Opinión - Runrun

OPINIÓN

Lo bueno, lo malo y lo desconocido, por Orlando Viera-Blanco
El chavismo-madurismo será causa de su caída. Una nueva era de liberación nacerá de una profunda valoración ética. La pregunta es si hemos construido los elementos de convicción moral, cívica y grupal que nos lleven a ese nuevo ciclo de convivencia.

@ovierablanco

Los procesos de transición de cualquier naturaleza, políticos, económicos, corporativos, individuales tienen un orden. Los hechos determinan las consecuencias. No lo contrario. En términos éticos Nietzsche (La genealogía de la moral ), nos dice que la mutación de lo bueno y de lo malo obedece a una lógica del resentimiento (malvado) contra los valores naturales o nobles de un momento.

Un episodio, un derroche de voluntad (inseparable del poder), un hecho enciende el cambio.

Pero ese hecho, ese episodio, esa voz encendida vienen precedidos de una acumulación de resentimientos que pulsan “el levantamiento de las castas”, la denominada rebelión de los esclavos contra los señores. Es la llegada de la nueva moral, del nuevo orden…

De Gómez a Betancourt. De lo malo a lo bueno

Juan Vicente Gómez representó el fin del positivismo criollo-autoritario transicional. Un mal, un gendarme necesario. Gómez puso fin a montoneras y bochinche. Los valores de la libertad o de la igualdad aún no eran suficientes para negar la vida. El “resentimiento democrático” iba en crecimiento. Las castas dominantes entre guerreros y sacerdotes aún dominaban la impotencia de los empobrecidos quienes permutaban paz, orden y trabajo por aspirar a poder, libertad y derechos.

¿Cómo superar ese estado de indigencia que no demanda libertad a cuenta de abnegación o privilegios? La cultura judeocristiana del espíritu, de la consciencia humana razonable e inteligente que se antepone a la jerarquía del poder de los nobles, produce un juicio de valor “evolutivo” (lo bueno y lo malo – Gut und Böse) donde existe otra vida después de la muerte. Y quien dispone es Dios. Ese sentimiento de liberación es el factor de racionalización colectiva que cuestiona el status quo, se rebela al opresor y conduce a la reforma.

Gómez, aunque taita redentor, no era Dios. Vino a darle “sentido a la vida” a través de “paz y orden”. Pero la libertad, la voluntad de poder de los débiles, de las masas, del pueblo, fue minando el sentido moral del gendarme. El nutriente de la cultura occidental que alimenta nuestro instinto (y nuestro espíritu) y hace que los pueblos justifiquen su vida, su alegría, su propia prosperidad, de la llegada de un mesías a tierra de gracia. Mientras ello ocurre (o no), la naturaleza “del resentimiento” pulsa nuevos movimientos…

En esa espera, la crueldad, la pena y la culpabilidad nos inmolan y nos inmovilizan sobre la base del “castigo merecido”. Es aquí donde la razón sufre un segundo momento y se rebela a cualquier Dios. Vivimos un nuevo momento transicional de lo cósmico a lo ciudadano.

La Ilustración (igualdad, libertad, fraternidad) retomó su empuje a principios del siglo XX, con el fin de los mandamases. El eurocentrismo grecorromano, socrático, aristotélico, platónico y justiniano reemerge para darle un nuevo sentido a la vida: el valor de la democracia y la libertad. La generación del 28 asumió ese liderazgo. Una nueva transvaloración de lo malo a lo bueno…

López Contreras abre las puertas del pensamiento institucional no censitario. Isaías Medina ­primer soldado de la democracia- es derrocado en medio de un proceso de maduración del voto directo y universal. Gallegos paga las consecuencias de las secuelas del orden uniformado. Pérez Jiménez bebe de la prosperidad petrolera y de un proceso de urbanismo, educación y bonanza irreductible, prorrogando la “justificación” del hombre de sable, bota y sota. Y llega Jóvito Villalba -el hombre de la transición democrática- que capitaliza Rómulo Betancourt. Comenzaba un nuevo ciclo bueno: la democracia.

De Betancourt a Chávez. De lo bueno a lo malo

La victimización vicaria que aún vivimos (de Tijuana a la Patagonia, no es solo nuestro) es el resultado de procesos de reflujos históricos que hemos tratado de superar a través de la cultura del perdón, de la contrición con propósito de enmienda y la conmiseración. La democracia de la vieja Atenas, el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, viene a convertirse en un “gobierno de los justos” que implica un acto de profunda inclusión y transformación. Ya no son los nobles, guerreros o sacerdotes en el poder. Ahora es el ciudadano y el pueblo cuya voluntad demanda poder político.

Desde un punto de vista genealógico, el Pacto de Punto Fijo fue un gran acto de redención política. Duró mientras perduró la percepción de bueno; en la medida que la democracia daba sentido a la vida, porque en ella había oportunidades, libertad y progreso. El puntofijismo se hizo bipartito y estrecho cuando nació un nuevo resentimiento devenido de la exclusión, el rechazo, el olvido, la indiferencia, y, en fin, la negación de la otredad.

