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Comienza la Belle Époque: sobre el secesionismo destructor, por Isaac Nahón Serfaty

Cataluña

 

En la secuencia inicial de Belle Époque de Fernando Trueba, que ganó en 1994 el Oscar a la mejor película extranjera, dos guardias civiles, que después uno descubre que son suegro y yerno, discuten por el arresto de un joven republicano que se encuentran en el camino. El yerno mata al suegro en un arrebato (por una arrechera, diríamos en Venezuela), y después se suicida. En pocos minutos el director de la película retrató la tragedia de España. Y esta tragedia fratricida podría repetirse por la convergencia de varios factores alrededor del secesionismo en Cataluña.

El primer factor es un cóctel explosivo que hemos visto ya en otras partes donde el populismo ha surgido con fuerza destructiva, particularmente en la Venezuela bajo el chavismo. Es la combinación de élites hambrientas de más poder y más dinero, corruptos ansiosos por seguir robando, y radicales extremistas enceguecidos por una utopía. Esta “coalición”, un poco contra natura, se basa en la coincidencia de “intereses apasionados” (la expresión es del sociólogo Bruno Latour) que movilizan a sectores que en otras circunstancias jamás coincidirían. ¿Qué hacen juntos burgueses capitalistas catalanes y radicales anarco-comunistas? Pues quieren hacer saltar el pacto constitucional español de 1978 para ponerle la mano a un Estado catalán independiente que les permita alcanzar sus respectivos objetivos, que no son necesariamente los mismos. Los burgueses quieren todo el poder político de un estado soberano. Los anarco-comunistas quieren dinamitar a la Unión Europea, empezando por España. En eso coinciden con la extrema derecha y los neonazis.

El segundo factor que actúa como elemento aglutinador, la goma que mantiene unidos a la insólita coalición independentista, es el resentimiento. No hay duda que hay razones históricas para que los catalanes odien a una cierta idea de España, aquella del franquismo “Una, Grande y Libre”. Es cierto que los catalanes vivieron oprimidos, que se les negaron sus derechos políticos, culturales y económicos. Pero la España de hoy no es la del franquismo, aunque el victimismo secesionista pretenda lo contrario. Cataluña es una región autónoma de un país democrático que forma parte de la Unión Europea. No es un territorio sometido a un poder colonial opresor.

Pero el resentimiento es una emoción potente, o un afecto (como prefiero llamarlo pues afecta a unos y otros), que mueve a la gente. Probablemente toda política tiene algo de resentimiento. Quien busca el poder de alguna manera tiene alguna “cuenta pendiente” que quiere saldar con alguien. Pero cuando la política no es otra cosa que resentimiento, las consecuencias pueden ser desastrosas. Y eso ha quedado claro en la Cataluña revuelta de estos días. Guardias civiles y policías que representan al Estado español no consiguen hoteles donde dormir en la región autónoma por el repudio del que son objeto de secesionistas. Los insultos van y vienen en la vida real y en la vida virtual. En Twitter las pasiones se desatan y las palabras suben de tono. El Rey Felipe es un “h de p”, los catalanes pro-España son “cabrones súbditos”, y cualquiera que intente razonar es un “fascista” (así calificaron a Joan Manuel Serrat por oponerse al supuesto referéndum).

Los venezolanos conocemos lo que viene después que la dinámica de las alianzas contra-natura y el resentimiento se imponen: es la destrucción, como un bulldozer que se lleva por delante las instituciones, las relaciones familiares y personales, la economía, la convivencia. Allí radica la mayor irresponsabilidad de los políticos independentistas catalanes. Pusieron en marcha un proceso que posiblemente ya no puedan parar. A los burgueses capitalistas ese mismo proceso los terminará devorando (que lo digan algunos empresarios venezolanos que apoyaron a Chávez al principio). A los radicales anarco-comunistas todo les sale como previsto. El objetivo es la disrupción del sistema, quebrarlo, y, creen ellos, que de las ruinas emergerá su afiebrada utopía.

*Profesor en la Universidad de Ottawa (Canadá)

El populismo exhausto, por Víctor Maldonado C.

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Los sueños populistas siempre se transforman en las pesadillas de los ciudadanos. Escribo esto con el dolor que supone saber que el régimen sigue acumulando víctimas entre los jóvenes que salen a protestar, y presos entre los ciudadanos que salen a la calle. La violencia, como siempre, no tiene extremos ni límites tangibles. Siempre puede ser peor. Siempre puede ir más allá. Siempre puede incrementar el desparpajo. Lo verdaderamente atroz es que no hay reversa, que el régimen no entienda que puede seguir sumando dolor a los ciudadanos, pero eso no le va a garantizar ni más estabilidad, ni más tiempo en el poder. Este es un régimen con sus tiempos vencidos.

Un joven asesinado es una pérdida irrevocable. Una persona que cae presa, sin respetarle sus derechos, obligada a encarar la justicia militar, pierde un tiempo que es precioso, que también es irrecuperable. El desconsuelo y la desolación de las familias que sufren el inmenso dolor de una pérdida, o la angustia perenne de imaginar las condiciones de un presidio injusto y violatorio de cualquier garantía, no tiene cómo ser compensado. Pero eso, la fuerza bruta y el fraude, son los dados que ha decidido lanzar el régimen. Juega al uso indiscriminado de la fuerza pura y dura, pretendiendo que esta es una batalla que puede ganar, como si fuera tan fácil torcer el rumbo de la realidad, que mientras tanto transcurre inexorable. Como si toda esa brutalidad no tuviera como única respuesta posible la persistencia de la protesta y el fortalecimiento de la voluntad ciudadana, que a estas alturas siente que se está jugando el todo por el todo, porque la alternativa es oscura y desoladora: tener que ser partícipes de una nueva experiencia de socialismo real, tratar de sobrevivir al comunismo malandro, y de malandros que nos quieren trajinar a través de una constituyente espuria, último recurso de una trama agotada.

