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Ética del don; no ética de la pureza y la mancha, por S:D:B Alejandro Moreno

ESTÁ EN JUEGO EN ESTOS MOMENTOS DE LA POLÍTICA –ya lo hemos dicho– el fondo esencial y existencial de la cultura del pueblo venezolano. Quiero hoy detenerme a reflexionar sobre la estructura de ese fondo: la ética que califica y constituye su raíz. Si trascendiendo lo aparente, lo circunstancial, nos fijamos en lo permanente y lo estructural, entenderemos que la ética sobre la cual se funda la práctica de vida de nuestro pueblo es una ética regida por el don y la entrega, no por la culpa, la limpieza y la pureza. Esta sería la típica ética farisaica mientras la ética del don, que al fin de todo es el amor, coincide plenamente con la ética cristiana más profunda. Estoy hablando de cultura, no necesariamente de religión, pues esta ética del don y del amor está presente en las prácticas culturales tanto de los creyentes como de los no creyentes, de los cristianos como los de otras religiones. Por alguna vía se hizo cultura popular venezolana. Es lo más profundo de nuestra identidad como pueblo, es la forma nuestra de habérnoslas con la vida y la realidad toda. Ciertamente eso no nos libra de cometer errores y delitos, o pecados, de actuar contra ella o fuera de ella, pero ella permite que podamos también regresar y recuperarnos. Desde el punto de vista cristiano este fondo ético es el que no se detiene en el remordimiento de la culpa sino que permite la liberación por el sincero arrepentimiento, hace posible el perdón en profundidad y la alegría plena y sin nubes de la total aceptación en el mundo absoluto del amor. En el campo social y político es lo que permite el encuentro entre quienes difieren en opiniones, en gustos y proposiciones porque hay un fondo común a todos, incluso inconsciente, sobre el que las coincidencias y la aceptación son posibles sin exigir para nada la uniformidad. La ética de la limpieza, la pureza y, por tanto, de fondo, siempre la culpa de la que es imperioso librarse pues es productora permanente de remordimiento, angustia y autohumillación y por lo mismo de la visión fundamentalmente negativa del otro que siempre será de algún modo culpable, es productora de las prácticas de aislamiento, segregación y encierro en un personal sentido de superioridad y orgullo de quien se siente más perfecto. Esto tiene efectos políticos y es causante de desunión. En religión, produce el fariseo, el que se siente superior ante Dios y desprecia al publicano por pecador. En eso consistió el gran rechazo de Jesús. Y en eso consiste el intento de desvenezolanización hoy.

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El Nacional

 

Acabo de leer el último libro publicado por Ibéyise Pacheco. “Las muñecas de la corona” -así se llama- es una descripción novelada de la concupiscencia que viene como consecuencia de la fatal corrupción. El poder, practicado para el propio beneficio, alejado de las promesas y compromisos con el país, convertido en una vivencia de descomposición social y tramas que se entrecruzan, aprovechando para ello el telón de silencio, complicidades y represión que caracteriza a los regímenes totalitarios, sobre todo aquellos con trazas caribeñas, que han asumido la fórmula que garantiza el secretismo, proporcionado por la receta cubana. Ellos viven un mundo paralelo. Nosotros sufrimos la realidad que ellos provocan. Y esa realidad es mala y precaria, entre otras cosas, porque el mal es lo que ellos practican, y del mal no puede obtenerse algo bueno.

¿A qué se dedican ellos cuando no hay cadenas nacionales? Esa pregunta siempre me ha intrigado. Porque obviamente no es a gobernar, si por gobernar se entiende administrar los recursos del país para garantizar abundancia institucional y toda la libertad posible para que los ciudadanos puedan emprender fructuosamente sus proyectos de vida. Las respuestas son obvias, y los datos de la realidad son explícitos. Aun así, resulta difícil imaginar que seamos víctimas de un mal tan intenso.

Sin ahorrarnos el mal trago del darnos cuenta en qué tipo de abismo nos encontramos, la autora Ibéyise Pacheco nos va desentrañando la respuesta. Porque ser los ductores de un paraíso criminal, poder sobrevivir a las diversas expresiones de una coalición cuya única ligazón es saquear todo el tiempo que sea posible, con toda la impunidad que consigan, requiere de una dedicación a tiempo completo que, sin embargo, les deja tiempo para hacer realidad cuanto capricho les pase por la cabeza, sobre todo si se asume que el placer es parte irreductible del negocio.

No nos llamemos a engaños. A estas alturas todos deberíamos saber que somos el resultado de una practica tenebrosa del poder, cuyo único objetivo es el lucro, lejos, muy lejos de cualquier objetivo que se plantee un gobierno decente. El pudor republicano hace mucho tiempo dejó de estar entre las premisas del régimen, entrampado en su propia racionalidad, reducidos a mantener el poder, porque es la única forma de seguir saqueando, y mientras tanto, de seguir disfrutando de un paraíso hecho a su medida, con sus propias reglas, sus peculiares reparticiones, y esos pequeños placeres que terminan siendo parte de un sistema de suministros fundados en organizaciones delictivas, y denigradoras de la dignidad de las personas. La autora nos muestra esta vez la descomposición moral a la que puede llegarse cuando se deja de lado cualquier límite ético y se vive bajo la consigna de que “todo vale si se puede pagar”.

Hay dos preguntas éticas que nos pueden resultar crucial a los efectos de entender lo que nos está pasando y los alcances del daño que estamos sufriendo. ¿Son las relaciones de poder las que determinan lo bueno y lo malo? ¿Qué sabemos de nosotros mismos? No siempre resulta grato el encuentro con nosotros mismos. No siempre es cierto que haya un deslinde absoluto entre ellos y nosotros. El régimen se alimenta de muchas maneras en las riberas de los que se les oponen. Me refiero a esas sombras que nos hacen ser permisivos y transigentes. Lo que nos permite ser tan dúctiles y comprensivos con la falta de integridad, las dobles agendas de la perversidad, la escasez de lealtad, el escaso apego a proyectos compartidos, el ego excesivo que, de repente, se transforma en un demoníaco narciso, la confusión de los ingenuos y las tramas telenovelescas que pretenden finales felices, todos unidos, los buenos reafirmados por los malos arrepentidos a última hora, lo bello asociado a la virtud y lo feo vinculado al pecado, sin que se crucen esas líneas frágiles entre la ética y la estética. La realidad es más confusa. Muchas veces los venezolanos están más que dispuestos a comprar las reglas del juego que les plantea el poderoso de turno. Lo bueno, es lo que así le parezca al caudillo. Lo malo es lo que le repugne. Lo bueno es lo que nos permita pegarnos a la teta del saqueo distributivo. Lo malo es lo que me execra de esa posibilidad. Lo bueno está asociado a lo que hacen mis amigos, aunque sea malo. Lo malo es lo que hacen mis adversarios, aunque sea bueno. Los venezolanos tienen una fatal propensión a juzgar las acciones y los resultados en relación con la afinidad que tengan con los actores. Somos fanáticos del clan, y eso muchas veces nos coloca en la situación de elegir mal y vivir las consecuencias, que a veces son tan fatales como la muerte.