El deterioro y la banalización agitaron la cultura del resentido. Y llegó Chávez desatando todos los demonios. ¿Reconocemos y asumimos tal responsabilidad?

De Chávez al nuevo orden. De lo malo a lo desconocido

El chavismo-madurismo será la causa de su caída. Una nueva era de liberación será consecuencia de un proceso de profunda valoración ética. La pregunta es si hemos construido los elementos de convicción ética, cívica y grupal que nos lleven a ese nuevo ciclo de convivencia. No es tarea de un hombre. Es una misión inmensamente colectiva y cultural. No basta salir del régimen. Es salir también de nuestros propios atavíos y prejuicios. Y seremos buenos… y libres.

*Embajador de Venezuela en Canadá

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Un régimen antifragilístico, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

No es fácil encontrar categorías teóricas que nos ayuden a comprender el proceso político venezolano: la demolición de uno de los países que por sus condiciones materiales podrían considerarse de los más afortunados y prometedores del planeta. Acosado por un modelo político destructor, es difícil entender cómo este se sostiene, cómo logra fortalecerse mientras peor es su desempeño, cómo logra sobrevivir con el mundo en contra, con sanciones internacionales y una larga lista de etcéteras.

Resulta, pues, que ya hay un desarrollo conceptual que nos permite explicar el fenómeno político venezolano de los últimos tiempos: la antifragilidad.

La idea ha sido desarrollada por el escritor libanés-norteamericano Nassim Nicholas Taleb en su libro: Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden. Creo que la mejor manera de presentar este concepto es como lo hace su propio autor: “Algunas cosas se benefician de los sobresaltos, prosperan y crecen cuando se exponen a la volatilidad, la aleatoriedad, el desorden y los factores estresantes y aman la aventura, el riesgo y la incertidumbre. Sin embargo, a pesar de la ubicuidad del fenómeno, no hay palabras para lo opuesto a lo frágil, llamémoslo antifrágil. La antifragilidad está más allá de la resiliencia o la solidez. El resiliente resiste los choques y permanece igual, lo antifrágil mejora”. El régimen político venezolano es, quizá, el más claro ejemplo de antifragilidad aplicada a la política.

Fenómenos como la corrupción, el irrespeto al ordenamiento constitucional, el fraude electoral, la violación a los derechos humanos y la destrucción de la economía, entre otras situaciones que, en su conjunto o aisladamente, han acabado con los regímenes políticos que los promueven, en Venezuela terminan robusteciendo al poder.

Mucho se dijo -por ejemplo- que, sin dinero, un sistema político populista no podría sostenerse. Pues parece que la ausencia de ingresos le hace más fuerte en otras formas de dominación.

Cada desastre brinda a la oligarquía gobernante nuevas oportunidades de afianzar su poder.

Si la gente emigra huyendo, se beneficia de las remesas internacionales; si escasea la comida, el control político de la gente que depende de los alimentos repartidos por el gobierno es mayor; si convoca a elecciones y frente a ellas la oposición se abstiene, se beneficia porque le resulta menos complicado ganar, pero si participa, también se beneficia, porque logra legitimar la trampa.

Es que, incluso, la crisis del combustible en un país petrolero ha hecho que el aumento del precio de la gasolina -tan polémico en otros tiempos- se haya dolarizado, como decían los giros de crédito de antes: “sin aviso ni protesto”. Todo lo que para otros regímenes políticos es adversidad, para el de Venezuela es aprovechable, ventajoso, favorable: narcotráfico, guerrilla, terrorismo internacional, etc.

Los propios errores terminan convirtiéndose en una gran ventaja para el régimen venezolano: si falla la electricidad, se logra movilizar a la población contra el “Imperio que ha causado la falla” y entonces cada apagón termina favoreciendo la tesis de la conspiración y del complot internacional, que además sirve de excusa para detener a adversarios políticos que puedan representar incomodidad u obstáculo.

Quizá el más reciente ejemplo de la antifragilidad del régimen es la pandemia de covid-19. Mientras que en otras latitudes ha debilitado gobiernos, en Venezuela le vino al régimen como anillo al dedo para aumentar el control social, para convertir el retorno al país en un delito, para encarcelar a periodistas independientes dispuestos a informar, para ayudar a sobrellevar el colapso del combustible y para mantener a la gente recluida e impedida de protestar.

En definitiva, hay gobiernos que se tambalean cuando lo hacen mal, el régimen venezolano se fortalece con cada calamidad, sea esta provocada por él o producto del azar.

Al enviar un paquete con contenido delicado, se le suele poner una etiqueta que dice: “frágil, manéjese con cuidado”. Venezuela es un paquete que lleva por fuera una etiqueta diferente: “antifrágil, manéjese a los coñazos”.  Y ya sabemos quién se la ha colocado.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La política como religión, por Julio Castillo Sagarzazu

“Cuando Francis Fukuyama pronosticaba el fin de la historia, no contaba con los inefables líderes de izquierda y derecha para resucitar las viejas verdades reveladas y nunca cumplidas”. Foto Fronteiras do Pensamento / Wikimedia Commons, 2016.