Hay cuatro situaciones que son imposibles de mantener. No se puede gobernar en contra de la mayoría de los ciudadanos. No se puede reprimir a todos a la vez. No se puede confiar en lealtades mercenarias. Y no se pueden sumar enemistades en todos los flancos. Como el régimen lo ha hecho así, el cerco internacional y nacional han sido sus resultados. Los amigos de ayer se hacen los locos, las mayorías financiadas con el petróleo venezolano se están diluyendo, y los índices de popularidad del gobierno están en el suelo. La mentira tiene patas cortas, pero la represión ni eso.

No hay forma de mantener un orden social de dominación por las malas, porque ocurre lo que está pasando en Venezuela: el régimen, concentrado en reprimir y en sostener sus mentiras, olvida que gobernar es mucho más que ese afán anhelante de mantenerse al frente. Venezuela sufre el colapso del régimen, y su cinismo. Nada está funcionando apropiadamente, y la crisis de caja se aprecia en todos los servicios y empresas públicas. Porque vivimos esa realidad con deprimente cotidianidad hay un revolcón de las expectativas que resulta en rendimientos decrecientes, dicho de otra manera, no importa cuantos esfuerzos y recursos aplique el régimen, lo único que va a resultar son resultados más menguados, en términos de gobernabilidad y afecciones. Con una sola certeza. Es un proceso irreversible. El régimen nunca más va a experimentar una mejora. Por esa razón es que podemos diagnosticar esta etapa como terminal, que lo será independientemente del tiempo que todavía le quede hasta llegar al punto de quiebre.

El régimen está colgando de una brocha imaginaria. Tiene delirios políticos similares a los que alguna vez tuvo Hitler, encerrado en su bunker y asediado en todos los frentes. Ambos creyeron tener respaldos que ya habían perdido. El gobierno cree, por ejemplo,  que cuenta con la adhesión fanática de sus 2,7 millones de empleados públicos. La realidad es otra. Una simulación demencial para no perder el trabajo, mientras cae cualquier expectativa de productividad o eficacia. El hambre que provoca el colapso de la moneda es un corrosivo constante de cualquier arrebato de lealtad. En la burocracia oficial ya no hay compromiso ni tampoco suficiente moral como para hacer el mínimo esfuerzo. Ellos saben mejor que nadie del chantaje constante, de las marchas obligatorias, del saqueo de los recursos, de las trampas que hacen sus jefes, y del disimulo compartido para intentar sobrevivir. Es imposible negar los resultados que están a la vista. Es imposible inculpar a otros cuando ellos son espectadores de primera fila de los desmanes de sus jefes. Ellos no pueden abstraerse de una situación en la que todo luce a punto de derrumbarse, mientras el régimen viola todos los requisitos de la legitimidad política. Porque para que haya apego tiene que haber resultados, doctrina y buen trato.

Lo paradójico es que mientras los venezolanos experimentamos la debacle, los jerarcas del régimen hacen esfuerzos inauditos para tratar de controlarlo todo, como si eso fuera posible. Como si sus decretos tuvieran la magia de transformarse en hechos concretos. Lo cierto es que no controlan nada, o muy poco. Solo les queda el respaldo militar, a los que han tenido que incorporar como socios mayoritarios de esta etapa postrera.  El régimen ha cometido el error de tratar como mercenarios a las FFAA, creyendo que incrementando sus beneficios puede asegurar su total complicidad. Pero allí también operan los rendimientos decrecientes.  Ellos verán hasta cuando se siguen manchando las manos de sangre, y cuánto honor están dispuestos a perder.

Las imágenes del colapso son perturbadoras. Aeropuertos sin aire, líneas aéreas que no pueden volar porque tienen vencidos sus permisos y seguros. Servicio eléctrico con apagones continuos. Agua potable regulada en su suministro. Carreteras y autopistas deterioradas. Escuelas públicas sin maestros ni comedores escolares, y con su infraestructura destrozada. Hospitales sin médicos, medicinas y equipos. Inseguridad ciudadana extrema. Escasez de cualquier cosa que se necesite. Mercados negros que distribuyen los restos de inventarios de productos esenciales. Empresas que cierran intempestivamente. El hambre, que obliga a muchos a comer restos que encuentran en la basura. La inflación y la devaluación que han hecho perder cualquier sentido al bolívar. Colectivos paramilitares que siembran el terror con la vista gorda de la GNB y la PNB. Reservas internacionales que no dejan de reducirse. PDVSA, la principal empresa pública del país, ahora es una caja negra inauditable, está endeudada y sin capacidad operativa holgada. Gasto público en total anarquía, sin orden ni concierto. Saqueo continuo de los recursos del país. Anomia social, y el espectáculo forzado de la insensatez, transmitido en cadena nacional. Sin embargo, el hambre es el gran desmentido de la propaganda oficial.

El populismo agoniza. La última carta, el fraude constituyente, es una carta marcada. Nadie compra esa trampa. Nadie duda de las verdaderas intenciones del régimen, que quiere marearnos mientras sigue en la ruta del comunismo, que es la misma que nos conduce al más allá del precipicio, al abismo. El régimen ofrece una libertad que ya nos niega. Ofrece una prosperidad que a ellos les resulta imposible garantizar. Ofrece una paz de la que reniegan. Ofrecen una justicia que no practican. Un diálogo que en realidad es secuestro y coerción. Ofrecen la participación que nos han negado sistemáticamente. Ofrecen la democracia de la que abjuran. Ofrecen las elecciones que ellos saben que no pueden darse el lujo de permitir. ¿No son todas esas ofertas una inmensa estafa?

