Cómo se vive con diabetes en Venezuela

Dailyn Oropeza camina diariamente entre dos mundos que se cruzan en el mismo punto de la salud pública venezolana. Ella es médico general de 26 años de edad que ejerce en el sector público y, al mismo tiempo, es una persona que vive con diabetes tipo 1 desde los cuatro años.

Esta doble condición de profesional de la medicina y paciente de larga data le otorga una mirada integral sobre los desafíos de gestionar una condición crónica en el país.

A diferencia de hace dos décadas, cuando el sistema público garantizaba los tratamientos, el contexto actual exige una capacidad adquisitiva que desafía la realidad de los trabajadores de la salud.

La brecha entre el tratamiento ideal y el accesible

La diabetes de tipo 1 se caracteriza por una producción deficiente de insulina en el páncreas. Esta hormona permite al cuerpo usar el azúcar de los alimentos como energía. En la diabetes tipo 1, el cuerpo destruye las células que la producen, lo que acumula el azúcar en la sangre. Esto es altamente riesgoso porque puede causar cetoacidosis (una emergencia médica por sangre ácida), coma y daños graves a largo plazo en el corazón, riñones, ojos y nervios si no se administra insulina diariamente para sobrevivir. 

Pero en Venezuela, la brecha de costos entre la medicina privada y los subsidios públicos obliga a personas como Dailyn a tomar decisiones complejas sobre el propio tratamiento. Y es una realidad que, al menos, más de millón y medio de personas en el país deben enfrentar, según los más recientes cálculos que hizo la Federación Internacional de Diabetes en 2024.

“El costo de las insulinas es muy elevado, incluso mucho más de lo que yo misma puedo costear… Aproximadamente entre 200 y 300 dólares mensuales, solamente la insulina”, señala.

Al no poder cubrir el costo de las insulinas de acción ultrarrápida y ultralenta en farmacias privadas, Dailyn recurre a las opciones gratuitas (Cristalina y NPH) suministradas por el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS). Como profesional de la salud, es consciente de los riesgos de este ajuste forzado:

“Las que yo utilizo no son tan recomendadas en el uso del paciente con diabetes tipo 1 porque son más susceptibles a producir hipoglucemias –descenso anormal de niveles de glicemia que puede ocasionar desmayos y convulsiones– una de las emergencias diabéticas más complicadas”, explica.

A este panorama se suma el costo de los glucómetros -aparato electrónico-, tiras reactivas -láminas desechables-, agujas y lancetas, insumos indispensables para medir el nivel de azúcar en la sangre, que deben ser financiados en su totalidad por el paciente ante la escasez en las instituciones públicas.

Pero la gestión adecuada de la diabetes tipo 1 no se limita solo a la medicación. También requiere un seguimiento multidisciplinario que incluye consultas anuales con endocrinólogos, ginecólogos, nutricionistas, oftalmólogos, entre otros; además de exámenes de laboratorio constantes.

Si bien existen servicios activos en hospitales de referencia como el Hospital Vargas en Caracas, la saturación del sistema y los tiempos de espera de hasta cuatro meses limitan la atención oportuna ante dudas o urgencias. Por la vía privada, cada consulta puede oscilar entre los 60 y 80 dólares. El verdadero freno, detalla Dailyn, suele estar en los estudios previos.

“No siempre el impedimento es el chequeo médico per se, sino los gastos que conllevan ir al chequeo… La hemoglobina glicada -análisis especial para medir el nivel promedio de azúcar en la sangre durante los últimos tres meses- ya no se encuentra a nivel público, siempre tiene que ser costeada a nivel privado”, acota.

El reto más visible: una dieta adecuada

Para una persona con diabetes, la nutrición es el pilar que sostiene la estabilidad glucémica. Sin embargo, el presupuesto impone sus propias reglas en el plato. Dailyn relata cómo el salario del sector público condiciona la calidad de la dieta, llevando a priorizar la economía sobre el requerimiento médico.

“Los alimentos que son más beneficiosos para el control glucémico suelen ser los más costosos… En mi caso, lo que termino sacrificando con mayor frecuencia es la parte de la alimentación”, confiesa.

