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Esto no es normal

#EstoNoEsNormal | 15 pisos y contando

VIVO EN NAGUANAGUA, ESTADO CARABOBO, EN UN PISO 15. Así que allí estaba el primer desafío. Las escaleras son totalmente cerradas y mi teléfono ya no tenía batería. Teníamos que bajar contando los 8 escalones de cada tramo y, cuando llegaba al final de cada piso, sentía que me caía.

Perdí parte de la comida refrigerada. Para sobrevivir compraríamos alimentos que no necesitan ser refrigerados. Otra odisea. Aun cuando el comercio tuviera planta, los puntos no pasaban. No se podía transferir, no había señal. Entonces había que buscar dólares, que te recibían por debajo de su valor. Redondeando a 3000 bolívares por dólar, y aún así, seguíamos perdiendo porque no te daban cambio.

Los negocios que vendían agua potable estaban cerrados. Y de los grifos no salía agua. Llegó el momento en que hubo que bajar a buscar agua y subirla 15 pisos.

Habíamos logrado cargar los teléfonos y hasta la laptop en centros comerciales: el lado bueno de la historia es que le permitían a las personas poner multitomas y podías ver cualquier cantidad de aparatos cargando mientras iba aumentando cada minuto la lista de espera. Una carnicería cercana nos regaló agua para los baños. Y ofreció sus cavas para mantener refrigerado alimentos y medicamentos que lo requirieran.

Solangel Monasterio

Naguanagua, Carabobo

#EstoNoEsNormal | Los mosquitos y el canto anticipado, por Toto Aguerrevere

LA PLANTA ELÉCTRICA DEL REY DAVID FUNCIONA cuando entro el jueves 7 de marzo a las 5:10 de la tarde para comerme una torta con Jaime. Ya he advertido que el resto de las calles no tienen luz pero no le presto atención. Gajes de la rutina y los desperfectos de vivir en la Venezuela de Maduro donde uno se despierta en el socialismo del siglo XXI y se acuesta en la Edad Media. Lo que no imagino es que horas después estaré en el mismo sitio buscando agua, jamón, pan lo que sea… He debido comprar agua. Mucha agua.

El amanecer del viernes me agarra prendiendo el carro. 3% de pila en el teléfono. Román Lozinski habla. La cosa es grave. Titina habla de Chanel. No es su culpa, el programa es grabado. Cuando la radio no puede decir que Juan Guaidó es el Presidente y el parte oficial del ministro de Energía Eléctrica es que esto es una guerra eléctrica causada por el sabotaje imperial, Chanel suena hasta informativo. Motta Domínguez dijo hace 20 horas que esto se arreglaba en 3. La mejor mentira es la verdad, pero a los mentirosos les dan pánico las verdades. Le creo más a Titina. Al menos es cierto que Lagerfeld murió. En dictaduras las pocas verdades se agradecen.

Ahora parado en una cola. En el mismo lugar donde ayer creía que este era otro mal pasajero. Tengo 10 dólares en el bolsillo y 13 mil bolívares en la cartera que nada valen. En mi mente la sensación de culpa por la frivolidad de una torta ya digerida y botada en una poceta que no baja. ¿Por qué no compré agua?

Noto que tengo la piel carcomida por los mosquitos tras una noche en vela, varias velas de hecho. Una noche sin luna para más colmo. Solo un cielo despejado con estrellas a lo lejos. Venezuela es el único país que cumple con el Protocolo de Kioto por todas las razones equivocadas. Los vecinos gritan “Maduro coño de tu madre”. Inexistente señal de respuesta. Maduro no existe sino en televisión y hoy no tiene rating, si es que alguna vez lo tuvo.

En el silencio de la noche surgen muchas dudas, un producto de mi fatalismo heredado de una familia criada a base de nervios. ¿Y si me da un infarto esta noche? ¿Y si mi papá se enferma? ¿Y si mi mamá se cae? ¿Y si Josefa se corta con un cuchillo? Duermo con miedo. No queda de otra. Una pareja vecina decide pelear a las 3 de la mañana y eso es de cotufas. Pero, ¿cómo se cocinan si no hay electricidad? Decidir divorciarse durante un apagón es de pésimo gusto. O de repente es el momento perfecto.

Logro comprar pan y sigo en mi recorrido para completar un kit de supervivencia de no sé cuántos días. Esto es una carrera contra el tiempo y el tiempo se mide en horas luz, como en la prehIstoria. El tiempo… 20 años ya de aquella desgracia que nos trajo hasta acá.

Camino por una pescadería cerrada en Chacao. El olor ya se siente por debajo de su santamaría rayada con grafitis que denuncian la realidad de un país que tuvo todo para ser eso, país, pero prefirieron arrestarlo, torturarlo y ponerle un grillete. “Venezuela se suicidó”, dice una joven autora venezolana-española con quien difiero. Yo creo que la mataron.

