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TSJ ratifica condena al asesino de Bassil Dacosta

LA SALA DE CASACIÓN PENAL  del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ratificó la condena de 29 años y seis meses de prisión contra el exfuncionario del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), José Ramón Perdomo Camacho, por el homicidio de Bassil Dacosta, uno de los jóvenes asesinados durante la protesta antigobierno del 12 de febrero de 2014. 

Dacosta, quien tenía 23 años cuando lo mataron, recibió un disparo cuando huía de la arremetida de los cuerpos de seguridad del Estado, funcionarios de Inteligencia y colectivos armados contra los manifestantes que marcharon ese Día de la Juventud desde Plaza Venezuela hasta el Ministerio Público. El estudiante de Mercadeo de la Universidad Alejandro de Humboldt de Caracas cayó en la esquina de Tracabordo de Candelaria, en el municipio Libertador del Distrito Capital, a unos 200 metros de la sede de la Fiscalía.

Perdomo Camacho, cuya defensa había interpuesto un recurso de casación calificado por los tribunales como “manifiestamente infundado”, fue penado por los delitos de homicidio intencional calificado perpetrado con alevosía y por motivos innobles, y uso indebido de arma orgánica, previstos y sancionados en el Código Penal.

“La acción judicial presentada no cumple con los requerimientos exigidos por el artículo 451 del Código Orgánico Procesal Penal, porque al fundamentar el recurso de casación lo que en realidad se pretendió fue impugnar la decisión del juzgador de juicio (…) Los medios recursivos no pueden ser entendidos como vías jurídicas procesales para acometer contra una sentencia que resultan solo desfavorables a los intereses de las partes”, indica la ponencia del magistrado Juan Luis Ibarra Verenzuela ante la Sala de Casación Penal, según refiere la nota del TSJ.

12 de Febrero: Dudamel, la juventud y la ayuda humanitaria

@loremelendez

 

Una mujer de cabello gris daba instrucciones a un grupo de muchachos que, bajo el sol de las 11 de la mañana, aguardaba por los discursos de la marcha del Día de la Juventud.

–Griten ‘ayuda humanitaria ya’, para que eso se sienta como una ola. No eso de ‘Maduro coño e’ tu madre’, ni nada de eso. Lo que tenemos que pedir es la ayuda humanitaria– les decía.

Los jóvenes se sonrieron extrañados por la solicitud, pero minutos después le cumplían. La consigna ‘ayuda humanitaria ya’ la repitieron varias veces, aunque estuvieron lejos de convertirla en la onda expansiva con la que soñaba la señora.

Esa petición fue el tema principal de la marcha del pasado martes, 12 de febrero. La frase se leyó en los telones azules que flanqueaban la tarima, en pancartas que llevaron los manifestantes, se oyó en las palabras que estudiantes y diputados pronunciaron durante sus discursos, y también en la intervención del presidente encargado Juan Guaidó. Todos los mensajes se dirigían al mismo destinatario: los miembros de la Fuerza Armada Nacional que custodian las fronteras, a quienes en lugar de bloquear el paso se les exigió que permitieran el ingreso de medicinas y suplementos nutricionales donados por la comunidad internacional.

“A nosotros nos llenaban terroristas por cerrar una calle con una pancarta. Ahora cierran con containers un puente para que no pase la ayuda humanitaria. Eso sí es terrorismo”, reclamó una joven del movimiento estudiantil con micrófono en mano desde el escenario.

Fue Guaidó quien aseguró que el próximo viernes 23 de este mes será el día de esa entrada, una vez que los centros de acopio de Cúcuta, en Colombia; Roraima, en Brasil; y la isla de Curazao, en el Caribe, reciban todos los productos enviados desde países de todo el continente.

“Tendremos que ir en caravana, en protesta, en organización, en movilización, en acompañamiento y tendrán algunos días las fuerzas armadas para dos cosas: ponerse del lado de la Constitución, pero primero del lado de su humanidad y permitir el acceso, el ingreso (de la ayuda humanitaria)”, aseguró el presidente encargado.

Pero más allá de los discursos, allí estuvieron jóvenes que subrayaron, ante las cámaras de Runrun.es, la necesidad de la llegada de una ayuda humanitaria que consideran “imprescindible” y como uno de los pasos más importantes dados por la oposición en los últimos años. “Todos podemos estar al lado de una persona que la requiere”, sentenció una de las entrevistadas.

Los discursos también giraron en torno a la juventud y, sobre todo, a dos nombres que se pronunciaron en casi cada intervención: Bassil Da Costa y Robert Redman, los manifestantes de 23 y 31 años de edad, respectivamente, que fueron asesinados hace cinco años atrás: el 12 de febrero de 2014. También mencionaron a Juan Pablo Pernalete y a Neomar Lander, dos de los muchachos que mataron las fuerzas de seguridad del Estado en las barricadas de 2017. Lander, por cierto, cayó a pocos metros de la tarima que se levantó este martes en la avenida Francisco de Miranda de Caracas.