Los ciudadanos parecen determinados. Piden cambio político, que es la condición necesaria y suficiente para comenzar la normalización del país. Sin ese cambio no tendremos nunca elecciones libres, competitivas y eficaces. Porque ¿quién se imagina a la coalición gobernante respetando las reglas, acatando los resultados, y honrando la voluntad de los ciudadanos? Este régimen no va a cambiar. Nunca va a dejar de ser lo que es ahora. Por eso, para que haya elecciones, primero hay que vencer al régimen.

Y para vencer al régimen, además de la presión ciudadana, la alternativa democrática debe demostrar que es capaz de hacer la transición. Por eso mismo es urgente que se suscriba un pacto republicano de consensos mínimos. Erik del Búfalo y David Moran presentaron una propuesta que suscribo totalmente, pero que complementaría con detalles para constituir un primer gobierno transitorio, cuyo líder sea elegido en primarias, con el compromiso explícito de integrar un gabinete plural, pluripartidista y enfocado en hacer cumplir el pacto. La Venezuela patrimonialista tiene que quedar atrás, y de alguna manera debemos comenzar a inmunizarnos del populismo recurrente.

El populismo está exhausto y desacreditado. Sus principales ejecutores están siendo señalados como partícipes de crímenes, violaciones graves a los DDHH, y saqueo metódico de los recursos del país. A estas alturas no hay pacto posible, como tampoco lo es la tregua. Demasiados crímenes, demasiadas muertas indebidas, demasiado sufrimiento, demasiados presos y demasiados sacrificios, no pueden ser en vano.  Toca seguir luchando por la libertad que nos niegan, pero pensando en el futuro que entre todos debemos construir, teniendo presente a todos aquellos que dieron su vida para darnos la oportunidad de plantear una Venezuela diferente.

La influencia moral, por Víctor Maldonado C.

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Estamos en un momento crucial. El sistema del socialismo del siglo XXI colapsó. Esto quiere decir que, dentro de su lógica, no hay avance posible, sino un deterioro que se incrementa geométricamente. No hay forma que una dictadura atroz se haga pasar por una democracia. No lo es, y son tantas las pruebas que se han acumulado al respecto, son tantas las violaciones, que su talante perverso es, no solamente inocultable, sino también penoso para los que hasta hace muy poco fueron leales aliados. Pero no solamente ocurre un fatal hundimiento en la reputación política del régimen. Lo peor ocurre en el ámbito de la economía. El país no tiene reservas líquidas y no cuenta con una administración eficiente de sus recursos. Como suele ocurrir en todos los sistemas totalitarios, la burocracia se ha convertido en un fin en sí mismo. El costo de mantener vigente la coalición entre militares y civiles radicales es cada vez más ruinoso para el país, que observa con perplejidad cómo las diferencias de clase se han transformado en diferencias muy marcadas entre la jerarquía gobernante y el resto del país. Hay un contraste inexplicable entre ellos, que exhiben lujos y privilegios, y una población asediada por la inflación, la escasez, la enfermedad y el hambre.

Pero el hartazgo por las condiciones de vida son solamente un dato. Lo realmente relevante es el inventario de razones que mantienen a la población alineada con su liderazgo político. Y allí está el detalle, porque esta condición es la que puede determinar la suerte de esta conflagración en el mediano plazo. Ciertamente estamos de nuevo disputando la república entre la opción de la barbarie y la alternativa de la civilización. Pero la barbarie es engañosa y ambigua. Muta entre el extremo conciliador rentista y el autoritario excluyente. Se mueve a lo largo y a lo ancho del espectro progresista. Pero el idioma es el mismo, el populismo, y los medios que utilizan son similares, el saqueo de los activos productivos del país para generar una ilusión de armonía que está indebidamente fundada en el efecto narcótico que tiene la repartición irresponsable de la renta.

El año 2016 -que ahora luce lejano- fue un compendio completo de dislates políticos. Se defraudó la confianza del país en la misma medida que la dirigencia no fue eficaz en el logro de una amnistía que permitiera liberar a los presos políticos, y no fue lo suficientemente justa y recta en las negociaciones intentadas con el gobierno. Puede resultar incómodo volver a recordar lo que sucedió hasta hace solamente seis meses, pero igual vale la pena señalarlo porque la tentación está allí, sigue estando presente en un grupo que prefiere cohabitar en paz que intentar de una vez por todas el cambio político que la gente desea.

A despecho de los que aspiran, con tenacidad fundamentalista, a que compremos como bueno el unanimismo de la oposición, la verdad es que tenemos un conglomerado de oposiciones aglutinadas por la brutal forma que ha tenido el gobierno de encarar la política. La ligazón de la oposición es la persecución de la que han sido objeto sus principales líderes y partidos. Sin embargo, aún así se pueden notar diferencias importantes entre los que desearían un pacto con el régimen, y los que pretenden hacer todo lo posible para que esto acabe de una buena vez. Los pactistas prefieren el camino del diálogo, se conformarían con una convocatoria a elecciones regionales, no les importa demasiado que la nómina de presos políticos e inhabilitados siga en los números que están ahora, incluso que se incremente, y por supuesto, les parece bien que alguna vez haya elecciones presidenciales, por allá a finales del 2018, si acaso. Como ya demostraron en el 2016, tampoco les parece relevante comprar las versiones de la realidad que interesan al gobierno, a saber, la guerra económica, la derecha golpista, las personas detenidas en lugar de hablar de presos políticos, los diputados indígenas que hicieron trampa, el desacato de la Asamblea Nacional, el carnet de la patria, las misiones, y el escozor anti-liberal, entre muchos otros aspectos que, al parecer, no resultan demasiado importantes en una mesa de negociación. En los pactistas, la abstracción de la realidad que viven los venezolanos es sorprendente. Les piden que “ya que han aguantado hasta aquí, resistan un poco más”.