@juliocasagar

Toda religión tiene sus preceptos y, en muchos casos, sus catecismos para hacerlos didácticos y comprensibles para todo el mundo. Descansan todas en dogmas insondables para la razón y para la ciencia. En esos dogmas se creen por fe y esa es la clave. Que no discutas, que no te plantees interrogantes sobre ellos, precisamente porque esa creencia ciega, necesita esa inmensa fuerza espiritual que es la fe para que funcione.

Ninguna religión puede permitir tampoco que sus principios se decidan democráticamente. Faltaba más. Ninguna va a correr el riesgo de que se repita la historia de aquella famosa votación del Ateneo de Madrid en 1936, que decidió que Dios no existía en reñidos comicios. Ese día, por cierto, Dios perdió por un solo voto.

Eso que vale para la religión y que un creyente acepta de manera libre, desgraciadamente tiene su correlato en la política. Y aquí, querido lector, sí no funciona eso de que “la salsa que es buena para el pavo, es buena también para la pava”.

Ocurre que la política debería estar fundada en la razón, en la verificación, en la táctica y la estrategia para el logro del poder político que es lo que las formaciones políticas se proponen, pero nunca en verdades eternas e inmutables

Ahora bien, todo esto no significa que la política debe prescindir de la teoría y los principios. También es cierto que las ideas del mundo que se sueña deben darse a conocer. Es necesario que alguien venda esos sueños y que nos muestren, como lo hace el arquitecto en sus planos, el diseño de esa nueva casa en la que todos quisiéramos vivir.

También es permisible que así como hay escuelas de arquitectura con ideas sobre cómo utilizar el espacio, sobre a quién hay que darle prioridad en la construcción de esos espacios, sobre cómo diseñar ciudades y edificios, que en la política existan escuelas de pensamiento y que se debatan las ideas que la sustentan. Hasta allí todo está bien. Como dijimos, la política debe seguir una doctrina y unos postulados “teóricos” o “filosóficos”. De otra manera sería pragmatismo puro y duro, lo cual es absolutamente deleznable para quienes quieren ser arquitectos del futuro.

El problema se presenta cuando la doctrina la convierten en sí misma en una religión y entonces aparece el catecismo de las ideologías, con sus mandamientos, sus dogmas, sus verdades indiscutibles, sus santos y sus iglesias.

De esta suerte, la ideología se convierte en un recetario de repostería en el que desparecen “la pizca”, “el puñado”, el toque de un ingrediente, que son detalles que hacen grande la comida salada y aparecen entonces los gramos exactos, las cantidades escrupulosamente medidas y el orden en su mezcla, so pena de que “pongas la torta” horneando la torta si no lo sigues al pie de la letra.

Para mayor desgracia, como en “La Sociedad de los Poetas Muertos”, la mayoría de los preceptos de las ideologías son de autores y políticos muertos cuyos capítulos y versículos se recitan y se recetan desde hace décadas, incluso siglos, como si nada hubiera cambiado desde que estos sumos sacerdotes hablaron.

De esa suerte, la ideología es la mejor camisa de fuerza del pensamiento, es como una inyección castradora de las que aplican en algunos países a los pederastas y delincuentes sexuales irrecuperables. ¿Si ya está todo dicho y todo está resuelto, para que vamos a pensar?

Cuando Francis Fukuyama decretaba el fin del historia y pronosticaba el reinado a perpetuidad de la sociedad liberal y democrática, no contaba con que en la próxima esquina le esperaban, para emboscarlo, los inefables líderes de la izquierda y la derecha para resucitar las viejas consejas y las viejas verdades reveladas y nunca cumplidas.

En un intento por remozarlas y por “poner vino nuevo en odre viejo” les consiguieron disfraces y maquillajes, así, el neoliberalismo, el progresismo y otros tantos “ismos”, consiguieron trajes nuevos.

La gran feria de los engaños seguía. Todo pretendía estar funcionando hasta que llego el coronavirus y “mando a parar”

De pronto los piaches del neoliberalismo, rebuscando en sus cajones de sastre, consiguieron a Keynes y comenzaron a gastar y regalar dinero público. Los cheques comenzaron a llegar a las casas de norteamericanos sorprendidos y el proteccionismo conoció un remozamiento para hacer “America great again”.

La Unión Europea, por su parte, acuerda un paquete de medidas e insta a su Banco Central a poner en el pote más de 700.000 millones de euros, la mitad de los cuales serán a fondo perdido para los países miembros afectados por la pandemia.

López Obrador y Bolsonaro comienzan burlándose del coronavirus y diciendo que hay que trabajar para que la economía no colapse. El primero saca estampitas y escapularios a modo de vacuna y el segundo cae enfermo por no hacerle caso a su colega izquierdista.