Junto a la juventud, sus rostros fotografiados en las protestas y el video de artistas como Juanes, Miguel Bosé, Alejandro Sanz y Édgar Ramírez para alentar a los venezolanos en “su lucha”, vinieron también discursos grabados de políticos exiliados como el diputado José Manuel Olivares, quien recordó a Oliver, el niño del tapaboca y la pancarta que advertía “El cáncer no puede esperar”; de David Smolanski, el ex alcalde que admitió que se imaginaba a miles de sus compatriotas caminando el puente fronterizo en sentido contrario para regresar a su tierra; y también del parlamentario encarcelado Juan Requesens, rememorado con aquella denuncia en el hemiciclo en la que acusaba al gobierno de Nicolás Maduro de ser “una parranda de corruptos”.

Hubo incluso espacio para los jóvenes de la Resistencia que, después de recordar a varios de sus caídos, entre ellos al piloto rebelde Óscar Pérez, citaron a José Félix Ribas, quien un 12 de febrero de 1814 comandó un ejército de muchachos en la Batalla de La Victoria para vencer a las tropas realistas. “No podemos optar entre vencer o morir. Necesario es vencer”, recalcó el escudero.

El acto culminó cuando un violinista y una cantante lírica, trajeados con chaquetas tricolores de la bandera, entonaron el Himno Nacional. Tres horas antes, previo a los discursos, un joven trombonista se subió a una plataforma dispuesta para las cámaras de televisión e interrumpió las consignas. Muchos comenzaron a acompañarlo con la letra de la canción “Venezuela”.

–Soy desierto, selva, nieve y volcán. Y al andar, dejo mi estela…

El 12 de febrero, mientras se conmemoraba el Día de la Juventud y los asesinatos de Bassil y Robert, el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela cumplía 44 años. Su máximo representante, el director venezolano Gustavo Dudamel, publicaba en la noche un mensaje en sus redes sociales para pedir la ayuda humanitaria.

ESTE 12 DE FEBRERO, día de la juventud en Venezuela las calles de todo el país nuevamente se desbordaron en apoyo al presidente encargado, Juan Guaidó, para exigir al gobierno de Maduro el paso de la ayuda humanitaria.

De acuerdo con Provea, 69 protestas se produjeron en los 24 estados del territorio nacional en contra del régimen de Nicolás Maduro. Inti Rodríguez, coordinador del área de monitoreo de Provea, expresó que estas movilizaciones son significativas ya que “desde el punto de vista simbólico, hay un pueblo que ha asumido la salida de este régimen de una manera pacífica”.

Además, Rodríguez destaca que en estas marchas se pudo contar con presencia de milicianos y otros organismos que revelan la existencia de un país cada vez más despolarizado que exige un cambio de Gobierno.

 

“Juventud, divino tesoro”, Laureano Márquez

 

LA FRASE QUE ENCABEZA ESTE ESCRITO es de uso muy común. Es una de las primeras asociaciones que el azar trae a la mente, cuando pensamos en la juventud. Además de encerrar una profunda verdad que solo puede apreciarse bien con el paso de los años, tiene una musicalidad que se corresponde con el estilo de su autor -muchas veces desconocido por quien cita el verso-,  nada menos que Rubén Darío, uno de los más significativos exponentes de la corriente literaria conocida como “modernismo” en lengua castellana.

Hoy en Venezuela celebramos el día de la juventud, rememorando la famosa batalla de La Victoria, que se libró el 12 de febrero de 1814, el terrible año 14. Un enfrentamiento entre los patriotas, comandados por Ribas  y los realistas a las órdenes del canario Morales, lugarteniente de Boves, tan cruel como este al punto de que una copla popular decía:

Entre Boves y Morales

la diferencia no es más

que el uno es Tomas José

y el otro es José Tomás.

Obviamente la copla tiene un error, porque Morales era Francisco Tomás. Pero en lo de la crueldad si que no se pelaron: este duro año 14 fue de una crueldad casi similar a la que el régimen actual ejerce hoy sobre la población venezolana, baile del “piquirico” incluido, al que era tan aficionado el asturiano, quien, mientras por un lado danzaba su guaguancó, por otro encargaba a sus huestes (que no eran españolas sino criollitas) el asesinato a mansalva de la población inocente. Fue ese año 14 también el de la “emigración a oriente” (primera huida masiva de nuestra población).

El caso es que, recordando a esos jóvenes inocentes que ofrendaron su vida para que Venezuela fuese un país libre, se conmemora el día de la juventud. Sin embargo, los venezolanos de hoy tenemos razones adicionales y -tristemente- más sangre que sumar a ese día. La de tantos jóvenes  masacrados por la dictadura que padece el país.