Otra parte de la oposición es rupturista. Habiéndose intentado todo, elecciones y diálogos, creen que llegó el momento de la manifestación ciudadana. Entienden que el dato del colapso político y económico tiene que significarse y transformarse en razones para el desafío. Opinan que ha habido una ruptura radical e irreversible del orden constitucional, desconfían del gobierno como interlocutor leal, no están dispuestos a ninguna transacción con el grupo gobernante, entre otras cosas porque eso les otorgaría una legitimidad que no merecen, y están dispuestos a acompañar y a canalizar las expectativas sociales de cambio eficaz. Para este grupo habrá elecciones cuando ocurra una restauración de la república civil y democrática, con instituciones garantes del derecho, y habiendo resuelto todo el daño que el régimen le ha infligido a la esencia de nuestras bases de convivencia. Comprenden que es inaceptable insistir en convalidar contiendas inequitativas en las que el régimen cuando pierde mantiene todas las condiciones y posibilidades para arrebatar las consecuencias del triunfo de sus adversarios. Han asimilado como datos relevantes del carácter del régimen el vaciado de atribuciones de la Alcaldía Mayor cuando la ganó Antonio Ledezma, los protectores regionales que operan, con abundante presupuesto, en las gobernaciones ganadas por la oposición, la forma como destituyen y apresan a los alcaldes que les resultan molestos, la destitución de oficio de diputados, la forma como el régimen ha prescindido nada más y nada menos que del Poder Legislativo, y de nuevo, el uso y abuso de las ficciones institucionales llamadas Poder Moral o TSJ, con cuya aquiescencia pueden ejercer una dictadura totalitaria y excluyente en la que una oposición que se comporte bajo los supuestos del manual de Carreño no tiene nada que buscar.

Por ahora priva el rupturismo. Las últimas semanas de movilización y provocación inteligente, con un liderazgo que ha estado al frente, corriendo los mismos riesgos que el común de la gente, les ha redituado ganancias importantes, equitativamente distribuidas. Podríamos incluso decir que estamos en una nueva ola, un nuevo estado de opinión, un nuevo estadio del humor social en el que todo lo que suene a transacción es inequívocamente censurado por los ciudadanos. Por ahora hay un pacto alrededor del hartazgo mutuo.  Entre otras cosas porque el régimen está dando señales de que, a pesar de su propio colapso, piensa quedarse para siempre, sin importarle los costos. Hasta hace poco, algunos se mantenían en la vana idea de que, mientras tanto, podían mantenerse las formas. Que con dos o tres pasos atrás la Asamblea sería restaurada en algunas de sus atribuciones, y que, por lo tanto, algo de normalidad se podía mantener. Y que esa posibilidad podía ser aprovechada por los pactistas para ganar tiempo y acumular recursos de poder. Eso, ya lo sabemos, no fue posible. Esa agenda no era la del país, y rápidamente fue superada por las exigencias de la realidad.

Porque volvamos al inicio. A los pactistas y al gobierno la realidad no les dio la holgura suficiente. El sistema del socialismo del siglo XXI ha colapsado, y como resulta obvio, es cuestión de tiempo y de acción política el que se haga evidente que no puede seguir al frente del país. Pero ¿qué es lo que ha colapsado? Una forma de ser políticos y de hacer política que en el caso venezolano cruza el populismo más bárbaro con el rentismo más primitivo. Estos políticos son patrimonialistas y particularistas. Entienden el acceso al poder como conexión a las finanzas públicas para privilegiar a sus camarillas. Son excluyentes y sectarios. No les gusta la competencia. Tienen un discurso rendencionista centrado en la reivindicación de los más pobres a costa de las clases productivas. Necesitan un gobierno extenso y con grandes facultades para la intervención. No respetan ni propiedad ni garantías. Y cada cierto tiempo necesitan montar un espectáculo de expoliación, para demostrar que el compromiso con la justicia social es irreductible. La oferta es extensa y falsamente sustentada en criterios de recursos y de riqueza que al final son solo promesas vanas, indisciplina fiscal, proyectos faraónicos, endeudamiento creciente, inflación y crisis recurrentes. El país no crece con sustento, su parque empresarial siempre es reducido, todos pugnan por su cuota de renta y de protección, se usa y se abusa de los controles, y todo político se presenta como la llave o la contraseña de portentosas prerrogativas. Esa forma de ser políticos está basada en el engaño a un pueblo que se desprecia, y en el saqueo del país. Es, en términos de corrupción, el aprovechamiento sistemático del poder encomendado para el lucro privado. ¿Y en qué consiste la política? En un intento, que siempre fracasa estruendosamente, de distribución ampliada de la renta, sin compromiso de productividad, para mantener la cohesión y la armonía social. La política es el intento inútil de darle a cada quien, según sus ganas. Además, ya no hay renta que repartir.

Me temo que la gente ya se conoce el libreto y el pavoroso final. Nadie puede apostar al largo plazo porque es imposible predecir o anticipar en un contexto de arbitrariedad que, por esa misma razón, es turbulento. La gente está harta de la paja populista, hasta el gorro del redencionismo que pide a cambio sumisión y carnet de la patria.  La gente quiere otra cosa. ¿Qué quiere la gente? Riqueza fundada en el trabajo, movilidad social basada en el mérito y en el esfuerzo, libertad y respeto por la condición humana, y una base de seguridad jurídica y personal provista por un sistema republicano y democrático. La gente quiere poder hablar, comer, pensar y progresar en libertad. No quiere que nadie lo haga por cuenta de ellos, y seguro habrán aprendido a valorar lo importante que resulta un gobierno que haga lo suyo y deje hacer a los privados su trabajo. La gente ha aprendido que sin justicia hay despotismo, y que el político populista al final es un peligroso fraude. La gente quiere decencia y tranquilidad, y por qué no decirlo, aspira a un país compasivo y solidario. Pero eso requiere otros políticos y otra política. Políticos que no se vendan como la panacea que todo lo puede, todo lo sabe y todo lo resuelve. Políticos que a veces digan “eso no es posible”. Y una política que establezca unas nuevas reglas del juego, donde el mercado sea determinante, y no la falsa ilusión de un estado benefactor que al final no beneficia a nadie.

