15 mil venezolanos al exilio en Argentina
Jun 30, 2015 | Actualizado hace 4 años
15 mil venezolanos al exilio en Argentina

Emigración

10 venezolanos por día se residenciaron en Buenos Aires el año pasado. Los criollos son el grupo de extranjeros en este país que más creció en 2014, a pesar de la polémica idea que existe sobre “Argenzuela”. Éste es el diario de un emigrante, el de muchos, el de todos

Por: Juan Carlos Figueroa

Si hay un momento complicado para el que emigra, ese el “momento Maiquetía”. Y no se trata de los últimos abrazos, el “escríbeme al llegar”, el llanto. No. Este instante ocurre justo después de toda la algarabía. Después de la foto en migración, el sello de salida, y justo antes del llamado para abordar el avión. Cuando no queda otra cosa más que esperar. Sucede cuando, inevitablemente y por primera vez, te quedas solo.

No hay forma de corresponder con esa sala de espera llena de turistas alegres. En un momento así, cualquier asomo de felicidad es inoportuno. Pero si estás atento, descubrirás que no hay verdad en tanta soledad. Es un ejercicio desesperado, pero si revisas rostros por algunos minutos no tardarás en encontrar desgracia en alguna que otra mirada. Al fondo de una fila de asientos encontrarás, por ejemplo, a aquella chama (22 años, quizás), de ojos hinchados, que aprieta su nariz con un pañuelo. Allí hay otra fugitiva, dirás, porque el emigrante no es feliz. Y te sentirás aliviado porque te sabrás acompañado.

Una investigación de la Universidad Simón Bolívar, dirigida por el profesor Iván de la Vega, dice que al menos 1 millón 200 mil venezolanos han tenido su “momento Maiquetía”. No hay forma de verificar el dato oficial porque el Gobierno no quiere que se sepa cuántos se fueron. Pero si tiene razón, sería como si casi toda Maracay se vaciara de repente, como si Barquisimeto entera decidiera largarse. Es demasiada gente. ¿Cómo no van a coincidir al menos dos en esta sala?

Es absurdo cuestionar tu decisión de emigrar minutos antes de abordar. Pero los vuelos de Conviasa suelen retrasarse, y como no tienes nada más que hacer, te lanzas por ese despeñadero. Que los vas a extrañar con locura, que no vas a estar en su cumpleaños, que esperas que la abuela mejore, que nunca aprendiste a hacer arroz sin que se quemara. Que las cosas no deberían ser así… Que, en definitiva, no te quieres ir.

Pero entonces anuncian un vuelo, el tuyo. Uno a Buenos Aires (el 5000 de Conviasa), por ejemplo, y no dudas. Como si lo hubieras esperado toda la vida, y contra toda lógica (porque no te quieres ir), te subes voluntariamente a ese avión. No te quieres ir y te vas. Porque sabes que lo único más difícil que irse, es quedarse.

Venezuela queda en el bulevar Florida de Buenos Aires

Son 10 cuadras de tiendas, kioscos, buhoneros, promotores. Es diciembre de 2014. Hoy, como siempre, suena el tango, la cumbia y el reguetón, todo al mismo tiempo. Y en medio del alboroto, distribuidas en distintos puntos, resaltan varias gorras con la bandera venezolana. Aquí opera un sistema tan ilegal como esencial para cualquier emigrante venezolano que llega a Argentina.

El primer eslabón en esta cadena lo ocupa hoy Wilfredo Castillo, ingeniero de la Universidad Santa María, 28 años, mirandino. Es un chico nervioso, retraído, recién llegado. No sabe muy bien a quién tiene que buscar. Un amigo que ya vive en Buenos Aires le dijo que se encontrara con “el maracucho” que trabaja en pleno bulevar. Es fácil encontrarlo, le dijeron. Tiene una gorra de Venezuela y, claro, “habla maracucho”.

Wilfredo se vino a Argentina a estudiar una maestría. Intentó gestionar el “cupo de divisas estudiantil” ante el Centro Nacional de Comercio Exterior, pero no tuvo suerte en esa lotería. Igual no iba a esperar por ellos.