Cada minuto que pasa veo que más comercios cierran. Porque se han quedado sin nada o porque solo aceptan efectivo. En el país de las hiperinflaciones, ¿quién tiene tanto para que valga algo en su cartera? No lo tiene la señora que grita despavorida por una bolsa de hielo para refrigerar la insulina de su hijo. Menos lo tiene el que se ha visto obligado a buscar en la basura y que hoy sí es verdad que no tiene ni basura de dónde agarrar.

El tic tac de las horas y agua no consigo. Regreso a casa solo con una botellita de agua Minalba, de esas que uno se lleva cuando sube al Ávila. Cuando la vida se supone es vida y no un acto de supervivencia. Sacaré agua del pozo, que ya está bajo porque aquí no ha entrado agua desde el miércoles. Ahora a estudiar sobre el frío de las neveras. La carne congelada morirá de nuevo y pronto llegará la hora de escoger entre comer o botar. No importa cuánto te mientan y te digan que Venezuela tiene para alimentar tres países más, la putrefacción no perdona. ¿Qué comeremos cuando todos tengamos que abrir la basura? ¿O es que acaso eso no viene?

Concentración del presidente Guaidó en la Plaza Los Palos Grandes. Un político del ayer me pregunta: “¿Y qué más, que es de tu vida?” Le respondo, “Discúlpame, pero el coño de tu madre” y me voy. La señal me llega. Un chat habla “de cuando todo esto se arregle, me regreso”. Me salgo. No voy a ser yo cheerleader de los de lejos. Ellos tienen sus razones, yo las mías. Y hoy todas implican conservar batería. No encuentro a Jaime. Él en un piso 9, yo en una casa sin timbre. Un muro de Berlín ficticio erigido entre nosotros donde uno no sabe cuándo se volverá a ver.

Vuelve la luz. Se va de nuevo. Una planta eléctrica cerca inunda el aire de gasoil y suena como si una avioneta llegase de la II Guerra Mundial directo al taller. Twitter da señas de vida. Hospitales, enfermos, un bebé que no pudo más. Se va el sol. Velas y un ron porque a veces, cuando el hampa es cosa de saltar el muro, uno prefiere la borrachera. Un tobo de agua encima para quitarse la suciedad de 30 horas. Me río. El mundo deseando una vida extraordinaria y uno implorando una normal en bolas y a oscuras. Una vela en la mesa de noche y a dormir. Si tuviera una media en la cabeza sería Geppetto el de Pinocho. Solo que mi ballena es un monstruo de régimen que se alimenta a base de mentiras y ruina. Mensajes telepáticos a mis hermanos, a Jaime, a esta junta de condominio en la que se ha convertido el país donde todos padecemos lo mismo: desinformación y desespero.

Los mosquitos llegan a su restaurante favorito, el único instante en mi vida donde soy el “Sexiest Man Alive”. Decido que todos se llaman Delcy y eso me complace. Duermo. Duermo hasta que una alarma a lo lejos me indica que la luz ha vuelto. Nunca había estado tan feliz de escuchar tan fatídico sonido y sonrío. Sonrío como si esto no fuera a pasar otra vez, como si ya todo acabó. Sonrío porque no me queda de otra en este reality show que es más cruel que Los Juegos del Hambre. Todos los días una prueba a superar. Ya vendrá la de hoy.

Cuando me levante de la cama pienso actualizar mi currículo. “Sobrevivir bajo presión” cuenta como una aptitud profesional y que se agarre la de Recursos Humanos cuando me pregunte la razón porque saco el taburete, el micrófono y la cartulina expositiva: 30 horas sin luz. Se dice fácil porque sobrevivir es un instinto humano. Ahora, sobrevivir en un país donde un apagón te prohíbe enfermarte, dar a luz, morirte, o incluso de tener un día absolutamente aburrido solo compensado por una torta es una vaina arrecha. Soplo de vela. Y luego me arrepiento… Se acaba de ir la luz otra vez en toda Venezuela. Comienza así un nuevo día en vela.

 

Toto Aguerrevere

Caracas

@TotoAguerrevere

#EstoNoEsNormal | La ciudad y la oscuridad, puertas adentro

UNO APRENDE A ENTENDER LA OSCURIDAD. O eso es el primer pensamiento que tengo cuando, de nuevo, la ciudad se queda en penumbras en el segundo apagón que sufre Venezuela en menos de 48 horas. En esta ocasión, no hay una sola fuente de luz visible: han transcurrido casi 50 horas desde que comenzó el colapso del sistema eléctrico. De modo que la oscuridad es mucho más profunda que hace días. Me hace recordar el paisaje nocturno de montañas y caseríos, los que visitaba de niña en excursiones familiares. Una oscuridad púrpura y tan pesada que me lleva esfuerzos respirar sólo al mirarla.