Algunos se indignan y gritan de inmediato ¿Y quién se va a ocupar de los pobres?  El que los pactistas todavía lo pregunten indica que todavía hay mucho cinismo realengo. Este socialismo extremo, habiendo dilapidado toda la renta petrolera, solo tiene como saldo el habernos empobrecido a todos. El populismo rentista, los socialismos reales, dicen que vienen a salvar a los pobres, pero en realidad, solo se lucran de la pobreza, saben que necesitan a una sociedad hambreada y necesitada para montar un sistema de servidumbre donde ellos se vendan como insustituibles, a pesar de su precariedad intelectual, de su escasez moral y de su voracidad para dilapidar recursos y oportunidades.

¿Cuál debe ser el propósito de los políticos y la política alternativa? Refutar el socialismo, invalidar el populismo rentista, y vender un país viable, menos extravagante en sus promesas, una república civil que no asiente sus bases en la voracidad sectaria de la política de la barbarie, dejar de prometer un gobierno extenso y lleno de cualidades intervencionistas que al final no garantizan nada diferente al dispendio inflacionario, para darle un chance a la libertad, que tiene como condición un gobierno limitado, transparente, garante de reglas claras aplicadas con criterios universalistas, eficaz en hacer lo suyo, y respetuoso de la iniciativa de sus ciudadanos. El político alternativo tiene que ser capaz de contrastarse radicalmente con este socialismo, con la izquierda venezolana, tan exquisita como fracasada y nostálgica. Debe tener coraje y la influencia moral para señalar con claridad el camino y convencer a los ciudadanos que no hay alternativa. El reto es inmenso, porque en veinte años es mucho el daño que se ha hecho a la moral ciudadana. Pero algún día y por algún sitio tenemos que empezar. Aprovechemos el impulso rupturista para dejar atrás esta época y ser nosotros los fundadores de esa nueva república. Si no lo hacemos ahora, estaremos condenados a un espantoso ciclo de repeticiones del mismo militarismo radical que nos ha extraviado por tanto tiempo.

 

@vjmc

EFE Mar 08, 2017 | Actualizado hace 3 años
Papa Francisco: el populismo es malo y acaba mal

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El papa Francisco se reconoce como “pecador” y “no infalible” en una entrevista con el semanario alemán “Die Zeit”, en la que se muestra preocupado por los populismos en las democracias occidentales y especialmente en Europa.

“El populismo es malo y acaba mal, como ha mostrado el pasado siglo”, afirma Francisco, quien considera que esas tendencias se basan en la utilización de las personas, para lo que se recurre a mesías con el argumento de que hay que proteger la identidad del pueblo.

El papa vuelve a hablar de una tercera guerra mundial y pide dirigir la mirada, por ejemplo, a Ucrania, Asia o Irak.

Preguntado por si atraviesa momentos en los que duda de la existencia de Dios, responde que él también conoce “los momentos de vacío” y de oscuridad.

INFOGRAFÍA | Cleptocracia: de la utopía revolucionaria a la miseria del Socialismo del Siglo XXI
Cuando se cumplen cuatro años de la muerte del presidente Hugo Chávez, creador del Socialismo del Siglo XXI, es evidente que pese a la promesa de que la riqueza petrolera pasaría a manos “de todos los venezolanos”, el diseño de dicho modelo no estuvo pensado para tal fin. Expertos argumentan que la versión chavista del socialismo, plena de controles económicos e incentivos a la corrupción, se asemeja más a una cleptocracia, es decir, a un sistema de gobierno en el que prima el interés por el enriquecimiento propio a costa de los bienes públicos. Advierten, además, que los últimos eslabones de la tragedia socialista son la hambruna y el control de los partidos políticos por parte del Gobierno

 

@GitiW

“EL SOCIALISMO SALVARÁ A LOS PUEBLOS del mundo de la miseria, de la pobreza, del hambre y de la desigualdad”, expresó Chávez en 2011. El caso venezolano demuestra que tal afirmación no solo fue utópica, sino diametralmente opuesta a la realidad. Y no fue por falta de recursos pues entre 1999 y 2015 el Estado recibió poco más de 2 billones de dólares por cuatro vías: exportaciones petroleras; tributos directos e indirectos, dividendos de Pdvsa y utilidades del BCV; emisiones de bonos y créditos diversos al Estado y sus entes, así como la emisión inorgánica de dinero del BCV.

“Nunca hubo tanta abundancia y tanto deterioro social. No hay manera de explicar en qué se tradujo el ingreso de casi un billón de dólares nada más por concepto de la renta petrolera y los fondos parafiscales”, apunta Fernando Fernández, abogado consultor en Derecho Penal Económico.

Quizás sí hay una manera de explicar cómo pasamos de recibir tal abundancia de recursos al actual estado de indigencia que se ve en las calles venezolanas. Fernández, quien preside la Asociación Venezolana de Derecho Penal Económico, argumenta que desde el principio, el socialismo del siglo XXI fomentó la construcción de un “estado dual” caracterizado por la llegada al poder de “personas leales, complacientes y obedientes al gobierno (…) con el deseo tácito o expreso de enriquecerse o de tener poder”, en otras palabras, creó las bases de una cleptocracia.

Esa construcción dio pie al “estado criminógeno”, en el cual todas las condiciones estimulan la corrupción incluso entre quienes no tenían la intención de hacerlo. “Se puede afirmar que se trata de la ejecución de un plan preconcebido. La corrupción se contagia pues en una madeja corrupta todos quieren su tajada. Este nivel de corrupción necesita de una estructura que lleva a todos los ciudadanos a formar parte de la cleptocracia de una forma u otra”, explica Fernández.