En ese  “divino tesoro” que constituye la juventud venezolana de hoy, llena de alma y convicción están puestas las esperanzas del país que vendrá, jóvenes de “manos limpias y conciencia limpia”, como dijo alguna vez el maestro Luis Beltrán Prieto.

    La estrofa completa de Rubén Darío dice:

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro…

y a veces lloro sin querer…

Así andamos hoy los venezolanos, con el llanto inoportuno a flor de piel, llorando sin querer y -otras veces- queriendo llorar sin poder. En su libro “Joven empínate” de 1967, el mismo Prieto comentaba este poema, al que tildaba de pesimista, apuntando que la juventud siempre vuelve y añadía: “Para mi la juventud es eterno retorno, retorno a la posibilidad de crear cosas nuevas”. La juventud de La Victoria, la de la generación del 28 siguen vivos y presentes en los sueños de la generación actual, no menos heroica, no menos valiente.

En el recuerdo a tantos jóvenes que no alcanzaron a ver el fruto de sus sueños, pero que seguirán siendo eternamente jóvenes en nuestros corazones, feliz día de la juventud.

 

@laureanomar

ESTE MARTES, ALMAGRO DIO SU DISCURSO durante la celebración en la sede de la OEA, en Washington, de un evento para conmemorar el Día de la Juventud en Venezuela, que se celebra cada 12 de febrero.

“Ningún militar puede detenerlos a ustedes. Ningún militar puede detener la ayuda que el pueblo de Venezuela precisa, ustedes la van a llevar adentro, ustedes definitivamente van a lograr que su país y que su pueblo acceda a los recursos que son necesarios. Está en ustedes y es el pueblo venezolano el que puede lograrlo”, afirmó.

El secretario general de la OEA apareció sobre el escenario con una camiseta de color naranja con el lema en la parte delantera de “UNIMET LUCHA”, en referencia a las siglas de la Universidad Metropolitana (Unimet), un centro de educación privada que ha sido muy activo en las protestas respaldadas por la oposición.

“Hoy llevo esta camiseta en nombre de las universidades venezolanas. Hoy llevo esta camiseta también en nombre de todos los jóvenes que no han ido a la universidad, llevo esta camiseta en nombre de todos los jóvenes, sea el origen más humilde o el más encumbrado, que han sacrificado tanto por recuperar la libertad de Venezuela”, subrayó Almagro.

“Llevo -continuó- esta camiseta manchada de sangre, manchada con pólvora, manchada con represión; pero una camiseta que definitivamente muestra el valor de todas las venezolanas, de todos los venezolanos”.

La cita en la OEA para conmemorar el Día de la Juventud venezolana reunió, entre otros, al presidente del conocido como Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela en el exilio, Miguel Ángel Martín; así como la activista cubana Rosa María Payá, hija del disidente fallecido Oswaldo Payá.

Durante el encuentro se mostró un video en el que Guaidó saludó al centenar de asistentes a la celebración del Día de la Juventud.

El 23 de enero, Guaidó invocó unos artículos de la Constitución Venezolana para reclamar que como jefe de la Asamblea Nacional (AN, Parlamento), controlada por la oposición, podía declararse presidente interino al considerar “ilegítima” la toma de posesión como presidente del país Nicolás Maduro.

Maduro volvió asumir la Presidencia el 10 enero como fruto de unas elecciones celebradas en mayo y no reconocidas por buena parte de la comunidad internacional.

En Twitter, Guaidó conmemoró este martes el Día de la Juventud Venezolana y subrayó: ¡Hoy de nuevo a las calles! #12Feb Con la fuerza de la juventud estaremos exigiendo que ingrese la ayuda humanitaria y honrando la memoria de tantos jóvenes que han caído luchando por la libertad de Venezuela”.

A pesar del bloqueo a la ayuda, Guaidó asegura que ha logrado ingresar en Venezuela 1.700.000 raciones de alimentos para niños en estado de desnutrición.

 

Marcha del #12Feb partirá de cinco puntos y concluirá en avenida Francisco de Miranda

LA AVENIDA FRANCISCO DE MIRANDA DE CARACAS será el lugar de concentración de la oposición este martes 12 de febrero, día de la Juventud.

“Nos movilizaremos en todo el país para lograr la entrada de la ayuda humanitaria que permita atender la crisis”, escribió el presidente encargado Juan Guaido en su cuenta de Twitter.

La marcha saldra de cinco puntos de la ciudad: Santa Fe, Parque Cristal (de donde saldran estudiantes y jóvenes), Centro Comercial Milennium, Plaza Brión de Chacaito y avenida Vollmer de San Bernardino.

Los manifestantes concluirán en la avenida Francisco de Miranda a la altura de McDonalds e Imgeve.

La hora de concentración es partir de las 10 de la mañana.

