneros, está la poca educación cinematográfica de las audiencias, está la frivolización cultural de las masas; sí, perfecto, está todo eso, y sin embargo, amigos míos universitarios, de buena familia, cultos y hasta con una cierta vida interior, me cuentan que de un tiempo para acá dudan si leer o no las críticas de las películas porque generalmente quedan decepcionados.

Y aquí tengo que hacer un parón porque hay un matiz importante: no quedan decepcionados con la crítica, sino decepcionados de sus propios gustos, porque habían disfrutado mucho una película que la crítica había destruido.

La verdad es que hace falta mucha fe en los críticos para reaccionar de esa manera. Son personas que al leer una crítica, tienen la apertura de entender los argumentos por los cuales, según la crítica, aquella película no merece ser llamada una buena película, a pesar de que ellos la habían disfrutado mucho.

Y aquí es donde se plantea el dilema: ¿cómo es posible que nos guste una película que es “mala”? O más paradójico aún, ¿puede ser mala una película que nos gusta? ¿Acaso la mejor prueba de que una película es buena no es que me gusta?

Y para responder esto tengo que generar dos clases de respuestas: una respuesta para mis amigos del gran público, y otra para mis amigos de la crítica.

Mi respuesta para el gran público es que todo lo que se pueda crecer en vida interior (meditar), en sensibilidad (abrir mejor los ojos) y en cultura cinematográfica (leer un buen libro sobre el tema), hará que nuestros gustos se acerquen un poco más a los de la buena crítica. De alguna forma, te comenzarán a gustar mejores películas; y apreciarlas en profundidad, lejos de ser una tarea penosa, se convertirá en una especie de segunda naturaleza. Algo parecido a lo que pasa en la formación del buen paladar y los gustos adquiridos: son una expansión de la conciencia.

Mi respuesta para los amigos de la crítica, a pesar de que tal vez me odien por esto, es que revisiten la escena de Ratatouille en la que el crítico va al restaurant del protagonista: en resumen, vuelvan a cosas más simples. No siempre lo más sofisticado, alambicado y/o intenso es lo mejor. Tomen en cuenta los estados de ánimo del público. Yo mismo me he encontrado muchas veces sin fuerzas para enfrentarme a la última de Haneke, Von Trier o Cronenberg. Hay gente que sólo busca distracción y alegrías en el cine. Las películas no son buenas si y sólo si cuentan una historia con subtexto políticamente incorrecto, trascendente, irreverente o transgresor.

Creo que si el público se interesa más en profundizar y refinar sus gustos; y si la crítica regresa un poco a cosas más simples, tendremos menos discrepancias entre ambos mundos y el hoyo negro se hará más pequeño. ¿Tú qué piensas?

Javier Melero De Luca

@melerovsky

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