El Índice de Percepción de Corrupción 2016 ubicó a Venezuela como el último país del continente en transparencia gubernamental. Ese factor es justamente el que favorece la cleptocracia, pues su existencia requiere de una estructura amparada en la más completa opacidad.

 

Índice de Corrupción 2016

 

El director de la ONG Paz Activa, Luis Cedeño, enumera cuáles son los indicadores que demuestran la presencia de la cleptocracia en Venezuela:

1.- Maximización el endeudamiento del país

2.- Monopolio los actos de corrupción de gran volumen. Ej. Nepotismo

3.- Uso de fondos del Estado para pagar coimas a cambio de apoyos de políticos, diputados, medios y jueces

4.- Capitalismo de Estado e ideología totalitaria.

5.- Cooptación de Poderes

6.- Reducción de los servicios públicos

7.- Control de todos los partidos

 

El experto en Derecho Penal Económico alerta que aunque la cara más trágica de la debacle es la búsqueda de comida en los basureros públicos, situación que él estima evolucionará hacia un fenómeno de hambruna, el socialismo del siglo XXI buscará a continuación socavar completamente las bases de la democracia a través del control de los partidos políticos.

 

VENEZUELA-CRISIS

Venezolanos buscando comida en la basura | Foto: AP

¿Cómo se acaba con las cleptocracias? “Nadie lo sabe con certeza”, apuntó Fernández.  “El mejor escenario es que se disuelvan al estilo de Rusia, tras lo cual hay que hacer una cantidad de reformas legales y estructurales para sanear el Estado. Para que eso ocurra es indispensable un pacto entre todos los factores: económicos, políticos, sociales, militares y religiosos para refundar el país. Luego hay que recuperar los activos perdidos, tal y como lo hizo Brasil y Perú”. ¿Cuál sería el peor escenario? “Un cambio abrupto cuyo destino no se conoce”, agregó.

La siguiente infografía, basada en una investigación de Fernández, permite conocer cómo evolucionó la cleptocracia en Venezuela, desde su inicio como un sueño de igualdad social, al actual panorama de menesterosidad.

 

 

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El populismo y la demagogia, por Carlos Dorado

Das Zeitalter des Perikles / Foltz

El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”, -dice un viejo refrán español-, y que sería muy adecuado para explicar las raíces del populismo y la demagogia; que acaecieron hace cuatro siglos antes de Cristo, y creados por los mismos padres que dieron luz a la democracia.

El imperio ateniense fue un imperio básicamente marítimo, con una hegemonía mundial importante. Sus finanzas públicas rebosaban de dinero, producto de un intercambio comercial marítimo considerable. Ese boom económico sirvió para crear una nueva profesión: La Política; a través de la instauración de la democracia.

Una democracia que requería de que algunos ciudadanos, se dedicasen exclusivamente a ocuparse de administrar los bienes públicos, y a planificar el futuro del pueblo a través de la elaboración de leyes. Para esto les asignaron un salario lo suficientemente bueno, como para no tener que preocuparse más por su profesión y el sostenimiento económico de sus hogares.

¡Es Atenas la madre de la democracia, y quien le sacó el poder tiránico y dictatorial a una persona y se lo dio al pueblo!

Así comenzó a formarse una llamada clase política, cobrando por ser políticos a tiempo completo, y representando al pueblo que les pagaba, previo a haberlos elegido. ¡Hasta aquí todo parece normal! Ahora bien, a medida que los ciudadanos sienten que dedicarse a la política conlleva menos trabajo y más beneficios, el número de personas que se querían dedicar a la misma iba creciendo.

Sistemáticamente, los ciudadanos comienzan a abandonar sus profesiones para dedicarse a la política como medio de vida, siendo sustituidos por los esclavos en las tareas agrícolas, artesanales, comerciales y obras públicas. Todos quieren el poder; pero el mismo lo daba el pueblo, y debían de ser electos por éste.

Sin embargo; y a pesar del boom económico, la preparación del pueblo no contaba con esa capacidad de análisis y raciocinio que les pudiese garantizar que iban a elegir a los mejores y más preparados para ser sus representantes en la administración de sus bienes y en la elaboración de sus leyes.

Así se convirtió a la gran democracia ateniense en caldo de cultivo para oradores hábiles y sin escrúpulos, quienes no tenían otro interés que lograr vivir del erario público, sacando y apoyando las propuestas que les interesaban, y vendiéndolas de forma que el pueblo quisiera comprarlas.

Sus técnicas de convencimiento consistían en alabar y halagar al pueblo como fuera, con tal de lograr sus fines, y no tardaron en ceder al soborno y a la corrupción para mejorar sus vidas y tener recursos que pudieran dedicárselos a mantenerse en el poder. ¡Sólo les interesaba éste, y el mantenimiento de su estatus político!

Dentro de este contexto; triunfar en política consistía en cultivar una imagen, tener un discurso rico en promesas y en garantías de un porvenir mejor; transformándose así la política en una competencia por conseguir la aprobación de las masas, sabiendo que el análisis de éstas era muy superficial, poco analítico y sobre todo, de naturaleza emocional.

El hábil, el orador, el demagogo, el prometedor, fue imponiéndose y haciéndose cada día más profesionales de una nueva profesión. ¡Fueron estos precisamente, los padres de la política del populismo y la demagogia!

Lo que llama poderosamente la atención es que han pasado miles de años desde el nacimiento de la misma, y sigue tan vigente como el primer día que se concibió.

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Isabel Pereira tiene razón, por Víctor Maldonado C.