Lo cierto es que Ibéyise Pacheco va desgranando en su novela el efecto dominó que va descalabrando instituciones para nivelarlas al paraíso criminal donde buenos y malos apellidos, mejores y peores familias, negocios productivos y otros creados en el camino, se confabularon para apropiarse de los recursos del país y de sus riquezas, bajo la conducción de un líder negativo, su corte de bufones y falsos sacerdotes, teniendo como supuesto que cualquiera de sus caprichos solo podía significar una oportunidad para hacer ese negocito que faltaba, cobrar la comisión correspondiente y repartir al país como si fuera un despojo.

El caudillo populista cumplió el guión perfectamente. Es que no se puede esperar otra cosa del ejercicio del poder absoluto que esa descomposición total que significó su tiempo al frente del poder. Repartición irresponsable fundada en un gasto público caótico, compras que eran hechas solamente para cobrar la comisión, y por supuesto el financiamiento de esos delirios de gran líder mundial y país potencia que todos acataban simplemente porque también les tocaba lo suyo. Pero lo más sórdido fue llegar a saber que todo esto operaba como el antiguo régimen francés: las favoritas, las cercanas al lecho, eran de hecho las dueñas de la situación.

Por eso la segunda pregunta crucial es esta: ¿Qué sabemos de nosotros mismos? Porque si se es capaz de ver la propia sombra y de soportar el conocimiento de ella, estaría resuelta una pequeña parte de la tarea. Así lo dice Jung. Y en este sentido la autora del libro propone una terapia descarnada donde no se aprecia inocencia sino una gran calamidad en ese “todo vale” que a la hora de las chiquitas nos caracteriza. ¿Somos una sociedad de trasgresores? En ese mercado de compra- venta de cualquier cosa, ¿cuál es el precio que nosotros tenemos? ¿Cuál es nuestra valoración de la corrupción? ¿Son aceptables “nuestros” corruptos y detestables los “otros”? ¿Las putas son “las otras”? ¿Son buenos porque son los nuestros, o porque tienen integridad, virtud y coraje? ¿Qué papel juegan los que están en la cuerda floja? Y finalmente, en esta circunstancia llena de tantas ambigüedades ¿tiene sentido ese llamado universal a la unidad de todos? ¿Todos? ¿También los marcados por la corrupción?

Toda relación de poder es problemática. En el segundo libro de Samuel, capítulo 11, se narra la infeliz circunstancia de un rey poderoso, envanecido y arbitrario que, olvidándose de Dios, decidió apropiarse de la mujer de uno de sus más valiosos generales. David llamó a sus aposentos a Betsabé, aun conociendo que era de otro. Los acontecimientos se van desencadenando para mal. La mujer queda encinta, David no tiene cómo justificar, y Urías, así se llamaba el esposo cornudo, no dejaba ni un momento de ser fiel a su juramento como soldado. David lo mandó a matar, al ordenar que lo dejaran solo en el momento más duro de la batalla. El poder da para eso y para más si no se atiene a ciertos rangos de virtud, por demás muy difíciles de sostener. David era culpable, y así lo juzgó Dios. Pero Betsabé se prestó al juego. Lo digo porque en esta trama que tan bien describe Ibéyise Pacheco en “Las muñecas de la corona” no hay otra víctima que un país devastado en sus principios, víctima de sus propios mitos, débil frente a los estragos del poder, que una y otra vez cae víctima de espejismos de dominación, control, riqueza y placer, al final tan costosos y difíciles de contener como la arena del desierto en las manos. Por eso no queda otra alternativa que prevenirnos una vez más contra el poder absoluto, el carisma fatal del caudillo, los gobiernos extensos y los populismos irresponsables. Otro país, el otro país que ha sufrido el vértigo de este paraíso criminal, merece aprender la lección y no repetir el ciclo infernal donde al parecer ninguna trasgresión se ha ahorrado. En muchos sentidos hemos tocado fondo. El fondo moral de la absoluta confusión, de la total inversión ética, un infierno sin reglas claras, donde todo parece perdido. Tocará edificar sobre nuevas bases. ¡Lo haremos!

 

@vjmc

Pequeño manual de ética política, por: Víctor Maldonado C.

 

Siempre me ha parecido hermosa la definición que hace Hannah Arendt de la política: es el arte de convivir entre los que son diversos. La política trata de los diferentes en su estar juntos sin matarse, sin defraudar la confianza en el orden social y sin degradar la demarcación entre lo que es válido de lo que resulta absolutamente inaceptable. Nadie ha dicho nunca que la política sea el ambiente de los tramposos, los mentirosos y los perversos. Pero el poder, ya lo sabemos, es una gran tentación. Nadie que no esté preparado, en fortaleza y carácter, debería consumir dosis muy altas de poder, porque de inmediato pretenden ser como dioses. Esa es precisamente la tentación original.

Obviamente, ya lo planteó Maquiavelo, que el gobernante tiene un conjunto de obligaciones con la vigencia de esta convivencia que lo aleja radicalmente de los deberes que un cristiano tiene con los suyos y con la salvación de su alma. Al gobernante “le es preciso ser tan cuerdo que sepa evitar la vergüenza de aquellas cualidades que le significarían la pérdida del Estado”. ¿Qué puede originar la perdición de un político? La falta de coraje y el exceso de perversidad. No es que le estén vedados esos dos defectos, pero no debe dejar que ellos lo posean hasta el punto de determinar su ruina. El político que está verdaderamente preparado para conducir la suerte de un país no puede ser un cobarde. La cobardía tiene muchas caras. Todas ellas están relacionadas al actuar indebidamente. José Antonio Marina afirma que el cobarde huye, se desvincula, baja la cabeza, se pliega. Nadie quiere que sus políticos, a la hora de la verdad, se quiebren, se sometan, se paralicen o simplemente se humillen.

El exceso de perversidad es todavía una cualidad peor. Es el político que manosea la realidad, juega con la verdad y la mentira, se solaza en la crueldad, no es capaz de honrar su palabra, y confunde los intereses y deseos personales con los de sus ciudadanos. Claro que el gobernante debe tener opciones siempre a mano, y que la razón de estado es uno de sus determinantes. Pero una cosa es pensar en la preservación del país, que a veces exige tomar decisiones difíciles, y otra muy diferente es invocar al país cuando de lo que se trata es de salvar el pellejo. La corrupción, el uso del poder público para el lucro privado, las transacciones indebidas y los conflictos de interés, nunca forman parte de los argumentos para invocar el uso de las medidas extraordinarias. Maquiavelo lo señala claramente: Es solamente “cuando hay que resolver acerca de la salvación de la patria, no cabe detenerse por consideraciones de justicia o de injusticia, de humanidad o de crueldad, de gloria o de ignominia. Ante todo, y, sobre todo, lo indispensable es salvar su existencia y su libertad”. Un estadista sabio delibera cuales son los riesgos, los costos y cuál es la ganancia. Nadie dijo que el cohecho forma parte de la grandeza de los gobernantes.