Argentina es una opción para el venezolano que emigra por dos cosas. La primera tiene que ver con la facilidad para residenciarse. Gracias a los convenios del Mercado Común del Sur (Mercosur), el venezolano puede tramitar su residencia argentina en menos de un mes. Esto lo autoriza a estar en el país por al menos dos años y trabajar legalmente. La segunda tiene que ver, precisamente, con los dólares. Hasta abril de 2015, quien viajara a Argentina podía comprar a precio preferencial 3.000 dólares (2.500 de ellos con tarjeta de crédito). Ahora el tope es de 1.500. Igual sigue siendo un lujo si se compara con Colombia, Panamá o Estados Unidos, destinos a los que solo se les autorizan 700 dólares.

El plan de Wilfredo es este: tiene que “raspar” el “cupo viajero” antes de que les bloqueen las tarjetas, gastar lo menos posible y vivir de ese dinero hasta que consiga trabajo. Y para eso es que necesita al “maracucho”.

Sí fue fácil encontrarlo. Alfredo Rodríguez, 21 años, estaba con la gorra y un letrero ofreciendo viajes a Bariloche. Es bachiller y tiene dos años en Argentina. Lo robaron como tres veces en Maracaibo y odia tanto a Chávez como a Capriles. Todo fue muy rápido: un primo en Buenos Aires le dijo que le tenía un trabajo, que era en dólares, que dejara todo y se viniera. Y en menos de dos semanas, dejó todo y se vino.

En Florida hay varios como él. Su trabajo consiste en estar parado en el bulevar a la espera de personas como Wilfredo. Le toca aclarar los puntos: el monto a “raspar”, el tipo de tarjeta y el banco. “Porque Provincial no está pasando, marico”. Y de allí, se los lleva hasta un mini centro comercial donde, en un local apartado, los espera Gloria Pino, la tercera pieza clave en este circuito.

Gloria no debe pasar los 35 años. Es también venezolana y la jefa en la oficina. La ayudan otro venezolano y dos colombianos. Tiene al menos tres puntos inalámbricos para “raspar”; uno de ellos está registrado en Ecuador, otro en Holanda. En noviembre pasado, llegaba a atender hasta 50 venezolanos al día. El negocio, cuenta ella, se ha complicado por los problemas para comprar pasajes en Venezuela. “Pero solo en la mañana del sábado -porque solo trabajamos medio día los sábados- raspamos 23 mil dólares”.

Así se arreglan las partes. Gloria cobra entre 20 y 30% de comisión: por raspar los 2.500 de Wilfredo, se quedó con 625 dólares. En una muy buena semana, puede llegar a facturar unos 80 mil dólares en ganancias. A Alfredo le pagan 2% de lo raspado por cada persona que lleva: en este caso, al “maracucho” le quedan 50 dólares. Y para Wilfredo, todo recién comienza.

Los 1.875 dólares que raspó, más 200 que trajo en efectivo, es todo con lo que cuenta de ahora en adelante. Son más de 20 mil pesos. Si Wilfredo renta una habitación, gastará cerca de 3.000 pesos mensuales. Si paga la inscripción en la universidad, restará al menos 5 mil pesos. Y calculando el gasto en comida, Wilfredo tiene dinero para sobrevivir cinco meses, eso si no surge algún imprevisto. Así comienza su carrera contra reloj.

En busca de un trago, entro en uno de los tantos barcitos de San Telmo, el más bohemio de los barrios porteños. Un mesonero me atiende al instante. Me saluda con mucho cariño. Apenas digo “Hola”, lo descubre: “¡Venezolano!”, dice. Yo sonrío, orgulloso, porque el venezolano, a pesar de todo, se siente orgulloso. Le pido un clásico: un Cubalibre, por favor. Y ahí todo falla. “¡Ya te traigo un Venezuelalibre!”. Mi cara debe ser un poema, uno feo o triste, porque el mesonero toma el menú y se va como asustado. Quiero decirle algo, pero no sé qué. ¿Qué se puede decir en un momento así?

No creo que pueda tomarme otro Cubalibre sin culpa.

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