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Una onda venezolana en París, por Diego Arroyo Gil

Diego Arroyo Gil
31/01/2020

@diegoarroyogil

 

Hacía buen clima en París pese al invierno, que allí siempre moja o hiela o ambas cosas a la vez. Eran pasadas las seis de la tarde y había oscurecido lo suficiente como para sentirse sobre las diez de la noche o aun más tarde. Afuera, alrededor de la pirámide de cristal del Louvre, filas de gente aguardaban para acceder al museo más concurrido del mundo –recibe cerca de 10 millones de visitas al año–, mientras adentro, ovillado por una multitud un poco más discreta pero igualmente fiel y emocionada, el artista Elías Crespín (Caracas, 1965) inauguraba L’Onde du Midi, una obra de su autoría que desde esa tarde, la tarde del 24 de enero de 2020, se expone de manera permanente en el ala sureste de un área del palacio del Louvre conocido como Cour Carrée, que alberga, de ese lado, una muestra de la descomunal colección egipcia del museo.

De hecho, para llegar a la obra –cuyo nombre en español es La onda del mediodía– había ese día que atravesar primero una serie de salas desde las cuales figuras ancestrales de la civilización del Nilo echaban un vistazo lleno de enigma a unos visitantes muy modernos. Todo lo cual correspondía, por demás, con el contraste que la pieza cinética de Elías Crespín introduce en el espacio “clásico” donde está instalada. No en vano, su creación le fue comisionada a Crespín por el propio museo del Louvre con ocasión de celebrar los 30 años de la pirámide de cristal con la que, en 1989, el arquitecto chino Ioeh Ming Pei alteró para siempre el paisaje del palacio. Amada y odiada a partes iguales en su hora, a pesar de que se mantienen algunas opiniones adversas sobre su existencia, hoy en día el Louvre es inimaginable sin la pirámide de cristal, que protagoniza uno de los espectáculos arquitectónicos más bellos de París, sobre todo de noche. Quiero decir: el Louvre está acostumbrado a los contrastes.

La obra de Crespín consiste en 128 tubos de metal que, sujetados por hilos invisibles manejados por un motor, llevan a cabo coreografías derivadas de secuencias algorítmicas. En cristiano: los 128 tubos ondean en el aire a la manera de una ola o de una alfombra mágica. También pueden dar la impresión de ser un animal marino que viaja, ligero, a ras de la superficie, pero como La onda… está más bien cerca del techo, sumerge al espectador en un fondo desde el que se observa el desafío de la gravedad. Mientras en las salas contiguas el Antiguo Egipto conquista el mundo con su rigor sagrado de piedra, L’Onde du Midi recupera el gesto suave y vivo. “Teatro de un ballet silencioso”, así es descrita la obra en el catálogo del museo. Vale decir, la primera obra de un artista latinoamericano vivo que ingresa para ser expuesta “perennemente” –es la palabra que los curadores de la institución han empleado– en el Louvre.

 

 

Es un hecho histórico, en efecto: para el continente, para Venezuela y para Elías Crespín, quien la tarde del 24 de enero logró reunir, no solo a grandes personalidades (como el artista argentino Julio Le Parc), sino también a amigos suyos de la escuela primaria que viajaron a París solo para verlo, viejos alumnos del Colegio Montecarmelo de Caracas, célebre en su tiempo debido a la cantidad de hijos de escritores e intelectuales que estudiaban allí. Entre ellos, Boris Izaguirre, que hizo reír al comentar que la formación que habían recibido en el Montecarmelo –a veces vista con sospecha por “progresista”– había sido tan buena y tan eficaz que les había permitido llegar a estar representados “en el mismísimo Louvre. ¡Bravo!”.

Las palabras de Boris, entre tantos otros comentarios igualmente afectuosos hacia Elías Crespín, fueron la contraparte familiar de lo que se dijo en el momento protocolar del acto –la bienvenida oficial al artista por parte de las autoridades del museo–, y coincidieron con el espíritu general que había esa tarde, cada vez más noche, en la que, para orgullo de muchos, un venezolano interpretaba un papel estelar para la cultura del país lejos del país. El mismo país donde la abuela de Crespín, la gran artista Gertrud Goldschmidt, mejor conocida por todos simplemente como Gego, nacida en Alemania, desarrolló una obra de primer orden, hoy objeto de admiración y estudio y portadora de una fuerza creadora que llega hasta su nieto. El mismo país donde Gerd Leufert, el segundo esposo de Gego y, por tanto, abuelo político de Elías Crespín, igualmente construyó un patrimonio artístico de indudable solidez.

Mucha gente se pregunta qué sería de Venezuela si no se hubiese atravesado en el camino de los venezolanos la inmensa tragedia histórica de las últimas décadas. Para saberlo habría que poder verlo y eso no es posible, pero lo cierto es que fuera del país –y también dentro, por supuesto– pequeñas grandes conquistas dejan entrever que lo que Venezuela “pudo haber sido” de hecho ya lo es o lo está siendo a su manera.

En varias oportunidades, Elías Crespín ha referido el impacto que provocó en él “un cubo de nylon” de Jesús Soto que vio en el Museo de Bellas Artes de Caracas durante una visita a una exhibición retrospectiva de Gego, su abuela. Es una de las revelaciones que ha impulsado su propia búsqueda como creador. Pues bien, al 24 de enero en el Louvre siguió la apertura, la noche del 25, de una exposición de la obra de Crespín en la Galería Denise René, en el corazón del barrio latino de París. Misma multitud del día anterior en el museo: familiares, amigos y allegados del artista, periodistas, socialités, etcétera. Mismo clima: la ciudad invernal, pero sin lluvia. Espíritu festivo. Imposible no recordar entonces que fue precisamente Denise René quien en 1955 presentó en su galería la exposición Le Mouvement, “El Movimiento”, y de esa manera contribuyó como pocos a ubicar al cinetismo dentro de las nuevas tendencias del arte. Un artista venezolano poco conocido formó parte de esa exposición: Jesús Soto. La culebra se muerde la cola: 65 años después, un artista venezolano de otra generación devuelve el saludo a Soto desde la galería donde Soto saludó al mundo por primera vez.

 

 

Uno podría leer esta curiosidad como una confirmación de lo que otro enamorado de París, el escritor José Balza, ha dicho alguna vez. Palabras más, palabras menos, que por debajo de todas las interrupciones y de todas las fracturas de nuestra historia, hay una continuidad, una coherencia de la personalidad venezolana. Una “onda” como La onda del mediodía que ahora se muestra en el Museo del Louvre. “¿Con qué más podría soñar un artista?”, se pregunta Elías Crespín. Informático de profesión, ha logrado fusionar sus investigaciones en programación con las artes plásticas para crear esta suerte de coreografía geométrica del aire, esculturas en movimiento que, como se lee en un texto de presentación del Louvre, tienen un efecto hipnotizante.

A punto de finalizar la vernissage en la Galería Denise René el 25 de enero, a Elías Crespín aún le espera una cena en la Maison de l’Amérique latine. Mientras él termina de saludar a quienes han acudido a la galería, uno de los invitados a esa cena, que es privada, propone ir a esperarlo a un bar cercano y, como siempre, aquello termina siendo una fiesta andante. El mesonero encargado de la terraza del bar, un francés de los de antes –malhumorado a rabiar, mal encarado, impaciente sin remedio– no entiende nada cuando de pronto se ve invadido por un grupo de gente que no para de hablar y que ha decidido pasarla bien. De la onda del mediodía a la onda de la noche, todo indica que en mucho tiempo no se olvidarán esas risas en esa calle de París.

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