Algunos políticos juegan a la extrema corrección. Hablan de paz, amor, diálogo, negociación, transiciones y elecciones como si ellas fueran rutas dogmáticas para resolver cualquier situación. Ellos juegan “al deber ser” olvidando las truculencias de la realidad. Ellos hipotecan cualquier posibilidad de salvación de sus ciudadanos porque prefieren comportarse como párvulos recitando una lección de memoria y esperando el aplauso convencional. No es así como se juega el difícil arte de la política. Que convivan los diversos, mantener el orden social, asegurar la libertad, tiene poco de glamoroso y mucho de determinación. También Maquiavelo advertía contra los buscadores del encomio fácil, “porque si consideramos esto con frialdad, hallaremos que, a veces, lo que parece virtud es causa de ruina, y lo que parece vicio sólo acaba por traer el bienestar y la seguridad”.

Pero esta frase, a veces utilizada para apuntalar el cinismo en la política, tiene que verse con mayor detenimiento. La cordura política está asociada al mantenimiento del poder a cualquier costo, pero no de cualquier manera. Ya para los tiempos del filósofo florentino la gestión pública tenía exigencias incuestionables. “Trate el príncipe de huir de las cosas que lo hagan odioso o despreciable, y una vez logrado, habrá cumplido con su deber y no tendrá nada que temer de los otros vicios. Hace odioso, el ser expoliador y el apoderarse de los bienes y de las mujeres de los súbditos, de todo lo cual convendrá abstenerse. Porque la mayoría de los hombres, mientras no se ven privados de sus bienes y de su honor, viven contentos; y el príncipe queda libre para combatir la ambición de los menos, que puede cortar fácilmente y de mil maneras distintas. Hace despreciable el ser considerado voluble, frívolo, pusilánime e irresoluto, defectos de los cuales debe alejarse como una nave de un escollo, e ingeniarse para que en sus actos se reconozca grandeza, valentía, seriedad y fuerza. En los tiempos modernos, la mentira, el colaboracionismo y la improvisación han causado el descrédito de los aficionados a la política, que, además, desde el balcón de su cinismo se burlan de quienes mantienen sus posiciones y defienden sus principios. Nada más odioso que un esfuerzo inútil, una promesa falseada, una ruta que se transforma en una emboscada. Nada más despreciable que el político tramposo, el que juega a las triquiñuelas, el que no tiene carácter ni aplomo, el que se deja manejar por sus adversarios y el que quiere jugar a ventrílocuo cuando no pasa de ser uno de sus muñecos.

El peor vicio de cualquier gobernante es la corrupción. Porque lo pone en el espacio vacío en el que ni es buen cristiano ni es buen político. Ni responde a la virtud del buen hombre ni tiene forma de demostrar que tiene las cualidades para dirigir a otros. Pero hablemos de eso con detenimiento. En Venezuela está operando una intensa y bien articulada operación de encubrimiento de la corrupción institucional manejada por Odebrecht. Tal vez no sea la única, pero si es la más publicitada. Lo cierto es que la prensa libre acaba de publicar informes completos donde Euzenando Prazeres de Acevedo, presidente de la constructora Odebrecht en Venezuela, confiesa haber manejado un inmenso mecanismo de sobornos que cubre altas esferas del gobierno y también a una parte de la oposición. En el resto de América Latina el escándalo ha tumbado presidentes, perseguido gobernantes, apresado ejecutivos de empresas y demandado una exigente aclaratoria de todos los aludidos.

El caso venezolano es esplendoroso en su tragedia. El régimen al final perdió toda compostura. Ni siquiera intentaron construir obras con sobreprecio. Se dedicaron a pagar las que ni siquiera se construyeron. Fue una orgía del saqueo que explica en mucho la caída de las reservas y la aridez de recursos públicos. No fue el imperio, ni el bloqueo, fue la imposición de una cultura del robo descarado y el cinismo de la propaganda. Creyeron que era suficiente con el anuncio y la puesta en escena. Así ocurrió también con la trama de Derwick Associates, y las consecuencias terribles en términos de la infraestructura eléctrica. ¿No les parece a ustedes que hemos sido poseídos por el demonio del desparpajo? El problema es que la corrupción institucional involucra lo público y lo privado, el gobierno y su oposición, como si fuera posible intentar una inmensa mordaza. Perdonen en todo caso que me preocupe mucho más la corrupción entre nosotros que la que malogra al régimen.

Podría ser que el corruptor tenga interés en mostrar un país infestado de corruptos y además tenga ganas de cobrarse la última factura en términos de involucrar en el charco a quienes son inocentes. Pero aquí de nuevo nos conseguimos con imperativos éticos irrenunciables. El político correcto tiene que dar la cara, asumir los costos de una acusación como esa, defenderse y argumentar apropiadamente. Quien así lo haga, podrá contar con la indulgencia de los ciudadanos, y la expectativa del debido proceso con presunción de inocencia. Lo totalmente cuestionable es lo que aquí ha ocurrido con una corriente de la oposición, que en lugar de exigir las debidas aclaratorias, pretenden todo lo contrario: relativizar el hecho, transformarlo en una circunstancia menor, hacerlo pasar por una situación producida por la extrema necesidad o por la extrema injusticia. Hacer buena la pésima política de los dos raseros, insistir en la lógica particularista que exculpa a los propios con la misma intensidad que acusa a los contrarios. El más absoluto familismo amoral que quiere convertir a todos los ciudadanos en cómplices, o por lo menos, exculpadores magnánimos de una sinvergüenzura.

¿Qué es el familismo amoral criollo? Es poner encima de cualquier consideración racional-institucional la necesidad de privilegiar la relación con las personas que forman el círculo primario de pertenencia, subordinando a la convivencia interpersonal cualquier criterio de productividad; Y en segundo lugar, el asumir como regla preferencial de actuación la que impone “la maximización de las ventajas materiales o de prestigio social inmediatas (“inmediatas” está usado en el sentido de “a corto plazo”) para sí mismos y para su círculos inmediatos de pertenencia, suponiendo que todos los demás actores hacen exactamente lo mismo”. Los que viven dentro de este ethos no son capaces de discernir apropiadamente entre espacios, tiempos y contextos, y asumen como dogma utilizable para cualquier propósito las versiones determinadas por los grupos en los que coexiste. Es familista amoral aquel que, en lugar de exigir claridad, quiere imponer complicidad. Y va más allá, es capaz de tergiversar la realidad y tratar de reinterpretar los hechos para hacerlos más permisivos.

Este tétrico argumento plantea nada más y nada menos que los políticos de la oposición han debido corromperse para luchar contra la corrupción. Y que eso es bueno. Incluso épico. Lo que pasa es que en el camino no se aprecia demasiada lucha y si una coreografía de colaboración en donde nada termina de salir de su quicio. Lo que se aprecia es lo obvio. Que el dinero de la corrupción compromete y amarra, define discursos, limita las acciones, y engatilla a los liderazgos. Eso no tiene nada de heroico. Recordemos la frase de Maquiavelo: “A causa de estos regalos, la juventud se corrompía y prefería la licencia propia a la libertad de todos”. La corrupción envilece.