La escasez de proteínas, vegetales y frutas en su dieta diaria abre paso a un consumo desproporcionado de carbohidratos, una estrategia común para prolongar la saciedad pero que dificulta el control metabólico a largo plazo.

“El carbohidrato, que es el más económico, suele predominar en el plato y eso es directamente proporcional al descontrol glucémico que suelen tener los pacientes”, indica.

El testimonio de Dailyn Oropeza refleja la realidad de miles de personas que deben ajustar sus tratamientos diarios a las opciones disponibles, aunque no sea lo más adecuado, pero es lo que hay.

“Honestamente, no existe ninguna manera de que el sueldo del sector público te abarque todo lo que tú necesitas como un paciente diabético para poder llevar tu control adecuado”, añade.

Según datos del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (CENDAS-FVM), durante abril de 2026 la canasta alimentaria familiar se ubicó en 730,59 dólares, equivalentes a Bs. 350.685,43, calculados a una tasa de cambio de Bs. 480 por dólar.

En el análisis de la organización, la misma señala que para el periodo estudiado, el grupo alimentario que más aumentó fue el de las carnes y sus preparados, con un incremento del 26,24%.

El arte diario de equilibrar la balanza

La rutina de Dailyn desmitifica la idea de que vivir con diabetes tipo 1 se reduce a seguir un horario rígido. Ella explica que la administración de sus insulinas no responde a horas fijas, sino que se calibra en función de la dinámica de sus comidas y de un monitoreo riguroso. 

Como mínimo, debe medir sus niveles de glucosa en sangre tres veces al día —coincidiendo con el desayuno, el almuerzo y la cena—, aunque cualquier malestar físico o imprevisto la obliga a realizar mediciones adicionales fuera de su pauta habitual.

Gestionar esta condición implica también saber reaccionar con rapidez ante las fluctuaciones de su cuerpo. Cuando experimenta un bajón de azúcar, busca consumir algo dulce, idealmente líquido por su velocidad de absorción, mientras que ante una elevación de glucosa debe ajustar la dosis de la hormona.

“Los malestares están dados principalmente por muchas ganas de orinar, tener mucha sed, a veces el cansancio… puede llegar incluso a generar una fatiga extrema”, detalla. 

A pesar de estas exigencias, ha mantenido una vida activa en la medida de sus posibilidades —practicó voleibol en años anteriores— y maneja sus interacciones sociales con flexibilidad, moderando las porciones sin las severas restricciones del pasado.

De los mitos de la infancia a los riesgos de la escasez

Cuando recibió su diagnóstico, el mundo estaba en una época marcada por mitos que estigmatizaban y limitaban la vida social de los niños debido a la creencia de que no podían consumir ningún tipo de dulce. Hoy, la evolución médica permite entender que el enfoque correcto radica en la moderación y en la correspondencia exacta entre la ingesta de alimentos y la dosis de insulina. 

Sin embargo, el desafío social de la adolescencia fue reemplazado más adelante por una crisis de desabastecimiento que le causó problemas de salud cuando la insulina desapareció temporalmente del sector público.

“El paciente diabético quedaba como en una deriva, porque de allí se sustentaba su control”, recuerda Dailyn sobre los momentos más duros de la crisis. Sin las herramientas básicas para medir su glucosa, la administración de la medicación se convirtió en un proceso al azar, una inestabilidad que le provocó una emergencia médica. 

“Hubo un incidente en el que tuve una hipoglicemia muy grave por no tener cintas reactivas para hacerme control glucémico… Todo fue consecuencia de este descontrol que yo tenía al momento por falta de insumos médicos”, señala.

Ante las limitaciones económicas y estructurales del entorno local, la idea de marcharse del país ha estado presente en los pensamientos de Dailyn. Su motivación no responde únicamente a una búsqueda de mejoras salariales, sino a la necesidad humana y profesional de acceder a las innovaciones tecnológicas que definen el tratamiento moderno de la diabetes en otras latitudes del mundo.

“Realmente el pensamiento de migrar ha sido bastante frecuente y concurrido… en otros países se han visto infinidad de avances que todavía en Venezuela pues no alcanza a llegar”, explica.