 

15.890 jóvenes murieron a causa de la violencia en 2017

ESTE 12 DE FEBRERO, fecha que conmemoramos como Día de la Juventud, es ocasión propicia para enfatizar que en Venezuela, la mayoría de las muertes violentas tienen como a adolescentes y jóvenes entre 12 y 29 años de edad.

Esta triste realidad se acepta como una sentencia inexorable, y no se generan políticas o programas destinados a prevenir la violencia, enfrentar sus causas o a garantizar la protección y resguardo de esta población vulnerable.

En 2017, 15.890 adolescentes y jóvenes fallecieron en muertes violentas, cifra que corresponde al 60% del total de muertes violentas que ocurrieron en todo el país.

Muertes violentas en jóvenes para el 2017 en Venezuela

Grupo de edad                         %                Número de víctimas Adolescentes

12 a 17 años                                  6,2               1.650

18 a 24 años                                 34                9.050

25 a 29 años                                19,5              5.190

Total de 12 a 29 años          59,7             15.890

InfografíaJuventud

En 2017, de los 15.890 jóvenes de 12 a 29 años muertos por asesinatos, 12.553 fueron por homicidios y 3.337 por actuaciones de las fuerzas públicas, que son documentadas en los registros oficiales como “resistencia a la autoridad”.

De esta manera, se hace evidente que ser joven hoy en Venezuela significa afrontar el alto riesgo de morir en circunstancias violentas, porque la situación de inseguridad y violencia impacta con mayor fuerza en la juventud. Están matando a los jóvenes, principalmente a los hombres, mayoritariamente a los pobres.

Los mata la delincuencia, o los mata la actuación de funcionarios de un Estado que, enfocado en políticas belicistas y violatorias de derechos humanos, parece haber renunciado a la prevención del delito y a la contención delictiva.

Cada año se confirma esta tendencia, y no se emprenden políticas, programas o decisiones públicas destinadas a detener este maleficio. Por el contrario, se incrementa el abandono, la desatención pública de esta población y todos los indicadores sociales advierten como, en lugar de protección y oportunidades de desarrollo, los adolescentes y jóvenes enfrentan hoy difíciles situaciones de desabastecimiento y carestía de alimentos, pobreza, precariedad de servicios básicos (agua, transporte, luz) y, por primera vez en la historia, nos enfrentamos a la lamentable realidad de adolescentes y jóvenes buscando comida en la basura, prostituyéndose para llevar comida a sus casas.

También hay que notar que no son pocos los adolescentes y jóvenes que dejan de comer para que sus hermanos puedan alimentarse, o salen a buscar algún ingreso para ayudar en el hogar y hasta los que se privan de gastos, preocupados porque su madre come cada vez menos para que le alcance a sus hijos. Muchos de ellos están dejando de estudiar para salir a la calle a trabajar o a mendigar en procura de un alivio a la pobreza de las familias. Otros entienden que la mejor solución es irse del país y buscar un trabajo afuera con el que puedan colaborar económicamente con sus familias, o queriendo dejar de ser una carga para los padres.

En este caso es el país que muere, con jóvenes capaces y dispuestos al bien común que abandonan nuestra tierra forjando sueños, trabajo y riqueza en otro lugar.

En contextos de pobreza y violación de derechos humanos, la vida del joven ha estado sometida a situaciones de injusticia y uso abusivo del poder. Para miles de jóvenes que han salido a las calles en protesta pública, la respuesta del Estado ha sido la represión, el amedrentamiento, el encarcelamiento y hasta la muerte.

Pero los jóvenes, además de ser el sector más vulnerable a ser víctima de la violencia, también pueden convertirse en potenciales victimarios, siendo instrumentos útiles de la delincuencia organizada. Según nuestros registros, un 60,7% de los victimarios tiene menos de 30 años; un 34,5 % de este grupo tiene entre 20 y 24 años.

En la mayoría de las comunidades, impera la ley que imponen grupos criminales, que someten y controlan a la población ante la ausencia de la institucionalidad del Estado. Las bandas armadas crecen y se fortalecen incorporando a adolescentes en sus actividades, con amenazas, extorsión y engaño, pero también brindándoles la comida, el dinero y las oportunidades que las familias no pueden garantizar.

El aparente éxito y poder de los jóvenes armados atrae a adolescentes que ven en el delito un camino accesible a la riqueza fácil, o a ingresos que no son percibidos por quien vive honestamente de su trabajo diario.

Los equipos de investigación de las universidades que integran el OVV -UCV, ULA, UDO, UCAB, UCAT, UCLA, LUZ- expresaron su preocupación por la violencia que padece la juventud venezolana y reiteramos nuestra convicción ética por la defensa de los derechos a la vida y a la libertad.

Es hora de parar la fábrica de la incursión de adolescentes y jóvenes en la criminalidad, garantizándoles las oportunidades de alimentación, salud y educación, y atendiendo la emergencia humanitaria que hoy coloca a la mayoría de la población en situaciones de pobreza.