La izquierda redentorista de los pobres se convierte en la fábrica de fortunas mal habidas más grande de la historia de la humanidad.

Odebertch (el del Lula trotskista para remediar el fracaso de la IV Internacional fundada por Trotsky) se convierte en la V Internacional y mete sus pezuñas en gobiernos de izquierda y derecha, demostrando que la ideología del dinero es más poderosa que todas las demás, que no son más que quincallas, baúles de abalorios y espejitos para engañar incautos.

En Venezuela nos va a tocar reconstruir el país después de esta pesadilla. Ya, en los círculos de pensadores de izquierda y de derecha nos comienzan a predicar desde sus púlpitos las nuevas (viejas) ideologías que deben inspirar la acción del Estado para esa etapa. Ojalá que no caigamos en sus trampas, y no nos dejemos seducir por sus recetas y sus catecismos. Ojalá no nos tropecemos con la misma piedra.

Para gobernar un país solo hace falta honestidad y sentido común. Rodearse de los mejores y tener un poquito de grandeza (valga la contradicción).

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Guardia Nacional: ayer y hoy, por Eddie A. Ramírez S.

Efectivos de la Guardia Nacional de Venezuela. Foto en El Universal.

Tal día como hoy, en 1937, López Contreras creó la Escuela del Servicio de Seguridad, punto de partida de una Guardia Nacional muy diferente a la actual. En mi casa se hablaba con respeto de esa Guardia, ya que mi padre fue uno de los oficiales del ejército asignado en la etapa inicial en la sede de Villa Zoila. ¿Qué pensaría sobre la Guardia actual el coronel José Machado Briceño, uno de sus primeros directores, o Cecilio Marrero Suárez, capitán de la Guardia Civil española asignado como asesor? Por cierto, cuando en 1954 nuestra familia pasó por Tenerife rumbo al exilio en España, el capitán Marrero y su esposa le regalaron a mi mamá una virgen de la Candelaria.

La Guardia Nacional ha sido tradicionalmente un importante apoyo al gobierno de turno. La excepción fue en 1962 en el Carupanazo, donde el Destacamento 77 se sumó a la insurrección en la que estuvo involucrada la extrema izquierda.

Ese apoyo a los gobiernos es lógico, ya que una de sus funciones es el mantenimiento del orden público, cuando la policía es desbordada. También, por resguardar fronteras y alcabalas, sus integrantes están expuestos a ser comprados por contrabandistas, por lo cual en el pasado enjuiciaron a efectivos por corrupción.

Chacales del régimen

En un país civilizado los organismos de seguridad tienen que utilizar medidas disuasivas en contra de manifestaciones no autorizadas. Sin embargo, durante el régimen de Chávez-Maduro, efectivos de la Guardia Nacional se exceden con frecuencia, disparando balas de plomo, perdigones, bombas lacrimógenas y repartiendo peinillazos.

Estas agresiones son por lo general ante manifestaciones políticas pacíficas. Procuran ocasionar daño, lanzando las lacrimógenas delante, detrás y en medio de los manifestantes.

En otros casos delinquen por omisión, permitiendo que grupos de paramilitares rojos disparen a los ciudadanos.

Los abiertos atropellos a los derechos humanos iniciaron en 2002. Estas son algunas de las fechas clave:

11 de abril del 2002, los guardias asesinaron a tres ciudadanos.

17 de enero del 2003, el general eructo Acosta Carlés ordenó agredir a un grupo de damas en Valencia.

25 de setiembre del 2003, los chacales del Destacamento 44 agredieron en horas de la madrugada a ancianos, mujeres, niños y trabajadores petroleros en el campamento residencial de Los Semerucos, en Falcón.

27 de febrero y días sucesivos del 2004, la Guardia arremetió contra los ciudadanos en Caracas, con saldo de numerosos muertos.

1 de marzo del 2004, un pelotón de la Guardia permitió el acceso y escape de paramilitares  motorizados que asesinaron en San Antonio de los Altos a José Manuel Vilas, de Gente del Petróleo y Unapetrol.

4 de marzo de ese mismo año un subteniente asesinó a Evangelina Carrizo en Machiques. El 16 de agosto permitieron el asesinato de Maritza Ron.

Entre el 12 de febrero y el 29 de mayo del 2014 fallecieron en diferentes hechos, los más por armas de fuego, 42 ciudadanos. No todos pueden achacarse a la Guardia Nacional e incluso fueron asesinados seis efectivos de ese cuerpo. Los hechos fueron confusos, ya que participaron policías, paramilitares rojos y también algunos opositores.

Está claro que guardias nacionales asesinaron a Geraldine Moreno y a José Alejandro Márquez.

Entre el 1 de abril y el 31 de julio 2017, fueron asesinados y heridos cientos de venezolanos.