Cuando se hace política desde los principios, el origen del dinero si importa. La cualidad de los aliados es también decisiva, y la estrategia es entonces la diferenciación. Una coalición unitaria que tenga flacidez en su integridad, que no aclare ni una cosa ni la otra es solamente un esfuerzo de institucionalizar el familismo amoral y de darle continuidad a una dirigencia de impresentables. Odebrecht dice que dio millones de dólares a la campaña de la oposición. Eso no se puede esconder bajo la alfombra. Porque además hemos sido testigos de uso de recursos para encumbrar liderazgos y líneas partidistas, que además se hicieron con liberalidad presuntuosa, incluso llegando a financiar y patrocinar encuestas y líneas de opinión que se comportaron como furiosos censores de las otras alternativas. ¿En eso se usó el dinero sucio?

Volvamos a Maquiavelo. Cuando la democracia se degrada a licencia (donde todo vale) rápidamente se trastoca en una tiranía. “Donde no hay esta honradez no cabe esperanza de bien alguno”. Por lo tanto, es inútil esperar que la república pueda restaurarse desde la corrupción. Ya sabemos que ese dinero provoca compromisos para que esa corrupción continúe. Pero hay que ir más allá. El político honesto debe parecerlo. Maquiavelo estudia el caso con fruición y llega a señalar que “aquellas repúblicas donde se conservan incorruptibles las instituciones no toleran que ciudadano alguno sea o viva como noble…hasta el punto de que, si alguno cae en sus manos, lo matan por considerarle principio de corrupción y motivo de toda clase de escándalos”. Lo que pasa es que desde antiguo el ser y el parecer están fusionados en la congruencia. No puedes ser el líder de un país perseguido y hambreado, y pasearte por el mundo usando pasajes de primera clase. El exilio político siempre es estoico. Algunos no pueden con eso.

Algunos indigestos intelectuales pretenden ser los heraldos del “todo vale”. Los que terminan creyéndolo también acaban desfigurados. Maquiavelo presentó un dilema concluyente para el político: Ser amado o temido. Al respecto concluyo que, como el amor depende de la voluntad de los hombres y el temer de la voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe apoyarse en lo suyo y no en lo ajeno, pero, como he dicho, tratando siempre de evitar el odio, y sorteando los obstáculos del desprecio. Nadie sigue a un “pirata”. Nadie se engancha con una “rata”. El secreto de la política es la integridad. Lo que siempre está en juego es el respeto de los ciudadanos, porque como lo advertía Virgilio en La Eneida “Si entonces ven un hombre que tiene autoridad por sus méritos y valores, callan y lo escuchan con los oídos atentos”.

@vjmc

¿Aragua no merece que la abandonen? Por Armando Martini Pietri

rodolfomarcotorres

 

Las primarias en Aragua salieron mal, el fraude se impuso y sólo dejan a los maltratados y sufridos electores, dos espantosas y pésimas opciones.

 

Un general castro-madurista que ha sido reciclado en cargos por Chávez y Maduro, en ninguno ha hecho nada bueno y, como buen rojo rojito, salió con abundante pena, ninguna gloria, mucho real y bastante ineficiencia con méritos de docilidad, obediencia y militar de confianza.

 

Y un experto metamorfoseado por un montón de partidos del chavismo y de la oposición, que saltó cuando pensó que Chávez no le daba para más y Primero Justicia, tragándose todo principio de pudor, lo recibió, cobijó con impunidad y protección, e incluso lo complació en posiciones destacadas, lo abanderó para ser Alcalde de Caracas -primarias que trampeó- para después apoyarlo como vicepresidente de la Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional.

 

Pero la cabra siempre tira pa’l monte, dice la sabiduría popular.

 

El saltador de talanqueras no aguantó sus propias ambiciones y quiso ser gobernador, nivel en el cual todavía no ha tenido oportunidad de hacer daño. Para su desagrado, el que en ese momento era su último partido ya tenía aspirante. Un popular dirigente aragüeño que el oficialismo, por miedo, inhabilitó, y no podía competir en unas elecciones que todo indicaba, arrasaría. Ese líder planteó como alternativa, y fue entusiastamente aceptado, a otro reconocido dirigente, miembro del equipo que ha fortalecido al partido en la región. José Ramón Arias, activista de fuerte trayectoria.

 

Entonces la cabra volvió a saltar otra talanquera, deporte al cual está acostumbrado, y convirtió a su último partido en el penúltimo y, para sorpresa nacional y vergüenza de Acción Democrática en traición a su historia, no sólo aceptó al saltimbanqui, sino que -escamoteando- lo hizo candidato.

 

Traidor ayer, traidor hoy, traidor siempre. Injusto con los aragüeños forzarlos a votar, tras una dura historia de represión y descuido oficialista, entre un camarada de Maduro y un amigo de sí mismo.

 

Acción Democrática ha cometido tres errores en sucesión.

 

Aceptar en sus filas y dar respaldo a semejante perversidad política. Apartarse de su más importante aliado en acciones opositoras para mantener el apoyo al anti prócer de la política venezolana. Y, respaldar al líder de acciones tan deleznables y luctuosas como la Lista Maisanta, culpable de incontables infortunios familiares, violatoria de los más elementales Derechos Humanos que tanto daño hizo y hace, devastó hogares, mutiló vidas dejándolas en precarias condiciones, arruinó a trabajadores y profesionales. ¿Cómo se puede desconocer semejante afrenta?

 

¿Es posible obviar el hecho que la Corte Penal Internacional de la Haya investiga a su pretendiente como co-autor de la terrorífica Lista Maisanta, que la misma Corte calificó de “sistema moderno de Apartheid político en Venezuela”

 

Jamás se debe borrar de la memoria aquella propuesta incivil y criminal del facineroso aspirante, de atacar la marcha de la oposición en abril de 2002 con los círculos bolivarianos armados, -¿o es que también eso lo olvidó la oposición?- Como ahora, -según denuncias-, lo repitió para amedrentar centros de votación. “Tren de Aragua”.

 

Y quienes aún no ensordecen con sus arengas envenenadas con saña y odio, llenas de rencor y resentimiento, violencia e intimidación, sin escrúpulos contra quienes hoy lo amparan y convalidan. ¿Hay valores mucho más importantes que un pacto de ocasión?

 

Obligado es referirnos al episodio en el cual él y sus compinches José Albornoz (PPT) y Pedro Carreño (MVR) solicitaron al Ministerio Público la detención de los directivos de Súmate, a quienes señalaron de estar involucrados en la supuesta comisión de usurpación de funciones, instigación a delinquir y agavillamiento”, además denunciar a María Corina Machado, de incurrir en traición a la patria. ¿lo olvidaron o sufren de amnesia selectiva?

 

Primero Justicia se equivoca, protesta, pero no rechaza, la selección tramposa de quien fuera por breve tiempo su militante, venido de un gran salto desde el chavismo corrupto, intemperante, agresivo. Un error fue aceptarlo como integrante con tan poco confiable historia, que, además, quiso pasar por encima de una destacada trayectoria de lucha contra el castro-chavismo en ese estado, un camino de trabajo político diario e insistente de Richard Mardo y su equipo que generó tal nivel de popularidad que el régimen lo anulo.