El Estado es responsable de garantizar sin más demora, políticas y programas públicos que reconozcan a los jóvenes como sujetos de derechos y personas corresponsables del desarrollo social. Reiteramos nuestra esperanza en una juventud cuya vida no esté sometida a la violencia, sino aferrada a sus sueños de un futuro de paz, trabajo y conocimiento.

 

El destino de los jóvenes venezolanos: los que se quedan, los que se van y los que se lleva la violencia

jovenes

Por Paola Martínez, Ronna Rísquez y Francisco Zambrano

¿QUÉ OPORTUNIDADES, OPCIONES Y PORVENIR tienen los jóvenes venezolanos? En el Día de la Juventud y después de 18 años del gobiernos chavistas, Runrun.es describe los tres destinos visibles que tiene este sector de la población que constituye el futuro del país: los jóvenes.

Los que se quedan

Existe un tipo de jóvenes cuyo futuro, a pesar de la inseguridad, la crisis económica y la incertidumbre política, lo continúan viendo en Venezuela. Son jóvenes que estudian y trabajan en un contexto que jamás imaginaron vivir, uno que coarta sus posibilidades e incluso pone en peligro sus vidas. Un país en el que muchos de ellos deben sobrevivir hasta conseguir los medios para emigrar, o hasta que acaben las pesadillas en la tierra en que sus padres cumplieron sus sueños.

Daniel Salazar es uno de ellos. Un estudiante de ingeniería de 23 años a la espera del título universitario que le podrá dar un mejor nivel de vida en otra nación, donde espera hacer una vida sin el peligro constante de entrar a las lista de víctimas del hampa. “Uno de los mayores problemas que afecta a todos es la inseguridad. Todos nos vemos afectados y corremos el riesgo de que nos pase algo en cualquier momento, como al salir a tomar el bus para ir a clases”.

Mientras tanto, Daniel debe trabajar en sus tiempos libres para pagar sus gastos universitarios. Junto a su hermana, emprendió un negocio de comida a domicilio que le permite estudiar en dos universidades, una pública con interminables problemas y paros como protestas, y una privada de la que espera graduarse pronto. Sin embargo, el doble esfuerzo no se le hace fácil, y a pesar de que gana dinero por su cuenta, está consciente de que no podrá independizarse económicamente en esta Venezuela. “Uno se ve afectado por la inflación todos los días cuando vas a sacar copias, comprar guías o cuando te da hambre y debes gastar una cantidad considerable de dinero en solo un desayuno, y a veces puede que no tengas suficiente”.

Por lo mismo, su vida social se ha relegado a pasar los fines de semana en su casa, y de vez en cuando en casa de sus amigos, acompañados de la botella más económica que puedan comprar. Las cenas en restaurantes, las noches en discotecas, los viajes de fines de semana, que representan un gasto económico que un sueldo mínimo no permite, han quedado en un lejano pasado, en otra Venezuela, que para él a veces es mejor no recordar.

Por otro lado están los jóvenes como José. Él dejó su carrera para empezar a trabajar en la empresa familiar hace tres años, cuando el prospecto de aprender el oficio, ayudar a sus padres y ganar dinero lucía más atractivo que esperar a que el gobierno resolviera los problemas de las universidades, que estaban en paros intermitentes.

Hoy José puede vivir cómodo con lo que gana. Frecuentemente se permite lujos que no todos sus amigos pueden –viajes al extranjero, ropa de marca, uno de los últimos Iphones– aunque considera que debe trabajar mucho más duro que la mayoría de ellos. De igual forma, José acepta su vida como es, con la suerte que le ha garantizado un buen trabajo, pero con la certeza de que su tierra natal no tiene esa dicha, y de que es una cuestión de tiempo para que los problemas del país lo alcancen él también.

La libertad económica que José goza resulta bastante codiciada en la calle. Comenta que debe elegir la ropa que se pondrá de acuerdo a donde vaya a ir, ya que usar ropa de marca puede marcarlo como un objetivo. “Para ir al trabajo, que queda cerca de una zona popular no muy segura, no puedo usar un buen reloj, y en ocasiones debo dejar mi celular en la casa, para no arriesgarme a que me roben, o algo peor”. Aunque su día a día no se ve limitado por los problemas que afectan a la gente de su edad –la inflación, la escasez o la incertidumbre política– el temor a la inseguridad lo persigue igual que a los demás venezolanos.

Y de noche, todo se complica. En el camino entre su casa y el lugar en que sus amigos lo esperan puede depararle incontables peligros, por lo que José debe tomar todas las previsiones necesarias para evitarlos. La paranoia vive consigo, y el miedo a ser robado o secuestrado lo mantiene en casa muchos fines de semana. Aún así, él espera que algún día todo esto cambie, y esa esperanza lo mantiene en Venezuela.