Hasta el presente están señalados guardias nacionales en los asesinatos de Gruseny Calderón, Mervin Guitar Díaz, Juan Pablo Peñaloza, Eyker Rojas, Yeison Mora, Diego Arellano, Manuel Castellanos, Yormán Bervecía, Manuel Sosa, Fabián Urbina, Roberto Durán, y Rubén Morillo.

La joven Marvinia Jiménez fue golpeada en el suelo con el casco por una gorila de la Guardia.

El pasado 25 de julio, el capitán Carlos Borregales Castellanos fue imputado, junto con cuatro guardias, por el asesinato de Carlos Chaparro, en Anzoátegui.

Además, frecuentemente aparecen en la prensa casos de oficiales y guardias acusados de contrabando, tráfico de drogas, asaltos y matraca. 

Hoy día nuestra Fuerza Armada está desprestigiada por permitir las violaciones a la Constitución, abusos en el Arco Minero y permisividad con la guerrilla del ELN. El componente Guardia Nacional está incurso en numerosos casos de violaciones a los derechos humanos. Necesariamente tendrá que haber una purga para castigar a los responsables. En el caso de la Guardia, su comandante general, Fabio Zavarce, es señalado de reprimir con violencia y encubrir a los delincuentes.

Por otro lado, es justo reconocer que numerosos oficiales de la Guardia están presos, exiliados o dados de baja al no prestarse a las violaciones de los derechos humanos. Confiamos en que este otrora prestigioso cuerpo pueda ser saneado para que los ciudadanos confiemos en el mismo.

Los pioneros se deben revolcar en sus sepulcros.

Como (había) en botica 

* María Corina y Ledezma no suscribieron el documento de la unidad opositora ¿No fueron invitados o siguen con la idea de montar tienda aparte? Mala señal.

* Nuestros políticos deben establecer una relación estrecha con integrantes retirados de la Fuerza Armada. El Frente Institucional Militar es una buena vía. El conversatorio con el diputado Juan Pablo Guanipa fue una buena iniciativa del coronel Antonio Guevara

* ¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

[email protected]

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Megasis, hecho en terrorismo, por Brian Fincheltub

En el fondo, el emblema del Ejército de los Guardianes de la Revolución Islámica. Foto en Wikipedia 

@BrianFincheltub

Con mermelada de dátil, champú de ajo, crema de canela y otras cositas más, inició sus operaciones en Caracas el primer supermercado iraní en Latinoamérica. Megasis, como se llama la cadena que ahora ocupa el espacio de la expropiada Éxito, promete impulsar la cooperación antiimperialista entre Venezuela e Irán a través de la comercialización de productos en nada más y nada menos que la mismísima moneda yanqui, dólar americano puro y duro y no a tasa del Banco Central, déjense de eso, a tasa del “dólar criminal”.

Es así como a la algarabía de la inauguración le siguieron caras largas y decepción de los primeros visitantes, quienes luego de calarse horas y horas de colas esperando las mismas megaofertas que antes se encontraban en los extintos abastos Bicentenarios, salieron aterrorizados y no precisamente tras enterarse de quiénes son los dueños del supermercado, sino por los precios megaastronómicos.

Entre las mismas integrantes de los comités CLAP que habían llevado para hacer bulto, se escuchaba “atrás quedaron los tiempos de lo regalado”. Y es que Megasis no es más que una especie de bodegón caraqueño, pero propiedad (del Ejército) de los Guardianes de la Revolucionaria Islámica, CGRI, cosa que por cierto, lo hace mucho más que un bodegón.

Sí, como lee, los Guardianes de la Revolución. El mismo grupo que ha sido declarado recientemente como organización terrorista por los EE. UU., y no precisamente por ser vendedores de alimentos.

El vínculo de los Guardianes de la Revolución Islámica con Megasis no es un invento mío.

Así fue revelado en una investigación hecha por el diario estadounidense The Wall Street Journal, la cual identificó como cabeza del conglomerado al empresario iraní Issa Rezaie, quien, por cierto, debe de haber visto en la Venezuela en ruinas algo más que no vio en ninguna otra parte del planeta: una oportunidad de oro ¿o uranio? para expandirse. ¿Un verdadero visionario no?

Por mi parte, desconocía que había tantos caraqueños que les encantara el champú de ajo o leer en persa. Todos lo sabemos, lejos de venir a suplir la enorme necesidad en materia de alimentación que viven los venezolanos, la llegada de Megasis al país tiene otras intenciones muy distintas.

Se trata de un mensaje claro que el régimen de los ayatolás le envía al continente: estamos cerca y vinimos para quedarnos. Lo hacen en plena pandemia, donde los países de la región están sumergidos en enormes crisis internas y no hay tiempo para la agenda internacional. Ese es quizás el problema de nuestros gobiernos, no entienden que los enemigos de la democracia y la paz jamás descansan. Mientras los iraníes avanzan, el régimen madurista abandona su vieja consigna “hecho en socialismo” y adopta una nueva: hecho en terrorismo. ¡Sálvese quien pueda!

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Víctor Maldonado Ago 03, 2020 | Actualizado hace 2 días
Camino de Oz, Víctor Maldonado C.