La ciencia médica ha avanzado hacia dispositivos que transforman por completo la calidad de vida de los pacientes, como los sensores de monitoreo continuo que eliminan los pinchazos diarios en los dedos. “Hay evoluciones en la parte tecnológica del control de glicemia que no conllevan ni siquiera el uso de inyectoras, sino de sensores que actúen por sí mismos y esto acá en Venezuela no existe… Y los pequeños que existen salen del presupuesto posible para poder adquirirlos”, añade. 

Aunque ha pausado temporalmente la decisión de marcharse para culminar sus compromisos académicos actuales, el deseo de gestionar su salud con herramientas de última generación mantiene la opción de migrar como un plan latente en su horizonte.

Una condición que afecta a más de 1,5 millones de adultos en el país

De acuerdo con datos correspondientes al año 2024 de la Federación Internacional de Diabetes (FID), Venezuela registra una prevalencia de diabetes en adultos del 8,6%.

Esta tasa se traduce en un total estimado de 1.580.700 casos de diabetes en adultos en el país, dentro de una población adulta total calculada en 18.511.100 personas para ese año.

Venezuela forma parte de los 19 países y territorios que integran la región de Sudamérica y Centroamérica (SACA) de la FID. En esta región geográfica, la organización estima que unos 35 millones de personas conviven con la condición, una cifra que los modelos epidemiológicos proyectan que se incrementará hasta alcanzar los 52 millones para el año 2050.

La precariedad crónica en la vejez

Las barreras económicas que Dailyn Oropeza sortea a sus 26 años adquieren una gravedad aún mayor al observar el panorama de la población de la tercera edad en el país. 

De acuerdo con el reporte de la asociación civil Convite publicado en febrero de 2026 sobre las condiciones de vida y salud de las personas mayores en Venezuela, este grupo poblacional enfrenta una brecha de ingresos superior al 90% para poder cubrir sus necesidades básicas.

En el ámbito de la salud, el estudio revela que la hipertensión, con un 63% de incidencia, y la diabetes, con un 32%, son las enfermedades crónicas más frecuentes entre las personas mayores.

Aunque el 82% de los encuestados requiere medicación diaria para controlar estas patologías, el 62% manifiesta severas dificultades para adquirirlos debido a la falta de recursos económicos.

Los datos de Convite también reflejan una emergencia alimentaria donde el 73% de las personas de la tercera edad han tenido que adquirir alimentos de menor calidad y costo, mientras que el 52% se ha visto en la obligación de reducir las porciones de sus comidas diarias. Asimismo, un 32% ha recurrido al consumo de subproductos como vísceras, piel o huesos para sustituir proteínas tradicionales.

Aunque casi la mitad de la población evaluada recibe el beneficio alimentario de la caja CLAP, el suministro institucional apenas logra cubrir los requerimientos nutricionales por un lapso menor a los 15 días en la gran mayoría de los casos.

Derechos que deben ser garantizados

La Constitución venezolana, en su artículo 83, establece que la salud es un “derecho social fundamental” y que es obligación del Estado garantizarlo como parte del derecho a la vida. Además, señala que el Estado debe promover y desarrollar “políticas orientadas a elevar la calidad de vida, el bienestar colectivo y el acceso a los servicios”. El apartado también señala lo siguiente:

“Todas las personas tienen derecho a la protección de la salud, así como el deber de participar activamente en su promoción y defensa, y el de cumplir con las medidas sanitarias y de saneamiento que establezca la ley, de conformidad con los tratados y convenios internacionales suscritos y ratificados por la República”.

Por su parte, la Carta Internacional de Derechos y Responsabilidades de las Personas con Diabetes, promulgada por la Federación Internacional de Diabetes (FID), establece como un estándar global el derecho inalienable a un diagnóstico temprano.

Asimismo, exige un acceso equitativo y asequible a la atención médica y al tratamiento esencial. Este documento institucional subraya que los pacientes deben contar con medicamentos asequibles y tecnologías de monitoreo.