Yhoger Contreras solía ser uno de esos venezolanos que ponía buena cara al mal tiempo. Ya no más. “En mi mente todavía está apostar por el país, pero llega un punto en que estás tan atado de manos que no hay manera de surgir”. Ahora es uno más de esos jóvenes que sueña con el día en que pise otra tierra, el día en que sus derechos sean respetados y pueda hacer todo lo que aquí no puede.

“Muchas personas nos hemos cansado de luchar, de dar la guerra desde nuestra trinchera sin ver resultados”, dice Yhoger con trazos de desesperanza en su voz. Lamenta que, a pesar de que tiene toda la vida por delante y está a meses de ser un profesional de la comunicación, sus oportunidades laborales son limitadas, y las pocas que puede conseguir no satisfarán las necesidades básicas que necesita cubrir. Su idea de ser un periodista y trabajar por el país se ha difuminado, y en su lugar la búsqueda de una vida segura ha tomado su lugar.

A sus 23 años, Yhoger no ha podido comprar carros, terrenos y casas como sus padres a su edad ya lo habían hecho. Su papá a los 19 años pudo comprar dos terrenos que más tarde le permitieron adquirir su primer carro, explica él, resaltando la facilidad con que su padre lo logró y lo imposible que ello resulta en la actualidad. “Ya por los menos mis padres vivieron y tuvieron su etapa, y ahora viene la nuestra. Es bastante difícil aceptar que nuestro futuro está truncado por un sistema político”.

Sus padres le cuentan como de jóvenes solían salir con unos pocos billetes que les alcanzaban para comer, disfrutar y comprar toda la ropa y cosas que se les antojaran, sin que el gasto hiciera mella en sus bolsillos, “cosa que yo no puedo hacer”, añade resignado. Sin embargo, si él hubiese vivido en la Venezuela de sus padres, no cree que habría gastado el dinero en eso. “A mi me hubiese gustado tener dinero para poder viajar, pero no lo he podido hacer”.

El consejo que da a sus amigos, y el que espera seguir pronto, es emigrar. “No me he ido no porqué no quiera, porque las ganas están, sino porque no hay economía, porque no tengo sustento y es difícil irse como aventurero”. Es por eso que sus resoluciones del 2017 ya no se enfocan en ayudar a salvar a Venezuela desde el periodismo. Ahora, él se puso a sí mismo primero. “Ese es mi plan de este año, ahorrar y buscar dinero, terminar mis estudios y poder emigrar”.

Diferentes a la mayoría de jóvenes venezolanos, unos pocos están obligados a permanecer en Venezuela, exactamente tras las barras de una prisión, por haber continuado creyendo en el futuro que muchos han olvidado, o se han resignado a perder. Al menos 27 jóvenes se encuentran privados de libertad por causas políticas, denunció otra joven, Ana Karina García, quien funge como activista del Comité de Liberación de Voluntad Popular. Según ella, estos 27 muchachos están hoy, 12 de febrero –día de la juventud–, encarcelados por haber defendido los mismos ideales, la libertad y la independencia, que los jóvenes de 1814 defendieron un día como este.

Los que están por irse y los que se fueron

Orlando Zamora es un periodista de 27 años, todavía no ha tomado el vuelo en Maiquetía que lo lleve fuera de Venezuela, pero está en proceso. Orlando como miles de jóvenes nacidos en la tierra de Bolívar planea salir casi corriendo de la tragedia de país que se ha convertido su terruño. Al igual que sus contemporáneos siente que el oxigeno se le está acabando, que esa compuerta llamada libertad y calidad de vida se cierra poco a poco, como a Indiana Jones cuando escapa del Templo de La Perdición no quiere que la roca gigante rodante lo golpee o que el muro de concreto caiga y no le de tiempo de recoger su sombrero.

A Orlando le ha tocado lo mismo que a miles en el pasado reciente, correr de aquí para allá de Registro a un Ministerio en busca de un expediente, volver al lugar donde estudió para solicitar notas certificadas y pensum académico, llevarlos a que los legalicen y luego apostillen, todo un proceso largo y burocrático que ha pasado a ser parte de la cotidianidad de la juventud venezolana.

Lo normal por estos días es ver a personas regularmente menores de 30 años con títulos, pergaminos y carpetas deambulando por las oficinas del Ministerio de Educación Superior y del de Relaciones Exteriores en el centro de Caracas. Las colas largas no solo se hacen frente a mercados, farmacias y panaderías, también a las puertas de instituciones del Estado. La pregunta que ronda en el ambiente es: ¿Para donde te vas? La incertidumbre está a la orden del día, pero también la convicción de que se está haciendo lo correcto. El “aquí no hay futuro” ya es el lema de esta generación castigada con 18 años de chavismo. “Tengo pensado irme a Argentina como la mayoría de los que emigran ahorita me atrevería a decir”, dijo Orlando. “La razón es bastante lógica, es el país cuyos tramites son más fáciles. Debido a que Venezuela pertenece al Mercosur, puedes viajar sin pasaporte para allá”, agregó.