 

Se debe actuar por ética y principios acompañando a los aragüeños en su lucha, y presentar esa necesaria tercera opción. Es inmoral, vergonzoso e injusto que a un estado como Aragua la oposición sólo le deje tan negativa disyuntiva. Elegir, entre pésimos, el menos. No sólo la oposición y sus partidos tienen una deuda política y moral impagable con la resistencia nacional, sino que con esta situación corren el riesgo de una abrumadora abstención.

 

Bien está la unidad, pero una respuesta digna le daría una cara más confiable en Aragua y el país, confianza que los partidos de la MUD necesitan como nunca. Aparte, claro, de la ventaja de conquistar un estado en el cual han hecho un esfuerzo tan persistente que, ahora, por aceptar una indignidad, corren riesgo de perder. No se dejen chantajear con aquello de que si no apoyan al salta talanqueras, algunos le quitarán el respaldo en el Zulia y Miranda. ¡No se atreven!  

 

Quien hizo trampa, no merece reconocimiento y menos apoyo de quienes lo denunciaron. Sería una contradicción e incoherencia imperdonables. Es necesario, obligado, presentar una alternativa al pueblo aragüeño, y no caer en la burda coerción; los candidatos oficialistas juntos no representan el 30% de los electores. Ciudadanos decentes, con principios éticos morales y buenas costumbres son la gran mayoría y harán gobernador a quien de verdad con dignidad y sabiduría los represente, sin pasados oscuros ni deudas pendientes que pagar a la sociedad.

 

Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos venezolanos serán víctimas de sus maquinaciones. Hay que rescatar la credibilidad evitando que los aragüeños tengan que escoger entre un salta partidos y un corresponsable del mandato cubano. Es indebido y profundamente injusto que en Aragua tengan que escoger entre inmoralidades.

 

Es hora de atrevimientos en beneficio de la virtud ciudadana, recuperar los manuales éticos moralistas y rescatar la compostura, es lo que precisamente hace falta en Venezuela, lo que escasea y no tiene precio. Sometan a consideración, denle la oportunidad al pueblo, postulen a José Ramón Arias y, tendrán una gran sorpresa; los aragüeños, votarán a favor de la decencia y salvarán su dignidad y decoro. ¡En las comunidades siempre el traidor es vencido y el leal vence!

 

De no hacerlo, en Aragua ganará el castro-madurismo. Ambos coquetean con el PSUV.

 

@ArmandoMartini 

Las reglas éticas del mercado, por Víctor Maldonado C.

ReglasdelMercado

 

Algunos despachan con demasiada ligereza lo que ocurre dentro del sistema capitalista, pensando que todo se reduce a un “cualquier cosa es válida, siempre y cuando se trate de ganar dinero”. Lamento informar a aquellos que así piensan que están totalmente equivocados. El capitalismo tiene sus reglas, y tiene su ética, de las cuales las dos más importantes quizá sean que la competencia es un imperativo, y que el respeto a los derechos de propiedad tiene que ser sagrado. Pero hay más.

Cuando hablamos de ética, estamos refiriéndonos a ciertos principios morales, ciertos acuerdos que fundamentan la convivencia social y que regulan la conducta humana. No robarás, por ejemplo, es uno de los más viejos, al igual que aquel que prohíbe tomar la vida de otro. No hay, por tanto, espacios vacíos a la regulación moral. Todos estamos escrutados permanentemente por un conjunto de reglas, acordadas socialmente, y determinantes del ideal de prosperidad que cada sociedad diseñe.

Los liberales tenemos como principio el aspirar a una vida en libertad. Ayn Rand explica que eso solamente es posible cuando se practica la siguiente regla de oro: “No te sirvas de nadie, y nunca dejes que nadie te someta a la servidumbre”.  Implícito a este imperativo está el repudio que provoca cualquier sistema que allane las libertades del hombre para reducirlo a la esclavitud. La misma filósofa fue categórica en denunciar -baste leer La Rebelión de Atlas- cualquier acuerdo que transformara la libre competencia en un pacto entre compinches. Ella lo advirtió en 1957, a la par que demostró su inviabilidad, porque cuando la libre competencia se desvirtúa, y se degrada a la práctica de asociaciones mafiosas “para la defensa mutua”,  todo el orden social y económico termina en un inmenso desastre.

Eso que Ayn Rand describió con una lucidez irrefutable, se llama ahora “crony capitalism”, “capitalismo de compinches” o “capitalismo clientelista”. Sucede que no es lo mismo el capitalismo que su impostura. Cuando de lo que se trata es de arreglos al margen de la regla de la competencia, porque se tiene acceso privilegiado a la información, o porque simplemente se es capaz de cualquier cosa, con cualquier tipo de gente, y sin importar los costos, entonces no hay capitalismo sino mafias ventajistas que se colocan al margen cualquier consideración ética.

Las excusas sobran. Pero hay dos que sobresalen por su cinismo. La primera sostiene “que no son ellos, la culpa es de los incentivos perversos, que obligan a la sobrevivencia en ambientes tóxicos”. La segunda es concomitante. Sostiene que los “negocios son negocios y que, si no lo haces tú, lo hace otro, ya que hay que sobrevivir a cualquier costo”.

Lo que pasa es que ese “a cualquier costo” a veces se transforma en un gran dedo acusador. Tú puedes sostener cualquier argumento para convalidar una acción, pero cuando la sociedad se escandaliza, la empresa pierde reputación, credibilidad, y decencia, y con ello, pierde oportunidades de seguir haciendo negocios. Ese vínculo entre las empresas y la sociedad fue muy bien definido por Tallcot Parsons quien sentenció que cualquier organización tiene el deber de legitimarse en los valores sociales de la sociedad en la que se inserta. Tal vez por eso, porque es una exigencia del negocio, que desde hace muchos años las empresas suscriben compromisos éticos y aceptan limitaciones morales al espacio del poder hacer.

Las reglas morales no son necesariamente leyes positivas, ni oportunidades para que la garra intervencionista rasgue los grados de libertad que son propios del capitalismo. Estamos refiriéndonos a la elaboración y desarrollo del principio esbozado por Ayn Rand sobre la antinomia capitalismo – servidumbre. Estas reglas morales prescriben que, ni directamente ni por mampuesto, se puede apoyar o respaldar la condición de servidumbre de nadie. Entonces, cuando el “compinche capitalista” se enchufa en una venta turbia de bonos del gobierno, a un precio insólito, que le produce ganancias increíbles, pero que favorecen el saqueo del país, y fortalece la posición financiera de corto plazo de un régimen que, mientras tanto, está no solo saqueando los recursos del país, sino reprimiendo a sus ciudadanos, cuando eso ocurre, es totalmente legítimo que venga la impugnación social. Hacer lo correcto en el contexto del capitalismo no es hacer cualquier cosa, con cualquier interlocutor, a cualquier precio. Ayn Rand define capitalismo como “un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos individuales, incluyendo los derechos de propiedad, cuya justificación moral es la racionalidad, la supervivencia del hombre en tanto que individuo, y donde su regla básica es la justicia”.