En El Mago de Oz “La niña estaba perdida, lejos de su hogar… Ya sabemos que el camino era largo, tortuoso y lleno de peripecias e incertidumbres. ¿Cuán largo era?”. Foto Lisa Runnels en Pixabay

@vjmc

Recientemente tuve una conversación con el buen amigo psiquiatra y antropólogo Luis José Uzcátegui. Hablábamos de la epidemia de desconfianza, la ausencia pertinaz de esa virtud cívica que nos transforma en seres solitarios y suspicaces. ¿Confiar en quién? ¿Confiar, por qué? fueron inmediatamente los temas de reflexión a los que derivamos. Yo me quedé pensando el tema, y de repente me vino una imagen, la vieja película El Mago de Oz, que data de 1939, hace ochenta y un años.

Confiar es “hacernos vulnerables” a los otros. Pero eso requiere lo que Weber llamaba “racionalidad”. Dicho de otra forma, para confiar hay que ser mutuamente predecibles, esa capacidad de cálculo que permite otorgarle probabilidad a la ocurrencia de una conducta, habiendo conjugado medios disponibles con finalidades que se consideran valiosas, en los márgenes no solo de lo probable, sino también de lo aceptable.

Lo que pasa en Venezuela es que no se puede confiar en nadie en la misma medida en que se hace imposible superar la trama de arbitrariedades que son propias de los regímenes totalitarios, y de las sociedades despojadas de todos los derechos y garantías, reducidas por lo tanto a una lucha por la sobrevivencia que al final todos saben que la van a perder.

Es cuestión de tiempo cuando todo se desvanece en el precario y fugaz imperio de las ganas.

En estas circunstancias, confiar es un riesgo que supera todas las probabilidades, porque en ausencia de esa racionalidad toda relación se envilece. ¿En quién vas a confiar? ¿Cuáles son las razones para hacerlo?

Ocurre que el venezolano está devastado en su disposición de confiar. Llevamos veinte años experimentando el sinsabor del que se siente engañado, defraudado, abusado en su buena fe. En la corta, pero intensa conversación, tanto Luis José como yo, tratábamos de hacer un inventario de las razones, pero dejábamos entrever nuestra preocupación porque la gente se siente demasiado lejos de un liderazgo que no les ha dado la talla. Las razones que están vigentes son para la desconfianza.

Experimentamos la desolación. No hay ruta, ni hay un Dios que camine delante de nosotros para guiarnos. No hay, no vemos, no sentimos ese vínculo providencial que “de día en una columna de nubes nos acompaña; de noche en una columna de fuego permanece para alumbrarnos” (Éxodo 13,22). Existe, y con razón, una sensación de abandono y de detención. No hay guías, tampoco camino.

La confianza hay que restaurarla, pero eso requiere que busquemos rápidamente aquel que en medio de los otros merezca ser el ungido. Para eso es necesario que se reensamblen en una sola persona tres características del liderazgo virtuoso:

1. la habilidad para comunicar y hacer lo que se debe hacer,

2. la benevolencia para compartir los pesares del camino sin desfallecer y sin cesar en las exigencias de seguir avanzando, y

3. la integridad para afianzarse en la verdad.

Eso que Aristóteles llamaba el logos, el pathos y el ethos. Si no se conjugan los tres, algo comienza a fallar hasta que la relación deja de tener sentido. Porque no hay que olvidar que la confianza es un vínculo que se debe cultivar y cuidar. No se puede dar por descontado. Tampoco se da por añadidura.

El Mago de Oz es un cuento infantil escrito por L. Frank Baum. En él se narran las peripecias de Dorothy, su perrito Toto, y tres compañeros de ruta, el espantapájaros carente de cerebro, el leñador de hojalata que no tenía un corazón, y el león cobarde falto de valor. La niña estaba perdida, lejos de su hogar, y su mascota era su único vínculo con sus querencias, a las que quería volver.

Todos los personajes se presentan como seres carentes y dependientes. Las circunstancias, entre otras cosas uno de esos tornados tan propios del medio oeste norteamericano, habían detonado un encuentro fortuito y una necesidad común. Ir hasta La Ciudad Esmeralda, donde regía un mago poderoso que podía resolver a favor lo que cada uno anhelaba para sí. Llegar no era fácil, pero Glinda, el hada buena del norte, le había dado los zapatos mágicos de rubí, y el dato de la ruta que debía recorrer: seguir el sendero de las baldosas amarillas.

Ya sabemos que el camino era largo, tortuoso y lleno de peripecias e incertidumbres. ¿Cuán largo era? ¿Qué obstáculos debían superar? ¿Qué iba a intentar la maléfica bruja del oeste? ¿Cómo iban a reaccionar los miembros del equipo? Y al final, ¿iban a conseguir lo que cada uno anhelaba?