Mientras el marco internacional insta a los Estados a consolidar planes nacionales que garanticen una educación continua en el automanejo y una atención de alta calidad, la realidad en el entorno público venezolano obliga a improvisar pautas de tratamiento alternativas debido a las restricciones presupuestarias.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Tras más de dos décadas conviviendo con diabetes tipo 1, una profesional de la salud del sector público describe las barreras económicas para acceder a insulinas óptimas, insumos de monitoreo y una alimentación equilibrada en Venezuela
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Dailyn Oropeza camina diariamente entre dos mundos que se cruzan en el mismo punto de la salud pública venezolana. Ella es médico general de 26 años de edad que ejerce en el sector público y, al mismo tiempo, es una persona que vive con diabetes tipo 1 desde los cuatro años.

Esta doble condición de profesional de la medicina y paciente de larga data le otorga una mirada integral sobre los desafíos de gestionar una condición crónica en el país.

A diferencia de hace dos décadas, cuando el sistema público garantizaba los tratamientos, el contexto actual exige una capacidad adquisitiva que desafía la realidad de los trabajadores de la salud.

La brecha entre el tratamiento ideal y el accesible

La diabetes de tipo 1 se caracteriza por una producción deficiente de insulina en el páncreas. Esta hormona permite al cuerpo usar el azúcar de los alimentos como energía. En la diabetes tipo 1, el cuerpo destruye las células que la producen, lo que acumula el azúcar en la sangre. Esto es altamente riesgoso porque puede causar cetoacidosis (una emergencia médica por sangre ácida), coma y daños graves a largo plazo en el corazón, riñones, ojos y nervios si no se administra insulina diariamente para sobrevivir. 

Pero en Venezuela, la brecha de costos entre la medicina privada y los subsidios públicos obliga a personas como Dailyn a tomar decisiones complejas sobre el propio tratamiento. Y es una realidad que, al menos, más de millón y medio de personas en el país deben enfrentar, según los más recientes cálculos que hizo la Federación Internacional de Diabetes en 2024.

“El costo de las insulinas es muy elevado, incluso mucho más de lo que yo misma puedo costear… Aproximadamente entre 200 y 300 dólares mensuales, solamente la insulina”, señala.

Al no poder cubrir el costo de las insulinas de acción ultrarrápida y ultralenta en farmacias privadas, Dailyn recurre a las opciones gratuitas (Cristalina y NPH) suministradas por el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS). Como profesional de la salud, es consciente de los riesgos de este ajuste forzado:

“Las que yo utilizo no son tan recomendadas en el uso del paciente con diabetes tipo 1 porque son más susceptibles a producir hipoglucemias –descenso anormal de niveles de glicemia que puede ocasionar desmayos y convulsiones– una de las emergencias diabéticas más complicadas”, explica.

A este panorama se suma el costo de los glucómetros -aparato electrónico-, tiras reactivas -láminas desechables-, agujas y lancetas, insumos indispensables para medir el nivel de azúcar en la sangre, que deben ser financiados en su totalidad por el paciente ante la escasez en las instituciones públicas.

Pero la gestión adecuada de la diabetes tipo 1 no se limita solo a la medicación. También requiere un seguimiento multidisciplinario que incluye consultas anuales con endocrinólogos, ginecólogos, nutricionistas, oftalmólogos, entre otros; además de exámenes de laboratorio constantes.

Si bien existen servicios activos en hospitales de referencia como el Hospital Vargas en Caracas, la saturación del sistema y los tiempos de espera de hasta cuatro meses limitan la atención oportuna ante dudas o urgencias. Por la vía privada, cada consulta puede oscilar entre los 60 y 80 dólares. El verdadero freno, detalla Dailyn, suele estar en los estudios previos.

“No siempre el impedimento es el chequeo médico per se, sino los gastos que conllevan ir al chequeo… La hemoglobina glicada -análisis especial para medir el nivel promedio de azúcar en la sangre durante los últimos tres meses- ya no se encuentra a nivel público, siempre tiene que ser costeada a nivel privado”, acota.

El reto más visible: una dieta adecuada

Para una persona con diabetes, la nutrición es el pilar que sostiene la estabilidad glucémica. Sin embargo, el presupuesto impone sus propias reglas en el plato. Dailyn relata cómo el salario del sector público condiciona la calidad de la dieta, llevando a priorizar la economía sobre el requerimiento médico.

“Los alimentos que son más beneficiosos para el control glucémico suelen ser los más costosos… En mi caso, lo que termino sacrificando con mayor frecuencia es la parte de la alimentación”, confiesa.