IsabelPereira

 

Tengo el inmenso privilegio de estar cerca de Isabel Pereira. Por cierto, una prerrogativa gratuita, de mutuo afecto, de confianza entrelazada y de cercanía ideológica, un proceso en el que el tiempo ha permitido ese sosiego que permite asumir con alegría y entusiasmo sus intuiciones, su evolución intelectual y su amplitud de miras. Me gusta de ella su obsesión por ir a contracorriente, por llevarle la contraria al conocimiento convencional, por su sistemática labor de escrudiñar lo que explica aquellos aspectos que creíamos suficientemente explicados, y porque no tiene problemas en meter el dedo en la llaga de nuestros tabúes culturales. Todos estos aspectos son cruciales en los tiempos que corren. Porque no podemos quedarnos estancados en una forma de pensar que nos ha arruinado una y otra vez. Si los países aprenden, entonces nosotros tenemos que sacar buenas lecciones de la tragedia que estamos viviendo, para que no vuelva a ocurrir. Y en ese esfuerzo generacional que bueno es contar con Isabel Pereira. Por eso mismo celebro que en los próximos días se va a presentar el último de sus libros -por ahora-. Se llama “Por un país de propietarios. El petróleo no tiene la culpa”, editado por Cedice Libertad.

Hay tres tabúes que los venezolanos debemos superar. El primer tabú prohíbe que los privados puedan explotar la riqueza nacional, ahora monopolio constitucional del estado venezolano. El segundo tabú niega cualquier intento de impugnación de la capacidad redistributiva del estado venezolano. Y por eso, petróleo, minas y cualquier otra actividad estratégica, será reservada al sector público en desmedro del emprendimiento privado. El tercer tabú prohíbe siquiera pensar en que el estado pueda eximirse de su capacidad expropiatoria. Esos tres tabúes están expresados en una constitución que es infatigable en otorgarle al gobierno capacidades que se le niegan al sector privado. Tenemos una constitución socialista que ha derivado en este autoritarismo de incapaces en que todo sueño de prosperidad se nos ha vuelto una convulsa pesadilla. Con esta constitución, y a pesar de la poética de derechos que allí se acumulan, no hay salida digna. Por eso mismo es que el ciudadano venezolano solo puede evitar por un tiempo el verse aplastado por la inmensa capacidad de disposición del estado venezolano. No alinearse tiene sus terribles consecuencias, porque el único propietario privado que tiene todas las garantías aseguradas es, paradójicamente, el gobierno.

Asumir esto es salir de la ficción legalista que diferencia estado de gobierno. Aquí eso no es posible. El gobierno es el estado, y el estado está reducido al gobierno, no solamente porque no hay estado de derecho sino a favor del gobierno, también porque se ha legitimado un inmenso desbalance entre el stablishment que gobierna y el ciudadano dejado a su suerte. Me refiero al stablishment como al sistema de intereses articulados entre el gobierno y su entorno. Alrededor de eso gravitan un conjunto diverso de intereses y puntos de vista que coinciden en mantener el statu quo y hacer prevalecer el estado patrimonialista.

Isabel Pereira define al estado patrimonialista como el propietario de las principales fuentes generadoras de riqueza y máximo concentrador del poder político. Los venezolanos hemos pactado constituciones que, una y otra vez, han garantizado ese desequilibrio tan perverso. A juicio de la autora, tanto poder concentrado en una ficción fraudulenta de bondad y honestidad -el gobierno- “es una de las causas ocultas del fracaso venezolano en garantizar la existencia de las libertades ciudadanas y resolver el problema de la pobreza”. El gobierno extenso, populista, que tiene una solución mágica para cada problema, divorciado de la productividad, clientelar, extorsivo, amedrentador, saqueador del ahorro de los privados, irresponsable e incapaz de honrar la ley, es la causa eficiente de un país que no logra salir definitivamente adelante.

Isabel Pereira se refiere al verdadero y sustantivo modelo de propiedad planteado en la constitución. “El estado es el propietario y asume el control de los sectores competitivos, bajo la promesa de que subsidiará y financiará las aventuras económicas que tengan a bien emprender los ciudadanos venezolanos”. Pero ¿dónde está la trampa? Que los ciudadanos solo tienen acceso a lo no competitivo, quedan confinados a la imposibilidad productiva, o dependientes de un monopolio ejercido por el gobierno, y por lo tanto, necesitados de “bailar al son que le toquen”.

Este estado patrimonialista es una soga en el cuello del emprendimiento. Por eso es que hay un contraste evidente entre la expansión productiva del venezolano en el exterior y la lucha constante que tiene que plantear en su país. Esta condición hizo metástasis en el socialismo del siglo XXI. Hugo Chávez leyó al país en cada uno de sus tabúes, y actuó en consecuencia. Isabel Pereira hace una disección notable de los cursos de acción que se abrieron con este experimento marxista-autoritario. Todo el plan buscó una ampliación del Estado Patrimonialista “para moldear la vida del ciudadano en concreto y hacer más improbable que su desarrollo como persona no esté sometida a su relación sumisa frente al estado”.

Un cuarteto siniestro de acciones significó la exacerbación del poder del estado. El primer lugar corresponde al ataque a la propiedad privada, porque “la propiedad privada es el derecho civil que más odia el socialismo”. Y lo odia porque produce y reproduce ciudadanos libres, capaces de desafiar el poder del estado y de cada una de sus premisas. El segundo lugar incumbe a la destrucción de la producción nacional, anulando los derechos económicos y cercando cualquier tipo de iniciativa productiva. No es casual que el régimen sea un gran monopolio de uso de las divisas, que toda su fallida actividad empresarial sea opaca, ineficaz y corrupta. No es casual que odien cualquier comparación, y que en Venezuela ellos hayan transformado a la empresarialidad como un ámbito peligroso, tal vez el más riesgoso. El tercer lugar le toca al monopolio de la interpretación de la realidad, dinamitando cualquier intento de expresión libre, y construyendo esa odiosa hegemonía comunicacional que no moja, pero empapa. Ellos necesitan confiscar el pluralismo porque el estado patrimonialista es un fin en sí mismo, y necesita “conquistar la mente política de las audiencias o al menos anular que piensen sobre los problemas del país”.  El cuarto aspecto es el intento de gobernar por medio del caos. ¿A quién le conviene el desorden? Al poder arbitrario, que repugna las reglas del juego, que reniega de la racionalidad, y que prefiere ejercer el poder absoluto sobre la sociedad.