Entre ellos acumulaban eso que se llama inteligencia emocional. Una buena capacidad para complementarse desde sus carencias (lo que uno no podía ser o hacer, tenía que esperarlo de los otros, en eso consiste la confianza), un buen desempeño ante las amenazas y las crisis que debieron afrontar, y entre todos, una apuesta a la perseverancia a pesar de las flaquezas y las dudas.

En el camino se fueron demostrando que eran capaces de calcular, idear estrategias, ser solidarios, apreciar a los otros, tener emociones, y demostrar valentía.

El espantapájaros no necesitaba cerebro porque pensaba, el leñador era capaz de tener sentimientos y actuar conforme a ellos, a pesar de no tener corazón, y el león había sido valiente y no había huido ante las amenazas porque tenía coraje. Fueron las circunstancias y las sinergias del equipo las que hicieron el milagro. En el cuento Dorothy es la líder que suma, invita al recorrer juntos, no desprecia a nadie, e insufla esperanza. Por eso era confiable, a pesar de que ofrecía una expectativa casi irrealizable. Y Toto siempre fue un perrito inquieto, que no se dejaba atrapar, un maestro de las evasiones, y un emblema de la lealtad. Siempre volvía a donde estaba su dueña.

El mago de Oz era un impostor. Todos le temían. Era para la ciudad la razón aparente, el quicio del orden social y la prosperidad de todos. Pero no era más que una puesta en escena de fuegos fatuos, sonidos rimbombantes y esa distancia mayestática que lo tornaba misterioso y todopoderoso. Sin embargo, era un viejito que había llegado hasta la ciudad porque era incapaz de manejar apropiadamente su globo aerostático. Y así como llegó se fue, sin poder devolver a Dorothy a su amada Kansas.

Las brujas malvadas tampoco eran tan poderosas como se asumían. Una de ellas murió aplastada por la casa de Dorothy cuando dando vueltas gracias al tornado aterrizó violentamente en un costado de Munchkinland, una ciudad de hombres muy pequeños. La otra, cuando quiso quemar al espantapájaros, desapareció ante el primer tobo de agua que la niña del cuento le echó sin querer.

El mal es sobredimensionado por nuestros propios temores. Eso no deberíamos olvidarlo nunca.

¿De qué se trata entonces? De confiar, sin esa prepotencia de los predestinados, sin los obstáculos de la adulancia, sin la duda que detiene, ni el excesivo análisis que paraliza. Hay que convocar al recorrido, tal vez sin conocerlo todo, pero teniendo un plan compartido, pretendiendo la buena fe de todos, eso sí, discriminando al que es compañero de ruta de los que son las brujas que entorpecen. En esa diferenciación reposa la virtud de la prudencia. Ser confiables es no errar al elegir a los que son amigos de los obvios adversarios.

Para confiar hay que recuperar la sensatez que siempre tuvo el espantapájaros, la compasión que nunca dejó de tener el hombre de hojalata, y el coraje que siempre tuvo el león “cobarde”. Juntos, ratificándonos mutuamente, podemos vencer esa sensación de impotencia que a veces nos aflige. Entre todos podemos demostrarnos que hasta las cosas más increíbles son posibles, teniendo presente que Dios es el guía de nuestros días y la lumbre de nuestras noches más oscuras, hasta que podamos recuperar ese hogar que damos por perdido: un país que mane libertad y prosperidad.

Que nada nos turbe.

[email protected]

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Llegó el lobo, por Carolina Jaimes Branger

@cjaimesb

¿Recuerdan el cuento del niñito y el lobo? Aquel niño que era muy mentiroso y siempre estaba anunciando que venía el lobo… La gente se asustaba, corría, se guarnecía, y él se burlaba a de todos, porque no era verdad. Pero un día sí llegó el lobo y se encontró frente a frente con el niñito. Gritó, pidió auxilio, se desesperó, pidió perdón… pero nadie le creyó y el lobo se lo comió.

Pido disculpas por el tema recurrente, pero en Venezuela, señores, ha llegado el lobo. El régimen se ha solazado de “lo bien” que ha manejado la pandemia.

Se ha dado bomba con aquella prematurísima “felicitación” de la Organización Mundial de la Salud, “por su comportamiento frente al coronavirus”. Las cifras oficiales eran –y siguen siendo– muy bajas comparadas con la región. Pero el aislamiento de Venezuela y la falta de gasolina pueden ser causas de su retardo en hacer de las suyas. Y encima, creer las cifras del régimen, a estas alturas, es un acto de ingenuidad por decir lo menos.

El hecho real es que no tomaron las precauciones que debían haber tomado –de hecho, las desestimaron– no sé si por estupidez, por soberbia o por ese sentido de predestinados que tienen, pero el coronavirus llegó para quedarse un buen rato y ahora es cuándo veremos lo que otros países mejor preparados que nosotros han sufrido. Otra paliza para la muy apaleada Venezuela.

Nunca se me olvidará, lo repito, la prepotencia de Diosdado Cabello (quien no sé si de verdad está enfermo) cuando ofreció mandarles un “tun, tun” a los miembros de la Academia de Ciencias cuando advirtieron sobre la propagación del virus.