“Comencé a arreglar mis papeles en noviembre del año pasado, en diciembre los introduje en el GTU, pero me perdieron el pensum y el programa de estudio, el oficial con quien traté no sé hizo responsable y me dijo que los sacara de nuevo”. A Orlando este percance, posiblemente habitual en las instituciones gubernamentales locales no le paralizó en su afán de irse. La cólera del principio se transformó en una fuerza abrumadora, esa que se desprende del comentario mundano. “Por estas vainas es que me debo ir”.

“Así que nuevamente los saque en enero y debo esperar por ellos. Conseguí cita para apostillar relativamente fácil para finales de marzo”.

Dichas citas se han convertido en una especie de migraña para muchos, debido a la cantidad de solicitudes, la insuficiente modalidad de atención ministerial, los días feriados que cada año inventa el gobierno y hasta el ahorro energético, el tiempo entre solicitarlas y asistir al ente puede ser de meses, cuestión que ha hecho frotar las manos de los nuevos ejecutivos públicos: los gestores.

“Son muchos los problemas burocráticos, para lograr salir legal debes tener puestas las pilas”, recomendó Orlando.

Orlando nunca ha ido a Argentina, pero su hermano está allá desde hace un año, lo que podría facilitarle la adaptación. La motivación de este joven para dar un paso tan importante en su vida no es diferente a la del resto. “Solo busco calidad de vida, en Venezuela es cuesta arriba ahorrar dinero, mucho menos independizarte”, arrojó. “En un punto como la profesión te sientes estancado porque no puedes seguir creciendo y la inseguridad es una preocupación diaria”.

Asegura que regresar a Venezuela en un futuro, cuando el río vuelva a su cauce (si es que eso sucede) no es un planteamiento vago y retórico. “Claro, nunca he descartado esa opción”.

Jorge siempre tuvo la vena de inmigrante en su cuerpo, pero la llegada de Nicolás Maduro al poder aceleró su deseo de salir de Venezuela.

Graduado hace un año de abogado en la Universidad Católica del Táchira, el oriundo de San Cristóbal vive desde hace ocho meses en Buenos Aires, representa la nueva generación de venezolanos autoexiliados, su misión de vida hoy en día es procurarse un futuro óptimo, objetivo que en su tierra natal es prácticamente imposible de conseguir.

“Desde más pequeño siempre quise salir del país, irme de intercambio o algo así, pero siempre lo vi como una manera de conocer y poder formarme por fuera. Ya en los últimos tres años de la universidad fue que confirmé que la única manera de poder crecer profesional y personalmente era saliendo del país”, dijo desde Argentina.

A Jorge le tenía perturbado desde hace rato el hecho de no poder adquirir un carro y mucho menos una vivienda, pero más que eso la imposibilidad de avanzar en su profesión.

“Es imposible pensar en que ejerciendo normalmente una carrera y sin trampas o vueltas pueda llegarse a tener comodidades normales como en cualquier lado del mundo. No caer en la maquinaria de la corrupción es imposible ya en el país, y así no puede hacerse un profesional íntegro”.

Jorge sabía que no iba a ser fácil la adaptación, entiende que en otra latitud no te están esperando con los brazos abiertos con una oferta laboral. Pero ante eso y la realidad de hacer cola para comprar comida, no conseguir medicamentos y ser presionado para sacar el Carnet de la Patria, prefirió montarse en un avión. Una decisión que han tomado miles de jóvenes venezolanos desde que el chavismo se instaló en Miraflores.

“A mi me ha ido bien. No trabajo en mi área pero tengo un buen empleo y un buen lugar para vivir. Al principio si cuesta un poco, estar nuevo y no conocer absolutamente nada ni a nadie, pero ya luego uno se va amoldando a la situación y puede conseguir buenos resultados. Lo más seguro es que no sean inmediatos, pero a la larga los proyectos se construyen con paciencia”.

A Jorge le costó llevar a cabo todos los trámites burocráticos para obtener un permiso laboral en el extranjero, desde ingresar a páginas webs con amplio tráfico en la madrugada hasta hacer una cola kilométrica en el Ministerio de Relaciones Exteriores, pero lo más duro fue decir adiós en Maiquetía.

“Lo más difícil es despedirse de la familia, los amigos y la casa, pero eso es parte del proceso de crecer. El tema papeles se complicó, la página del Ministerio nunca cargaba para solicitar los antecedentes”, confesó.

Si bien los padres asumen regularmente la partida de sus hijos con tristeza, Jorge advierte que la situación país de alguna manera preparó a los suyos para el desenlace de hoy en día.