La escasez de proteínas, vegetales y frutas en su dieta diaria abre paso a un consumo desproporcionado de carbohidratos, una estrategia común para prolongar la saciedad pero que dificulta el control metabólico a largo plazo.

“El carbohidrato, que es el más económico, suele predominar en el plato y eso es directamente proporcional al descontrol glucémico que suelen tener los pacientes”, indica.

El testimonio de Dailyn Oropeza refleja la realidad de miles de personas que deben ajustar sus tratamientos diarios a las opciones disponibles, aunque no sea lo más adecuado, pero es lo que hay.

“Honestamente, no existe ninguna manera de que el sueldo del sector público te abarque todo lo que tú necesitas como un paciente diabético para poder llevar tu control adecuado”, añade.

Según datos del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (CENDAS-FVM), durante abril de 2026 la canasta alimentaria familiar se ubicó en 730,59 dólares, equivalentes a Bs. 350.685,43, calculados a una tasa de cambio de Bs. 480 por dólar.

En el análisis de la organización, la misma señala que para el periodo estudiado, el grupo alimentario que más aumentó fue el de las carnes y sus preparados, con un incremento del 26,24%.

El arte diario de equilibrar la balanza

La rutina de Dailyn desmitifica la idea de que vivir con diabetes tipo 1 se reduce a seguir un horario rígido. Ella explica que la administración de sus insulinas no responde a horas fijas, sino que se calibra en función de la dinámica de sus comidas y de un monitoreo riguroso. 

Como mínimo, debe medir sus niveles de glucosa en sangre tres veces al día —coincidiendo con el desayuno, el almuerzo y la cena—, aunque cualquier malestar físico o imprevisto la obliga a realizar mediciones adicionales fuera de su pauta habitual.

Gestionar esta condición implica también saber reaccionar con rapidez ante las fluctuaciones de su cuerpo. Cuando experimenta un bajón de azúcar, busca consumir algo dulce, idealmente líquido por su velocidad de absorción, mientras que ante una elevación de glucosa debe ajustar la dosis de la hormona.

“Los malestares están dados principalmente por muchas ganas de orinar, tener mucha sed, a veces el cansancio… puede llegar incluso a generar una fatiga extrema”, detalla. 

A pesar de estas exigencias, ha mantenido una vida activa en la medida de sus posibilidades —practicó voleibol en años anteriores— y maneja sus interacciones sociales con flexibilidad, moderando las porciones sin las severas restricciones del pasado.

De los mitos de la infancia a los riesgos de la escasez

Cuando recibió su diagnóstico, el mundo estaba en una época marcada por mitos que estigmatizaban y limitaban la vida social de los niños debido a la creencia de que no podían consumir ningún tipo de dulce. Hoy, la evolución médica permite entender que el enfoque correcto radica en la moderación y en la correspondencia exacta entre la ingesta de alimentos y la dosis de insulina. 

Sin embargo, el desafío social de la adolescencia fue reemplazado más adelante por una crisis de desabastecimiento que le causó problemas de salud cuando la insulina desapareció temporalmente del sector público.

“El paciente diabético quedaba como en una deriva, porque de allí se sustentaba su control”, recuerda Dailyn sobre los momentos más duros de la crisis. Sin las herramientas básicas para medir su glucosa, la administración de la medicación se convirtió en un proceso al azar, una inestabilidad que le provocó una emergencia médica. 

“Hubo un incidente en el que tuve una hipoglicemia muy grave por no tener cintas reactivas para hacerme control glucémico… Todo fue consecuencia de este descontrol que yo tenía al momento por falta de insumos médicos”, señala.

Ante las limitaciones económicas y estructurales del entorno local, la idea de marcharse del país ha estado presente en los pensamientos de Dailyn. Su motivación no responde únicamente a una búsqueda de mejoras salariales, sino a la necesidad humana y profesional de acceder a las innovaciones tecnológicas que definen el tratamiento moderno de la diabetes en otras latitudes del mundo.

“Realmente el pensamiento de migrar ha sido bastante frecuente y concurrido… en otros países se han visto infinidad de avances que todavía en Venezuela pues no alcanza a llegar”, explica.