Literalmente se me pararon los pelos de punta cuando leí un tuit de mi muy admirada y respetada Susana Raffalli, quien advierte que podemos estar frente a una emergencia funeraria.

Lo peor de todo esto es que este régimen que ha destrozado el país no tiene la capacidad de hacerle frente al coronavirus de manera alguna. Ni en logística, ni en instalaciones, ni en insumos… A ninguno de la alta jerarquía chavista pareció importarle que los médicos residentes de los hospitales ganaran la miseria de $5 al mes: sí, CINCO DÓLARES AL MES.

Y de ese grupete, los que están enfermos o han muerto, no están ni estuvieron en un hospital público, mucho menos en un CDI. Se fueron a clínicas privadas. ¡Qué rico es ser rico! Pero el dinero no compra salud… podrá pagarles las mejores clínicas, pero la salud, no. Tendrán que apelar a instancias más altas: pongan a trabajar día y noche a sus babalaos, a ver si son escuchados.

Y el pueblo, que se friegue. Tanto que lo han usado para mantenerse en el poder, ahora que el pueblo los necesita más que nunca, es cada día más obvio que les importa tres pitos.

Encima, montan una cuarentena radical que más parece un toque de queda, que afecta más a quienes dependen del día a día para comprar algo de comida. Y los jubilados, ni hablar. Cero empatía. Cero piedad. Cero compasión.

Llegó el lobo, compatriotas. Corran a sus casas. Cuídense. No salgan si no tienen que salir. Protejan a los suyos. Llegó el lobo, compatriotas. Y estamos en las peores manos en las que podíamos estar.

Solo las hienas terminarán riéndose.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Jose A. Guerra Ago 02, 2020 | Actualizado hace 2 días
Licencia para matar, por José Guerra

“Licencia para matar”… guardias nacionales con armas letales en una protesta de 2017. Foto Luis Florido en Elpolitico.com.

@JoseAGuerra

Quienes siempre hemos defendido el rol de una Fuerza Armada Nacional apegada a la Constitución y las leyes, quienes hemos apoyado en la tribuna y en la acción a los integrantes de la institución militar, hoy nos consideramos asidos del derecho a criticar de forma pública acciones de integrantes de la Guardia Nacional Bolivariana, en su rol de garantes del orden público.

Mi relación con esta institución se afianzó durante las protestas de 2017, cuando en medio de las refriegas callejeras, nos tocó mediar con oficiales a cargo de la represión, con resultados no siempre auspiciosos. Nunca olvidaré a un oficial que se tapaba el apellido tallado en su uniforme, una vez en una manifestación en el Crema Paraíso de Santa Mónica y estando Fernando Albán y un señor con muletas conmigo, tratando de que los guardias no arrojaran las bombas lacrimógenas, ese oficial impartió la orden para que nos rociaran en la cara los gases tóxicos.

Pero también viene a mi memoria un intento de llegar al BCV a entregar una carta, exigiendo que el ex instituto emisor publicara los datos; el general Fabio Zavarse, hombre incondicional al régimen, me llamó y me dijo que el único que podía pisar el BCV era yo y, a la vez, impidió que los colectivos nos agredieran. En la entrada de la Asamblea Nacional siempre compartíamos respetuosamente con los guardias que custodiaban la institución, inclusive con los más duros en materia represiva. Allí noté que el descontento estaba presente en los uniformados.

Por eso condeno las acciones de guardias nacionales en Isla de Toas, estado Zulia donde un muchacho de dieciocho (18) años, Joel Albornoz, de oficio pescador, fue asesinado por el proyectil de un guardia, ante su exigencia de gasolina para poder faenar y alimentar a su familia.

Y también el caso del señor Carlos Chaparro, en Aragua de Barcelona, que el 26 de julio de este año, fue muerto por un capitán de la Guardia Nacional por protestar ante el abuso en la distribución de la gasolina.

No puede dejar de mencionarse la agresión hace un par de semanas de guardias nacionales a personas indefensas de la tercera edad, que en la plaza del BCV exigían que le paguen una pensión decente.

Y antes el caso de Geraldine Moreno, a quien un guardia le vació en la cara un cartucho de perdigones y la asesinó. Estos no son hechos aislados.

Por ello, parece que como compensación por la labor represiva, a la Guardia Nacional le hubiesen conferido una especie de licencia para matar. El problema para la Fuerza Armada como un todo, hoy desprestigiada, es que el pueblo no distingue entre los distintos componentes y habla de los militares, para referirse a quien tiene más presencia en la calle. Y este rechazo se ha agravado con el mercado negro de la gasolina y el tráfico de influencias, que los guardias en custodia de las bombas han hecho una práctica rutinaria. Propugnamos por una institución armada profesional, con salarios dignos, con apresto adecuado, al servicio de la nación, pero estos hechos hay que evidenciarlos. Por el propio bien de la institución.

2 de agosto de 2020.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es