Intento encontrar una emisora en la radio de pilas que compré durante el día. Dos dólares, dijo el hombre de la tienda. Y los pagué, sin pensar en el hecho que el último vestigio de normalidad se desvanece por completo. Papel moneda, eso no es nada. Pero es algo, incluso en un país con hiperinflación como el nuestro. Un cambio duro y evidente. El dueño me mira, casi avergonzado, cuando miro las monedas (dólares también) que me devuelve como cambio. “No se puede cobrar en bolívares, eso ya no vale nada, esto es otra Venezuela”. No respondo. ¿Qué puedo decirle?

Cae la noche otra vez. La luz desaparece y con ella la ciudad. Diez pisos más abajo, la calle en la que crecí, se convierte en un terreno peligroso y salvaje. Escucho el sonido de ráfaga de bala. En la oscuridad no hay detalles e historias. Uno aprende a conocerla. El miedo que hay en ella, como un visitante tardío. Es el otro día del apagón nacional en Venezuela. Nadie sabe qué ocurrirá. Lo único constante es el miedo.

@Aglaia_Berlutti

#EstoNoEsNormal | La carne y los cuatro policías

CULMINABA UNA JORNADA LABORAL del jueves 7 de marzo en Coro estado Falcón. Cuando salí de la oficina a las 4:00 pm aún había energía eléctrica, pero al llegar a casa ya el apagón estaba instalado.

Ante lo inesperado concluí que seguro era una falla en Planta Centro y por ello nos habíamos quedado sin el servicio, sin embargo, las horas transcurrían y al amanecer del viernes desconocía cuál había sido la falla.

El sábado ya sumábamos dos noches y un día sin luz. En el Mercado Viejo los carniceros, preocupados por el apagón, comenzaron a ofertar el kilo de carne a. 5.500 bolívares. La noticia inundó de luz a todos los que estaban en el mercado y pronto las comunidades adyacentes llegaron con la esperanza de quedarse con un kilo.

El temor de que comenzaran los saqueos se percibía en el aire. Pero no fue sino hasta pasada las 9:00 pm cuando, en un momento en el que olía a caucho quemado y sonaban las cacerolas, terminarían por saquear un comercio de licores en los alrededores del Hospital Universitario de Coro, ubicado a varios kilómetros del mercado.

Las pérdidas fueron cuantiosas, pues no solo fue el robo de los licores sino también el daño a la infraestructura que suma años de trabajo y esfuerzo familiar. La noche del saqueo la policía estadal no pudo con los vándalos puesto que solo enviaron una patrulla con cuatro funcionarios que, aun estando armados no controlaron la trifulca de los saqueadores. Cuatro policías, mientras en las marchas los cuerpos de seguridad reprimen y la Guardia Nacional Bolivariana cuida la estatua de Chávez.

Anny Bermúdez Laclé

@annylacle

#EstoNoEsNormal | La tercera noche y la oración

EN LOBATERA, TÁCHIRA, EL APAGÓN DURÓ 56 HORAS. La luz llegó la madrugada del lunes a las 3:30am. Solo recuerdo la terrible oscuridad de las noches. A la tercera noche mi esposo y yo rezábamos para mantenernos fuertes y no entrar en depresión.

Sobre todo yo, que soy paciente oncólogico y en esos días sufría un fuerte dolor en el brazo, lo cual se agravaba con aquella increíble realidad y la imposibilidad de ir a cualquier centro de salud por falta de electricidad y de gasolina.

Como tenemos una planta eléctrica recibimos alimentos, sobre todo carnes, de casi todos nuestros vecinos por lo cual era necesario reservar la gasolina para la planta, que prendíamos por periodos de 3 a 4 horas. Fue aterrador porque trabajé en el sector eléctrico y sabía que si la falla era en el Guri significaba que era una gran falla y que afectaba a todo el país.

Más aterrador aún: no saber de la familia que vive Guárico y en Carabobo, ni lo que estaba pasando en el país porque tampoco teníamos Cantv ni telefonía celular. Fueron días muy tristes y aún queda el temor de que esa falla pueda volver a pasar.

Luisa Bello de Marval

Táchira

#EstoNoEsNormal | 72 horas y la voz de mi mamá

EXISTE UN LUGAR EN EL MUNDO QUE LLEVA 72 HORAS APAGADO.