“En mi familia lo aceptaron muy bien realmente, ya varios primos se habían ido del país desde hace tiempo, primero a España y otros a Estados Unidos luego, así que ya en la casa sabían que era un paso necesario. Siempre estoy en contacto con ellos por WhatsApp y Skype, que es lo que deben hacer como al 80% de las familias venezolanas ahora”.

Jorge no ha tenido experiencias xenofóbicas en Argentina y tampoco cree que se presenten. “De rechazo nada. Este es un país de inmigrantes, mucha gente sabe que sus abuelos vinieron de otro lugar a establecerse acá, y la aceptación cultural es buena”. Dice que la mayoría siente curiosidad por conocer el fenómeno venezolano y algunos creen que lo informado en los medios de comunicación es una exageración.

“¿Está tan jodida Venezuela como dicen las noticias?, me preguntan en la calle. Trato siempre de responder eso con la mayor paciencia”.

Contrario a lo que podría pensar la mayoría de la gente acerca de un joven acabado de partir de un país con un futuro incierto, Jorge no solo aspira regresar para una eventual reconstrucción de la República, sino que desea iniciar esa recuperación desde ya. “El país no se va a arreglar cuando cambie el gobierno y la estructura que dejó. Mi idea no es regresar cuando todo mejore, sino ser parte del grupo de gente que quiere reconstruir al país desde mi área, poder representar a Venezuela mucho mejor que este gobierno, el cual realmente deja una mala imagen”.

Los que se lleva la violencia

Además de los jóvenes que siguen en el país con la esperanza de forjar un futuro aquí, y de los que tiraron la toalla para tomar un avión que los sacara de la pesadilla revolucionaria, queda un grupo de venezolanos menores de 25 años de edad que, por decisión o por accidente, corren el riesgo de tener el peor de los destinos que puede ofrecer el país más violento del mundo: la muerte o la delincuencia.

Este grupo está expuesto cada 18 minutos a entrar en la nefasta estadística que lo puede convertir en uno de los 78 venezolanos que son asesinados cada día en el territorio gobernado por Nicolás Maduro. “La gran mayoría de las víctimas de la violencia en Venezuela son jóvenes. De las 28.479 muertes violentas del año 2016, nuestras estimaciones indican que 21.643 personas tenían menos de 35 años de edad, es decir, un 76% del total de fallecidos. En el año 2016  fallecieron 9.967 jóvenes menores de 21 años,  como resultado de la violencia. Fueron 27 fallecidos cada día del año. De ellos, 854 tenían menos de 15 años”, dice un informe realizado por el Observatorio Venezolano de Violencia.

Según está organización, 40% de las víctimas de muertes violentes en 2016 (homicidios, resistencia a la autoridad y averiguación muerte) tenían menos de 19 años de edad. Algunas de estas víctimas forman parte de ese grupo que, por deseo o necesidad, permanece en el país trabajando, estudiando y abogando por un cambio.

Profesionales, estudiantes, prospectos del deporte, artistas han caído a manos de la delincuencia. Ya no están y todo lo que podían ofrecer a sus familias y al país -en la etapa más productiva de sus vidas- se lo llevó la violencia.

En su análisis el OVV agrega que: “Los jóvenes, además de ser el sector más vulnerable a ser víctima de la violencia, también son los más propensos a delinquir y convertirse en potenciales victimarios. Según nuestros registros de monitoreo de prensa, un 72% de los victimarios tiene menos de 35 años, y casi la mitad de este grupo posee entre 20 y 24 años, representando el 32%”.

Hay un sector de jóvenes que eligen la vía de la violencia, estimulados por la idealización de la figura del “pran”, y ven el camino de criminalidad como un alternativa de ascenso social. Pero también influyen otros factores. “Las dos grandes fuentes de integración de la juventud a la sociedad: la educación y el trabajo, se han visto debilitadas como mecanismos de esperanza en el futuro. Una parte importante de la juventud abandona el sistema escolar entre los 11 y los 15 años de edad, 2 de cada 5 jóvenes no asisten regularmente a un centro de educación”, explica el documento del OVV.

La edad de incorporación de los niños venezolanos al mundo delictivo se ubica entre los 12 y 14 años de edad. A los 19 años muchos ya han pisado una cárcel y a los 25 años suman una lista de prisiones entre sus últimos sitios de residencia, además ya se han convertido “en una máquina de matar”, según refiere el padre Alejandro Moreno en un reportaje publicado por el diario El Tiempo de Anzoátegui, en 2014.

Adicionalmente los que se encuentran en libertad, luego de haber cumplido una condena, ya han contraído nuevas deudas con la justicia: siguen presos en sus barrios, sin mucho que perder, porque están “solicitados” por algún delito. Saben, además, que su futuro es corto.

*Foto: ellugardedalia.blogspot.com