Algunos dirán, “ese no es mi problema”. Efectivamente, para un “compinche capitalista”, el enchufarse de cualquier manera, no le trae dilemas morales sino muchas oportunidades de placer. Esa respuesta es tan vieja como la historia de Caín. A esos que piensan así, así sea por cultura general, deberían pasearse por los términos del Pacto Mundial por la Empresa, suscrito en 2002, y que hasta ahora han suscrito más de 9000 compañías y 4000 instituciones empresariales y de otro tipo.  Ese pacto los compromete, entre otras cosas, a respetar los derechos humanos, a no negociar con regímenes que los violan, y a luchar contra la corrupción. Para despecho de los minimalistas del mercado, ahora lo lícito es también lo ético, asociado a un criterio de justicia que no podemos obviar.

Y es que al final no es lo mismo favorecer la decencia, la libertad y la democracia, que andar de manitas tomadas con un régimen cuya lógica produce que toda su población viva en el sufrimiento infrahumano, con excepción de una pandilla minúscula de gobernantes que se lucran sin medida de la servidumbre de cada ser humano que ha tenido la ingrata suerte de vivir su poderío. Rand nunca hubiese hecho negocios con la Unión Soviética que le inspiró su primer gran libro “Los que vivimos”. Nunca hubiera concedido el beneficio de la duda a esa prosa empalagosa, propia de los colectivistas, que encubre la putrefacción del totalitarismo.

En la “Rebelión de Atlas” el protagonista de la insurrección contra las consecuencias del socialismo, John Galt, argumenta sobre la lógica de la “justicia randiana”. “Justicia es el reconocimiento del hecho que no puedes falsear el carácter de los hombres, que debes juzgar a todos los hombres con el mismo respeto por la verdad, con la misma incorruptible visión, a través de un proceso de identificación igual de puro y racional – que cada hombre debe ser juzgado por lo que es y tratado en consecuencia. Que igual que tú no pagas un precio más alto por un pedazo oxidado de chatarra que por un pedazo de metal pulido, tampoco valoras a un canalla más que a un héroe – que tu evaluación moral es la moneda que le paga a los hombres por sus virtudes o vicios, y este pago exige de ti un honor tan escrupuloso como el que aplicas a tus transacciones financieras – que rehusar tu desaprobación por los vicios de los hombres es un acto de falsificación moral, y rehusar tu admiración por sus virtudes es un acto de expropiación moral – que colocar cualquier otro criterio por encima de la justicia, es devaluar tu moneda moral y defraudar lo bueno en favor de lo malo, pues solamente lo bueno puede perder cuando hay un desfalco de la justicia, y solamente lo malo puede beneficiarse – y que el fondo de la fosa al final de ese camino, el acto de bancarrota moral, es castigar a los hombres por sus virtudes y recompensarles por sus vicios, que ése es el colapso de la depravación total, la Misa Negra de la adoración a la muerte, el dedicar tu consciencia a la destrucción de la existencia”.

Las reglas éticas del mercado no aceptan la canallada del eufemismo, el financiamiento al uso de la fuerza, la reducción de la dignidad humana a la servidumbre, y la picarezca de los imbéciles que creen y afirman que todo da lo mismo. No es así, hay transacciones impresentables, endosos impúdicos, y financiamientos a la peor barbarie, muy lejos, por cierto, del ideal randiano que exige al hombre hacer lo correcto, que no es otra cosa que vivir para la libertad de uno, y de todos.

@vjmc

Politiquería progresista pura paja, por Armando Martini Pietri

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Después de sufrir esta pesadilla y termine el mal sueño, hay tareas que cumplir, reconstruir el país, rescatarlo del bandolerismo que nos rodea y corroe. En Venezuela hay que execrar las auténticas mafias no sólo del latrocinio, sino de la superficialidad e hipocresía de algunos politiqueros, beneficiarios y afiliados, que sólo consideran el pensamiento único, reprimen la disidencia y reprueban la política aun practicándola.

Es inconcebible tolerar una sociedad en la que la cultura y educación no tengan un lugar relevante, hay que reconquistar la ética, principios y buenas costumbres. Imposible, de hecho delictivo, continuar siendo una sociedad de cómplices. El delincuente de cuello blanco, los que asaltan a placer e impunidad el erario público, es decir, el dinero de todos, se fotografían en templetes y bacanales que difunden sin sanción moral. Se burlan, desprecian al ciudadano humilde y decente que con esfuerzo de su trabajo se gana la vida. Eso es complicidad y canallada, no tiene otro término. Como muchos que se lucran de la explotación deshonesta e indebida de los cargos públicos, lo que se conoce como sinvergüencería delincuencial. Y cuidarse de quienes, olfateando el final, se convierten en saltarines. ¡El coraje está en el proceder! 

Aplicaron a troche y moche un socialismo falso y cleptómano a la venezolana, -que algunos irresponsablemente en búsqueda de votos, pretenden refundar con diferente modalidad y característica-, en el cual todo luce igual, sin distingos ni diferencias. El estudiante holgazán tiene el mismo valor que el profesor, por lo que, calificarlo en base al rendimiento académico es traumatizarlo. Pura paja, mojigaterías, no es el mundo real, simpleza para ordinarios y fracasados, ilusiones fraudulentas para incautos. Y en Venezuela lo tragamos con aquello de la exclusión y “nivelarnos todos”, pero hacia abajo, sin méritos, esfuerzo ni preparación, sólo con la demostración de lealtad y sumisión al régimen. Iguales en la mediocridad de la obediencia sin preguntas, quien se destaca es culpable y está bajo estado de sospecha. Una de las causas del éxodo de los mejores.

Infelices trastornados aniquilan el establecimiento de la excelencia y civismo, están desgarrando la Venezuela digna, despellejándola, ni saben ni quieren ni soportan vivir dentro de los límites de la moral democrática y dignidad ciudadana. Escrúpulos y comportamiento son contaminados y pervertidos sin contemplación. Hipócritas que permiten, participan y se hacen la vista gorda ante el robo descarado, la estafa atrevida, el derroche insolente de cantidades repugnantes, beneficiando y premiando el triunfo del depredador sobre el esfuerzo del emprendedor; recompensándolo con ovaciones y reconocimiento social. ¡Maldita colaboración. Es hora de la rebelión moral!

Progresistas populistas propagandistas de que el estado debe proporcionar al más vulnerable, necesitado y desposeído sin obligación de contraparte. ¡Mentira! El régimen exige grosera e impúdico respaldo denigrante y subordinado. Ejemplo más dramático, bochornoso, soez, las listas del apartheid Maisanta y Tascón.

¡Ya no podemos aceptar ni bajar más!

Simulados progresistas devastadores y destructores del progreso verdadero, que están en política, medios de comunicación y economía, que le tomaron gusto al poder y harán lo inconfesable para mantenerlo, ubicándolo en nivel y conveniencia de su propia supervivencia. Los ciudadanos están en la obligación de oponerse, resistir y combatir. Ellos y sus complacientes cómplices similares al cáncer, no serán fáciles de extirpar. Recordemos cada día que el poder está en el Gobierno, el tesoro y las armas, pero no sólo allí, la oposición también es poder.