La ciencia médica ha avanzado hacia dispositivos que transforman por completo la calidad de vida de los pacientes, como los sensores de monitoreo continuo que eliminan los pinchazos diarios en los dedos. “Hay evoluciones en la parte tecnológica del control de glicemia que no conllevan ni siquiera el uso de inyectoras, sino de sensores que actúen por sí mismos y esto acá en Venezuela no existe… Y los pequeños que existen salen del presupuesto posible para poder adquirirlos”, añade. 

Aunque ha pausado temporalmente la decisión de marcharse para culminar sus compromisos académicos actuales, el deseo de gestionar su salud con herramientas de última generación mantiene la opción de migrar como un plan latente en su horizonte.

Una condición que afecta a más de 1,5 millones de adultos en el país

De acuerdo con datos correspondientes al año 2024 de la Federación Internacional de Diabetes (FID), Venezuela registra una prevalencia de diabetes en adultos del 8,6%.

Esta tasa se traduce en un total estimado de 1.580.700 casos de diabetes en adultos en el país, dentro de una población adulta total calculada en 18.511.100 personas para ese año.

Venezuela forma parte de los 19 países y territorios que integran la región de Sudamérica y Centroamérica (SACA) de la FID. En esta región geográfica, la organización estima que unos 35 millones de personas conviven con la condición, una cifra que los modelos epidemiológicos proyectan que se incrementará hasta alcanzar los 52 millones para el año 2050.

La precariedad crónica en la vejez

Las barreras económicas que Dailyn Oropeza sortea a sus 26 años adquieren una gravedad aún mayor al observar el panorama de la población de la tercera edad en el país. 

De acuerdo con el reporte de la asociación civil Convite publicado en febrero de 2026 sobre las condiciones de vida y salud de las personas mayores en Venezuela, este grupo poblacional enfrenta una brecha de ingresos superior al 90% para poder cubrir sus necesidades básicas.

En el ámbito de la salud, el estudio revela que la hipertensión, con un 63% de incidencia, y la diabetes, con un 32%, son las enfermedades crónicas más frecuentes entre las personas mayores.

Aunque el 82% de los encuestados requiere medicación diaria para controlar estas patologías, el 62% manifiesta severas dificultades para adquirirlos debido a la falta de recursos económicos.

Los datos de Convite también reflejan una emergencia alimentaria donde el 73% de las personas de la tercera edad han tenido que adquirir alimentos de menor calidad y costo, mientras que el 52% se ha visto en la obligación de reducir las porciones de sus comidas diarias. Asimismo, un 32% ha recurrido al consumo de subproductos como vísceras, piel o huesos para sustituir proteínas tradicionales.

Aunque casi la mitad de la población evaluada recibe el beneficio alimentario de la caja CLAP, el suministro institucional apenas logra cubrir los requerimientos nutricionales por un lapso menor a los 15 días en la gran mayoría de los casos.

Derechos que deben ser garantizados

La Constitución venezolana, en su artículo 83, establece que la salud es un “derecho social fundamental” y que es obligación del Estado garantizarlo como parte del derecho a la vida. Además, señala que el Estado debe promover y desarrollar “políticas orientadas a elevar la calidad de vida, el bienestar colectivo y el acceso a los servicios”. El apartado también señala lo siguiente:

“Todas las personas tienen derecho a la protección de la salud, así como el deber de participar activamente en su promoción y defensa, y el de cumplir con las medidas sanitarias y de saneamiento que establezca la ley, de conformidad con los tratados y convenios internacionales suscritos y ratificados por la República”.

Por su parte, la Carta Internacional de Derechos y Responsabilidades de las Personas con Diabetes, promulgada por la Federación Internacional de Diabetes (FID), establece como un estándar global el derecho inalienable a un diagnóstico temprano.

Asimismo, exige un acceso equitativo y asequible a la atención médica y al tratamiento esencial. Este documento institucional subraya que los pacientes deben contar con medicamentos asequibles y tecnologías de monitoreo.

Mientras el marco internacional insta a los Estados a consolidar planes nacionales que garanticen una educación continua en el automanejo y una atención de alta calidad, la realidad en el entorno público venezolano obliga a improvisar pautas de tratamiento alternativas debido a las restricciones presupuestarias.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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