Me levanto de mi cama, me siento pegajosa; me duelen partes de mi cuerpo que no sabía que tenía. Tengo ganas de lavar ropa porque ya lo que me queda son las prendas que usaba hace 10 kilos, pero no puedo porque no hay agua. Chequeo porque es de día pero no, todavía no hay electricidad. Salgo de mi cuarto y veo a mi mamá sentada, viendo el teléfono con ganas de prenderlo, en su intento número 1001 por buscar una alternativa para comunicarse con su hija fuera del país. Voy a la cocina y veo a mi hermana rebuscando en los gabinetes, planificando y calculando qué es lo que pueden comer, para cuántos días queda la comida, mientras mi sobrino está sentado, tiene 12 años y no entiende de dónde sale eso que está sintiendo: abatido antes de ser capaz de dar una batalla. Aburrido y cansado.

Mientras alguna vecina visita -la más cercana, porque subir 9 pisos a pie es una tortura- se agradece la compañía pero da miedo que siquiera le den ganas de orinar y vea el desastre en el baño cuyo olor a amoniaco ya casi conquista toda la casa.

Intento abrazar a mi mamá varias veces pero no responde, solo cierra los ojos, como imaginando algo y se le eriza la piel. Creo que ha de ser el calor.

Llega la luz. Todos corremos como animales para cargar los teléfonos, porque el agua no ha llegado. Si hubiese agua, serían tobos los que cargaríamos; pero no. Desgraciadamente el agua que entra no llega con fuerza y está lejos, lo que implicaría bajar las escaleras con los meniscos desgastados y subirlas con un tobo a medio llenar.

Me enfermé y solo puede curarme la voz de mi mamá que, en tiempo real, creo que tengo 72 horas sin escuchar.

Valentina Ron

#EstoNoEsNormal | Mi mamá y la resiliencia, por Gitanjali Wolfermann

SIN AVISO, AL IGUAL QUE A AQUELLOS EN VENEZUELA, un apagón que para entonces se acercaba a las 48 horas me impidió recibir un solo mensaje de mi familia. A kilómetros de distancia de mi país, a mí también me habían arrojado a un pozo de oscuridad e incertidumbre.

Aquella noche no pude dormir. La pasé mirando la pantalla del celular esperando que el ícono verde y blanco la iluminara. No ocurrió.

“Seguro mi mamá está llorando, ella no sabe qué está pasando”, pensé durante toda la noche. La imaginé parada frente al balcón contemplando entre sollozos la inmensidad de la noche silente.

En la mañana del tercer día del apagón brilló por fin el ícono redondo con un mensaje de voz de mi mamá.

“Hija, sobrevivimos al apagón más largo de nuestra historia”, dijo con una voz que solo le he escuchado en otra ocasión en la que, por cierto, también osé subestimar sus capacidades: nos habíamos despedido en el campamento base del Roraima a primera hora de la mañana y quedamos en que cada una llegaría a la cumbre a su ritmo. Subí más rápido y alcancé la cima primero. Pasaron las horas y nada que mis padres llegaban. Sin señal para llamarlos y saber cómo estaban imaginé toda clase de escenarios dantescos. “Seguro se cayeron, se devolvieron o los atacó un animal salvaje”, me repetía. Antes de ponerse el sol los vi coronar la montaña.

“¡Lo logramos!”, exclamó aquella tarde con una voz que mezclaba cansancio, aplomo, determinación y satisfacción por la prueba superada.

Hoy sé que así suena la resiliencia.

@gitiw

Londres

#EstoNoEsNormal | El sancocho y las cenizas

NUNCA PENSÉ QUE ESTARÍA TANTO TIEMPO A OSCURAS, sin comida en casa, sin poder recibir transferencias bancarias. Mi trabajo depende de Internet y de cuánto logre escribir en un día; no gano mucho, pero le doy de comer a mis hijos.
Quedarme sin luz e incomunicada me tomó por sorpresa, pero la gallardía de mis hijos de no quejarse por lo mal que comieron esos días fue lo primero que me conmovió hasta los tuétanos.

La segunda noche llegamos al edificio y encontramos a los vecinos jugando dominó y cocinando en el estacionamiento. Sin saber de nuestra situación, simplemente nos pusieron un plato de comida en las manos. “¡Venga vecina, pruebe esto que está bueno!”. El más pequeño entró directo a jugar con su amiguito y cuando volvió ya había cenado. La que nos vende el queso me despachó un pedazo. “Me lo pagas cuando se normalice todo, tranquila”.

Estas son las cosas que parecen pequeñas, pero son grandes ante los ojos de Dios, son cosas que nos dicen que la gente noble y buena es mayoría, que tenemos esperanza de renacer desde las mismísimas cenizas que nos dejen los gobernantes actuales cuando se vayan.

Lo que no es ni puede ser normal es la barbarie, el canibalismo y la usura que campean por las calles y muy pronto volverán a relegarse.

 

María Elena Adraz
Maracay