Pretenden hacernos creer que la víctima cuenta igual y a veces menos que el delincuente. El torturado, sacrificado y mártir de un secuestro o un crimen no tiene tantos derechos humanos como el criminal que lo ejecuta. El violador, violó por incitación del violado. Que la autoridad sucumbió, está muerta, las buenas maneras, conducta y modales han finalizado, no existen. Ya nada es sacrosanto, ésa es una de las tantas razones de la inseguridad desatada e incivilmente abusiva.  

Forzoso patrocinio de la empresa pública como modelo de gerencia popular con dirección colectiva de trabajadores, la gran mayoría quebradas y dependientes del subsidio oficial. Reverencian la escuela pública, pero no para sus hijos, ellos se instruyen en colegios privados, les sobra dinero para sufragar matrículas que luego señalan de abusivas. Pasean en carros lujosos, blindados y escoltados e insisten en la querencia del transporte popular que nunca usan, excepto los ignorantes que mantienen engañados y esclavizados. Mienten a diario con descaro, sin remordimiento, hacen demagogia ruin a favor de las zonas populares, pero no se atreven a habitar y coexistir en ellos, no obstante, compran moradas que descomponen el sentido del equilibrio y ultrajan la miseria.  

Royeron con sus colmillos de bestias feroces el poder, la eficiencia y el orgullo profesional de las fuerzas del orden, profundizando cada vez mayores precipicios entre la ciudadanía y los defensores de la ley, haciéndonos creer que vándalos desalmados son buenos y la policía mala. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente inocente.  Extinguieron la moral y honorabilidad de la Fuerza Armada, socavaron sus bases, manipularon, tergiversaron sus funciones, constriñeron su principio y juramento, la convirtieron en brazo pretoriano de un grupo que la controla a goce y regodeo. 

Esa es la patria que proclaman tenemos. Politiquería populista de ocasión que derrotar. Dañina y cancerígena, enfermedad contaminante, invasora, que afecta lo más profundo de nuestra venezolanidad. Es de vida o muerte retornar a los valores de siempre, al respeto ciudadano, reglas elementales y básicas del Manual de Carreño, educación integral y de calidad, la cultura en sus diferentes formas como expresión sublime, la democracia del conocimiento y la voluntad de emprender. Saber al dedillo nuestras obligaciones tanto como los derechos que hay que ganarse y practicar, haciéndolos esenciales y éticamente intransigentes y, por sobre todo, respetarlos como parte sustancial de nuestra condición ciudadana.

¡Es la hora de la rebelión de la conciencia!

 

@ArmandoMartini

Jul 26, 2016 | Actualizado hace 4 años
Polvo cósmico por Alejandro Moreno

polvocosmico

 

Dije en una entrevista que estábamos en peligro de desaparecer como sociedad. Ya está en marcha el proceso.

Estamos hoy sabiendo lo que es vivir una situación límite, uno de esos tiempos en los que desaparece la institucionalidad, en los que todo hombre apuesta por la vida, la pura vida, antes que por las costumbres, la cultura, la tradición, la ética que ha regulado sus acciones, la civilización de siglos expresada en códigos y regulaciones de la convivencia. Ya no se trata del convivir sino del puro vivir. Se suspenden no sólo las normas sino la norma misma en cuanto tal. El sentido profundo de norma se convierte en “polvo cósmico”.

Cuando llegan policías a una comunidad y dicen, palabras más palabras menos: “nosotros saqueamos primero, llenamos nuestros carros y luego les cantamos la zona para que ustedes saqueen”, lo que estamos viendo es que quienes están encargados de cuidar la norma, no sólo favorecen el desorden sino que se ponen de parte de la anomia porque tampoco ellos se benefician con la ley. Pasan hambre, se les están muriendo los familiares por falta de medicinas. El orden no les sirve de nada a las fuerzas del orden. ¿Para qué defenderlo?

La situación límite, cuando la sobrevivencia está en jaque, hace estallar toda frontera entre lo que hasta entonces han sido el bien y el mal. El mal se vuelve cotidiano, se lo ejecuta sin pensar, se hace banal, se apodera de la norma y se funde con ella. Se vuelve bien. ¿Cuántos de los que saquean camiones de víveres, supermercados, pequeñas bodegas de mercal, piensan o sienten que están haciendo mal? No conseguir comida justifica el saqueo. Algo así dijo una vez Chávez. De justificación en justificación todo se acaba pudiendo hacer. La vida social desaparece y se instala triunfante el homo homini lupus.

Nos llevan a desaparecer como sociedad, pero todavía no hemos desaparecido. En una comunidad la mayoría de la gente no se hace solidaria con los saqueos, por ejemplo. En una cola, hecho cierto, a una pobre mujer un hombre le pregunta por qué ha comprado un solo pollo cuando podía comprar dos. Ante su respuesta de que no tiene dinero, el hombre le da lo que le falta. No se ha perdido la cultura, la gran tradición venezolana. La norma de convivencia resiste, pero peligra.

Ante situaciones así, cuando ya lo civilizado empieza a peligrar, hay que recurrir a lo más elemental, a la base de toda civilización humana, a los diez mandamientos bíblicos y no sólo por su significado religioso, sino porque además son la base última de la convivencia entre los hombres.

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El Nacional 

La ética del desarraigo, por Víctor Maldonado C.

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El país se ha vuelto una tendencia hacia la desbandada. Organizaciones, empresas y familias están permanentemente confrontadas con un hacer y un decir cuya trayectoria es la fuga. Ese es el nuevo mito de “El Dorado” al que se aferran muchos venezolanos, y para muchos de ellos no será otra cosa que la propia perdición. Los que aquí vamos quedando no hemos podido elaborar una gramática que nos permita juzgar apropiadamente lo que está ocurriendo. Al encontrarnos con el anuncio que al respecto hace alguien cercano, no hay reacción más humana que el dolor y el duelo por una partida inminente, y tal vez por eso no sabemos qué decir. Parecemos entrampados en las respuestas “políticamente correctas”, atinando a decir lo que el otro quiere escuchar. Balbuceamos esas frases de ocasión llenas de “están en el derecho”, “la vida es una sola”, “tienes que buscar tu propia felicidad”, mientras que la réplica comienza a escalar en la sinfonía -siempre inconclusa- del mal agradecimiento nacional.

Las excusas son variaciones del mismo tema. “El país está mal”. “Aquí no hay futuro”. “No tenemos seguridad suficiente”. “No podemos ni siquiera comprar un carro”. “No estamos disfrutando”.  Y de inmediato se desencadena el deslave de descripciones sobre la inflación, la escasez, la falta de oportunidades, y argumentos similares con los que después, siempre en tono muy peripatético, lanzan la sentencia definitiva: “este país no vale la pena”. Insisto, los espectadores obligados que tienen que escuchar el discurso no saben qué decir. Se quedan “ponchaos” en el sitio, reflexionando sobre lo que están oyendo, atrapados por ese “hilar fino” de los que se van, pero sobre todo inhabilitados por ese infinito desprecio que destila esa narrativa nacional.