Los resultados son catastróficos. Tenemos una sociedad que nunca ha aprendido a funcionar con autonomía, y que por lo tanto cae víctima, una y otra vez, de los cantos de sirena del caudillismo providencialista. Una sociedad que le hace la corte al militarismo y que erotiza la política termina siendo una sociedad vaciada de ciudadanía y constantemente maltratada por sus líderes. Las reservas internacionales no han dejado de caer desde el 2008, hasta llegar a ser un cuarto de lo que teníamos en aquel año. Se dice fácil, pero este experimento ha saqueado al país. Ahora tenemos un mínimo de 10.500 millones de dólares, sin que nadie explique cómo y por qué ocurrió una caída tan abrupta.

Pero, así como se han devastado las reservas internacionales se ha incrementado la liquidez monetaria. El populismo frenético no descansó en los últimos veinte años en los que se multiplicó 1257 veces la masa monetaria. El bolívar ha sido una y otra vez agredido por la irresponsabilidad fiscal y la falta de cordura de un régimen que no cree en la sobriedad ni en el ahorro. Ahora la inflación es el resultado y los ciudadanos vivimos ajenos a una decente capacidad adquisitiva, mientras los sectores más pobres tienen que arrodillarse ante la limosna de una bolsa de alimentos.

Pero el estado patrimonialista es más ancestral entre nosotros. Sus consecuencias se han acumulado a lo largo del tiempo, sin que la dirigencia política haya sido lo suficientemente valiente como para adjudicar la culpa a quien la tiene. Desde 1970 hasta nuestros días ha sido demencial la depauperación del signo monetario, acumulando una devaluación de 5.560.532,5%. ¿Esta política es rescatable? De ninguna manera. Esta política no tiene perdón.

La tragedia es que en la agenda política no se aprecia contrición. Las alternativas han sido montadas en la apropiación del estado patrimonialista y no su sustitución. Los que quieren sustituir el socialismo del siglo XXI le tienen ganas al mismo orden de cosas. Piensan en términos de empresas públicas, sectores estratégicos, estado fuerte y populismo a granel. Quieren un estado grande para satisfacer la relación clientelar que mantienen con sus militantes, y no tienen en la mira una reforma a fondo de las reglas del juego que atente contra el estado patrimonialista. Excepción hecha de María Corina Machado, todos los partidos creen y juegan al socialismo progresista. Por lo tanto, todos niegan la causa eficiente de nuestras desgracias sociales. El patrimonialismo alimenta al caudillismo, y viceversa. Y hay que salir de esa relación profundamente perversa.

Isabel Pereira tiene razón. El estado patrimonialista es económicamente ineficiente y políticamente peligroso. “Si queremos democracia hay que desmontar el estado patrimonialista como ente político y económico, y devolver el poder a la gente sobre cómo producir los elementos materiales de su vida. Este es el corazón del cambio de manera inequívoca”.

Tenemos que matar la idea de la supuesta bondad del estado patrimonialista. Porque si alguien te promete dar, en el mismo momento te amenaza de quitártelo todo. Hay que estar alertas porque los gobiernos “persiguen sin descanso su objetivo de agrandar su propia esfera de poder, se entrometen cada vez más en nuestras vidas, nos exigen mayores cantidades de dinero y nos privan de nuestra libertad”. Esta predicción de David Boaz nadie nos la tiene que advertir, la vivimos como la peor pesadilla, como el peor insomnio, como la peor vivencia. En los albores del cambio necesario, hagámoslo de una vez. Construyamos el país de libertad y derechos, superemos nuestros propios tabúes y dejemos a nuestros hijos un espacio para vivir con dignidad y autonomía. Gracias Isabel por tener la razón.

@vjmc

Venezuela aparece por primera vez como “no libre” en informe de Freedom House

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Venezuela aparece por primera vez como un país “no libre” en el informe anual de la organización Freedom House publicado hoy, mientras que en 2016 la libertad cayó en Nicaragua a su nivel más bajo en más de 20 años.

“La combinación de gobierno de mano dura y extrema mala gestión económica del presidente venezolano, Nicolás Maduro, empujó a su país al estatus de ‘no libre’ por primera vez en 2016”, concluye el documento, que será presentado hoy en la sede de la entidad en Washington.

Venezuela ha servido como modelo para los regímenes populistas en la región, pero hoy es el epítome del sufrimiento que puede ocurrir cuando los ciudadanos no tienen la posibilidad de hacer que sus líderes rindan cuentas”, señala.

En 2016, Maduro, “confiando en el control que tiene el régimen sobre los tribunales”, respondió a la victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias “quitándole poder a la asamblea legislativa y bloqueando el referendo revocatorio presidencial, con lo que impidió el único camino a un cambio ordenado de liderazgo”.

El “similar régimen” del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, llevó en 2016 al país a su nivel más bajo de libertad en más de 20 años.

“Habiendo puesto al poder judicial a su favor y reducido los medios independientes, Ortega pudo casi eliminar a la oposición en las elecciones presidenciales y legislativas”, indica el informe.

Nicaragua, que se mantiene como “parcialmente libre” en la clasificación de Freedom House, sufrió en 2016 un declive de los derechos políticos y de las libertades civiles “al expulsar la justicia al líder del principal partido opositor y por la expulsión de 16 legisladores de la oposición en la Asamblea Nacional antes de las elecciones de noviembre”.

Y esto “combinado con los esfuerzos del Gobierno para silenciar a periodistas y académicos con opiniones contrarias”.