Ni que decir que a la ética del desarraigo corresponde también la ética del abandono. La desbandada siempre es “un dejar atrás” sin intentar siquiera hacer el inventario. Y no hablemos de la patria, palabra manoseada y ultrajada por los bolivarianos hasta hacerla inservible, una burla, un objeto de desprecio, división, resentimiento y odios. Hablemos más bien de lo que hasta ahora habían sido activos. Padres que se esforzaron en la educación de sus hijos, por ejemplo, instituciones que hicieron una apuesta sobre el talento personal, y toda esa amalgama de solidaridades y sinergias que confluyen en la personalidad de los que hoy son lo que son.  Desarraigo y abandono se complementan con la ética del desprecio, y todas ellas con la ética de la arrogancia. Me explico, la gente que decide su partida, en tanto que venezolanos, comienzan a elaborar y racionalizar su decisión, buscando la excusa irrefutable, pero sobre todo intentando, y a veces logrando, aplastar a los que se quedan bajo el peso de dos condiciones: culpa y fracaso. Sucede que los arquetipos en los que confluyen el desarraigo, el abandono, el desprecio y la arrogancia se presentan como los ganadores, mientras que los que se quedan terminan siendo pendejos, fracasados y mediocres resignados a intentar sobrevivir esta desgracia que ahora se experimenta en Venezuela.

La elaboración racional de la desbandada nacional parece exigirles una declaración formal en la que ellos -los que se van- advierten y anuncian que el país que dejan es una mierda. Y que, por eso mismo, ellos lo abandonan. Por alguna razón misteriosa ellos no parecen demasiado dispuestos a ser parte de esa síntesis escatológica. Dicho de otra manera, los que se quedan son causa, consecuencia y víctimas de las excretas nacionales, pero los que se van, de alguna manera son la parte impoluta del país. Son una especie de composición dogmática de alguna inmaculada concepción, que los hace diferentes al promedio, y por eso con el derecho originario de irse, eso sí, aclarando que lo que dejan atrás es la porquería a la que precisamente están renunciando.

Por eso mismo me sorprende que haya alguien que al verlos partir todavía los aplauda. No es solamente el abandono, ni siquiera la decisión de partir, son las formas, las justificaciones, es esa ética de la crueldad de la que se invisten, ese irredento sálvese quien pueda tan vernáculo, tan de país de campamento, tan “así como va viniendo”, que los apoltrona en el más allá de las fronteras a intentar vivir cómodamente la tragedia de los que aquí quedamos.

Hay gente que parte con legitimidad y justificaciones. Pero hay otra gente que huye, abandona, desprecia y nos golpea con su prepotencia. De estos se trata este artículo. Se trata de lo violento que resulta violentar la reciprocidad. Se trata de deshonrar el cuarto mandamiento. Se trata de ese individualismo tan tajante del que pregona tantos YO como pueda entonar, al estilo de esa vieja copla llanera, epítome del individualismo inservible: “sobre mi caballo yo, sobre yo, mi sombrero, sobre mi sombrero Dios”. ¿Y los demás?

Esto no es nuevo. Mi apreciada amiga Thamara Hannot, hizo su tesis de doctorado sobre “la escritura y cultura del pesimismo”. En sus investigaciones ella pudo constatar la existencia de dos “grandes” visiones del país. En una, Venezuela es el resultado de una equivocación en la que el país es, en sí mismo, un suceso infeliz. Para la otra, Venezuela es el producto de carencias, equivocaciones, o ausencias de logros de los venezolanos. En este caso, el país es el resultado de los malos manejos de sus ciudadanos. Ambas visiones tienen argumentos de fuerza, pero son a-instrumentales. Juzgan, pero no intentan soluciones. Tiran a pérdida sin intentar siquiera dar la oportunidad de recomposición. Son juicios desesperanzados.

Las imposturas no son suficientes. El país campamento es nómada. Las representaciones colectivas forzadas por la cultura pop, la gorra tricolor, la arepa, el alma llanera, el plátano, la hayaca, y “caballo viejo”, son tan itinerantes y fútiles como ese país portátil. Todas ellas no pueden encubrir lo escabroso de renunciar y de hacer mutis por el foro. El discurso de las imposturas de la desbandada está lleno de contradicciones entre el decir y el hacer. Entre esa supuesta épica de la renuncia y los restos humanos que van dejando: padres, madres, abuelos, empobrecidos, carentes y ahora solitarios. Frente a ese drama, tan íntimo, tan personal, la verdad es que luce lejana e inútil cualquier alusión a la patria.

Porque una cosa es perder luchando y otra muy diferente conceder por estampida la victoria a la tiranía. Pero ¿a quién le importa? Las desbandadas se apoyan en el discurso formal de los que asumen el martirio y se quedan. Me explico. Unos se van mentando madre y otros dejan que se vayan asumiendo unilateralmente el costo de la renuncia. Los que se van pagan barato el costo moral del abandono e ignoran olímpicamente que dejan un reguero de víctimas que sufren en silencio y que se inmolan en ese proceso. Lo cual resulta todavía más turbador porque es la puesta en escena de la oda al egoísmo y también un himno a la equivocación. La trama es insoportablemente patética. Los que se van argumentan en la línea de lo que hemos descrito. Y esperan del otro lado aquiescencia y no contradicción. Por ejemplo, dicen cosas como “este país es una mierda” y esperan que uno asiente con la cabeza y les dé la razón. No se conforman con el sigilo de la huida. Pretenden aplauso, discurso y comparsa. Cuando uno tiene que pasar por esos trances no deja de pensar que este país está muy jodido, pero por ellos, por los que piensan así.

Porque los que así piensan representan al venezolano verdaderamente endógeno. Ese que, habiendo llegado a ser lo que es, piensa que no le debe nada a nadie. Mucho menos el agradecimiento. Ellos asumen que son lo que son por sus propios méritos y nunca por el de nadie más. No deben nada al médico que facilitó el parto, ni a la maestra del preescolar, la escuela donde sacó el bachillerato, la familia del amigo aquel que cargó con su adolescencia, los profesores de la universidad, los compañeros de camino, el que les dio el primer trabajo, aquellos que le dieron consejo. Tampoco a la familia que lidió con él. La narrativa del desprecio es absoluta y taxativa. Se van sin deber nada, y si, con una factura inmensa a favor, que en cualquier momento sacan. Se van pensando que los que se quedan lo hacen por tarados a los que comienzan a ver con lástima. Es un epítome al egoísmo no virtuoso, sin moraleja ni demostración, sin lucha por el medio. Sin nostalgia ni “Torna a Sorrento”, simplemente es ruptura prepotente y arrogante. Insisto, difícil hablar de patria con ellos, que ni siquiera han resuelto bien el abandono de sus seres queridos.

El denominador común de toda esta tragedia es la falta de esperanza. Y muy poca fortaleza. Los países que tienen ciudadanos así se destruyen por mal cuido. La suerte es que no son la mayoría. Aquí quedan 30.6 millones de venezolanos dispuestos a dar la pelea. Entre ellos me cuento, con mucho orgullo y con la frente en alto. Y como lo saben mis alumnos, muy indispuesto a complacer y hacer fácil la salida a los que huyen, porque mi compromiso es con los que se quedan. Con los que nos quedamos.

@vjmc